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Antiguo 20-Feb-2006, 16:26   #121
Belloto
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Es lo menos que podia hacer ante semejante cuerpo del ejercito,siempre me gustó su traje de bonito,esa capa y su peculiar desfile,las tropas regulares,allí en Melilla,el acuartelamiento Santiago o Regulares 52,a la derecha según se mire de la cañá o bloqao de la muerte,esta antes de iniciar la subida al poblao donde se asienta el tercio o La Legión,antes de seguir hasta Rostrogordo y los Cortaos de Aguadú,siempre ante la atenta mirada del monte Gurugú,para algo me serviran los 18 meses que pase alli.
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Si el amar libremente es pecado,he pecado libremente por amar.

Última edición por Belloto; 20-Feb-2006 a las 16:29
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Antiguo 20-Feb-2006, 16:56   #122
Intruder
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Muy buenos los dos posts Belloto ;)

Un saludo
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Duende y Pryrates D.E.P.
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Antiguo 04-Mar-2006, 12:42   #123
Elrohir
 
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LA BATALLA DE MIDWAY



La batalla de Midway fue una de las auténticas batallas decisivas de la historia, un revés que eliminó de súbito la aplastante superioridad aeronaval de los japoneses, factor esencial para poder continuar con éxito la guerra en los inmensos espacios del océano Pacífico. Los japoneses perdieron más de la mitad de sus portaaviones y lo mejor de sus tripulaciones adiestradísimas. Y a partir de aquel momento se vieron forzados a adoptar una actitud defensiva. La serie de victorias iniciales obtenidas por Yamamoto había acabado prematuramente. Después de Midway, la guerra entró en un período de estancamiento, durante el cual la producción norteamericana adquirió un ritmo arrollador, lo que, desde luego, ya había sido previsto por Yamamoto. El imperio del Sol Naciente había doblado el meridiano de su hora histórica más luminosa, encaminándose hacia su ocaso.



Portaviones Soryu de la segunda division de la Marina Japonesa


Durante la última semana de mayo de 1942, en Pearl Harbour se desarrolló una intensa actividad. Se tenia el presentimiento de que se avecinaban acontecimientos de gran importancia. El 26 habían llegado los portaaviones Enterprise y Hornet, de la 16ª. Task Force, después de una precipitada pero inútil carrera a través del Pacífico en su afán de llegar a tiempo para ayudara la 17ª. Task Force, del contraalmirante Frank Fletcher, empeñado en la batalla del mar del Coral. Habían fondeado para someterse a una serie de apresuradas operaciones de abastecimiento y de revisión. Al día siguiente el Yorktown, único portaaviones superviviente de la 17ª. Task Force, con los costados ennegrecidos por los incendios y parte de la superestructura retorcida a consecuencia de los impactos recibidos, llegó también y entró en el dique seco de la base naval, donde un verdadero ejército de operaciones se dedicó a su reparación.

En circunstancias normales, el proceso de reparar el portaaviones habría durado varias semanas; pero en esta ocasión el astillero recibió la orden de proceder con la máxima urgencia, y continuar, sin descanso, día y noche. El comandante en jefe del Pacífico, almirante Chester Nimitz, sabía que la Flota nipona estaba a punto de lanzar a los americanos un desafío que éstos, a pesar de su inferioridad en aquel escenario de la guerra, no podían dejar de recoger.

Por eso, el 28 de mayo, la 16ª. Task Force levó anclas –en el Enterprise enarbolaba su insignia el contraalmirante Taymond Spruance- y desapareció en la amplia extensión del océano, con una escolta de seis cruceros y nueve destructores y acompañada por dos buques cisterna. Al día siguiente se comunicó a Nimitz la noticia, casi increíble, de que el Yorktown estaba nuevamente en condiciones de participar en las operaciones marítimas. Por lo tanto, también este portaaviones dejó el puerto, en las primeras horas del 30 y, tras embarcar el total de sus aviones, se dirigió hacia el Noroeste para encontrarse con la 16ª. Task Force en «Point Luck», a unas 350 millas al nordeste del atolón de Midway. Dos cruceros y cinco destructores formaban el resto de la 17ª. Task Force.

El objetivo principal de la acción japonesa era atacar y ocupar el pequeño atolón de Midway, situado a 1100 millas al oeste-noroeste de Oahu, en el extremo occidental de la cadena insular de las Hawai. La conquista de Midway, junto con la ocupación de las islas Aleutianas, extendería la frontera marítima oriental del Japón de tal manera que garantizaba la defensa de este país ante cualquier amenaza de ataque a su territorio nacional. La incursión del 18 de abril sobre Tokio, llevada a cabo por bombarderos despegados del Hornet, había dado impulso al proyecto.

Se pusieron algunos reparos a este plan; pero Yamamoto, el dinámico comandante en jefe de la Flota combinada, lo sostuvo enérgicamente por motivos personales. Siempre estuvo convencido de que el Japón podría conquistar el espacio vital necesario para poder consolidar sus propias conquistas y poder negociar luego unas condiciones de paz satisfactorias, tan sólo si destruía la Flota americana, convicción que le había inspirado el ataque a Pearl Harbor. Yamamoto creía acertadamente que un ataque a Midway seria un desafío que Nimitz no podría ignorar y que induciría a la Flota americana del Pacífico a presentarse en aquel lugar, donde el almirante nipón la esperaría obligándola a batirse.



Vista de la cubierta de vuelo del Yorktown


El plan japonés era complicado, como lo solían ser todos sus planes estratégicos navales, y exigía la más exacta sincronización para que distintas unidades tácticas de diversos tipos se unieran en el momento oportuno; incluía además -y esto era también muy japonés- la existencia de un «cebo», o sea una maniobra diversiva que hiciera que el enemigo dividiese sus fuerzas o que lanzase todas ellas sobre un objetivo secundario.

La Escuadra japonesa septentrional debía dejar Ominato, al norte de Honshu, entre el 25 y el 27 de mayo, para atacar las Aleutianas. La 2a Escuadra, formada por los portaaviones ligeros Ryujo y Junyo, dos cruceros y tres destructores, al mando del contraalmirante Kakuta, partiría antes, con objeto de desencadenar un ataque por sorpresa contra Dutch Harbor el día 3 de junio. Esta agresión -así lo esperaban de manos de los japoneses- haría que Nimitz destacase inmediatamente parte de sus unidades hacia el sector septentrional, donde una escuadra japonesa de protección, compuesta por 4 acorazados, 2 cruceros y 12 destructores, las estaría esperando. A la formación de Kakuta le seguiría, dos días más tarde, el resto de la formación de las Aleutianas (dos pequeñas unidades de transpone escoltadas por cruceros y destructores), que debía llevar a cabo la invasión de Attu y Kiska, fijada para el 5 de junio. En el ínterin, los cuatro grandes portaaviones pertenecientes a la 1ª. Escuadra, al mando del almirante Nagumo -el Akagi, el Kaga, el Híryu y el Soryu- zarparían de Hashirajima, en el mar del Japón, para aproximarse a Midway. Al alba del 4 de junio los cazas y los bombarderos despegarían para efectuar una incursión preliminar sobre la isla antes del asalto de las tropas, que llegarían dos días después, con el grupo de transportes.

El plan original había previsto también la inclusión en la Escuadra de Nagumo de los portaaviones Zuikaku y Shokaku; pero el Shokaku, fue averiado en la batalla del mar del Coral, como el norteamericano Yorktown, y no pudo ser reparado a tiempo para que pudiera tomar parte en la batalla de Midway. Además, dichos portaaviones habían perdido un considerable número de expertos y experimentados pilotos de sus aviones, y era totalmente imposible sustituirlos, en unas pocas semanas, por otros que estuvieran, por lo menos, tan bien preparados como los anteriores.


La formación de batalla de Yamamoto




El almirante Isoroku Yamamoto, el mejor estratega naval de todo el mundo.


De Guam debían zarpar también cuatro cruceros pesados, al mando del vicealmirante Kurita, para apoyar al grupo de transporte. Por último, se decidió que el día 28 de mayo saldrían juntas del mar del Japón tres poderosas formaciones navales, cuya composición era la siguiente:


* La formación principal, que comprendía el Yamato –el nuevo buque insignia de Yamamoto, el acorazado más grande del mundo, armado con nueve cañones de 460 mm- y los acorazados Nagato y Mutsu, con cañones de 406 mm, todos ellos con sus respectivos destructores de escolta

* La Escuadra principal de apoyo a la de invasión de Midway -dos acorazados, cuatro cruceros pesados y los destructores de escolta-, al mando del vicealmirante Kondo

* la Escuadra de protección (cuya composición ya se ha detallado).


Una vez en alta mar, Kondo debería separarse de la formación de Yamamoto y dirigirse hacia una posición desde la que pudiera realizar acciones de apoyo al sudoeste de Midway, mientras la Escuadra de protección se situaría más allá, próxima a la ruta Pearl Harbor-Aleutianas. Las poderosas unidades de Yamamoto se situarían en el centro, donde tendrían la posibilidad de destruir cualquier formación que Nimitz enviase contra ellas. Para estar seguros de que ni un solo buque norteamericano escaparía a su vigilancia, los hidroaviones japoneses realizarían vuelos de reconocimiento sobre Pearl Harbor desde el 31 de mayo al 3 de junio. Y como últimas medidas de precaución, el 2 de junio se situarían dos cordones de submarinos al noroeste y al oeste de las Hawai, y un tercer cordón formaría una compacta barrera defensiva mucho más al Norte, hacia las Aleutianas.

El plan de Yamamoto, aunque ingenioso, era excesivamente complicado y presentaba dos defectos que luego habían de resultar fatales. A pesar de su entusiasmo por la Aviación naval, el almirante no se daba cuenta todavía de que la época de los gigantescos acorazados, reyes de las batallas, había pasado ya y que su lugar lo ocupaban ahora los portaaviones, navíos que podían desencadenar ataques a una distancia treinta veces superior al alcance de los más potentes cañones. En aquel periodo la misión de los acorazados ya se había limitado a la escolta inmediata de los vulnerables portaaviones. En cambio, la Escuadra de Nagumo se apoyaba tan sólo en dos acorazados y tres cruceros. Quizá, si hubiera permanecido unida a la formación principal de Yamamoto, los acontecimientos que siguieron habrían sido muy distintos.

Pero el error que más perjudicó el plan de Yamamoto fue precisamente suponer que el enemigo lo ignoraba y que, por lo tanto, la Flota americana del Pacífico saldría de Pearl Harbor sólo cuando Nimitz recibiera la noticia del ataque a Midway. Por el contrario, mucho antes del proyectado reconocimiento de los hidroaviones (que, entre otras cosas, no llegó a realizarse y antes también de que los submarinos enviados en exploración alcanzaran las posiciones señaladas, Spruance y Fletcher se encontraban ya más allá de la línea de barrera, circunstancia totalmente ignorada por los japoneses. Los detalles de esta toma de contacto y -en sus puntos principales- todo el plan de Yamamoto eran conocidos por Nimitz, quien a parte del envió de una pequeña formación de cinco cruceros y diez destructores a las Aleutianas para que realizasen acciones de hostigamiento, concentro todas sus unidades disponibles en el sector amenazado.



Bombarderos en picado Dauntless sobre la cubierta del Yorktown



Nitmiz disponía también de una división de acorazados; pero, al contrario del almirante japonés, no se forjaba ilusiones en cuanto a que sus cañones pudieran desempeñar el papel de protagonistas en la batalla que se estaba preparando; prefirió asignarles funciones defensivas a lo largo de la costa occidental americana. Al principio, y según el plan, la Flota combinada japonesa avanzó hacia el Este, manteniendo una formación muy extendida. El estado de ánimo general de las tripulaciones era optimista; nacía del recuerdo de la ininterrumpida serie de victorias logradas hasta entonces. La «enfermedad de la victoria» -como más tarde la denominaron los mismos japoneses- estaba especialmente difundida entre los componentes de la 1ª. Escuadra de ataque, la que había llevado acabo aquella arrolladora correría que sembró la destrucción desde Pearl Harbor a las Indias holandesas y Ceilan, sin perder ni siquiera un buque. Sólo el almirante –por lo menos así lo diría después Nagumo- tenía sus dudas sobre la capacidad de los nuevos y numerosos elementos que habían sustituido a los habilsimos pilotos caídos en los anteriores combates.

Mientras tanto, Spruance y Fletcher se reunían el día 2 de junio, y Fletcher asumía el mando de las dos Task Forces; no obstante, cada una de ellas continuaría operando como unidad autónoma. El mar estaba en calma y el cielo surcado por nubes altas. Los aviones que al día siguiente realizaron el reconocimiento, en perfectas condiciones de visibilidad, no avistaron nada, y Fletcher tuvo motivos para creer que el enemigo ignoraba su presencia. En efecto, ni Yamamoto ni Nagumo, los cuales avanzaban rápidamente y casi a ciegas a través de la lluvia y de la niebla, tomaron en consideración esta posibilidad, o, por lo menos, la juzgaron muy improbable.

El 3 de junio, mucho más al Norte, el alba apareció gris y caliginosa sobre los dos portaaviones de Kikuta, desde los que se elevó la primera de las dos oleadas de ataque para destruir las instalaciones y los depósitos de carburante de Dutch Harbor. El 4 de junio se lanzó un segundo ataque, y en los días que siguieron las formaciones navales japonesas y norteamericanas se buscaron en vano en medio de los bancos de niebla, mientras los japoneses ocupaban dos islas, Kiska y Attu, prácticamente privadas de defensa. Mas como Nimitz no cayó en la tentación de emplear una de sus Escuadras en una acción secundaria, esta parte del plan de Yamamoto no tuvo ningún efecto en los acontecimientos que iban a desarrollarse.


Préambulo a la batalla




Portaviones Soryu en el astillero naval de Kure


Los preliminares de tales acontecimientos tuvieron lugar en las primeras horas del 3 de junio, cuando un hidroavión Catalina avistó, a unas 700 millas al oeste de Midway, una poderosa formación naval que avanzaba en dos largas filas apoyada por numerosos buques de cobertura dispuestos en cuña y a la que tomó por el grueso de la Flota japonesa. Basados en los informes de este aparato, nueve B-17 de la Aviación del Ejército, despegados de Midway, sometieron a esta formación a tres bombardeos de alta cota y afirmaron haber alcanzado dos acorazados, o dos cruceros pesados, y dos transportes. En realidad, la formación enemiga estaba compuesta tan sólo por los transportes y por los buques cisterna de la fuerza destinada a la ocupación de Midway, y ninguno de ellos fue alcanzado hasta el momento en que cuatro Catalina anfibios, que se habían elevado de Midway, avistaron de nuevo el grupo en las primeras horas del día 4 de junio, a plena luz de la luna; entonces fue cuando lograron alcanzar con un torpedo a uno de los buques cisterna, el cual, sin embargo, sólo registró ligeras averías y pudo seguir navegando en la formación

Fletcher, que se encontraba a más de 800 millas al Este, interceptó los mensajes relativos a este primer contacto; pero, como conocía el plan enemigo, no le fue difícil comprender que retrataba del grupo de ocupación. Sabía que los portaaviones de Nagumo estaban bastante más cerca, a unas 400 millas al oeste de su propia posición, y que se aproximaban desde el Noroeste al punto previsto para el despegue de los aviones. Por ello, durante la noche, las dos Task Forces se dirigieron al Sudoeste, hacia un punto determinado, a 200 millas al norte de Midway, con objeto de situarse al amanecer dentro del radio de acción de los aparatos de reconocimiento y sorprender al enemigo. Se estaba preparando una de las batallas decisivas de la historia. Un mortal juego al escondite.

Durante la última hora de oscuridad, antes del amanecer del 4 de junio, a bordo de los portaaviones de una y otra parte se estaban preparando los aparatos para las operaciones de despegue. El Yorktown, que debía lanzar el primer vuelo de reconocimiento del día, llevaba los Dauntless. bombarderos en picado y de reconocimiento, diez de los cuales despegaron a las 4,30 para explorar una zona que se extendía 100 millas de Oeste a Este. Esto se hizo como medida de precaución para no correr el riesgo de verse sorprendidos mientras esperaban noticias de los hidroaviones de reconocimiento que habían despegado de Midway.



Bombardeo Dauntles americano


También la Escuadra de Nagumo lanzó sus propios aviones de reconocimiento en el mismo momento, uno el Akagi y otro el Kaga, y dos hidroaviones los cruceros Tone y Chikuma, con la misión de explorar la zona al Este y al Sur en una profundidad de 300 millas. El hidroavión del acorazado Haruna, por ser de un tipo más anticuado, recibió la orden de limitarse a una profundidad de 150 millas. Pero la actividad principal a bordo de los portaaviones de Nagumo no se concentraba en los preparativos de las formaciones de asalto para realizar el ataque a Midway: 36 aviones torpederos Kate (cada uno con una bomba de 850 kg) 36 bombarderos en picado Val con una sola bomba de 225 kg así como 36 cazas Zero de escolta. Esta imponente formación de ataque, al mando del teniente de navío Joichi Tomonaga, despegó a las 4,30.



Aichi D3A Val bombardero en picado


Caza embarcado A6M Zero


A las 4,45 todos los aviones japoneses volaban ya en la ruta preestablecida a excepción de uno. Y este hecho insignificante en sí mismo, tuvo un papel determinante en el desarrollo de Ia batalla. Ocurrió que una de las catapultas del crucero Tone no funcionó debidamente, por lo que su segundo hidroavión fué lanzado a las cinco. Este retraso, aparentemente de escasa importancia, estaba destinado a tener muy hondas consecuencias, como se verá más adelante. Mientras tanto, los montacargas de los portaaviones ya estaban conduciendo a las cubiertas una segunda oleada; no tan potente como la anterior; pero esta vez bajo la carlinga de los Kate se fijaron los torpedos, pues su misión era ahora atacar a todas las unidades navales enemigas que les señalasen los aparatos de reconocimiento.

La calma que siguió al primer lanzamiento por parte de las dos escuadras adversarias se rompió de pronto dramáticamente. A las 5,20 horas, a bordo del Akagi, insignia de Nagumo, sonó la alarma: se había avistado un hidroavión enemigo en vuelo de reconocimiento. Inmediatamente se elevaron los Zero para perseguirle y entonces, entre las nubes, comenzó un mortal juego al escondite, hasta que los aviadores norteamericanos lograron escapar de sus perseguidores. A las 5,34 el servicio de radio de Fletcher recibió un mensaje: «Portaaviones enemigos a la vista»; seguido por otro que anunciaba que numeroso aparatos enemigos se estaban dirigiendo hacia Midway. Finalmente, un tercer mensaje, a las 6,03, comunicó los detalles relativos a la posición de composición de la Escuadra de Nagumo, que se hallaba a 200 millas al oeste-sudoeste del Yorktown. Había llegado el momento de la acción.

Se llamó inmediatamente a los aviones de reconocimiento de dicho portaaviones y, en espera de su retorno, Fletcher ordenó a Spruance que avanzara con la 16a Task Force «en dirección Sudoeste para atacar a los portaaviones enemigos una vez se hubiera comprobado su posición». El Enterprise y el Hornet, bajo la protección de los cruceros y de los destructores de escolta, se alejaron a la velocidad de 25 nudos; mientras tanto, las sirenas daban la señal de: "todos a sus puestos de combate". Casi simultáneamente, en Midway, se preparaban para afrontar el ataque inminente.

A las 5,35 el radar reveló el enjambre de aviones que se aproximaba y siete minutos más tarde todos los aparatos disponibles en la isla se habían elevado. Los bombarderos y los hidroaviones recibieron la orden de mantenerse fuera de la zona, en tanto que los cazas del cuerpo de marines despegaban divididos en dos grupos y se lanzaban al ataque. Pero de los 26 aparatos que partieron para la acción, unos 20 eran anticuados Brewster Buffalo, totalmente superados por los rápidos y agilísimos Zero, por lo que pronto se vieron arrollados: 17 fueron derribados y otros siete resultaron con daños irreparables. Los aparatos enemigos llegaron entonces sobre el objetivo y soltaron sus bombas sobre las centrales eléctricas, los hangares de los hidroaviones y los depósitos de carburante.



Los efectos del bombardeo sobre la base. Fotografía tomada por el equipo de John Ford


Al mismo tiempo, también salieron diez aviones torpederos, seis de los cuales eran los nuevos Grumman Avenger (que poco después sustituirían en los portaaviones norteamericanos a los Devastator, cuya actuación se había revelado como poco satisfactoria), y cuatro Marauder del Ejército. A las 7,10 estos aparatos localizaron y atacaron a los portaaviones japoneses; pero, privados de la protección de los cazas, se vieron expuestos al ataque de los numerosos Zero, por lo que muchos de ellos fueron derribados incluso antes de alcanzar la posición de lanzamiento. Los que lograron sustraerse a los cazas adversarios, como estaban armados con los lentos e ineficaces torpedos que habían suscitado el desprecio de los japoneses en la batalla del mar del Coral, no alcanzaron ni un solo objetivo. Tan sólo un Avenger y dos Marauder se salvaron de aquella especie de huracán de explosiones de las granadas antiaéreas que los acogió; no obstante, también se perdieron, pues se estrellaron y destrozaron contra el suelo cuando tomaban tierra en el aeropuerto de Midway.



Foto aérea del atolón de Midway. En primer plano, a la izquierda, el aeropuerto


Si bien no obtuvieron ningún resultado inmediato, estos ataques habrían de tener, sin embargo, consecuencias importantes. A las 7,00 el teniente de navío japonés Tomonaga, que volaba sobre Midway para observar los resultados del ataque, comunicó que para demoler las defensas del atolón era preciso un segundo bombardeo. Nagumo juzgó que, para ello, era inadecuado un ataque con torpedos, y, como aún no tenía noticias de que en la proximidad se encontrasen unidades de superficie enemigas, tomó la primera de una serie de decisiones fatales: en efecto, a las 7,15 ordenó a los aviones de la segunda oleada que estuvieran dispuestos para el ataque a Midway. Los Kate, concentrados sobre el Akagi y el Kaga, tuvieron que volver a las cubiertas inferiores para sustituir los torpedos por bombas. Era este un trabajo lento, y por ello, cuando a las 7,28 llegó un mensaje que hundió a Nagumo en una angustiosa incertidumbre, tan sólo se había realizado una parte de la operación.

El hidroavión de reconocimiento del crucero Tone -aquel que, como hemos dicho, salió con 30 minutos de retraso sobre el horario fijado- había sido designado por la suerte para ser el único que avistase a la Flota americana en su propio sector de exploración, y entonces comunicó: "Avistados diez buques, aparentemente enemigos; marcación 10 grados, velocidad superior a los 20 nudos". Durante el cuarto de hora que siguió Nagumo esperó con creciente impaciencia otra noticia que señalase la composición de la Escuadra enemiga.

Ésta constituiría un peligro, en el radio de 200 millas, tan sólo si en ella figuraban portaaviones; en tal caso sería indispensable atacarla inmediatamente. A las 7,45 Nagumo ordenó suspender la sustitución del armamento de los Kate. Todos los aparatos deberían prepararse para un ataque a los buques. Dos minutos después comunicó al avión de reconocimiento: "Verifique tipo buques y mantenga contacto". La respuesta llegó a las 7,58 horas, señalando tan sólo un cambio en la ruta del enemigo, seguida, sin embargo, doce minutos más tarde, por una nueva comunicación: Buques enemigos, con cinco cruceros y cinco destructores».


Se derrumban las esperanzas de Nagumo


Nagumo y su Estado Mayor acogieron con verdadero alivio el mensaje, porque en aquel mismo momento su escuadra era atacada por 16 bombarderos en picado procedentes de Midway, a los que siguieron poco después 15 "fortalezas volantes", que efectuaron un bombardeo desde 6500 metros de altura y, por último, aparecieron 11 bombarderos de reconocimiento Vindicator. Todos los Zero disponibles se elevaron para interceptarlos, y ni una sola bomba alcanzó a los buques nipones. Pero si Nagumo hubiera decidido entonces lanzar un ataque aéreo, le habría faltado la cobertura de los Zero, que debían volver para abastecerse de carburante y de municiones. Mientras todo eso sucedía, un torpedo lanzado a las 8,25 por el submarino americano Nautilos -uno de los 12 que protegían Midway- contra un acorazado japonés, al que no alcanzó, puso en alarma a los acorazados y cruceros de escolta. Y entonces, en medio del fragor y de la estridencia de los ataques aéreos, Nagumo recibió, a las 8,20 horas la temida comunicación: «Escuadra enemiga acompáñada por buque que parece portaaviones».

Pero el dramático dilema ante el que se encontraba el almirante japonés lo resolvió, por desgracia, el retorno de los aviones de Tomonaga que habían participado en la incursión sobre Midway. Como todos se hallaban escasos de carburante y algunos además averiados, era indispensable disponer rápidamente la cubierta de vuelo. Rechazando el consejo del contraalmirante Yamaguchi, embarcado en el Hiryu, quien le proponía lanzar al ataque sus formaciones aéreas, Nagumo ordenó que se bajasen todos los aparatos que se encontraban en la cubierta para dejar su puesto a los que volvían. Pero cuando terminó esta operación eran las 9,18.



Impresionante foto del "Yorktown" recibiendo de lleno el impacto de un torpedo japonés. Las nubes de humo de deben al tiro de la artillería antiaérea. Ello puede dar una idea de la dificultad del ataque con torpedos


Inmediatamente, en los cuatro portaaviones, comenzaron los preparativos: los 36 bombarderos en picado Val y los 54 Kate, ahora armados nuevamente con torpedos, escoltados por todos los Zero disponibles, (a excepción de los indispensables para la escolta defensiva en torno a los navíos) se dispusieron a entrar en acción. Y justamente mientras se desarrollaban estas operaciones, es decir, en el momento en que los portaaviones eran más vulnerables que nunca, los buques destacados en cobertura en el sector Sur informaron a Nagumo que se estaba aproximando una gran formación aérea. El funcionamiento defectuoso de la catapulta del crucero Tone; el reconocimiento superficial de su tripulación; la perplejidad del mismo Nagumo -a causa quizá de la sorpresa provocada por el ataque de los aviones despegados de Midway, que, por lo demás, no habían producido daños- y, sobre todo, la fatal presunción de que la incursión sobre el atolón se llevaría a término antes de que llegase a la zona cualquier portaaviones enemigo, fueron, todos ellos, factores que, de pronto, pusieron al almirante japonés en una situación desastrosa. El orgullo de los hasta entonces victoriosos portaaviones nipones iba a ser barrido para siempre poco después de una hora.

Cuando la 16ª. Task Force se alejó en dirección Sudoeste, dejando en aquel lugar el Yorktown en espera de la vuelta de sus aviones de reconocimiento, los portaaviones de Nagumo estaban todavía demasiado lejos para que los aparatos de Spruance pudiesen alcanzarlos y volver después a bordo. Por otro lado, si los japoneses mantenían la ruta hacia Midway, Spruance sólo podría lanzar el ataque poco antes de las 9. Pero, puesto que de los cálculos se deducía que hacia aquella hora los aviones de Nagumo estarían probablemente de vuelta, Spruance decidió correr el riesgo y aceptarlas consecuencias de un lanzamiento anticipado para sorprender al adversario en el momento en que estada en condiciones de inferioridad. El despegue se realizaría con dos lanzamientos consecutivos, que requerirían en total una hora, durante la cual los primeros aviones despegados deberían sobrevolar la formación y esperar a los otros.

El primer avión del total de 67 bombarderos en picado Dauntless, 29 aviones torpederos Devastator y 20 cazas Wildcat, que formaban las fuerzas aéreas de ataque de la 16ª. Task Force, despegó exactamente a las 7,02. Pero cuando los aviones torpederos aún no habían dejado la cubierta de vuelo, la aparición en el horizonte del hidroavión del Tone hizo comprender a Spruance que no podía permitirse el lujo de esperar a que todos sus aparatos se pusieran en formación antes de dar la orden de partida. Así, pues, los bombarderos en picado del Enterprise, al mando del capitán de corbeta McClusky recibieron la orden de partir sin esperar a los aviones torpederos ni a los cazas de escolta. Así, pues, MeClusky se alejó a las 7,52 horas para interceptar a la Escuadra de Nagumo, que, según informes, se dirigía hacia Midway. El resto de los escuadrones le siguió a diversos intervalos, con los aviones de bombardeo en picado y los cazas a una altura de 5700 metros, y los aparatos torpederos volando casi a ras del agua.

La distancia que separaba a los aviones y la dificultad de mantener los contactos, a causa de la estratificación irregular de las nubes, tuvieron consecuencias desastrosas. Los cazas del Enterprise, al mando del teniente de navío Gray, tomaron posición sobre los aviones torpederos del Hornet, mandados por el capitán de corbeta Waldron, pero sin establecer contacto con ellos y dejando sin escolta a los aviones torpederos del Enterprise, conducidos por el capitán de corbeta Lindsey. Por su parte, los cazas del Hornet, tras reiterados y vanos intentos de establecer contacto con sus aviones torpederos, se unieron, por el contrario, a sus bombarderos en picado, y así las formaciones de ataque de la 16ª. Task Force avanzaron independientemente en cuatro formaciones: los primeros bombarderos en picado de McClusky, los bombarderos en picado y los cazas del Hornet y los dos escuadrones de aviones torpederos.



Almirante Tamon Yamaguchi comandante del portaviones Hiryu


Al principio, todos se dirigieron hacia la posición en la que se suponía se hallaba Nagumo, esperando que éste siguiera hacia Midway. Pero ocurrió que a las 9,18 horas, después del regreso del grupo de asalto de Tomonaga, Nagumo había modificado la ruta y navegaba hacia el Noroeste, a fin de reducir la distancia que le separaba del enemigo. Por lo tanto, al llegar al presunto punto de encuentro con los japoneses, las cuatro formaciones aéreas de la 16ª. Task Force no encontraron a nadie y debieron decidir entre las diversas soluciones que había para realizar la acción. Los bombarderos en picado del Hornet decidieron realizar su búsqueda más al Sudeste, donde, naturalmente, no descubrieron trazas del enemigo. Al acabarse el carburante, algunos bombarderos volvieron al portaaviones y otros se dirigieron a Midway. Los cazas no fueron tan afortunados, y uno a uno, a medida que fueron acabando la gasolina, tuvieron que arriesgarse a un amaraje forzoso.

En cambio, los dos escuadrones de aviones torpederos, que volaban casi a ras del agua, al dicisar el humo que se alzaba en el horizonte, hacia el norte, se dirigieron a aquel punto y, poco después de las 9,30 horas, descubrieron a los portaaviones japoneses. Aunque privados de la protección de los cazas, se dispusieron a adoptar la ruta de ataque. Ni Waldron ni Lindsey ignoraban que la empresa que se disponían a acometer equivalía a un suicidio. En el último mensaje dirigido a su escuadrón, Waldron decía: «Mi suprema esperanza es encontrar una situación táctica favorable. Pero si no es así y tenemos que enfrentarnos con lo peor, deseo que cada uno haga todos los esfuerzos posibles para destruir al enemigo. Si sólo quedara un avión para lanzarlo al último ataque, hago votos para que este aparato se lance sobre el enemigo y lo alcance. Dios nos asista».

Eran vanas sus esperanzas en cuanto a lo de encontrar una situación táctica favorable. En efecto, más de 50 aviones de caza Zero japoneses se concentraron en torno a la formación norteamericana, incluso antes de que pudiera alcanzar la posición de ataque. El teniente de navío Gray, que mandaba los cazas del Enterprise, y cuyos aparatos se hallaban mucho más elevados que los de Waldron, estaba esperando una señal para acudir en ayuda de este último, según se había acordado previamente; pero la señal no llegó.

Por otra parte, de los cruceros y de los destructores de la escolta enemiga partió un fuego mortífero. Uno a uno fueron abatidos los aviones torpederos. Algunos llegaron a soltar los torpedos antes de ser alcanzados, pero sin llegar a alcanzar el objetivo. Uno de los pilotos, el guardiamarina George H. Gay, se libró de aquella hecatombe agarrándose a un asiento de goma que flotaba junto a su destruido aparato hasta que, al llegar la noche, pudo hinchar su bote neumático de salvamento sin ser ametrallado por los cazas japoneses.

Cinco minutos más tarde entraron en acción los 14 Devastator del Enterprise. Por puro azar, mientras realizaban el ataque por el costado derecho del Kaga, los aviones torpederos del Yorktown llegaron por el lado opuesto, con la intención de atacar el Soryu, y atrajeron sobre sí un considerable número de cazas de la defensa enemiga.

Por otra parte, la formación de 17 bombarderos en picado del Yorktown, al mando del capitán de corbeta Maxwell F. Leslie, junto con 12 aviones torpederos del capitán de corbeta Lance E, Massey y una escolta de seis Wiktcat, habían abandonado la cubierta de vuelo del portaaviones una hora y cuarto después de la formación de asalto de la 16ª. Task Force. Sin embargo, una valoración más concienzuda de las probabilidades, llevada a cabo por Leslie, los condujo a todos, simultáneamente, sobre el enemigo para efectuar un ataque en masa coordinado, lo que representaba la única esperanza de abrir brecha a través de las defensas. Además, en aquel mismo momento, llegaron también los bombarderos en picado de McClusky, quien, después de haber alcanzado el punto previsto de encuentro con el enemigo, mantuvo durante cierto tiempo la ruta Sudoeste, y luego, tras efectuar una rápida desviación al Noroeste, avistó un destructor que se dirigía a toda máquina hacia el Nordeste y lo siguió. Era el Arashi, que se había retrasado para intentar alcanzar con cargas de profundidad al Nautilus. Y así, McClusky, invirtiendo la ruta para seguir al Arashi, había llegado precisamente sobre el objetivo.

El ataque concurrente de las dos formaciones de aviones torpederos no obtuvo ningún resultado. Decenas y decenas de Zero volaban a su alrededor, dejando prácticamente fuera del juego al pequeño grupo de los seis Wildcat. Los lentos y torpes Devastator sufrieron la misma suerte de sus predecesores. Lindsey y otros diez pilotos de su formación fueron abatidos y del grupo de Massey sólo se salvaron dos. Los buques japoneses no tuvieron dificultad en evitar los pocos torpedos que se lanzaron contra ellos.

Sin embargo, el sacrificio de los aviones torpederos no fue inútil, porque, mientras todos los cazas nipones estaban ocupados en la destrucción a baja cota de aquella fácil presa, a una cota más elevada se estaban reuniendo, sin que les viesen ni molestasen, los bombarderos en picado: los 18 de McClusky y los 17 de Leslie, los cuales, inmediatamente después, descendían en picado sobre el adversario.

En el ínterin, en los cuatro portaaviones japoneses estaban a punto determinarlas operaciones de aprovisionamiento de carburante y de rearme. Las cubiertas estaban atestadas de aviones alineados para el despegue. Nagumo había dado ya la orden de lanzamiento y los buques se estaban situando a barlovento. A bordo del Akagi todas las miradas se dirigían abajo, a la cubierta.

Y de improviso, el aullido agudo y cada vez más fuerte de los bombarderos en picado superó el zumbido de los motores ya en marcha de los aparatos nipones. Cuando los japoneses levantaron la cabeza, vieron tres puntos negros, tres bombas de 450 kilos, que se separaban de los tres HellDiver, en picado casi vertical. Las bombas descendieron inexorablemente hacia el objetivo más vulnerable de todos: una cubierta cargada de aviones, con sus depósitos llenos de carburante y con todas sus bombas a bordo. Una de las bombas americanas dio justamente en medio del Akagi, delante del puente de mando y detrás de los montacargas para los aviones; penetró en el hangar y allí estalló, provocando la explosión de los depósitos de torpedos, destrozando la cubierta de vuelo y destruyendo los montacargas. Otra estalló entre los Kate, en la parte de popa de la cubierta, iniciando una terrible deflagración que se unió a la del hangar. En pocos minutos el buque insignia de Nagumo se vio desgarrado por grandes explosiones, que se sucedian a medida que las llamas llegaban a los depósitos de bencina a las bombas y a los torpedos. El comandante Aoki se dio cuenta de que era imposible reducir los daños y los incendios y convenció al reacio Nagumo a trasladar su insignia a otro buque. El almirante y su Estado Mayor se abrieron paso a través de las llamas hasta el castillo de proa, y desde allí, descendieron por los cables, alcanzaron una lancha que les llevo a bordo del Negará, uno de los cruceros ligeros de escolta.



Explosiones en el Akagi


No cabe duda de que, al atacar Midway y las Aleutianas, los japoneses proyectaban extender su perímetro defensivo, a fin de ponerse a salvo, con el suficiente margen de tiempo, de cualquier eventual ataque por parte de Estados Unidos. Para el almirante Yamamoto esta iniciativa representaba la ocasión que coronaría la obra de Pearl Harbor, pues pensaba destruir completamente a la Flota americana antes de la llegada de refuerzos. Sin embargo, su plan presentaba dos puntos débiles: en primer lugar, era demasiado complicado y muchas unidades no estaban en condiciones de apoyarse recíprocamente; en segundo lugar, Yamamoto, aunque defendía la validez táctica del empleo de los portaaviones, y a pesar de los éxitos que éstos ya habían conseguido, continuaba viendo en sus acorazados el elemento esencial que destruiría a la flota estadounidense en cuanto las escuadras de invasión la hubieran inducido a salir. Pero los norteamericanos se dieron cuenta de la trampa que el enemigo les estaba preparando. Sus dos escuadras eludieron la vigilancia adversaria, salieron de las bases del Pacífico y destruyeron los portaaviones japoneses, retirándose antes de que los navíos de batalla de Yamamoto pudieran intervenir.


Hecatombe en los portaaviones japoneses


El buque insignia había sido atacado tan sólo por tres bombarderos en picado del Enterprise; el resto del grupo aéreo -34 bombarderos en picado- se concentró sobre el Kaga. De las cuatro bombas que lo alcanzaron, la primera estalló delante de la superestructura, haciendo saltar por los aires un carrillo de aprovisionamiento de bencina; las llamas que se originaron invadieron el puente y mataron a todos los que se encontraban arriba, comprendido el comandante. Las otras tres bombas cayeron en medio de los aviones alineados en la cubierta de vuelo y provocaron una serie de incendios y de explosiones que transformaron todo el buque en una inmensa hoguera, análogamente a lo que había ocurrido en el Akagi. En pocos minutos la situación se hizo tan desesperada que el oficial superviviente de mayor graduación ordenó trasladar el retrato del emperador a un destructor de escolta (según disponían las ordenanzas cuando la suerte de un buque no tiene remedio y que se desarrollaba siempre de acuerdo con un riguroso ceremonial). El Kaga, sin embargo, continuó flotando durante bastantes horas.

También el Soryu sufrió un fuerte ataque, desencadenado por los veteranos de la batalla del mar del Coral, quizá los aviadores de la Marina estadounidense que por aquel tiempo tenían más experiencia en el combate. Se lanzaron en picado en tres oleadas, precisos y seguros, a la derecha de la proa, a la derecha de la popa y a popa, arrojando una granizada de bombas de 450 kilos y sin sufrir ninguna pérdida. Tres bombas alcanzaron el objetivo: la primera penetró a través de la cubierta del hangar y la explosión levantó la plataforma de acero de los montacargas, doblándola contra el puente de maniobra; las otras cayeron entre la masa de los aviones y todo el buque quedó invadido por las llamas. Al comandante, capitán de navío Ryusaku Yanaginoto, le bastaron veinte minutos para decidirse a dar la orden de abandonar el buque a fin de evitar que la tripulación se quemase viva. Pero también el Soryu, como los otros buques, sobrevivió todavía bastantes horas antes de desaparecer para siempre entre las aguas.



Foto del "Hyryu" tomada desde los B-17 que lo atacaron


Así, pues, cinco breves y mortíferos minutos habían bastado para destruir la mitad de la escuadra de portaaviones japonesa, el cuerpo escogido de su Marina. Por el momento el Hiryu, a algunas millas de distancia, permanecía intacto y antes de que acabase el día vengaría, por lo menos parcialmente, a los tres portaaviones de su grupo. No obstante, antes de describir la parte que le correspondió en la batalla preferimos seguirlos avatares de los otros hasta su definitiva destrucción en aguas del Pacífico.

Aunque a bordo del Akagi los daños se habían limitado en un principio a la cubierta de vuelo y a los hangares, quedando intactas las máquinas, los incendios, alimentados por la gasolina de los depósitos de los aviones y por la que salía de las tuberías, eran tan violentos que la tripulación no los pudo aislar. A las 17,15 horas el comandante, capitán de navío Aoki, llegó a la conclusión de que ya no había esperanzas para el buque. Se trasladó entonces el retrato del emperador a un destructor y el portaaviones fue abandonado. Sin embargo, el comandante en jefe no autorizó su hundimiento –que se le había solicitado en seguida- hasta el amanecer del día siguiente, porque sólo entonces Yamamoto llegó a comprender del todo el alcance de la derrota japonesa y el Akagi fue hundido por los proyectiles de un cazatorpedero.

Incendios análogos habían devastado también al Kaga, frustrando cualquier intento de salvarlo. Inmovilizado y envuelto en llamas se convirtió en blanco de los torpedos del Nautilus, el cual, después del ataque anterior, había emergido y se dedicaba a dar caza a los maltrechos portaaviones japoneses. Pero incluso como blanco fijo el Kaga era demasiado potente para los deficientes torpedos norteamericanos. De los tres que le lanzó, dos no lo alcanzaron y el tercero no estalló. A las 16,40 la tripulación recibió la orden de abandonar el portaaviones, y a las 19,25 dos explosiones lo desgarraron, yéndose a pique poco después.

Al Soryu le correspondió parecida suerte: la destrucción fue consecuencia de una especie de explosiones interiores intermitentes, que produjeron una gigantesca masa de llamas y de humo. Cuando el capitán de navío Yanaginoto dio la orden de abandonar el buque, decidió inmolarse, muriendo entre las llamas o hundiéndose con su navío. Un grupo de sus hombres, que volvió a bordo con intención de convencerlo, o, si era necesario, de obligarlo a que se salvara, se retiró humildemente ante la resolución del comandante, quien erguido, con el sable desenvainado y la mirada fija ante sí esperaba el fin. Lo dejaron en manos del destino que él había escogido espontáneamente. Mientras se alejaban le oyeron entonar el himno nacional. Yanaginoto estuvo en espera de la muerte hasta cerca de las 19 horas, cuando el Soryu y 718 de sus tripulantes desaparecieron en el océano.

Mientras tanto, antes de que empezara la agonía de los tres portaaviones de Nagumo, habían ocurrido otros muchos acontecimientos. Los primeros supervivientes de los aviones americanos de ataque que se posaron de nuevo sobre la cubierta de sus buques comunicaron que uno de los portaaviones japoneses no había sido localizado todavía: se trataba del Hiryu, que en el momento del ataque estaba lejos de los otros. El almirante Fletcher envió diez aviones de reconocimiento en su busca y asimismo ordenó que se elevase una patrulla defensiva compuesta por una docena de Wildcat. No podía ser más oportuna esta medida. Pocos minutos antes del mediodía, el radar del Yorktown reveló que se estaban acercando aparatos enemigos procedentes del Oeste.

Era el grupo de ataque del Hiryu, compuesto por 18 bombarderos en picado y seis cazas y a mando del teniente de navío Michio Kobayashi veterano piloto que había tomado parte en todas las operaciones de la escuadra de portaaviones de Nagumo. Apenas estuvieron en el aire los aviones de Kobayashi, un segundo grupo, formado por 10 aviones torpederos y seis Zero, se preparó también para el despegue. Iría al mando del temible Tomonago. El grueso de Kobayashi había seguido a alguno de los aviones de ataque del Yorktawn y ahora se concentraba sobre el buque insignia de Fletcher. Los Wildcat -por primera vez más numerosos que los Zero de escolta- superaron la defensa japonesa y atacaron a los Val. Derribaron a diez de ellos, comprendido el de Kobayashi, y otros dos fueron abatidos por la artillería antiaérea de los cruceros de escolta.

No obstante, los seis que quedaban demostraron que no habían perdido en absoluto su agresividad, lanzándose en picado contra el portaaviones. El fuego antiaéreo derribó un Val, pero la bomba que antes pudo lanzar estalló en la cubierta de vuelo, matando a muchos hombres e incendiando el hangar situado debajo. Una segunda bomba entró por la chimenea y estalló allí originando otros incendios. Con los tubos de ventilación de tres calderas desgarrados y los hornos de otras cinco o seis apagados, el portaaviones fue perdiendo velocidad progresivamente, hasta que al cabo de 20 minutos, se detuvo. Una tercera bomba penetró hasta la cuarta cubierta, donde, durante cierto tiempo, persistió la amenaza de un incendio en los depósitos de carburante y en el panel de municiones de proa.



El USS Yorktown ardiendo tras el primer ataque


Puesto que su buque insignia estaba inmovilizado y no funcionaban ni el radar ni las instalaciones de radio. Fletcher se trasladó al crucero Astoria, y ordenó al Portland que remolcase al portaaviones. Pero la sección de averías logró hacer milagros. Antes de que se fijase el cable de remolque, el Yorktown volvió a estar en condiciones de moverse y de navegar a 20 nudos; mientras tanto en la cubierta de vuelo los cazas se abastecían de carburante. De momento, las perspectivas parecían risueñas. Sin embargo, poco después, el radar de un crucero señaló la presencia de la formación de Tomonaga, a unas 40 millas y avanzando rápidamente.

Los norteamericanos apenas tuvieron tiempo de lanzar ocho Wildcat, que se unieron a las cuatro que ya estaban volando: pero los cazas estadounidenses no lograron superarla cobertura de los Zero que escoltaban a los Kate. Ante los atacantes se levantó una tupida cortina de granadas, en tanto que los cruceros formaban una barrera de espuma con sus cañones de mayor calibre, levantando verdaderas murallas de columnas de agua a través de las cuales parecía imposible que pudieran pasar los kate en vuelo rasante.


El Yorktown es herido de muerte



El Yorktown es impactado varias veces por los bombarderos japoneses


Se consiguió abatir cinco Kate, pero los restantes, que se acercaron en cuatro direcciones distintas, desplegaron toda su mortífera habilidad, lanzándose en picado para soltar los torpedos a quemarropa, a una distancia de 450 metros. Era imposible que el portaaviones los pudiera evitar. Dos lo alcanzaron por el costado de babor, desgarrando el doble fondo con los depósitos de carburante y provocando en el buque una escora de 26 grados y la detención de la distribución de energía. El Yorktown estaba a punto de zozobrar. A las 15 su comandante, el capitán de navío Buckmaster, dio la orden de abandonarlo.

Mientras tanto, los bombarderos en picado de la 16ª. Task Force de Spruance, que operaban a unas 60 millas al nordeste del Yorktown, realizaban una acción de represalia sobre el Híryu. Veinticuatro Dauntless llegaron por sorpresa sobre él y en seguida iniciaron el ataque. Inútilmente el portaaviones realizó bruscas evoluciones para evitar las bombas, pero fue inútil. Cuatro lo alcanzaron, y una despidió el montacargas anterior contra el puente de maniobra, mientras las otras provocaban incendios y explosiones en cadena que condenaron al buque al mismo final que sus compañeros. A las 21,23 se pararon las máquinas. Los desesperados esfuerzos para dominar los incendios continuaron durante la noche; pero a las 2,30 de la madrugada siguiente no hubo más remedio que abandonarlo y hacer que lo torpedease un destructor de escolta.

Prácticamente, la batalla de Midway había concluido el 4 de junio, en el momento en que desaparecieron los cuatro portaaviones japoneses y el norteamericano Yorktown. Pero eso no lo sabían aún ni los comandantes japoneses ni los norteamericanos, y las maniobras y los encuentros de menos trascendencia se prolongaron durante dos días más. Los comandantes nipones, a excepción de Nagumo, se resistían a creer que la pérdida de los cuatro portaaviones significaba la desmota y el fin de la operación Midway. El almirante Kondo, con sus dos acorazados, sus cuatro cruceros pesados y el portaaviones ligero Zuiho, se había puesto en marcha, a mediodía del 4 de junio, para acudir en socorro de Nagumo. Y poco después Yamamoto ordenaba a todas las unidades diseminadas que se concentrasen para atacar al enemigo. El mismo, con el grueso de la Flota, se estaba acercando a toda máquina desde el Oeste para arrojar a la lucha el peso de los cañones de 460 mm del gigantesco Yamato y los de 406 del Nagato y del Mutsu. Todavía se obstinaba en subestimar al adversario, y soñaba en una batalla al estilo clásico, en la que su poderosísima Escuadra derrotaría a la Task Force americana y vengaría las pérdidas sufridas el día anterior. La gran acción naval, con los acorazados alineados majestuosamente, lanzándose unos a otros potentes andanadas, constituía aún su sueño y su auténtica finalidad.

Pero este concepto de guerra naval había sido eliminado, por la fuerza de las circunstancias, de la estrategia americana después del ataque a Pearl Harbor. Raymond Spruance, que durante la guerra se manifestó como uno de los almirantes más hábiles, no se dejaría atraer jamás, y menos aún de noche, hacia el radio de acción de los acorazados de Yamamoto; pues, en tal caso, sus portaaviones, que no estaban, ni mucho menos, preparados para efectuar operaciones nocturnas, se encontrarían irremediablemente en condiciones de total inferioridad. Así, pues, el anochecer, se alejó del escenario de la batalla, dirigiéndose hacia el Este, a fin de alcanzar al día siguiente una posición desde la que podría tener la doble posibilidad de seguir a las fuerzas enemigas en retirada o bien de impedir un nuevo desembarco en la isla de Midway.

El comandante en jefe nipón se negó a reconocer las proporciones del desastre hasta primeras horas del 5 de junio, cuando ordenó, a las 2,55, la retirada general. Esta es la razón por la cual los 58 bombarderos en picado que Spruance había lanzado desde sus dos buques la tarde del 5 en busca del grueso de Yamamoto no encontraron ningún navío, excepto un destructor solitario que rastreaba las aguas en busca del Hiryu.

Cabe recordar, aunque brevemente, dos incidentes. Cuando Yamamoto ordenó la retirada general, los cuatro cruceros pesados del grupo de apoyo del almirante Kurita -Kumano, Suzuya, Mikuma y Mogami- se encontraban al oeste de Midway, hacia la que se dirigía para bombardearla al amanecer. Apenas recibida la orden, invirtieron la ruta, siendo entonces avistados por el submarino americano Tambor. El buque insignia japonés avistó a su vez al submarino, transmitiendo a toda la formación a babor; pero no las recibió el Mogami, que se encontraba en la retaguardia y que, siguiendo la ruta inicial, entró en colisión con el Mikuma. A consecuencia del choque, el Mogami sufrió graves daños, que redujeron su velocidad a 12 nudos. Kurita dejó el Mikuma y dos destructores para que escoltasen al buque averiado y reemprendió la navegación a toda velocidad con el resto de la formación.

Al tener noticia de ello en Midway, despegaron doce «fortalezas volantes», que no lograron localizar al enemigo. No obstante, poco después, bombarderos en picado del cuerpo de los marines advirtieron la larga estela de nafta que el Mikuma había dejado y la siguieron hasta encontrar al buque y atacarlo. Sus bombas no alcanzaron el objetivo; pero el avión del capitán de navío Richard E. Fleming cayó y fue a aplastarse contra la torre de popa del Mikuma, y los vapores de gasolina, absorbidos por la sala de máquinas de estribor del crucero, estallaron.

A pesar de esto, el Mikuma y el Mogami continuaron alejándose hasta el día siguiente, cuando Spruance, abandonada ya la esperanza de asestar otro golpe al grueso de la Escuadra de Yamamoto, pudo lanzar sus bombarderos en picado contra ellos. Consiguieron hundir el Mikuma, mientras el Mogami, a pesar de haber experimentado gravísimos daños, logró salvarse y alcanzar la base japonesa de Truk.

En el ínterin, mucho más al Este, el Yorktown, sin tripulación, había ido a la deriva toda la noche del 4 al 5 y a mediodía del 5 flotaba todavía; evidentemente, lo habían abandonado demasiado pronto.

Una escuadra de salvamento volvió a bordo y se tomó al buque a remolque; pero en aquel momento el submarino japonés I-168, enviado expresamente por Yamamoto, lo alcanzó con dos torpedos. A las 6 horas del 7 de junio, el Yorktown se iba a pique.

Al anochecer del día anterior, Spruance había dado orden a su Escuadra de dirigirse al Este para encontrarse con los buques cisterna. La batalla de Midway había terminado.




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Kamikazes


Teniendo en cuenta la notable diferencia que existía, en orden al potencial bélico, entre el Japón y los Aliados en los últimos años de la guerra en el Pacífico, para los japoneses ya estaba bastante claro que su país tendría que afrontar una gravísima crisis, a menos que de una manera u otra lograran hacer intervenir elementos que fueran capaces, por sí solos, de cambiar radicalmente la situación. Así, pues, era muy natural que, en semejantes circunstancias, los combatientes nipones estuvieran dispuestos a sacrificar sus vidas por el emperador y por la patria.

Su patriotismo tenía su origen en la convicción, profundamente arraigada en el ánimo de todos estos hombres, de que la nación, la sociedad e incluso el universo entero se identificaban en la persona del emperador, y por esta causa estaban decididos a sacrificar sus vidas. Por lo que respecta a la cuestión de la vida y de la muerte, la base espiritual de los japoneses, estaba constituida por una absoluta obediencia a la autoridad indiscutible del soberano, incluso, como ya se ha dicho, a costa de la propia vida.




El credo de los kamikaze derivaba, en cierto modo, del Bushido, el código de conducta del guerrero japonés, basado en el espiritualismo propio del budismo y que revela una especial insistencia en el valor o en la conciencia del hombre. Otro de sus más ardientes deseos, era el de conseguir una muerte henchida de un profundo significado, en el momento justo y en el puesto que les correspondía, y no suscitar con su conducta la pública censura.

Cuando se analiza el comportamiento de los kamikaze hay que tener muy presente que ellos juzgaban aquellas misiones de ataque única y exclusivamente como una parte más de su obligación, y que no consideraban este deber como algo extraordinario ni fuera de lo normal. Se apasionaban de tal manera ante el problema de cómo alcanzar con éxito los buques señalados como objetivo que acababan por dar poca o ninguna importancia a su destino. A nivel de conciencia tenían la sensación precisa y profunda de “conquistar la vida a través de la muerte” y se comportaban y obraban de acuerdo con éste principio.


El ataque kamikaze tenía, ante todo, un significado espiritual, y cualquier piloto dotado de una normal habilidad estaba capacitado para llevar a cabo adecuadamente su misión. Por ello, no existía un método especial de adiestramiento, excepto el que consistía en hacer especial hincapié, ante los pilotos, sobre determinados factores que ya habían revelado tener una cierta importancia, en el curso de anteriores experiencias, en todos estos “ataques especiales”. Sin embargo, puesto que los pilotos elegidos para estas misiones habían recibido una preparación un tanto limitada y tenían escasa experiencia de vuelo, se les sometía a un curso de adiestramiento técnico intensivo, con el fin de ponerles en situación de aprender, en un tiempo mínimo, los elementos fundamentales del ataque kamikaze.

Por ejemplo, el programa que debían seguir los pilotos con base en Formosa se dividía en breves y diversas fases: en primer lugar, el adiestramiento de los pilotos kamikaze tenía una duración de siete días, dedicando las dos primeras jornadas únicamente al ejercicio de despegue. Este tipo de ejercicio cubría el período de tiempo que iba desde el momento en que se impartía la orden para una misión hasta el momento en que los aparatos quedaban situados en formación de vuelo. Los dos días siguientes se dedicaban al vuelo en formación, mientras al mismo tiempo proseguían los ejercicios de despegue. Los últimos tres días estaban dedicados, de manera especial, al estudio teórico y a los ejercicios prácticos de aproximación al objetivo y al ataque; entre tanto, continuaban también los ejercicios de despegue y de vuelo en formación. Si aún se disponía de tiempo, se repetía el programa completo una segunda vez.

Para los cazas ligeros y rápidos, como los Zero (Zeke), y para los bombarderos embarcados tipo Suise (Judy) se adoptaron dos métodos de aproximación con vistas a los ataques especiales, métodos que se habían revelado especialmente eficaces.



La aproximación debía realizarse a la máxima o la mínima altura posible. Aunque desde el punto de vista de la exactitud de la navegación y de la buena visibilidad hubiera sido preferible una altura media, se prefería renunciar a estas ventajas en consideración a otros factores. En efecto, la altura preferida estaba comprendida entre los 5.500 y los 6.600 metros, y ello por dos razones:

-Cuanto mayor es la altura, más difícil se hace la interceptación por parte del enemigo;

-Había que tener en cuenta la maniobrabilidad de un avión cargado con una bomba de 250 kilogramos.

Por lo que respecta a la aproximación a muy poca altura los aparatos volaban lo más cerca posible de la superficie del mar, de manera que se retrasara al máximo su localización por los radares enemigos. En las postrimerías de 1.944 se consideraba que el radar americano tenía un alcance efectivo de 160 km. a gran altura y de 30 – 50 km. a baja altura. En las ocasiones en que se disponía de muchas unidades de ataque, se aplicaban simultáneamente bien el método de aproximación a baja cota bien el de alta cota, que además se efectuaban en rutas distintas.

En la aproximación a gran altura era necesario que los pilotos estuvieran muy atentos, a fin de que el ángulo de picado no resultase excesivo, pues entonces el aparato sería más difícil de manejar y además, bajo la creciente acción de la fuerza de gravedad, el piloto perdería fácilmente su control.

Era, pues, de la mayor importancia que el picado fuera lo menos profundo posible y que el piloto prestase gran atención al viento de cola y a cualquier movimiento por parte del objetivo.



En el caso de aproximación a baja altura, apenas se avistaba un navío enemigo, el avión se remontaba bruscamente a 3.500 – 4.500 metros, para luego arrojarse en picado sobre el objetivo previsto.

Este método requería una habilidad muy particular por parte del piloto, puesto que el impacto debía producirse en la cubierta del navío que se elegía como blanco. Además, el método de picado en candela, sobre la cubierta del buque resultó ser más eficaz que el de estrellarse contra el costado del mismo. Por esta razón, los pilotos kamikaze eran inducidos a adoptar el método del picado en candela en cuanto su grado de adiestramiento lo permitía y siempre que las condiciones en que se desarrollaba el ataque fueran favorables.

Para llevar a cabo una misión kamikaze, además de conseguir hacer blanco sobre el buque objetivo, era de suma importancia que el piloto supiera montar en su aparato, despegar, situarse en formación y conseguir luego volar siempre entre el violento fuego de los cañones enemigos. Con este fin, los pilotos kamikaze también eran sometidos a un entrenamiento muy riguroso respecto a todo aquello que se refería al embarco, al despegue, al vuelo en formación así como al ataque.

En el caso de un despegue a plena carga, era muy importante que el piloto no remontase el vuelo bruscamente, que maniobrase los mandos con la necesaria lentitud y que se situase a unos 50 metros de altura antes de recoger el tren de aterrizaje.

Otro importante factor en el momento del despegue era alcanzar al conjunto de la formación y mantenerse en filas estrechamente cerradas, de manera que no fuera necesario realizar evoluciones demasiado amplias.

En los portaaviones, el mejor blanco era el elevador principal; seguían luego, en orden de preferencia, el elevador de popa o el de proa. En cuanto a los demás tipos de grandes unidades de guerra, el mejor blanco era la base del puente de mando. Y por lo que hace referencia a los destructores y a otros pequeños buques de guerra y de transporte, un impacto en un punto cualquiera situado entre el puente de mando y el centro del navío, resultaba generalmente de gran eficacia.

De no haber sido por la falta del número necesario de aparatos, lo ideal hubiera sido enviar contra cada gran portaaviones cuatro aviones kamikaze: dos contra el elevador principal y los otros dos contra los de popa y proa respectivamente. Así, en teoría, dos o tres atacantes se consideraban el número ideal para un portaaviones de escolta.

Pero lo cierto era que en la práctica los portaaviones americanos eran demasiados y los japoneses disponían de muy pocos aparatos para realizar esa tarea. En consecuencia, para obtener al menos un golpe “centrado” y eficaz, contra cada portaaviones se enviaba a un solo aparato: “un avión por cada buque de guerra”.

En combate


Durante la lucha por las Filipinas, se calculó que los japoneses perdieron 9.000 aviones, 5.000 en accidentes de vuelo y 4.000 en combate. De éstos últimos, 650 fueron empleados en ataques suicidas, que hundieron 16 buques americanos y dañaron otros 150 alcanzándoles de lleno o superficialmente. En Iwo Jima, 25 aviones suicidas (21 de la Marina y 4 del Ejército) hundieron un portaaviones de combate y dos unidades menores.

En marzo de 1.945, 24 bombarderos bimotores de la Marina nipona despegaron de Kyushu, en dirección al atolón de Ulithi. Sólo 15 alcanzaron el objetivo. El único de estos aparatos kamikaze que consiguió cierto éxito fue el que alcanzó el portaaviones Randolph causándole graves daños.

Pero fue en Okinawa donde los pilotos del tokko tai (ataque especial) llevaron a cabo el esfuerzo supremo. En realidad se creía que los pilotos japoneses ya no eran lo suficientemente diestros para destruir los buques americanos valiéndose de los medios tradicionales, y los americanos, gracias a la experiencia adquirida, llevaron siempre la mejor parte en las batallas aéreas.

Algunos buques fueron alcanzados mientras se aproximaban a Okinawa y durante las incursiones lanzadas por las formaciones de portaaviones ligeros contra las islas del archipiélago japonés. El 6 y el 7 de abril, como preludio de la última salida del acorazado Yamato, los japoneses atacaron con violencia inusitada a los buques americanos a lo largo de la isla de Okinawa. Unos 700 aparatos despegaron de Kyushu, de los que 355 iban en misión suicida. Más de 200 de ellos fueron abatidos por la Task Force de los portaaviones ligeros, unos 50 por los aviones procedentes de los portaaviones de escolta y 40 por el fuego de la artillería antiaérea de las unidades de guerra. Pero 28 consiguieron caer sobre los buques americanos hundiendo tres de ellos.

Entre el 12 y el 13 de abril, unos 185 aviones japoneses desencadenaron otro masivo y bien organizado ataque suicida contra los buques en Okinawa, infligiendo graves daños a 14 unidades de guerra. El 12 un destructor fue hundido y otro dañado por un nuevo tipo de ataque: las bombas pilotadas, que los japoneses llamaban Ohka (flores de cerezo). Se trataba de un proyectil-cohete constituido por un tipo especial de avión monoplaza de madera, con casi 1.200 kg. de explosivo a bordo. Transportado hasta una distancia de menos de 20 km. del objetivo por un bombardero bimotor G4M2 Betty, una vez lanzado se dirigía en picado sobre el blanco, acelerado por el encendido de sus tres cohetes de cola. Desde una altura de unos 6.000 metros podía alcanzar un objetivo situado en un radio de más de 30 km. Cuando se aproximaba al punto indicado, el piloto del Ohka se deslizaba a través de la escotilla de bombardeo del aparato nodriza hasta alcanzar la minúscula carlinga del aparato, y, apenas informado de la exacta posición del blanco, tiraba del mando de lanzamiento, lanzándose así a una carrera hacia la muerte, alcanzando más de 1.000 km/h en el momento del impacto. Los americanos dieron a estas bombas el apodo de bombas Baka (estúpidas). Cuarenta o cincuenta de ellas fueron transportadas por los grandes aparatos de la base de Kanoya sobre las islas del archipiélago japonés, para ser utilizadas más tarde contra los buques americanos empleados en las operaciones de Okinawa. Pero casi todas fueron destruidas con sus aviones nodriza mucho antes de alcanzar sus objetivos; sólo unas pocas consiguieron llegar. Aparte de los éxitos conseguidos el 12 de abril, se sabe que algunas Ohka dañaron un destructor el 4 de mayo y otro el 11 del mismo mes.

Macabro pero eficaz


De las 1.900 misiones suicidas llevadas a cabo por los japoneses durante la batalla de Okinawa, sólo un 14% resultaron eficaces. Las unidades que más sufrieron los efectos de estos ataques fueron los pequeños buques vigía, estacionados a unos 80 km. al norte de Okinawa para interceptar, mediante el radar, a los aviones enemigos que se aproximaban. Incluso a costa de pérdidas gravísimas, los destructores y las cañoneras destinadas en esta misión permanecieron valerosamente en su puesto. A mediados de abril, hubo un momento en que algunos oficiales americanos llegaron a temer que los kamikaze quizás consiguieran impedir la invasión.

Al final de la guerra, Japón disponía aún de 10.700 aviones en condiciones de volar y aproximadamente la mitad estaban dispuestos para ser empleados en misiones suicidas. Puesto que los grandes aeródromos habían quedado inservibles, se pensó hacer despegar a los aparatos suicidas de pequeñas pistas herbosas para lanzarlos contra los buques de la escuadra de invasión a lo largo de Kyushu. Y si hubieran sido tan eficaces como lo fueron en Okinawa, habrían alcanzado a unos 900 buques aliados, hundiendo quizás unos 90.

Después de la contienda, el informe oficial sobre los bombardeos estratégicos estadounidenses hizo la siguiente valoración de los kamikaze:

“Macabro, eficaz, extremadamente práctico en aquellas circunstancias, apoyado y estimulado por una poderosa campaña propagandística, el ataque especial se convirtió, virtualmente, en el único método empleado para contener a las fuerzas de ataque y anfibias de los EEUU, y los buques de estas fuerzas se convirtieron en su único objetivo”.

La noticia de los ataques suicidas no se hizo pública en EEUU hasta el 12 de abril – seis meses después de su comienzo en Filipinas -, pero sus repercusiones en la opinión pública fueron neutralizadas por el anuncio de la muerta de Roosvelt, que se hizo pocas horas después.


He aquí algunas de las preguntas formuladas por la “Bombardment Investigation Mission” estadounidense después de la guerra, y las respuestas obtenidas de oficiales japoneses supervivientes de la 205ª División aérea, o sea, la División kamikaze. Las preguntas ponen de manifiesto la resistencia de los Aliados a creer que estos ataques fueron efectuados voluntariamente, y en cambio en cada respuesta japonesa se refleja el estupor del interrogado ante esta incredulidad.

La filosofía en la que se funda todo el “credo” de la unidad kamikaze está en completa contradicción con las ideas dominantes en EEUU, donde nada es más precioso que la vida. Según usted, ¿ cómo se explica que las fuerzas japonesas pudieran obligar a tan gran número de pilotos a realizar misiones de ataque suicida de este tipo?

La filosofía kamikaze surgió en un período muy antiguo de la historia del Japón, y en la larga existencia de nuestro país pueden hallarse muchos ejemplos de este tipo. La filosofía fundamental del Japón es la del sacrificio individual por el bien de la patria. Esta filosofía está profundamente arraigada en todos nosotros. En el curso de la guerra en el Pacífico, la situación crítica en la que llegamos a encontrarnos nos indujo a adoptar la idea del ataque kamikaze. Este tipo de ataque, pues, no fue impuesto nunca desde el exterior.

El almirante Onishi se dio cuenta simplemente del sentimiento que animaba a los pilotos japoneses, particularmente a los más jóvenes, sentimiento nacido de manera total y absolutamente espontánea. En la práctica, fue el almirante quién constituyó las unidades kamikaze, pero mucho antes de que él tomase esta iniciativa, los pilotos de combate ya habíamos discutido la idea de efectuar ataques kamikaze durante la batalla de Saipán; sin embargo, el Estado Mayor de la Marina no aprobó entonces la idea.

Estoy firmemente convencido de que la idea del ataque kamikaze nació y se desarrolló de manera absolutamente espontánea en el ánimo combativo de nuestros más jóvenes pilotos.

¿ Qué opina del reclutamiento de los hombres destinados a las unidades kamikaze? ¿ Era forzado o voluntario?

Desde el primero al último hombre el reclutamiento fue siempre voluntario. Incluso se dieron casos en que grupos aéreos completos se ofrecieron para misiones kamikaze, sobre todo al darse cuenta de la difícil situación bélica a que se había llegado en diversos frentes, por ejemplo en el de las islas Filipinas.

¿ Cómo se realizaba el reclutamiento de voluntarios para las unidades kamikaze en el suelo de la patria?

Cuando estuve encargado del reclutamiento de pilotos kamikaze para su adiestramiento en suelo japonés, pude comprobar que, prácticamente, todos los hombres de los diversos grupos aéreos estaban deseosos de participar en aquellas misiones. Algunos de ellos me hicieron llegar expresamente su solemne deseo escrito en sangre, mientras otros me despertaron varias veces por la noche para pedir que les enrolase. A veces, yo mismo me ocupé de seleccionar a los voluntarios, teniendo en cuenta su situación personal o familiar: nunca se aceptó a un piloto que fuera el hijo único de una familia. Pues bien, aún así, tras conocer mi decisión por una carta que su único hijo le había escrito, una madre se dirigió a mi suplicándome que lo aceptase. De estos episodios se puede deducir fácilmente hasta qué punto el carácter del reclutamiento era exclusivamente voluntario.

Basándonos en la mentalidad común de los jóvenes americanos de veinte años de edad, nos es imposible creer en ninguna de estas afirmaciones. ¿ Cómo podían ustedes aceptar la idea de inmolarse en ataques suicidas de este tipo por la patria o por el emperador sin ninguna posibilidad de sobrevivir? ¿ No existía escuela especial para el adoctrinamiento de los jóvenes japoneses destinados a las unidades kamikaze?

No existía ninguna escuela especial de este tipo.

En vuestra calidad de voluntarios para las unidades kamikaze, ¿ cuál era vuestro estado de ánimo?

Los graduados teníamos sólo un año de instrucción militar: por lo tanto, éramos más civiles que militares, nos dábamos cuenta de que la situación bélica era muy precaria y estábamos convencidos de que en aquellas circunstancias el sistema de ataque especial era el mejor. Nos enrolábamos, pues, como voluntarios decididos a sacrificarnos para que el Japón pudiera ganar y para que los más jóvenes pudieran estudiar en mejores condiciones.

¿ Acaso creíais que los pilotos kamikaze realizaban las misiones a fin de que su espíritu reposara en paz y su nombre fuera honrado en el altar nacional de Yasakuni?

(El altar de Yasakuni está consagrado a la memoria de los caídos en el campo de batalla). No era necesario realizar misiones kamikaze para ser honrado en el altar de Yasakuni, puesto que todo hombre caído en combate, cualquiera que sea su grado o su procedencia, es honrado en este altar. Nunca nos movió una idea semejante. La verdadera razón que nos impulsaba a utilizar este tipo de ataques consistía en la enorme diferencia existente entre el potencial productivo de ambos países y en la carencia de métodos de combate alternativos. Así fue cómo llegamos a la conclusión de que el mejor método que podíamos adoptar era el de matar miles de hombres con un solo hombre y hundir un buque de guerra con un solo avión.

¿ Se celebraba alguna clase de ceremonia antes de cada misión especial? ¿ Recibíais instrucciones del almirante? ¿ Escribíais a casa o hacíais testamento?

En el sector de Filipinas, al principio, se celebraba un brindis con el almirante. Pero pronto esto resultó imposible, pues a causa de la difícil situación bélica y del gran número de acciones a realizar ya no quedaba tiempo para ninguna ceremonia. Algunos de nosotros escribíamos a casa y hacíamos testamento; pero lo hacíamos una sola vez, cuando se solicitaba ser enrolados, y no antes de partir para la misión kamikaze.



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Última edición por Elrohir; 27-Jan-2007 a las 13:28
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Antiguo 04-Mar-2006, 17:57   #125
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Muy buenos los dos de Colagorda y Elrohir,estoy preparando uno,es sobre la Guardia Civil,lo pongo aqui chicos? no hay problema?
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Muy buenos los dos de Colagorda y Elrohir,estoy preparando uno,es sobre la Guardia Civil,lo pongo aqui chicos? no hay problema?
Aquí va perfecto. Ningún problema.

Saludos
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Muy buenos los dos de Colagorda y Elrohir,estoy preparando uno,es sobre la Guardia Civil,lo pongo aqui chicos? no hay problema?

Ferpecto!



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GUARDIA CIVIL.
La Guardia Civil española es un Instituto Armado de naturaleza militar que forma parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Reino de España. Como Cuerpo de Seguridad del Estado, la Constitución le fija la misión primordial de proteger la patria (su conocido lema es todo por la patria) y después el libre ejercicio de los derechos y libertades de los españoles y garantizar la seguridad ciudadana, todo ello bajo la dependencia del Gobierno de la Nación.
Cuartel de la Guardia Civil
Aumentar
Cuartel de la Guardia Civil

Tiene una doble dependencia:

* Del Ministerio del Interior en cuanto a servicios, retribuciones, destinos y medios.
* Del Ministerio de Defensa en cuanto a ascensos y misiones de carácter militar.

Además, atiende las necesidades del Ministerio de Hacienda relativas al Resguardo Fiscal del Estado, y vela por el cumplimiento de todas las normas y reglamentos relacionados con los diferentes Órganos de las Administraciones Central y Autonómica.

Este cuerpo, debido a su carácter cuerpo militar, no tiene permitido asociaciones sindicales, como tienen la Policía Nacional, las Policías Autonómicas (Mossos d'Esquadra, Ertzaintza, Policía Foral de Navarra, etc...) o la Policía Municipal o Local, pero en estos últimos años se le ha permitido las asociaciones de tipo como ASIGC y AUGC, entre otras.

Un elemento de la indumentaria que ha caracterizado a la Guardia Civil es el tricornio o "sombrero" negro, actualmente reservado para el uniforme de gala, servicios de protocolo, etc. El color característico del uniforme es el verde, aunque en sus inicios fue azul.

Otra característica particular de este cuerpo es que los acuartelamientos pueden ser también viviendas de las familias de algunos de sus componentes: las casas cuartel. En la entrada de las mismas se puede encontrar el Todo por la Patria, una divisa que aparece regulada en las Reales Ordenanzas.

Sin embargo bajo la dictadura de Franco la Guardia Civil era uno de los instrumentos principales de la represión política.


HISTORIA.

Dado el grave problema de seguridad pública que existía en el ámbito rural de España tras finalizar la Guerra de la Independencia contra el invasor francés, se dispuso en el año 1814 por el Rey Fernando VII que las autoridades militares entendieran de los delitos de bandolerismo y se emplearan para su persecución tropas del Ejército. Sin embargo los resultados no fueron satisfactorios y la cuestión lejos de solucionarse se fue agravando, fracasando diversos intentos de crear cuerpos armados que se encargaran de velar por la seguridad pública tales como el de Celadores Reales en 1823 y el de Salvaguardias Reales en 1833.

Diez años después, el 28 de marzo de 1844, se dictó por el Ministerio de la Gobernación el primer decreto que disponía la creación de un Cuerpo de Guardias Civiles que sin embargo no llegó a entrar en vigor ya que adolecía de diversos defectos. No obstante la idea no fue baldía y cuando el 2 de mayo de ese mismo año el mariscal de campo Ramón María Narváez asumió el poder, retomó la idea encargando su organización al de igual empleo Francisco Javier Girón y Ezpeleta Las Casas y Enrile, II Duque de Ahumada y V Marqués de Las Amarillas, quien entonces ostentaba el cargo de Inspector General Militar.

Fruto de ello vio la luz el 13 de mayo un nuevo decreto, el cual debe considerarse como el que verdaderamente dio nacimiento a la Guardia Civil. Conforme se detallaba en la norma fundacional el nuevo cuerpo de naturaleza militar quedaba sujeto al Ministerio de la Guerra en lo concerniente a organización, personal, disciplina y percibo de haberes, y al de Gobernación en cuanto a servicio y movimientos.

Inicialmente se establecieron 14 Tercios integrados a su vez por 39 Compañías de Infantería y 9 Escuadrones de Caballería, estando compuesta su primera plantilla por 14 jefes, 232 oficiales y 5.769 de tropa. En el mes de octubre de ese mismo año se aprobaron los reglamentos militar y de servicio, y el 20 de diciembre de 1845 la "Cartilla del Guardia Civil", definido como el auténtico código moral del Instituto, cuyos preceptos después de más de siglo y medio siguen teniendo plena vigencia.

Su gran efectividad en la represión del bandolerismo e implantación del orden, motivó al Gobierno para ir aumentando sus efectivos iniciales asentando con su bien saber hacer los cimientos de la institución considerada por algunos un instrumento clave en la construcción del Estado moderno.

Su organización centralista, hizo que se fuera desplegando por todo el territorio nacional, quedando estructurado por orden descendente desde la Dirección General o Inspección General -denominación según épocas- en Tercios, Comandancias, Compañías, Líneas y Puestos o Destacamentos, llegando así con el paso del tiempo a todos los puntos de soberanía española, incluidas las posesiones de África y de Ultramar.

El de 8 de febrero de 1913 la Virgen del Pilar fue declarada mediante Real Decreto su excelsa Patrona y por otra R.O. de 4 de octubre de 1929 se le otorgó a la Guardia Civil la Gran Cruz de la Beneficencia en reconocimiento por su labor humanitaria a favor de la sociedad española.

Durante las tres primeras décadas del siglo XX los graves problemas políticos y sociales que acontecieron en España, con numerosas huelgas, alteraciones de orden público, actos terroristas, sucesos revolucionarios y subversiones de todo tipo, motivaron que la Guardia Civil fuera el principal garante de la seguridad pública aún a costa de sufrir cuantiosas bajas entre sus filas.

Al poco de estallar la Guerra Civil Española en 1936 el Instituto continuó existiendo en el bando nacional mientras que en el republicano enseguida se le cambió su denominación por el de Guardia Nacional Republicana y poco después desapareció al ser absorbido por un nuevo cuerpo de seguridad pública, que unificó diversas instituciones de carácter policial.

Finalizada en 1939 la trágica contienda se procedió a una profunda reorganización en el seno de la Guardia Civil para adaptarla a la nueva situación, absorbiendo además al año siguiente, mediante la Ley de 15 de marzo de 1940, al Cuerpo de Carabineros fundado en 1829 y sus misiones de represión de contrabando y fraude, especialmente en costas y fronteras.

Desde entonces la Guardia Civil fue evolucionando, afrontando a lo largo de una década el grave problema de la guerrilla o maquis de la posguerra civil, aumentando su plantilla, asumiendo nuevas misiones y creando diversas especialidades que como la Agrupación de Tráfico en 1959 potenciaron su prestigio.

MISIONES.

Como uno de los componente fundamentales de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, la Guardia Civil tiene la misión de proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana. Ley Orgánica 2786, de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad define las competencias funcionales y territoriales de los diferentes Cuerpos de Seguridad del Estado, y en especial las de la Guardia Civil.

Además de las competencias correspondientes a las diferentes Policías autonómicas, territorialmente, en el ámbito de la seguridad ciudadana, al Cuerpo Nacional de Policía le corresponde ejercer sus funciones en las capitales de provincia y en aquellos núcleos urbanos que el Gobierno determine. La Guardia Civil es responsable en el resto del territorio nacional y en el mar territorial.

Funcionalmente, corresponde a la Policía la responsabilidad del control de los extranjeros, documento nacional de identidad y pasaportes, del juego y de la seguridad privada. La Guardia Civil debe velar con exclusividad por el control de las armas y explosivos; el Resguardo Fiscal del Estado; el tráfico interurbano, salvo en aquellas Comunidades Autónomas que lo tengan asumido; la custodia de las vías de comunicaciones, puertos y aeropuertos y la protección de la naturaleza (SEPRONA).

En el cumplimiento de estas misiones, la Guardia Civil tiene una dependencia directa de diferentes ministerios y organismos. Como Policía Judicial, depende de los Jueces, Tribunales y Ministerio Fiscal.

Como Resguardo Fiscal del Estado, del Ministerio de Hacienda. Su responsabilidad en la protección de la naturaleza, implica su relación con los Ministerios de Fomento, Medio Ambiente, Agricultura, Pesca y Alimentación, así como con las Comunidades Autónomas. Se relaciona igualmente con otros Ministerios y con las Delegaciones del Gobierno par la Extranjería e Inmigración, así como con el Plan nacional sobre Drogas.


En general, la Guardia Civil vela por la aplicación de todos las leyes y reglamentos, sean estatales, autonómicos o locales, denunciando cualquier infracción a la Administración correspondiente. En este sentido, puede afirmarse que la Guardia Civil es la verdadera Policía Autonómica de muchas Comunidades Autónomas por la dedicación con que realiza la vigilancia de sus competencias de policía administrativa.

MISIONES GENERICAS.

* Velar por el cumplimiento de las Leyes y disposiciones generales ejecutando las órdenes que reciban de las autoridades competentes, en el ámbito de su competencia.
* Auxiliar y proteger a las personas y asegurar la conservación y custodia de los bienes que se encuentren en situación de peligro por cualquier causa.
* Vigilar y proteger los edificios e instalaciones públicas que lo requieran.
* Velar por la protección y seguridad de altas personalidades.
* Mantener y restablecer, en su caso, el orden y la seguridad ciudadana.
* Prevenir la comisión de actos delictivos.
* Investigar los delitos para descubrir y detener a los presuntos culpables, elaborando los informes técnicos y periciales necesarios.
* Captar, recibir y analizar cuantos datos tengan interés para el orden y la seguridad ciudadana.
* Colaborar con los Servicios de Protección Civil en los casos de grave riesgo, catástrofe o calamidad pública.

A estas tareas, conocidas desde siempre como servicio peculiar del Cuerpo, se dedica un total de 46.000 agentes, lo que supone prácticamente el 62% de total del personal.

A las especialidades de todo tipo, es decir a los servicios responsables del desarrollo de las misiones exclusivas de la Guardia Civil, se dedica 25.000 especialistas, un 34%; estando el resto empleado en tareas burocráticas.

Misiones exclusivas de la Guardia Civil

Con carácter exclusivo, la Guardia Civil tiene las siguientes competencias:

* Las derivadas de la legislación vigente sobre armas y explosivos.
* El Resguardo Fiscal del Estado y las actuaciones encaminadas a evitar y perseguir el contrabando.
* La vigilancia del tráfico, tránsito y transporte en las vías públicas interurbanas.
* La custodia de vías de comunicación terrestre, costas, fronteras, puertos y aeropuertos, y centros e instalaciones que por su interés lo requieran.
* Velar por el cumplimiento de las disposiciones que tiendan a la conservación de la naturaleza y medio ambiente, de los recursos hidráulicos, así como de la riqueza cinegética, piscícola, forestal y de cualquier otra índole relacionada con la naturaleza.
* La conducción interurbana de presos y detenidos.
* Asimismo, podrá desempeñar misiones de carácter militar bajo dependencia del Ministerio de Defensa. Estas misiones aún no están desarrolladas, aunque se encuentra en fase de elaboración un Real Decreto en este sentido.

ORGANIZACIÓN.

La Dirección General se estructura a nivel central en tres órganos directivos:

* Subdirección General de Operaciones.
* Subdirección General de Personal.
* Subdirección General de Apoyo.

La organización periférica de la Guardia Civil se divide por Zonas, Comandancias, Compañías y Puestos.
Patrullera Río Nervión para la inspección de pesca.



MEDIOS.

Los principales medios con que cuenta la Guardia Civil se encuentran integrados en los siguientes servicios:

* Servicio de Acuartelamiento.
o 2.691 Cuarteles
o 35.983 Pabellones:
+ 32.264 propios
+ 3.147 de entidades
+ 571 de particulares
* Servicio de Armamento y Equipamiento policial.
* Servicio de Material Móvil.
* Servicio Cinológico y de Remonta:La Dirección General se estructura a nivel central en tres órganos directivos:

* Subdirección General de Operaciones.
* Subdirección General de Personal.
* Subdirección General de Apoyo.
* Servicio de Acuartelamiento.
o 2.691 Cuarteles
o 35.983 Pabellones:
+ 32.264 propios
+ 3.147 de entidades
+ 571 de particulares
* Servicio de Armamento y Equipamiento policial.
* Servicio de Material Móvil.
* Servicio Cinológico y de Remonta:
o 500 perros
o 131 caballos
* Servicio de Informática.
* Servicio de Transmisiones.

ESPECIALIDADES.

Con el fin de dar el mayor servicio a la sociedad, la Guardia Civil a lo largo de su dilatada historia ha ido creando especialidades que cubriesen de una manera mas eficaz las competencias asignadas, entre ellas cabe destacar las siguientes unidades:

* Helicópteros.

* Servicio Marítimo.
* Unidad Especial de Intervención (UEI).
* Unidad de Acción Rápida (GAR).
* Grupo Especial de Actividades Subacuáticas (GEAS).
* Grupos Rurales de Seguridad.
* Unidades de Subsuelo.
* Escuadrón de Caballería.
* Montaña.
* Policía Judicial.
* Servicio de Protección de la Naturaleza (SEPRONA).
* Agrupación de Tráfico.
* Intervención de Armas.
* Servicio Cinológico (Guías caninos).
* Servicio de Información.
* Grupos de Especialistas en Desactivación de Explosivos (GEDEX).


GUARDIA CIVIL Y SOCIEDAD.

Debido a la antiguedad de la institución la Guardia Civil tiene un papel relevante en la cultura popular española, apareciendo en numerosas novelas, libros, películas, coplas, prensa...

A pesar de los servicios presta este cuerpo normalmente la imagen de la Guardia Civil se asocia al abuso de autoridad. También suele aparecer como una institución anacrónica y siniestra.

Esto es explicable debido a que los diferentes gobiernos han utilizado este cuerpo continuadamente para eliminar o amedrentar a sus adversarios. Aún abundan las referencias en la prensa al cometido de la Guardia Civil durante la dictadura de Franco (ejecutar presos políticos).

En 1978 el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina se vio implicado en un intento de conspiración ("Operación Galaxia"), por el que fue detenido juzgado en Consejo de Guerra (1980) y condenado a siete meses de cárcel. El 23 de febrero de 1981, acompañado por grupos de guardias civiles, intentó promover un golpe de estado al ocupar por la fuerza el Congreso de los Diputados durante la votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como jefe de Gobierno, secuestrando al Gobierno en funciones y a los diputados.

Tampoco ayudó a mejorar la imagen del cuerpo la implicación de la cúpula del gobierno de Felipe González y la Guardia Civil en la creación del grupo terrorista GAL.

Otros escándalos recientes incluyeron la fuga del país del máximo dirigente del cuerpo (Luis Roldán fue arrestado por Interpol y sentenciado a 28 años de cárcel por los delitos de malversación, estafa, cohecho y cinco delitos contra la hacienda pública).


También fue cuestionada la institución cuando se supo que uno de los mandos de la comandancia de Gijón ocultó información sobre alertas previas a los atentados del 11 de Marzo en Madrid.

Debido ha esta reputación casos como la muerte en el acuartelamiento de Roquetas de Mar de un detenido el 24 de julio de 2004 acaparan titulares y portadas en la prensa y generan alarma social.

Durante 2001-2004 once personas perdieron la vida bajo custodia de la Guardia Civil en sus acuartelamientos. También en este periodo murieron otras 15 personas como resultado de las actuaciones del cuerpo. Tres de ellos participaron en tiroteos, 6 fueron abatidos por disparos de los agentes y los otros 7 fallecieron por otras causas.

Con todo la Guardia Civil ha mejorado mucho su imagen en las últimas décadas y mucha gente los asocia a la lucha contra ETA (normalmente como un aspecto positivo).


Este cuerpo destaca también por sus malas condiciones laborales. Debido a su caracter militar tienen derechos restringidos (como el de sindicación, petición colectiva...). Además es el cuerpo de seguridad peor pagado de España y muchos de sus miembros tienen que vivir en obsoletas y precarias casas cuartel. Entre los años 1990 y 2004 se han producido 10.082 bajas psicológicas, 256 suicidios y 296 tentativas de suicidio entre los agentes del cuerpo (que cuenta en 2004 con 78.000 funcionarios).

P.D. Me siento orgulloso de tener un cuerpo de seguridad como lo es el de la Guardia Civil al servicio de España,dando su vida y ofreciendonos nuestra seguridad.






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Última edición por Elrohir; 27-Jan-2007 a las 13:30
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