LA BATALLA DE MIDWAY
La batalla de Midway fue una de las auténticas batallas decisivas de la historia, un revés que eliminó de súbito la aplastante superioridad aeronaval de los japoneses, factor esencial para poder continuar con éxito la guerra en los inmensos espacios del océano Pacífico. Los japoneses perdieron más de la mitad de sus portaaviones y lo mejor de sus tripulaciones adiestradísimas. Y a partir de aquel momento se vieron forzados a adoptar una actitud defensiva. La serie de victorias iniciales obtenidas por Yamamoto había acabado prematuramente. Después de Midway, la guerra entró en un período de estancamiento, durante el cual la producción norteamericana adquirió un ritmo arrollador, lo que, desde luego, ya había sido previsto por Yamamoto. El imperio del Sol Naciente había doblado el meridiano de su hora histórica más luminosa, encaminándose hacia su ocaso.
Portaviones Soryu de la segunda division de la Marina Japonesa
Durante la última semana de mayo de 1942, en Pearl Harbour se desarrolló una intensa actividad. Se tenia el presentimiento de que se avecinaban acontecimientos de gran importancia. El 26 habían llegado los portaaviones Enterprise y Hornet, de la 16ª. Task Force, después de una precipitada pero inútil carrera a través del Pacífico en su afán de llegar a tiempo para ayudara la 17ª. Task Force, del contraalmirante Frank Fletcher, empeñado en la batalla del mar del Coral. Habían fondeado para someterse a una serie de apresuradas operaciones de abastecimiento y de revisión. Al día siguiente el Yorktown, único portaaviones superviviente de la 17ª. Task Force, con los costados ennegrecidos por los incendios y parte de la superestructura retorcida a consecuencia de los impactos recibidos, llegó también y entró en el dique seco de la base naval, donde un verdadero ejército de operaciones se dedicó a su reparación.
En circunstancias normales, el proceso de reparar el portaaviones habría durado varias semanas; pero en esta ocasión el astillero recibió la orden de proceder con la máxima urgencia, y continuar, sin descanso, día y noche. El comandante en jefe del Pacífico, almirante Chester Nimitz, sabía que la Flota nipona estaba a punto de lanzar a los americanos un desafío que éstos, a pesar de su inferioridad en aquel escenario de la guerra, no podían dejar de recoger.
Por eso, el 28 de mayo, la 16ª. Task Force levó anclas –en el Enterprise enarbolaba su insignia el contraalmirante Taymond Spruance- y desapareció en la amplia extensión del océano, con una escolta de seis cruceros y nueve destructores y acompañada por dos buques cisterna. Al día siguiente se comunicó a Nimitz la noticia, casi increíble, de que el Yorktown estaba nuevamente en condiciones de participar en las operaciones marítimas. Por lo tanto, también este portaaviones dejó el puerto, en las primeras horas del 30 y, tras embarcar el total de sus aviones, se dirigió hacia el Noroeste para encontrarse con la 16ª. Task Force en «Point Luck», a unas 350 millas al nordeste del atolón de Midway. Dos cruceros y cinco destructores formaban el resto de la 17ª. Task Force.
El objetivo principal de la acción japonesa era atacar y ocupar el pequeño atolón de Midway, situado a 1100 millas al oeste-noroeste de Oahu, en el extremo occidental de la cadena insular de las Hawai. La conquista de Midway, junto con la ocupación de las islas Aleutianas, extendería la frontera marítima oriental del Japón de tal manera que garantizaba la defensa de este país ante cualquier amenaza de ataque a su territorio nacional. La incursión del 18 de abril sobre Tokio, llevada a cabo por bombarderos despegados del Hornet, había dado impulso al proyecto.
Se pusieron algunos reparos a este plan; pero Yamamoto, el dinámico comandante en jefe de la Flota combinada, lo sostuvo enérgicamente por motivos personales. Siempre estuvo convencido de que el Japón podría conquistar el espacio vital necesario para poder consolidar sus propias conquistas y poder negociar luego unas condiciones de paz satisfactorias, tan sólo si destruía la Flota americana, convicción que le había inspirado el ataque a Pearl Harbor. Yamamoto creía acertadamente que un ataque a Midway seria un desafío que Nimitz no podría ignorar y que induciría a la Flota americana del Pacífico a presentarse en aquel lugar, donde el almirante nipón la esperaría obligándola a batirse.
Vista de la cubierta de vuelo del Yorktown
El plan japonés era complicado, como lo solían ser todos sus planes estratégicos navales, y exigía la más exacta sincronización para que distintas unidades tácticas de diversos tipos se unieran en el momento oportuno; incluía además -y esto era también muy japonés- la existencia de un «cebo», o sea una maniobra diversiva que hiciera que el enemigo dividiese sus fuerzas o que lanzase todas ellas sobre un objetivo secundario.
La Escuadra japonesa septentrional debía dejar Ominato, al norte de Honshu, entre el 25 y el 27 de mayo, para atacar las Aleutianas. La 2a Escuadra, formada por los portaaviones ligeros Ryujo y Junyo, dos cruceros y tres destructores, al mando del contraalmirante Kakuta, partiría antes, con objeto de desencadenar un ataque por sorpresa contra Dutch Harbor el día 3 de junio. Esta agresión -así lo esperaban de manos de los japoneses- haría que Nimitz destacase inmediatamente parte de sus unidades hacia el sector septentrional, donde una escuadra japonesa de protección, compuesta por 4 acorazados, 2 cruceros y 12 destructores, las estaría esperando. A la formación de Kakuta le seguiría, dos días más tarde, el resto de la formación de las Aleutianas (dos pequeñas unidades de transpone escoltadas por cruceros y destructores), que debía llevar a cabo la invasión de Attu y Kiska, fijada para el 5 de junio. En el ínterin, los cuatro grandes portaaviones pertenecientes a la 1ª. Escuadra, al mando del almirante Nagumo -el Akagi, el Kaga, el Híryu y el Soryu- zarparían de Hashirajima, en el mar del Japón, para aproximarse a Midway. Al alba del 4 de junio los cazas y los bombarderos despegarían para efectuar una incursión preliminar sobre la isla antes del asalto de las tropas, que llegarían dos días después, con el grupo de transportes.
El plan original había previsto también la inclusión en la Escuadra de Nagumo de los portaaviones Zuikaku y Shokaku; pero el Shokaku, fue averiado en la batalla del mar del Coral, como el norteamericano Yorktown, y no pudo ser reparado a tiempo para que pudiera tomar parte en la batalla de Midway. Además, dichos portaaviones habían perdido un considerable número de expertos y experimentados pilotos de sus aviones, y era totalmente imposible sustituirlos, en unas pocas semanas, por otros que estuvieran, por lo menos, tan bien preparados como los anteriores.
La formación de batalla de Yamamoto
El almirante Isoroku Yamamoto, el mejor estratega naval de todo el mundo.
De Guam debían zarpar también cuatro cruceros pesados, al mando del vicealmirante Kurita, para apoyar al grupo de transporte. Por último, se decidió que el día 28 de mayo saldrían juntas del mar del Japón tres poderosas formaciones navales, cuya composición era la siguiente:
* La formación principal, que comprendía el Yamato –el nuevo buque insignia de Yamamoto, el acorazado más grande del mundo, armado con nueve cañones de 460 mm- y los acorazados Nagato y Mutsu, con cañones de 406 mm, todos ellos con sus respectivos destructores de escolta
* La Escuadra principal de apoyo a la de invasión de Midway -dos acorazados, cuatro cruceros pesados y los destructores de escolta-, al mando del vicealmirante Kondo
* la Escuadra de protección (cuya composición ya se ha detallado).
Una vez en alta mar, Kondo debería separarse de la formación de Yamamoto y dirigirse hacia una posición desde la que pudiera realizar acciones de apoyo al sudoeste de Midway, mientras la Escuadra de protección se situaría más allá, próxima a la ruta Pearl Harbor-Aleutianas. Las poderosas unidades de Yamamoto se situarían en el centro, donde tendrían la posibilidad de destruir cualquier formación que Nimitz enviase contra ellas. Para estar seguros de que ni un solo buque norteamericano escaparía a su vigilancia, los hidroaviones japoneses realizarían vuelos de reconocimiento sobre Pearl Harbor desde el 31 de mayo al 3 de junio. Y como últimas medidas de precaución, el 2 de junio se situarían dos cordones de submarinos al noroeste y al oeste de las Hawai, y un tercer cordón formaría una compacta barrera defensiva mucho más al Norte, hacia las Aleutianas.
El plan de Yamamoto, aunque ingenioso, era excesivamente complicado y presentaba dos defectos que luego habían de resultar fatales. A pesar de su entusiasmo por la Aviación naval, el almirante no se daba cuenta todavía de que la época de los gigantescos acorazados, reyes de las batallas, había pasado ya y que su lugar lo ocupaban ahora los portaaviones, navíos que podían desencadenar ataques a una distancia treinta veces superior al alcance de los más potentes cañones. En aquel periodo la misión de los acorazados ya se había limitado a la escolta inmediata de los vulnerables portaaviones. En cambio, la Escuadra de Nagumo se apoyaba tan sólo en dos acorazados y tres cruceros. Quizá, si hubiera permanecido unida a la formación principal de Yamamoto, los acontecimientos que siguieron habrían sido muy distintos.
Pero el error que más perjudicó el plan de Yamamoto fue precisamente suponer que el enemigo lo ignoraba y que, por lo tanto, la Flota americana del Pacífico saldría de Pearl Harbor sólo cuando Nimitz recibiera la noticia del ataque a Midway. Por el contrario, mucho antes del proyectado reconocimiento de los hidroaviones (que, entre otras cosas, no llegó a realizarse y antes también de que los submarinos enviados en exploración alcanzaran las posiciones señaladas, Spruance y Fletcher se encontraban ya más allá de la línea de barrera, circunstancia totalmente ignorada por los japoneses. Los detalles de esta toma de contacto y -en sus puntos principales- todo el plan de Yamamoto eran conocidos por Nimitz, quien a parte del envió de una pequeña formación de cinco cruceros y diez destructores a las Aleutianas para que realizasen acciones de hostigamiento, concentro todas sus unidades disponibles en el sector amenazado.

Bombarderos en picado Dauntless sobre la cubierta del Yorktown
Nitmiz disponía también de una división de acorazados; pero, al contrario del almirante japonés, no se forjaba ilusiones en cuanto a que sus cañones pudieran desempeñar el papel de protagonistas en la batalla que se estaba preparando; prefirió asignarles funciones defensivas a lo largo de la costa occidental americana. Al principio, y según el plan, la Flota combinada japonesa avanzó hacia el Este, manteniendo una formación muy extendida. El estado de ánimo general de las tripulaciones era optimista; nacía del recuerdo de la ininterrumpida serie de victorias logradas hasta entonces. La «enfermedad de la victoria» -como más tarde la denominaron los mismos japoneses- estaba especialmente difundida entre los componentes de la 1ª. Escuadra de ataque, la que había llevado acabo aquella arrolladora correría que sembró la destrucción desde Pearl Harbor a las Indias holandesas y Ceilan, sin perder ni siquiera un buque. Sólo el almirante –por lo menos así lo diría después Nagumo- tenía sus dudas sobre la capacidad de los nuevos y numerosos elementos que habían sustituido a los habilsimos pilotos caídos en los anteriores combates.
Mientras tanto, Spruance y Fletcher se reunían el día 2 de junio, y Fletcher asumía el mando de las dos Task Forces; no obstante, cada una de ellas continuaría operando como unidad autónoma. El mar estaba en calma y el cielo surcado por nubes altas. Los aviones que al día siguiente realizaron el reconocimiento, en perfectas condiciones de visibilidad, no avistaron nada, y Fletcher tuvo motivos para creer que el enemigo ignoraba su presencia. En efecto, ni Yamamoto ni Nagumo, los cuales avanzaban rápidamente y casi a ciegas a través de la lluvia y de la niebla, tomaron en consideración esta posibilidad, o, por lo menos, la juzgaron muy improbable.
El 3 de junio, mucho más al Norte, el alba apareció gris y caliginosa sobre los dos portaaviones de Kikuta, desde los que se elevó la primera de las dos oleadas de ataque para destruir las instalaciones y los depósitos de carburante de Dutch Harbor. El 4 de junio se lanzó un segundo ataque, y en los días que siguieron las formaciones navales japonesas y norteamericanas se buscaron en vano en medio de los bancos de niebla, mientras los japoneses ocupaban dos islas, Kiska y Attu, prácticamente privadas de defensa. Mas como Nimitz no cayó en la tentación de emplear una de sus Escuadras en una acción secundaria, esta parte del plan de Yamamoto no tuvo ningún efecto en los acontecimientos que iban a desarrollarse.
Préambulo a la batalla
Portaviones Soryu en el astillero naval de Kure
Los preliminares de tales acontecimientos tuvieron lugar en las primeras horas del 3 de junio, cuando un hidroavión Catalina avistó, a unas 700 millas al oeste de Midway, una poderosa formación naval que avanzaba en dos largas filas apoyada por numerosos buques de cobertura dispuestos en cuña y a la que tomó por el grueso de la Flota japonesa. Basados en los informes de este aparato, nueve B-17 de la Aviación del Ejército, despegados de Midway, sometieron a esta formación a tres bombardeos de alta cota y afirmaron haber alcanzado dos acorazados, o dos cruceros pesados, y dos transportes. En realidad, la formación enemiga estaba compuesta tan sólo por los transportes y por los buques cisterna de la fuerza destinada a la ocupación de Midway, y ninguno de ellos fue alcanzado hasta el momento en que cuatro Catalina anfibios, que se habían elevado de Midway, avistaron de nuevo el grupo en las primeras horas del día 4 de junio, a plena luz de la luna; entonces fue cuando lograron alcanzar con un torpedo a uno de los buques cisterna, el cual, sin embargo, sólo registró ligeras averías y pudo seguir navegando en la formación
Fletcher, que se encontraba a más de 800 millas al Este, interceptó los mensajes relativos a este primer contacto; pero, como conocía el plan enemigo, no le fue difícil comprender que retrataba del grupo de ocupación. Sabía que los portaaviones de Nagumo estaban bastante más cerca, a unas 400 millas al oeste de su propia posición, y que se aproximaban desde el Noroeste al punto previsto para el despegue de los aviones. Por ello, durante la noche, las dos Task Forces se dirigieron al Sudoeste, hacia un punto determinado, a 200 millas al norte de Midway, con objeto de situarse al amanecer dentro del radio de acción de los aparatos de reconocimiento y sorprender al enemigo. Se estaba preparando una de las batallas decisivas de la historia. Un mortal juego al escondite.
Durante la última hora de oscuridad, antes del amanecer del 4 de junio, a bordo de los portaaviones de una y otra parte se estaban preparando los aparatos para las operaciones de despegue. El Yorktown, que debía lanzar el primer vuelo de reconocimiento del día, llevaba los Dauntless. bombarderos en picado y de reconocimiento, diez de los cuales despegaron a las 4,30 para explorar una zona que se extendía 100 millas de Oeste a Este. Esto se hizo como medida de precaución para no correr el riesgo de verse sorprendidos mientras esperaban noticias de los hidroaviones de reconocimiento que habían despegado de Midway.
Bombardeo Dauntles americano
También la Escuadra de Nagumo lanzó sus propios aviones de reconocimiento en el mismo momento, uno el Akagi y otro el Kaga, y dos hidroaviones los cruceros Tone y Chikuma, con la misión de explorar la zona al Este y al Sur en una profundidad de 300 millas. El hidroavión del acorazado Haruna, por ser de un tipo más anticuado, recibió la orden de limitarse a una profundidad de 150 millas. Pero la actividad principal a bordo de los portaaviones de Nagumo no se concentraba en los preparativos de las formaciones de asalto para realizar el ataque a Midway: 36 aviones torpederos Kate (cada uno con una bomba de 850 kg) 36 bombarderos en picado Val con una sola bomba de 225 kg así como 36 cazas Zero de escolta. Esta imponente formación de ataque, al mando del teniente de navío Joichi Tomonaga, despegó a las 4,30.
Aichi D3A Val bombardero en picado
Caza embarcado A6M Zero
A las 4,45 todos los aviones japoneses volaban ya en la ruta preestablecida a excepción de uno. Y este hecho insignificante en sí mismo, tuvo un papel determinante en el desarrollo de Ia batalla. Ocurrió que una de las catapultas del crucero Tone no funcionó debidamente, por lo que su segundo hidroavión fué lanzado a las cinco. Este retraso, aparentemente de escasa importancia, estaba destinado a tener muy hondas consecuencias, como se verá más adelante. Mientras tanto, los montacargas de los portaaviones ya estaban conduciendo a las cubiertas una segunda oleada; no tan potente como la anterior; pero esta vez bajo la carlinga de los Kate se fijaron los torpedos, pues su misión era ahora atacar a todas las unidades navales enemigas que les señalasen los aparatos de reconocimiento.
La calma que siguió al primer lanzamiento por parte de las dos escuadras adversarias se rompió de pronto dramáticamente. A las 5,20 horas, a bordo del Akagi, insignia de Nagumo, sonó la alarma: se había avistado un hidroavión enemigo en vuelo de reconocimiento. Inmediatamente se elevaron los Zero para perseguirle y entonces, entre las nubes, comenzó un mortal juego al escondite, hasta que los aviadores norteamericanos lograron escapar de sus perseguidores. A las 5,34 el servicio de radio de Fletcher recibió un mensaje: «Portaaviones enemigos a la vista»; seguido por otro que anunciaba que numeroso aparatos enemigos se estaban dirigiendo hacia Midway. Finalmente, un tercer mensaje, a las 6,03, comunicó los detalles relativos a la posición de composición de la Escuadra de Nagumo, que se hallaba a 200 millas al oeste-sudoeste del Yorktown. Había llegado el momento de la acción.
Se llamó inmediatamente a los aviones de reconocimiento de dicho portaaviones y, en espera de su retorno, Fletcher ordenó a Spruance que avanzara con la 16a Task Force «en dirección Sudoeste para atacar a los portaaviones enemigos una vez se hubiera comprobado su posición». El Enterprise y el Hornet, bajo la protección de los cruceros y de los destructores de escolta, se alejaron a la velocidad de 25 nudos; mientras tanto, las sirenas daban la señal de: "todos a sus puestos de combate". Casi simultáneamente, en Midway, se preparaban para afrontar el ataque inminente.
A las 5,35 el radar reveló el enjambre de aviones que se aproximaba y siete minutos más tarde todos los aparatos disponibles en la isla se habían elevado. Los bombarderos y los hidroaviones recibieron la orden de mantenerse fuera de la zona, en tanto que los cazas del cuerpo de marines despegaban divididos en dos grupos y se lanzaban al ataque. Pero de los 26 aparatos que partieron para la acción, unos 20 eran anticuados Brewster Buffalo, totalmente superados por los rápidos y agilísimos Zero, por lo que pronto se vieron arrollados: 17 fueron derribados y otros siete resultaron con daños irreparables. Los aparatos enemigos llegaron entonces sobre el objetivo y soltaron sus bombas sobre las centrales eléctricas, los hangares de los hidroaviones y los depósitos de carburante.
Los efectos del bombardeo sobre la base. Fotografía tomada por el equipo de John Ford
Al mismo tiempo, también salieron diez aviones torpederos, seis de los cuales eran los nuevos Grumman Avenger (que poco después sustituirían en los portaaviones norteamericanos a los Devastator, cuya actuación se había revelado como poco satisfactoria), y cuatro Marauder del Ejército. A las 7,10 estos aparatos localizaron y atacaron a los portaaviones japoneses; pero, privados de la protección de los cazas, se vieron expuestos al ataque de los numerosos Zero, por lo que muchos de ellos fueron derribados incluso antes de alcanzar la posición de lanzamiento. Los que lograron sustraerse a los cazas adversarios, como estaban armados con los lentos e ineficaces torpedos que habían suscitado el desprecio de los japoneses en la batalla del mar del Coral, no alcanzaron ni un solo objetivo. Tan sólo un Avenger y dos Marauder se salvaron de aquella especie de huracán de explosiones de las granadas antiaéreas que los acogió; no obstante, también se perdieron, pues se estrellaron y destrozaron contra el suelo cuando tomaban tierra en el aeropuerto de Midway.
Foto aérea del atolón de Midway. En primer plano, a la izquierda, el aeropuerto
Si bien no obtuvieron ningún resultado inmediato, estos ataques habrían de tener, sin embargo, consecuencias importantes. A las 7,00 el teniente de navío japonés Tomonaga, que volaba sobre Midway para observar los resultados del ataque, comunicó que para demoler las defensas del atolón era preciso un segundo bombardeo. Nagumo juzgó que, para ello, era inadecuado un ataque con torpedos, y, como aún no tenía noticias de que en la proximidad se encontrasen unidades de superficie enemigas, tomó la primera de una serie de decisiones fatales: en efecto, a las 7,15 ordenó a los aviones de la segunda oleada que estuvieran dispuestos para el ataque a Midway. Los Kate, concentrados sobre el Akagi y el Kaga, tuvieron que volver a las cubiertas inferiores para sustituir los torpedos por bombas. Era este un trabajo lento, y por ello, cuando a las 7,28 llegó un mensaje que hundió a Nagumo en una angustiosa incertidumbre, tan sólo se había realizado una parte de la operación.
El hidroavión de reconocimiento del crucero Tone -aquel que, como hemos dicho, salió con 30 minutos de retraso sobre el horario fijado- había sido designado por la suerte para ser el único que avistase a la Flota americana en su propio sector de exploración, y entonces comunicó: "Avistados diez buques, aparentemente enemigos; marcación 10 grados, velocidad superior a los 20 nudos". Durante el cuarto de hora que siguió Nagumo esperó con creciente impaciencia otra noticia que señalase la composición de la Escuadra enemiga.
Ésta constituiría un peligro, en el radio de 200 millas, tan sólo si en ella figuraban portaaviones; en tal caso sería indispensable atacarla inmediatamente. A las 7,45 Nagumo ordenó suspender la sustitución del armamento de los Kate. Todos los aparatos deberían prepararse para un ataque a los buques. Dos minutos después comunicó al avión de reconocimiento: "Verifique tipo buques y mantenga contacto". La respuesta llegó a las 7,58 horas, señalando tan sólo un cambio en la ruta del enemigo, seguida, sin embargo, doce minutos más tarde, por una nueva comunicación: Buques enemigos, con cinco cruceros y cinco destructores».
Se derrumban las esperanzas de Nagumo
Nagumo y su Estado Mayor acogieron con verdadero alivio el mensaje, porque en aquel mismo momento su escuadra era atacada por 16 bombarderos en picado procedentes de Midway, a los que siguieron poco después 15 "fortalezas volantes", que efectuaron un bombardeo desde 6500 metros de altura y, por último, aparecieron 11 bombarderos de reconocimiento Vindicator. Todos los Zero disponibles se elevaron para interceptarlos, y ni una sola bomba alcanzó a los buques nipones. Pero si Nagumo hubiera decidido entonces lanzar un ataque aéreo, le habría faltado la cobertura de los Zero, que debían volver para abastecerse de carburante y de municiones. Mientras todo eso sucedía, un torpedo lanzado a las 8,25 por el submarino americano Nautilos -uno de los 12 que protegían Midway- contra un acorazado japonés, al que no alcanzó, puso en alarma a los acorazados y cruceros de escolta. Y entonces, en medio del fragor y de la estridencia de los ataques aéreos, Nagumo recibió, a las 8,20 horas la temida comunicación: «Escuadra enemiga acompáñada por buque que parece portaaviones».
Pero el dramático dilema ante el que se encontraba el almirante japonés lo resolvió, por desgracia, el retorno de los aviones de Tomonaga que habían participado en la incursión sobre Midway. Como todos se hallaban escasos de carburante y algunos además averiados, era indispensable disponer rápidamente la cubierta de vuelo. Rechazando el consejo del contraalmirante Yamaguchi, embarcado en el Hiryu, quien le proponía lanzar al ataque sus formaciones aéreas, Nagumo ordenó que se bajasen todos los aparatos que se encontraban en la cubierta para dejar su puesto a los que volvían. Pero cuando terminó esta operación eran las 9,18.
Impresionante foto del "Yorktown" recibiendo de lleno el impacto de un torpedo japonés. Las nubes de humo de deben al tiro de la artillería antiaérea. Ello puede dar una idea de la dificultad del ataque con torpedos
Inmediatamente, en los cuatro portaaviones, comenzaron los preparativos: los 36 bombarderos en picado Val y los 54 Kate, ahora armados nuevamente con torpedos, escoltados por todos los Zero disponibles, (a excepción de los indispensables para la escolta defensiva en torno a los navíos) se dispusieron a entrar en acción. Y justamente mientras se desarrollaban estas operaciones, es decir, en el momento en que los portaaviones eran más vulnerables que nunca, los buques destacados en cobertura en el sector Sur informaron a Nagumo que se estaba aproximando una gran formación aérea. El funcionamiento defectuoso de la catapulta del crucero Tone; el reconocimiento superficial de su tripulación; la perplejidad del mismo Nagumo -a causa quizá de la sorpresa provocada por el ataque de los aviones despegados de Midway, que, por lo demás, no habían producido daños- y, sobre todo, la fatal presunción de que la incursión sobre el atolón se llevaría a término antes de que llegase a la zona cualquier portaaviones enemigo, fueron, todos ellos, factores que, de pronto, pusieron al almirante japonés en una situación desastrosa. El orgullo de los hasta entonces victoriosos portaaviones nipones iba a ser barrido para siempre poco después de una hora.
Cuando la 16ª. Task Force se alejó en dirección Sudoeste, dejando en aquel lugar el Yorktown en espera de la vuelta de sus aviones de reconocimiento, los portaaviones de Nagumo estaban todavía demasiado lejos para que los aparatos de Spruance pudiesen alcanzarlos y volver después a bordo. Por otro lado, si los japoneses mantenían la ruta hacia Midway, Spruance sólo podría lanzar el ataque poco antes de las 9. Pero, puesto que de los cálculos se deducía que hacia aquella hora los aviones de Nagumo estarían probablemente de vuelta, Spruance decidió correr el riesgo y aceptarlas consecuencias de un lanzamiento anticipado para sorprender al adversario en el momento en que estada en condiciones de inferioridad. El despegue se realizaría con dos lanzamientos consecutivos, que requerirían en total una hora, durante la cual los primeros aviones despegados deberían sobrevolar la formación y esperar a los otros.
El primer avión del total de 67 bombarderos en picado Dauntless, 29 aviones torpederos Devastator y 20 cazas Wildcat, que formaban las fuerzas aéreas de ataque de la 16ª. Task Force, despegó exactamente a las 7,02. Pero cuando los aviones torpederos aún no habían dejado la cubierta de vuelo, la aparición en el horizonte del hidroavión del Tone hizo comprender a Spruance que no podía permitirse el lujo de esperar a que todos sus aparatos se pusieran en formación antes de dar la orden de partida. Así, pues, los bombarderos en picado del Enterprise, al mando del capitán de corbeta McClusky recibieron la orden de partir sin esperar a los aviones torpederos ni a los cazas de escolta. Así, pues, MeClusky se alejó a las 7,52 horas para interceptar a la Escuadra de Nagumo, que, según informes, se dirigía hacia Midway. El resto de los escuadrones le siguió a diversos intervalos, con los aviones de bombardeo en picado y los cazas a una altura de 5700 metros, y los aparatos torpederos volando casi a ras del agua.
La distancia que separaba a los aviones y la dificultad de mantener los contactos, a causa de la estratificación irregular de las nubes, tuvieron consecuencias desastrosas. Los cazas del Enterprise, al mando del teniente de navío Gray, tomaron posición sobre los aviones torpederos del Hornet, mandados por el capitán de corbeta Waldron, pero sin establecer contacto con ellos y dejando sin escolta a los aviones torpederos del Enterprise, conducidos por el capitán de corbeta Lindsey. Por su parte, los cazas del Hornet, tras reiterados y vanos intentos de establecer contacto con sus aviones torpederos, se unieron, por el contrario, a sus bombarderos en picado, y así las formaciones de ataque de la 16ª. Task Force avanzaron independientemente en cuatro formaciones: los primeros bombarderos en picado de McClusky, los bombarderos en picado y los cazas del Hornet y los dos escuadrones de aviones torpederos.
Almirante Tamon Yamaguchi comandante del portaviones Hiryu
Al principio, todos se dirigieron hacia la posición en la que se suponía se hallaba Nagumo, esperando que éste siguiera hacia Midway. Pero ocurrió que a las 9,18 horas, después del regreso del grupo de asalto de Tomonaga, Nagumo había modificado la ruta y navegaba hacia el Noroeste, a fin de reducir la distancia que le separaba del enemigo. Por lo tanto, al llegar al presunto punto de encuentro con los japoneses, las cuatro formaciones aéreas de la 16ª. Task Force no encontraron a nadie y debieron decidir entre las diversas soluciones que había para realizar la acción. Los bombarderos en picado del Hornet decidieron realizar su búsqueda más al Sudeste, donde, naturalmente, no descubrieron trazas del enemigo. Al acabarse el carburante, algunos bombarderos volvieron al portaaviones y otros se dirigieron a Midway. Los cazas no fueron tan afortunados, y uno a uno, a medida que fueron acabando la gasolina, tuvieron que arriesgarse a un amaraje forzoso.
En cambio, los dos escuadrones de aviones torpederos, que volaban casi a ras del agua, al dicisar el humo que se alzaba en el horizonte, hacia el norte, se dirigieron a aquel punto y, poco después de las 9,30 horas, descubrieron a los portaaviones japoneses. Aunque privados de la protección de los cazas, se dispusieron a adoptar la ruta de ataque. Ni Waldron ni Lindsey ignoraban que la empresa que se disponían a acometer equivalía a un suicidio. En el último mensaje dirigido a su escuadrón, Waldron decía: «Mi suprema esperanza es encontrar una situación táctica favorable. Pero si no es así y tenemos que enfrentarnos con lo peor, deseo que cada uno haga todos los esfuerzos posibles para destruir al enemigo. Si sólo quedara un avión para lanzarlo al último ataque, hago votos para que este aparato se lance sobre el enemigo y lo alcance. Dios nos asista».
Eran vanas sus esperanzas en cuanto a lo de encontrar una situación táctica favorable. En efecto, más de 50 aviones de caza Zero japoneses se concentraron en torno a la formación norteamericana, incluso antes de que pudiera alcanzar la posición de ataque. El teniente de navío Gray, que mandaba los cazas del Enterprise, y cuyos aparatos se hallaban mucho más elevados que los de Waldron, estaba esperando una señal para acudir en ayuda de este último, según se había acordado previamente; pero la señal no llegó.
Por otra parte, de los cruceros y de los destructores de la escolta enemiga partió un fuego mortífero. Uno a uno fueron abatidos los aviones torpederos. Algunos llegaron a soltar los torpedos antes de ser alcanzados, pero sin llegar a alcanzar el objetivo. Uno de los pilotos, el guardiamarina George H. Gay, se libró de aquella hecatombe agarrándose a un asiento de goma que flotaba junto a su destruido aparato hasta que, al llegar la noche, pudo hinchar su bote neumático de salvamento sin ser ametrallado por los cazas japoneses.
Cinco minutos más tarde entraron en acción los 14 Devastator del Enterprise. Por puro azar, mientras realizaban el ataque por el costado derecho del Kaga, los aviones torpederos del Yorktown llegaron por el lado opuesto, con la intención de atacar el Soryu, y atrajeron sobre sí un considerable número de cazas de la defensa enemiga.
Por otra parte, la formación de 17 bombarderos en picado del Yorktown, al mando del capitán de corbeta Maxwell F. Leslie, junto con 12 aviones torpederos del capitán de corbeta Lance E, Massey y una escolta de seis Wiktcat, habían abandonado la cubierta de vuelo del portaaviones una hora y cuarto después de la formación de asalto de la 16ª. Task Force. Sin embargo, una valoración más concienzuda de las probabilidades, llevada a cabo por Leslie, los condujo a todos, simultáneamente, sobre el enemigo para efectuar un ataque en masa coordinado, lo que representaba la única esperanza de abrir brecha a través de las defensas. Además, en aquel mismo momento, llegaron también los bombarderos en picado de McClusky, quien, después de haber alcanzado el punto previsto de encuentro con el enemigo, mantuvo durante cierto tiempo la ruta Sudoeste, y luego, tras efectuar una rápida desviación al Noroeste, avistó un destructor que se dirigía a toda máquina hacia el Nordeste y lo siguió. Era el Arashi, que se había retrasado para intentar alcanzar con cargas de profundidad al Nautilus. Y así, McClusky, invirtiendo la ruta para seguir al Arashi, había llegado precisamente sobre el objetivo.
El ataque concurrente de las dos formaciones de aviones torpederos no obtuvo ningún resultado. Decenas y decenas de Zero volaban a su alrededor, dejando prácticamente fuera del juego al pequeño grupo de los seis Wildcat. Los lentos y torpes Devastator sufrieron la misma suerte de sus predecesores. Lindsey y otros diez pilotos de su formación fueron abatidos y del grupo de Massey sólo se salvaron dos. Los buques japoneses no tuvieron dificultad en evitar los pocos torpedos que se lanzaron contra ellos.
Sin embargo, el sacrificio de los aviones torpederos no fue inútil, porque, mientras todos los cazas nipones estaban ocupados en la destrucción a baja cota de aquella fácil presa, a una cota más elevada se estaban reuniendo, sin que les viesen ni molestasen, los bombarderos en picado: los 18 de McClusky y los 17 de Leslie, los cuales, inmediatamente después, descendían en picado sobre el adversario.
En el ínterin, en los cuatro portaaviones japoneses estaban a punto determinarlas operaciones de aprovisionamiento de carburante y de rearme. Las cubiertas estaban atestadas de aviones alineados para el despegue. Nagumo había dado ya la orden de lanzamiento y los buques se estaban situando a barlovento. A bordo del Akagi todas las miradas se dirigían abajo, a la cubierta.
Y de improviso, el aullido agudo y cada vez más fuerte de los bombarderos en picado superó el zumbido de los motores ya en marcha de los aparatos nipones. Cuando los japoneses levantaron la cabeza, vieron tres puntos negros, tres bombas de 450 kilos, que se separaban de los tres HellDiver, en picado casi vertical. Las bombas descendieron inexorablemente hacia el objetivo más vulnerable de todos: una cubierta cargada de aviones, con sus depósitos llenos de carburante y con todas sus bombas a bordo. Una de las bombas americanas dio justamente en medio del Akagi, delante del puente de mando y detrás de los montacargas para los aviones; penetró en el hangar y allí estalló, provocando la explosión de los depósitos de torpedos, destrozando la cubierta de vuelo y destruyendo los montacargas. Otra estalló entre los Kate, en la parte de popa de la cubierta, iniciando una terrible deflagración que se unió a la del hangar. En pocos minutos el buque insignia de Nagumo se vio desgarrado por grandes explosiones, que se sucedian a medida que las llamas llegaban a los depósitos de bencina a las bombas y a los torpedos. El comandante Aoki se dio cuenta de que era imposible reducir los daños y los incendios y convenció al reacio Nagumo a trasladar su insignia a otro buque. El almirante y su Estado Mayor se abrieron paso a través de las llamas hasta el castillo de proa, y desde allí, descendieron por los cables, alcanzaron una lancha que les llevo a bordo del Negará, uno de los cruceros ligeros de escolta.
Explosiones en el Akagi
No cabe duda de que, al atacar Midway y las Aleutianas, los japoneses proyectaban extender su perímetro defensivo, a fin de ponerse a salvo, con el suficiente margen de tiempo, de cualquier eventual ataque por parte de Estados Unidos. Para el almirante Yamamoto esta iniciativa representaba la ocasión que coronaría la obra de Pearl Harbor, pues pensaba destruir completamente a la Flota americana antes de la llegada de refuerzos. Sin embargo, su plan presentaba dos puntos débiles: en primer lugar, era demasiado complicado y muchas unidades no estaban en condiciones de apoyarse recíprocamente; en segundo lugar, Yamamoto, aunque defendía la validez táctica del empleo de los portaaviones, y a pesar de los éxitos que éstos ya habían conseguido, continuaba viendo en sus acorazados el elemento esencial que destruiría a la flota estadounidense en cuanto las escuadras de invasión la hubieran inducido a salir. Pero los norteamericanos se dieron cuenta de la trampa que el enemigo les estaba preparando. Sus dos escuadras eludieron la vigilancia adversaria, salieron de las bases del Pacífico y destruyeron los portaaviones japoneses, retirándose antes de que los navíos de batalla de Yamamoto pudieran intervenir.
Hecatombe en los portaaviones japoneses
El buque insignia había sido atacado tan sólo por tres bombarderos en picado del Enterprise; el resto del grupo aéreo -34 bombarderos en picado- se concentró sobre el Kaga. De las cuatro bombas que lo alcanzaron, la primera estalló delante de la superestructura, haciendo saltar por los aires un carrillo de aprovisionamiento de bencina; las llamas que se originaron invadieron el puente y mataron a todos los que se encontraban arriba, comprendido el comandante. Las otras tres bombas cayeron en medio de los aviones alineados en la cubierta de vuelo y provocaron una serie de incendios y de explosiones que transformaron todo el buque en una inmensa hoguera, análogamente a lo que había ocurrido en el Akagi. En pocos minutos la situación se hizo tan desesperada que el oficial superviviente de mayor graduación ordenó trasladar el retrato del emperador a un destructor de escolta (según disponían las ordenanzas cuando la suerte de un buque no tiene remedio y que se desarrollaba siempre de acuerdo con un riguroso ceremonial). El Kaga, sin embargo, continuó flotando durante bastantes horas.
También el Soryu sufrió un fuerte ataque, desencadenado por los veteranos de la batalla del mar del Coral, quizá los aviadores de la Marina estadounidense que por aquel tiempo tenían más experiencia en el combate. Se lanzaron en picado en tres oleadas, precisos y seguros, a la derecha de la proa, a la derecha de la popa y a popa, arrojando una granizada de bombas de 450 kilos y sin sufrir ninguna pérdida. Tres bombas alcanzaron el objetivo: la primera penetró a través de la cubierta del hangar y la explosión levantó la plataforma de acero de los montacargas, doblándola contra el puente de maniobra; las otras cayeron entre la masa de los aviones y todo el buque quedó invadido por las llamas. Al comandante, capitán de navío Ryusaku Yanaginoto, le bastaron veinte minutos para decidirse a dar la orden de abandonar el buque a fin de evitar que la tripulación se quemase viva. Pero también el Soryu, como los otros buques, sobrevivió todavía bastantes horas antes de desaparecer para siempre entre las aguas.
Foto del "Hyryu" tomada desde los B-17 que lo atacaron
Así, pues, cinco breves y mortíferos minutos habían bastado para destruir la mitad de la escuadra de portaaviones japonesa, el cuerpo escogido de su Marina. Por el momento el Hiryu, a algunas millas de distancia, permanecía intacto y antes de que acabase el día vengaría, por lo menos parcialmente, a los tres portaaviones de su grupo. No obstante, antes de describir la parte que le correspondió en la batalla preferimos seguirlos avatares de los otros hasta su definitiva destrucción en aguas del Pacífico.
Aunque a bordo del Akagi los daños se habían limitado en un principio a la cubierta de vuelo y a los hangares, quedando intactas las máquinas, los incendios, alimentados por la gasolina de los depósitos de los aviones y por la que salía de las tuberías, eran tan violentos que la tripulación no los pudo aislar. A las 17,15 horas el comandante, capitán de navío Aoki, llegó a la conclusión de que ya no había esperanzas para el buque. Se trasladó entonces el retrato del emperador a un destructor y el portaaviones fue abandonado. Sin embargo, el comandante en jefe no autorizó su hundimiento –que se le había solicitado en seguida- hasta el amanecer del día siguiente, porque sólo entonces Yamamoto llegó a comprender del todo el alcance de la derrota japonesa y el Akagi fue hundido por los proyectiles de un cazatorpedero.
Incendios análogos habían devastado también al Kaga, frustrando cualquier intento de salvarlo. Inmovilizado y envuelto en llamas se convirtió en blanco de los torpedos del Nautilus, el cual, después del ataque anterior, había emergido y se dedicaba a dar caza a los maltrechos portaaviones japoneses. Pero incluso como blanco fijo el Kaga era demasiado potente para los deficientes torpedos norteamericanos. De los tres que le lanzó, dos no lo alcanzaron y el tercero no estalló. A las 16,40 la tripulación recibió la orden de abandonar el portaaviones, y a las 19,25 dos explosiones lo desgarraron, yéndose a pique poco después.
Al Soryu le correspondió parecida suerte: la destrucción fue consecuencia de una especie de explosiones interiores intermitentes, que produjeron una gigantesca masa de llamas y de humo. Cuando el capitán de navío Yanaginoto dio la orden de abandonar el buque, decidió inmolarse, muriendo entre las llamas o hundiéndose con su navío. Un grupo de sus hombres, que volvió a bordo con intención de convencerlo, o, si era necesario, de obligarlo a que se salvara, se retiró humildemente ante la resolución del comandante, quien erguido, con el sable desenvainado y la mirada fija ante sí esperaba el fin. Lo dejaron en manos del destino que él había escogido espontáneamente. Mientras se alejaban le oyeron entonar el himno nacional. Yanaginoto estuvo en espera de la muerte hasta cerca de las 19 horas, cuando el Soryu y 718 de sus tripulantes desaparecieron en el océano.
Mientras tanto, antes de que empezara la agonía de los tres portaaviones de Nagumo, habían ocurrido otros muchos acontecimientos. Los primeros supervivientes de los aviones americanos de ataque que se posaron de nuevo sobre la cubierta de sus buques comunicaron que uno de los portaaviones japoneses no había sido localizado todavía: se trataba del Hiryu, que en el momento del ataque estaba lejos de los otros. El almirante Fletcher envió diez aviones de reconocimiento en su busca y asimismo ordenó que se elevase una patrulla defensiva compuesta por una docena de Wildcat. No podía ser más oportuna esta medida. Pocos minutos antes del mediodía, el radar del Yorktown reveló que se estaban acercando aparatos enemigos procedentes del Oeste.
Era el grupo de ataque del Hiryu, compuesto por 18 bombarderos en picado y seis cazas y a mando del teniente de navío Michio Kobayashi veterano piloto que había tomado parte en todas las operaciones de la escuadra de portaaviones de Nagumo. Apenas estuvieron en el aire los aviones de Kobayashi, un segundo grupo, formado por 10 aviones torpederos y seis Zero, se preparó también para el despegue. Iría al mando del temible Tomonago. El grueso de Kobayashi había seguido a alguno de los aviones de ataque del Yorktawn y ahora se concentraba sobre el buque insignia de Fletcher. Los Wildcat -por primera vez más numerosos que los Zero de escolta- superaron la defensa japonesa y atacaron a los Val. Derribaron a diez de ellos, comprendido el de Kobayashi, y otros dos fueron abatidos por la artillería antiaérea de los cruceros de escolta.
No obstante, los seis que quedaban demostraron que no habían perdido en absoluto su agresividad, lanzándose en picado contra el portaaviones. El fuego antiaéreo derribó un Val, pero la bomba que antes pudo lanzar estalló en la cubierta de vuelo, matando a muchos hombres e incendiando el hangar situado debajo. Una segunda bomba entró por la chimenea y estalló allí originando otros incendios. Con los tubos de ventilación de tres calderas desgarrados y los hornos de otras cinco o seis apagados, el portaaviones fue perdiendo velocidad progresivamente, hasta que al cabo de 20 minutos, se detuvo. Una tercera bomba penetró hasta la cuarta cubierta, donde, durante cierto tiempo, persistió la amenaza de un incendio en los depósitos de carburante y en el panel de municiones de proa.
El USS Yorktown ardiendo tras el primer ataque
Puesto que su buque insignia estaba inmovilizado y no funcionaban ni el radar ni las instalaciones de radio. Fletcher se trasladó al crucero Astoria, y ordenó al Portland que remolcase al portaaviones. Pero la sección de averías logró hacer milagros. Antes de que se fijase el cable de remolque, el Yorktown volvió a estar en condiciones de moverse y de navegar a 20 nudos; mientras tanto en la cubierta de vuelo los cazas se abastecían de carburante. De momento, las perspectivas parecían risueñas. Sin embargo, poco después, el radar de un crucero señaló la presencia de la formación de Tomonaga, a unas 40 millas y avanzando rápidamente.
Los norteamericanos apenas tuvieron tiempo de lanzar ocho Wildcat, que se unieron a las cuatro que ya estaban volando: pero los cazas estadounidenses no lograron superarla cobertura de los Zero que escoltaban a los Kate. Ante los atacantes se levantó una tupida cortina de granadas, en tanto que los cruceros formaban una barrera de espuma con sus cañones de mayor calibre, levantando verdaderas murallas de columnas de agua a través de las cuales parecía imposible que pudieran pasar los kate en vuelo rasante.
El Yorktown es herido de muerte
El Yorktown es impactado varias veces por los bombarderos japoneses
Se consiguió abatir cinco Kate, pero los restantes, que se acercaron en cuatro direcciones distintas, desplegaron toda su mortífera habilidad, lanzándose en picado para soltar los torpedos a quemarropa, a una distancia de 450 metros. Era imposible que el portaaviones los pudiera evitar. Dos lo alcanzaron por el costado de babor, desgarrando el doble fondo con los depósitos de carburante y provocando en el buque una escora de 26 grados y la detención de la distribución de energía. El Yorktown estaba a punto de zozobrar. A las 15 su comandante, el capitán de navío Buckmaster, dio la orden de abandonarlo.
Mientras tanto, los bombarderos en picado de la 16ª. Task Force de Spruance, que operaban a unas 60 millas al nordeste del Yorktown, realizaban una acción de represalia sobre el Híryu. Veinticuatro Dauntless llegaron por sorpresa sobre él y en seguida iniciaron el ataque. Inútilmente el portaaviones realizó bruscas evoluciones para evitar las bombas, pero fue inútil. Cuatro lo alcanzaron, y una despidió el montacargas anterior contra el puente de maniobra, mientras las otras provocaban incendios y explosiones en cadena que condenaron al buque al mismo final que sus compañeros. A las 21,23 se pararon las máquinas. Los desesperados esfuerzos para dominar los incendios continuaron durante la noche; pero a las 2,30 de la madrugada siguiente no hubo más remedio que abandonarlo y hacer que lo torpedease un destructor de escolta.
Prácticamente, la batalla de Midway había concluido el 4 de junio, en el momento en que desaparecieron los cuatro portaaviones japoneses y el norteamericano Yorktown. Pero eso no lo sabían aún ni los comandantes japoneses ni los norteamericanos, y las maniobras y los encuentros de menos trascendencia se prolongaron durante dos días más. Los comandantes nipones, a excepción de Nagumo, se resistían a creer que la pérdida de los cuatro portaaviones significaba la desmota y el fin de la operación Midway. El almirante Kondo, con sus dos acorazados, sus cuatro cruceros pesados y el portaaviones ligero Zuiho, se había puesto en marcha, a mediodía del 4 de junio, para acudir en socorro de Nagumo. Y poco después Yamamoto ordenaba a todas las unidades diseminadas que se concentrasen para atacar al enemigo. El mismo, con el grueso de la Flota, se estaba acercando a toda máquina desde el Oeste para arrojar a la lucha el peso de los cañones de 460 mm del gigantesco Yamato y los de 406 del Nagato y del Mutsu. Todavía se obstinaba en subestimar al adversario, y soñaba en una batalla al estilo clásico, en la que su poderosísima Escuadra derrotaría a la Task Force americana y vengaría las pérdidas sufridas el día anterior. La gran acción naval, con los acorazados alineados majestuosamente, lanzándose unos a otros potentes andanadas, constituía aún su sueño y su auténtica finalidad.
Pero este concepto de guerra naval había sido eliminado, por la fuerza de las circunstancias, de la estrategia americana después del ataque a Pearl Harbor. Raymond Spruance, que durante la guerra se manifestó como uno de los almirantes más hábiles, no se dejaría atraer jamás, y menos aún de noche, hacia el radio de acción de los acorazados de Yamamoto; pues, en tal caso, sus portaaviones, que no estaban, ni mucho menos, preparados para efectuar operaciones nocturnas, se encontrarían irremediablemente en condiciones de total inferioridad. Así, pues, el anochecer, se alejó del escenario de la batalla, dirigiéndose hacia el Este, a fin de alcanzar al día siguiente una posición desde la que podría tener la doble posibilidad de seguir a las fuerzas enemigas en retirada o bien de impedir un nuevo desembarco en la isla de Midway.
El comandante en jefe nipón se negó a reconocer las proporciones del desastre hasta primeras horas del 5 de junio, cuando ordenó, a las 2,55, la retirada general. Esta es la razón por la cual los 58 bombarderos en picado que Spruance había lanzado desde sus dos buques la tarde del 5 en busca del grueso de Yamamoto no encontraron ningún navío, excepto un destructor solitario que rastreaba las aguas en busca del Hiryu.
Cabe recordar, aunque brevemente, dos incidentes. Cuando Yamamoto ordenó la retirada general, los cuatro cruceros pesados del grupo de apoyo del almirante Kurita -Kumano, Suzuya, Mikuma y Mogami- se encontraban al oeste de Midway, hacia la que se dirigía para bombardearla al amanecer. Apenas recibida la orden, invirtieron la ruta, siendo entonces avistados por el submarino americano Tambor. El buque insignia japonés avistó a su vez al submarino, transmitiendo a toda la formación a babor; pero no las recibió el Mogami, que se encontraba en la retaguardia y que, siguiendo la ruta inicial, entró en colisión con el Mikuma. A consecuencia del choque, el Mogami sufrió graves daños, que redujeron su velocidad a 12 nudos. Kurita dejó el Mikuma y dos destructores para que escoltasen al buque averiado y reemprendió la navegación a toda velocidad con el resto de la formación.
Al tener noticia de ello en Midway, despegaron doce «fortalezas volantes», que no lograron localizar al enemigo. No obstante, poco después, bombarderos en picado del cuerpo de los marines advirtieron la larga estela de nafta que el Mikuma había dejado y la siguieron hasta encontrar al buque y atacarlo. Sus bombas no alcanzaron el objetivo; pero el avión del capitán de navío Richard E. Fleming cayó y fue a aplastarse contra la torre de popa del Mikuma, y los vapores de gasolina, absorbidos por la sala de máquinas de estribor del crucero, estallaron.
A pesar de esto, el Mikuma y el Mogami continuaron alejándose hasta el día siguiente, cuando Spruance, abandonada ya la esperanza de asestar otro golpe al grueso de la Escuadra de Yamamoto, pudo lanzar sus bombarderos en picado contra ellos. Consiguieron hundir el Mikuma, mientras el Mogami, a pesar de haber experimentado gravísimos daños, logró salvarse y alcanzar la base japonesa de Truk.
En el ínterin, mucho más al Este, el Yorktown, sin tripulación, había ido a la deriva toda la noche del 4 al 5 y a mediodía del 5 flotaba todavía; evidentemente, lo habían abandonado demasiado pronto.
Una escuadra de salvamento volvió a bordo y se tomó al buque a remolque; pero en aquel momento el submarino japonés I-168, enviado expresamente por Yamamoto, lo alcanzó con dos torpedos. A las 6 horas del 7 de junio, el Yorktown se iba a pique.
Al anochecer del día anterior, Spruance había dado orden a su Escuadra de dirigirse al Este para encontrarse con los buques cisterna. La batalla de Midway había terminado.
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