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Médano
10-Jun-2005, 00:19
La Orden del Temple
Los Guardianes de la Tierra Sagrada
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En el año 1119 se inició por vez primera la construcción de aquello que siglos más tarde aún continuaría siendo recordada como la más excepcional de las labores confeccionadas por la cristiandad en el pleno apogeo de la presencia católica en Europa y Tierra Santa; la construcción de la Orden del Temple.

Si bien es cierto que en sus comienzos no existía una idea clara de aquello en lo que se convertiría esta “policía de caminos”, si es igual de acertado afirmar que sus principales y “desinteresados” fundadores organizaron una jerarquía estratégica de una rectitud y obediencia intachables y una servidumbre autónoma que, resulta innegable, aspiraba a más altas posiciones en la sociedad de la época. La Orden del Temple se formó, como ya hemos dicho, como un grupo que tomó bajo su responsabilidad la defensa del peregrino que, en aquellos días, acudía a Jerusalén para venerar los santos lugares. En aquel tiempo, un peregrino o un grupo de peregrinos que atravesase aquellas difíciles tierras infestadas de ladrones, bandidos y “enemigos de la cristiandad” era presa garantizada para estos y era seguro que sería despojado de sus pertenencias en el mejor de los casos. Por este motivo, un al principio reducido número de nobles, juró profesión de servidumbre y votos de caridad al clero y al Patriarca de Jerusalén para proteger los caminos ante semejantes hostilidades. Dado que su entrega y consagración era para con Dios, esta pequeña formación “policial” adoptó costumbres y normas de conducta seglares que los identificaba con la forma de vida monástica. Fue por este motivo que estos nobles caballeros empezaron a ser conocidos como monjes guerreros, puesto que su preparación militar era tan perfecta y perfilada como su completa entrega a las doctrinas eclesiásticas y la vida seglar. De entre estos primeros fundadores de lo que ya se vislumbraba como futura Orden del Temple se destacaban con diferencia los nombres de Hugo du Payens y Godfred du Saint Omer, los cuales tomaron el grupo bajo su mando y utilizando unas inteligentes tácticas políticas consiguieron ya en el año 1120 el derecho a la protección del palacio del rey Balduino, (el cual había trasladado su residencia por motivos de seguridad), convirtiéndose pues éste en la sede oficial de la incipiente orden y proporcionándoles a su vez el título de caballeros del templo o Templarios.

Pero no es hasta unos años más tarde que iba a reconocerse como oficial la Orden del Temple. El 14 de Enero de 1128 se celebra el Concilio de Troyes, en el cual se autoriza y reconoce la existencia de la orden y sus funciones, reglándose de forma pertinente todo lo relativo a esta. Años más tarde, también se reglarían otras funciones templarias, tales como su jerarquía y designación, obediencia y perpetración ceremonial. De esta forma, la orden pasa a ser una exclusividad del papado y adquiere una autonomía que la convierte casi en “intocable”. Empieza a unirse a la orden un alto número de nobles que adoptan los antiguos votos de pobreza, castidad, penurias y fe y que aceptan de sumo agrado el sacrificio de integridad y servidumbre que exigía la firme vida de los caballeros.

Entre 1129 y 1130, la orden ya estaba establecida en Tierra Santa y era indudable que su poder crecía como la espuma, aunque aún quedaba muy lejos todavía el absoluto control sobre la mayor parte de la economía europea y de cómo eso promovió su declive y su proceso de desintegración. La realidad templaria era ya un hecho y esto se podía comprobar en la forma de vida que los monjes guerreros propugnaban. Sus vestiduras, que hoy asumimos tan normales, fueron una revolución en la época debido a que no se ajustaban a los cánones establecidos hasta el momento. Manteniendo la simplicidad del monje, incluían en su atavío ciertas connotaciones de diseño que inspiraban el alma guerrera unida con la del alma divina, impregnándose de esta forma de un halo de misticismo que todavía les alejaba más del resto de la sociedad y les convertía en personajes misteriosos para sus coetáneos. Una cota de malla que les ceñía casi por entero, tocada por una túnica blanca (símbolo de la más alta espiritualidad en el cristianismo) sobre la que se añadía una coraza y sobre la cual, a su vez, aún se cubrían con un largo manto blanco, era la representación del caballero del temple. Sobre este manto o capa se perfilaba una cruz roja (símbolo de la disponibilidad de derramar su sangre por el honor) que les había sido concedida por el papa Inocencio. Su espada, la maza, el yelmo, el escudo y un cuenco para los alimentos eran el resto de sus posesiones, las cuales eran suficientes para un caballero que consagraba su vida al servicio de Dios y de la fe. Después estaban las ordenes secundarias que vestían de forma más elemental, pero no por ello más desvirtuadas, los escuderos, oficiantes y criados debían llevar también una forma de vida honorable y portar una indumentaria correcta para poder servir a los impolutos caballeros.
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Conforme fue acrecentándose su poder también fueron recibiendo más privilegios por parte del clero. Los “intocables” estaban relevados de cualquier voto de obediencia que no fuera el papado, lo cual irritaba sobremanera al mundo monárquico que temía que estos caballeros, los cuales pertenecían a familias de la nobleza, pudieran rebelarse contra la realeza sin sufrir ningún tipo de represalia por ello. La llamada Omne datus optimun, protegía a los templarios y obviamente les proporcionaba un “status” incomparable que hizo despertar los recelos y las envidias de media europa. Gracias a esta inmunidad podían, por ejemplo, construir y edificar entre otras cosas. La arquitectura templaria es excepcional. Basada en formas geométricas heredadas de la cultura cabalística hebrea, todavía hoy se puede admirar muchas de sus obras que se extienden a lo largo de toda Europa, especialmente en la zona sur de Francia (el Lenguadoc) y en Cataluña. Gracias a esta inmunidad también fueron los precursores de la economía mundial tal y como hoy la conocemos. Esta forma de trabajo económica (asumida de manera extraordinaria también por los Teutones), hizo de la Orden del Temple la más acaudalada de la cristiandad, poseían tierras en toda Europa y Jerusalén, mantenían rentas superiores a los cuarenta millones de francos anuales y la gran mayoría de los terratenientes, reyes y nobles de Europa les debían enormes cantidades de dinero. Un ejemplo de todo esto fue el de Felipe IV, que para saldar sus deudas con ellos les otorgó aún más privilegios que les hacían todavía más fuertes. Se podría decir que los templarios empezaron siendo nobles protectores del caminante cristiano y acabaron siendo los “banqueros” de la cristiana edad media. Muchos reyes y nobles depositaban sus bienes y poderes económicos en manos de los templarios para que estos salvaguardasen su patrimonio, estos a su vez utilizaban estos bienes para extender cartas de crédito a otros reyes o nobles y ofrecer adelantos a cuenta sobre los futuros tributos. De esta forma el movimiento económico crecía constantemente y el poder templario se extendía multiplicándose inconmensurablemente. Si a todo esto le sumamos que les estaba permitido adquirir cualquier tipo de propiedad, siempre que no se hiciera a título personal si no a nombre de la orden, comprenderemos el porqué del empeño puesto por algunos por desacreditarles y hacerles participes de toda suerte de atentados contra la moral cristiana y herejías varias.

En el año 1299 los mongoles declararon la guerra al Islam. Este hecho incitó a la orden a inmiscuirse uniéndose a las tropas tártaras que luchaban contra los musulmanes. La razón no era otra que conquistar los territorios ocupados por estos últimos y llevar el cristianismo a toda Asia, dominada por el imperio musulmán en su mayoría. Las guerras se sucedían continuamente de forma cruel y violenta y las hordas tártaras, con el apoyo de los templarios, consiguieron victorias indiscutibles que podrían haber ayudado a elevar el consiguiente poder de la cruz a la más alta cima. No fue así, los constantes conflictos políticos internos que emergían dentro del continente europeo parecían ser más importantes para occidente que la conquista y extensión hacia nuevos territorios. Los ataques musulmanes en Tierra Santa eran frecuentes y la orden no tuvo más remedio que ir cediendo terreno en Jerusalén. En 1304, después de duras batallas y bajo la tutela del gran maestre Jacques du Molay, los templarios, al no recibir ayuda de Occidente, dieron por perdido Oriente y se retiraron concentrando sus tropas en Chipre e intentando reorganizar la orden en este lugar.

Llegaron los tiempos difíciles, los enemigos ocultos de la Orden del Temple comenzaron su maniobra de desprestigio y descrédito que no pretendía otra cosa que su absoluta aniquilación. Los recelos escondidos durante años salían a la luz desde cualquier rincón y pronto, los antaño temidos y respetados monjes guerreros y defensores de la fe, empezaron a ser víctimas de acusaciones y calumnias. El temor a que personajes con semejante poder económico y militar se asentaran definitivamente en Europa creando una nueva realeza, como pasó con los caballeros Teutones en Prusia, reavivó las viejas heridas que comenzaron a manar indefectiblemente. Pronto, los templarios serían vistos como herejes y enemigos de Cristo.
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“...Hemos sabido que los hermanos de la milicia del Temple, ocultos lobos bajo piel de corderos, utilizando el hábito de la orden, insultan de forma miserable nuestra fe, crucifican de nuevo a Nuestro Señor Jesucristo y le colman de injurias más graves que las que padeció en su cruz.../// Esta gente inmunda renuncia a la fuente de vida, sustituyendo la gloria de Dios por la estatua del becerro de oro...”. Este es un extracto de lo que se llamó oficialmente la orden de persecución y arresto de los caballeros del Temple, a través de la cual comenzarían los procesos inquisitoriales para destruirlos por completo. Influenciado por diferentes nobles, en especial por Easquiu du Floyràn, el rey de Francia, Felipe IV (que tantos favores había concedido a la orden), se reunió con el papa Clemente V, con la intención de convencerle de la maldad, adoración hacia los dioses paganos y traición por parte de los templarios. La suerte estaba echada, el 13 de Octubre de 1307 se iniciaba la persecución y arresto de los antiguos caballeros de la Orden del Temple. Los bienes materiales pasaron a disposición del rey y del papado, la gran torre del temple de París fue requisada y comenzó el doloroso proceso de unos hombres que estupefactos, no podían creer que sus antiguos protectores fuesen ahora sus verdugos. Enfrentamientos entre el papado y el rey, torturas inquisitoriales, intentos de salvación por una parte del clero, más enfrentamientos en el seno papal, acusaciones por otra parte del clero... Al final, en la recién estrenada primavera de 1314, Jacques du Molay y tres miembros de la alta jerarquía templaria fueron acusados de herejes y quemados vivos en París. La gloriosa Orden del Temple había tocado a su fin. Algunos caballeros fueron acogidos en Prusia por la orden Teutónica, otros escaparon a Inglaterra y entraron al servicio de altos nobles jerárquicos que los acogieron bajo su techo y los más desafortunados, cayeron en la más absoluta de las miserias. Triste final para aquellos que, un día, tuvieron el destino del mundo en la palma de su mano.

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