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Antiguo 03-Jan-2007, 22:52   #151
moebius
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Batalla de Gettysburg

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La Batalla de Gettysburg (1º al 3 de julio de 1863) se desarrolló alrededor del pueblo de Gettysburg, Pensilvani a, como parte de la campaña de Gettysburg. Ha sido la mayor batalla que ha tenido lugar en América del Norte y es generalmente considerada crucial en la Guerra Civil Estadounidense, marcando el inicio de la ofensiva de la Unión. Fue una gran victoria por parte del Ejército federal (Guerra Civil Estadounidense) de la Unión y un hecho desastroso para la Confederación. La Unión estaba comandada por el Mayor General George G. Meade y los confederados por el gran estratega Robert E. Lee.

En junio de 1863 Robert E. Lee atacó al ejército federal del Potomac, invadiendo Pensilvania y destruyendo las comunicaciones entre este lugar y el grueso del ejército, que se encontraba asediando la ciudad de Vicksburg. Abraham Lincoln mandó entonces a su Mayor General Joseph Hooker a movilizarse con su ejército, pero fue relevado en la víspera de la batalla por George G. Meade.

Los primeros ataques unionistas se produjeron el día 30 de junio, aunque oficialmnete la batalla comenzaría al día siguiente. El día 30 de junio por la tarde, las dos magníficas formaciones de choque llegan a encontrarse. Un joven teniente de caballería unionista es el que inicia el ataque al disparar a una columna de infantería sudista, a lo que estos replicaron con una descarga de fusilería. Esta columna confederada iba en camino a coger unas botas en una fábrica de Gettysburg. Aunque los dos generales de cada bando no se encontraban aún en la zona, los jefes de las avanzadillas de la Unión decidieron atacar, ocurriendo así el primer contacto serio entre las dos fuerzas. Los Generales, al enterarse, enviaron tropas para rechazar al enemigo. Los dos ejércitos se encontrarían el 1 de julio, dándose por oficial el comienzo de la batalla. Este día se reúnen más de 150.000 soldados, 83.289 por parte unionista y 75.054 por la parte confederada.

Durante los dos primeros días hay más bajas en el lado de la Unión, aunque no debilita del todo a sus tropas, ya que se podían permitir perder más hombres que los confederados, al ser éstos menos en número. Este hecho se repitió muchas veces en la Guerra Civil Americana, lo que llevó a que Ulysses S. Grant fuese llamado el carnicero, ya que no le molestaba intercambiar bajas. El 3 de julio se produjo un gran duelo de artillería entre los 230 cañones, de un lado y otro. Los confederados, entonces, lanzaron un enorme ataque con 14.000 soldados contra sus enemigos, al mando del Mayor General George Pickett. Los unionistas quedaron sorprendidos ante tal avance y se defendieron con sucesivos ataques de artillería. En las primeras descargas ya destrozaron a las filas confederadas. Los confederados siguieron avanzando a pesar del cañoneo y las descargas de fusil de los unionistas, lo que produjo terribles bajas. Al final tan solo llegaron 150 hombres a las líneas enemigas. Cerca de 7.000 hombres del Sur dejaron la vida en este último día de batalla, porque esta gran victoria unionista dejó desconsolado y exhausto a Lee, que firmó la rendición.

Movimientos de la batalla

Poco después de que Lee saliera victorioso al derrotar al ejército del Potomac en la Batalla del Chancellorsville(1-3 de mayo de 1863) decidió la segunda invasión del territorio nordista. Lee se aprovechó de que gran parte de los unionistas estaban asediando Vicksburg.

De esta manera el 3 de junio el ejército de Lee comenzó a avanzar partiendo desde Fredericksburg, Virginia. Para ser más eficaz reorganizó en tres nuevas columnas sus tropas. La primera columna fue asignada a James Longstreet, la segunda al veterano batallón del Teniente General Thomas J. "Stonewall" Jackson y la tercera a A.P. Hill.

El ejército federal del Potomac, bajo el mando de Joseph Hooker, estaba formado por siete cuerpos de infantería, uno de caballería y otro de artillería, un total de 90.000 hombres. Sin embargo Abraham Lincoln destituyó de su cargo a Hooker al haber dado una tímida respuesta a la invasión de Lee después de la batalla de Chancellorsville, reemplazándolo por George G. Meade.

La primera acción significativa tuvo lugar en la campaña del 9 de junio entre las fuerzas contrapuestas de caballería en Brandy Station, Virginia. La caballería confederada de J.E.B. Stuart fue casi destruida por la federal, pero Stuart prevaleció.

A mitad de junio, el ejército confederado de la Virginia Septentrional atravesó el río Potomac y entró en Maryland. Después de la derrota en las guarniciones de Winchester y Martinsburg, el Segundo Cuerpo del sudista Ewell comenzó a atravesar el río el día 15. Las tropas de Hill y Longstreet le siguieron el día 25. El ejército de Hooker los siguió en los días posteriores.

Entretanto, de modo controvertido, Lee permitió a Stuart que utilizara una parte de la caballería para reconocer las tropas unionistas, pero fueron enviados por Lee a mucha distancia, lo que traería en consecuencia una acusación a los dos generales, porque la caballería de Stuart y tres de sus mejores brigadas estuvieron ausentes el primer día de batalla. Alrededor del 29 de junio la tropa de Lee fue dispersada en un arco alrededor de Chambersburg (45 kilómetros al noroeste de Gettysburg), también por Carliste (48 kilómetros al norte) y cerca de Harrison y Wrightsville, en el río Susquehanna.

En unas disputas por la forma de defender la guarnición Harpers Ferry, el General unionista Hooker dimite, siendo aceptada su dimisión por Lincoln y el general Henry W. Halleck. Fue reemplazado por el General George Gordon Meade, comandante del V cuerpo, el 28 de junio.

Cuando el 29 de junio el ejército del Potomac cruzó el río del mismo nombre, Lee ordenó que sus fuerzas se concentraran alrededor de Cashtown, al oeste de Gettysburg. El 30 de junio mientras las tropas del general Hill estaban en Cashtown, uno de los brigadieres de Hill, J. Johnston Pettigrew, se aventuró a marchar a Gettysburg. Cuando este brigadier se acercó a la ciudad le notificaron que un General de brigada federal, John Buford, con una fuerza de caballería, llegaba por el sur de la ciudad. El brigadier confederado retornó a Cashtown considerando poco interesante un combate con aquellos, informando a Hill lo que le habían notificado. Hill creyó que se trataba de una fuerza de pocos efectivos. A pesar de que Lee había ordenado que se evitara cualquier contacto con el enemigo, Hill ordenó una ronda de reconocimiento para asegurarse del tamaño y la fuerza de los federales. Sobre las 5 de la mañana del 1 de julio, el general confederado Heth junto con su división avanzaron hacia Gettysburg.

Primer día de batalla
El General de brigada federal, Buford, se dio cuenta de que el terreno elevado se encontraba en el sur, donde estaban los confederados, y consideró que si conseguían tomar control de los altos, haría muy difícil la escalada de las tropas de Meade. Buford decidió entonces trasladarse a tres crestas en los altos del oeste de Gettysburg: Herr Ridge, McPherson Ridge, and Seminary Ridge. Esta posición le permitiría ralentizar el avance confederado, superior en número, a la espera de la infantería, la cual podría defender las posiciones al sur de la ciudad, en Cemetery Hill, Cemetery Ridge, and Culp's Hill.

La división confederada de Heth avanzó con dos brigadas en vanguardia, dirigidas por los Generales de brigada James J. Archer y Joseph R. Davis. Sobre las 7:30 de la mañana del 1 de julio las dos brigadas encontraron una ligera resistencia por parte de una patrulla de caballería. La caballería desmontada del coronel unionista William Gramble ofreció una gran resistencia con los rápidos y certeros disparos de sus carabinas modelo Sharps. Sobre las 10:30 los confederados ya habían hecho retroceder a los unionistas hacia el este, a MacPherson Ridge, cuando llegó la vanguardia del I Cuerpo del Mayor General John F. Reynolds.

Al comienzo de la lucha, mientras el Mayor General Reynolds estaba dirigiendo sus tropas y la artillería hacia los bosques del este, cayó de su caballo debido al impacto de una bala cerca de su oreja izquierda, causándole la muerte instantánea. El Mayor General Abner Doubleday asumió la responsabilidad del mando del I Cuerpo. El combate en el área de Chambersburg Pike se prolongó hasta las 12:30 y luego se reanudó sobre las 14:30, cuando la sudista división de Heth se unió a Pettigrew y al Coronel John M. Brockenbrough.

En el norte de Gettysburg mientras, el confederado Davis se enfrentó con el General de brigada Lysander Cutler, resultando en graves pérdidas. En el sur, la brigada de Archer asaltó Herbst Woods. La "brigada de Hierro" federal del General de brigada Solomon Meredith entró en contacto con Archer y en esta lucha el mismo Meredith consiguió capturar a cientos de sudistas, incluyendo a Archer. Sin embargo la división de Pettigrew poco después consiguió poco a poco rechazar a la brigada de Meredith hacia los bosques de Seminary Ridge. Además el sudista Hill sumó sus fuerzas a la división de William Dorsey Pender, y el I Cuerpo federal enfiló entonces a través de los terrenos del Lutheran Seminary y las calles de Gettysburg.

En el oeste dos Divisiones del II Cuerpo del sudista Ewell marcharon hacia Cashtown en concordancia con una orden de Lee, de que esta tropa se concentrara alrededor del área de dicha población y luego girara hacia el sur para ir a Gettysburg, mientras el XI Cuerpo de la Unión al mando del Mayor General Oliver O. Howard, marchaba apresuradamente hacia el norte. A primera hora de la tarde, la línea unionista estaba posicionada por el oeste, norte y nordeste. Sin embargo los federales no tenían suficientes tropas; Cutler, que estaba desplegado en Chambersburg Pike, tenía su flanco derecho desperdigado.

Sobre las 14:00 las fuerzas confederadas de Robert E. Rodes y Jubal Early destrozaron a las federales de los I y XI Cuerpos en el norte y noroeste de Gettysburg. Los brigadas sudistas de Edward A. O'Neal y Alfred Iverson, sin embargo, sufrieron grandes pérdidas en este asalto. La división del sudista Early se benefició de un error del General de brigada Francis C. Barlow, quien había avanzado su División del XI cuerpo hacia Blocher's Knoll, esto provocó una brecha en sus líneas, susceptibles de ataques por todos los lados, rebasando las tropas de Early las líneas del XI cuerpo por el flanco derecho. Barlow fue herido y capturado en el ataque.

Como las fuerzas federales colapsaron el norte y oeste de la ciudad, el General Howard ordenó la retirada hacia el sur, hacia Cemetery Hill, donde tenía la división del prusiano Adolph von Steinwehr como reserva.

La batalla del día 1 de julio tuvo como bajas a 25.000 confederados y 18.000 federales, lo que representa el 23 % de las bajas totales en los tres días de batalla.


Segundo día de batalla




Movimientos de los ejércitos

Entre el 1 y el 2 de julio, la mayor parte de la infantería se hizo presente en el campo de batalla, comprendiendo el II, III, V y el XII Cuerpos de la Unión. La III División del sudista Longstreet, comandada por Pickett, había comenzado la marcha desde Chamberburg desde muy temprano, pero llegó tarde el día 2.

La línea unionista estaba posicionada en Culp's Hill y el sudeste de Gettysburg, noroeste de Cemetery Hill y al sur de la ciudad. Gran parte del XII Cuerpo estaba en Cemetery Hill; el II Cuerpo defendía Cemetery Ridge, el III Cuerpo fue ordenado de tomar posición en su flanco.

Las fuerzas confederadas se encontraban en paralelo con las unionistas, sobre 1.600 metros al oeste de Seminary Ridge, prosiguiendo por el este de la ciudad, para después ir hacia el sudeste, en un punto frente a Culp's Hill. De esta manera, el ejército federal tenía la línea interior, mientras la confederada comprendía 8 km de longitud.

EL plan que Lee ordenó a la I División de Longstreet consistió en un sigiloso posicionamiento por el flanco izquierdo de las fuerzas de la Unión, en dirección nordeste, atravesando Emmitsburg Road. La secuencia de ataque confederado comenzó con la División de John Bell Hood y de Lafayette McLaws, seguidas de Richard H. Anderson, del III Cuerpo de Hill. El ataque había sido previsto por Meade, el cual debió apostar sus tropas en el centro para reforzar el flanco izquierdo. Entre tanto la División del II Cuerpo del sudista Edward "Allegheny" Johnson y de Jubal Early, hicieron una demostración de fuerza en Culp's Hill y Cemetery Hills, previniendo el movimiento federal y esperando provocar un ataque masivo si se presentaba oportunidad.

El plan de Lee, sin embargo, estaba basado en un error de información, sobre todo la ausencia de Stuart en el campo de batalla. En vez de moverse hacia el flanco izquierdo federal para atacarlo, el ala izquierda de Longstreet, guiada por MacLaws, se enfrentó cara a cara al III Cuerpo de Mayor General Daniel Sickles. Este, insatisfecho ante la posición asignada al sur de Cemetery Ridge, y viendo un terreno elevado para posicionar su artillería a 800 metros al oeste, atravesó Emmitsburg Road, al sur de la granja Codori. La nueva línea partió entonces desde Devil's Den, al noroeste de la granja de Sherfy, Peach Orchard, para luego recorrer desde el nodeste de Emmitsburg Road al sur de la granja Codori. La División del unionista Brigadier General Andrew A. Humphreys (a lo largo de Emmitsburg Road) y del Mayor General David B. Birney (en el sur) fueron sometidos a ataques por dos lados, siendo dispersados fuera del largo frente que su pequeño ejército podía defender de forma efectiva.

El ataque de Longstreet tenía que realizarse lo antes posible; sin embargo Longstreet pidió permiso a Lee para esperar la llegada de una de sus Brigadas, y , mientras marchaba a su posición asignada, sus hombres fueron vistos por los de la Unión. El giro necesario para pasar sin ser vistos tomó mucho tiempo y las divisiones de Hood y McLaws no lanzaron sus ataques sino hasta las 16:00 y las 17:00, respectivamente.


Ataque al flanco izquierdo de la Unión
Como las divisiones de Longstreet detuvieron al III Cuerpo de la Unión, Meade tuvo que enviar refuerzos incluyendo la totalidad del V Cuerpo, la División de Caldwell del II Cuerpo, varios del XI Cuerpo y una pequeña porción del VI Cuerpo. Una encarnizada lucha le permitió tomar Devil's Den, la Wheatfield, Little Round Top, y la Peach Orchard. El III Cuerpo fue prácticamente destruido por la artillería. El Mayor General Daniel Sickles sufrió la amputación de una pierna a causa de un cañonazo. La División de Caldwell fue aniquilada en Wheatfield. La División del confederado Anderson inició el ataque alrededor de las 18:00, localizándose en la cresta de Cemetery Ridge, pero no pudo sostener la posición debido a un gran contraataque por parte del II Cuerpo.

Entre tanto el Coronel Strong Vicent del V Cuerpo de ejército de la Unión estuvo resistiendo con una pequeña brigada, en una importante colina: Little Round Top. Debió resistir los repetidos ataques de los confederados con su relativamente pequeño regimiento. El General de brigada Kemble Warren, consciente de la importancia de aquella posición, envió a la Brigada de Vincent, la batería de artillería de Hazlett y al Regimiento 140 de Nueva York a ocupar Little Round Top lo más rápido posible antes de que las tropas de Hood llegaran. La defensa de Little Round Top con una carga de bayoneta del 20° Regimiento de infantería voluntaria del Maine, fue uno de los sucesos más recordados de la Guerra de Secesión.


Ataque al flanco derecho de la Unión
Sobre las 19:00 se produjo el ataque por parte de la división del confederado Johnson al Segundo Cuerpo en Culp's Hill. Muchos de los defensores de la colina, del XII Cuerpo, habían sido enviados hacia la izquierda para defenderse de los ataques de Longstreet, y la única parte de los cuerpos que se quedaron en la colina, fue la Brigada de los neoyorkinos bajo el mando de George S. Greene. Gracias a la insistencia de Greene en la construcción de una buena defensa y gracias también a los refuerzos del del I y XI Cuerpos, los hombres de Greene aguantaron los ataques sudistas, aunque los confederados capturaron una parte de la construcción defensiva abandonada en la parte baja de Culp's Hill.

Apenas se hizo de noche dos Brigadas confederadas de Jubal Early atacaron al XI Cuerpo de la Unión en el este de Cemetery Hill, donde el coronel Andrew L. Harris, de la Segunda Brigada, Primera División, murió en el ataque, perdiendo la mitad de sus hombres. Sin embargo Early fracasó al sostener su ataque contra los defensores unionistas. Las rezagadas tropas de Ewell guiadas por el Mayor General Robert E. Rodes fracasaron en su ayuda al ataque de Early, desplazándose hacia Cemetery Hill desde el oeste. Las líneas internas del ejército de la Unión, fueron trasladadas hacia las zonas críticas. Con el refuerzo del II Cuerpo, las tropas federales retuvieron la posición del este de Cemetery Hill, con lo que las Brigadas de Early fueron forzadas a la retirada.

J.E.B. Stuart y tres de sus Brigadas de caballería llegaron a Gettysburg bien entrada la tarde, pero no llegó a participar en este segundo día de batalla. La brigada de Wade Hampton tuvo una escaramuza con la caballería de George Armstrong Custer (procedente de Michigan), cerca de Hunterstown, en el nordeste de Gettysburg.


Tercer día de batalla



Lee volvió a reanudar el ataque el viernes 3 de julio, utilizando el mismo plan que el día anterior: Longstreet atacaría el flanco izquierdo, mientras Ewell atacaba Culp's Hill. Sin embargo, antes de que Longstreet estuviera preparado, las artillería federal comenzó el ataque bombardeando a los confederados ubicados en Culp's Hill. Los sudistas contraatacaron y el segundo combate en Culp's Hill terminó sobre las 11:00, después de casi siete horas de duro combate.



Lee fue obligado a cambiar sus planes. Ahora Longstreet comandaría la división de Virginia del Primer Cuerpo, más seis Brigadas, desde Culp's Hill, en un ataque a la derecha del centro de la línea federal en Cemetery Ridge. Previo al ataque, toda la artillería confederada respondió a los bombardeos federales para debilitar la línea enemiga.

En torno a las 13:00, 170 cañones confederados comenzaron un bombardeo de artillería que fue el más grande, probablemente, de toda la guerra. Para ahorrar las valiosas municiones que tenían, el Ejército del Potomac inicialmente no respondió al ataque. Después de 15 minutos, unos 80 cañones federales se sumaron al estruendo. La artillería sudista de Virginia estaba escasa munición y el cañoneo no afectó demasiado a las posiciones unionistas. Hacia las 15:00, el fuego artillero se calmó y 12.500 soldados sudistas avanzaron 1.200 metros hacia las posiciones de la Unión en Cemetery Ridge, en lo que ha pasado a la historia como "La carga de Pickett". A causa de un intenso fuego de artillería lateral proveniente de la posición federal de Cemetery Hill y del norte de Little Round Top, y por los disparos de los carabineros y mosqueteros del II Cuerpo federal, casi la mitad de los atacantes confederados no volverían a sus líneas. Aunque la línea federal flaqueó y estuvo quebrada temporalmente, los refuerzos apresuradamente taparon la brecha y el ataque confederado fue repelido.

Hubieron dos importantes encuentros de caballería en la jornada del 3 de julio. Stuart fue enviado a comandar el flanco izquierdo de los sudistas, preparado para contrarrestar cualquier ataque federal de infantería desde Cemetery Hill, circundando el flanco derecho unionista y atacando los trenes y vías de comunicación de los federales. A 5 km al este de Gettysburg, las fuerzas de Stuart chocaron contra la caballería federal: la división del Mayor General David McM. Gregg y la Brigada de George Armstrong Custer. Fue una larga batalla entre las fuerzas de caballería de los dos bandos, incluyendo un cuerpo a cuerpo con sables. La carga de caballería de Custer y del 1° de Caballería de Michigan desbarató el ataque del Brigadier confederado Wade Hampton, bloqueando la intención de Stuart de atacar la parte trasera federal. Después de la carga de Pickett, Meade ordenó al Brigadier General Judson Kilpatrick lanzar un ataque de caballería contra la posición de infantería de Longstreet en el sudoeste de Big Round Top. El Brigadier General Elon J. Farnsworth protestó contra la inutilidad de esta acción, pero obedeció las ordenes; Farnsworth murió en el ataque y su tropa sufrió graves pérdidas.

En este último día de batalla la derrota fue para los confederados, ya que sufrieron grandes pérdidas. Los 7.000 hombres perdidos en el ataque confederado y las sucesivas cargas de caballería de los federales dejaron exhaustos y desconsolados a los confederados. Lee quedó muy debilitado en su ejército y en su moral, firmando la rendición poco después.





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Última edición por Elrohir; 27-Jan-2007 a las 15:49
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Antiguo 04-Jan-2007, 03:51   #152
Médano
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me alegra muchisimo q este post vuelva a estar de "moda" me alegra haberlo rescatado del olvido y me ha ayudado para volver a leer y ver batallas q se estan volviendo a poner de moda,como Iwo j ima y Termopilas
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Antiguo 15-Jan-2007, 15:16   #153
pitxitxi
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LA BATALLA DE FARSALIA



En primer lugar, los contendientes son dos "primeros espadas" mundiales, nada menos que los dos más grandes soldados romanos desde Cayo Mario sesenta años antes. En segundo lugar, la batalla de Farsalia es una batalla de romanos contra romanos, de legiones contra legiones, lo que la hace enormemente atractiva ya que en teoría existía una cierta igualdad táctica. En tercer lugar, es una de esas pocas batallas que realmente han cambiado el curso de la Historia.



------ LOS GENERALES ------


Cneo Pompeyo "Magno"

Pompeyo no era un genio, pero era un general competente y cualificado, un hombre testarudo pero no terco. Su experiencia militar era más amplia que la de César, ya que había combatido en la I Guerra Civil al lado de Sila, en Oriente, en España y había comandado la campaña para limpiar la piratería del Mediterráneo. Su hoja de servicios era impresionante y su fama se extendía por todo el Mare Nostrum. Tras servir fielmente a Sila, formó el Triunvirato con César y Craso apoyando a los Populares para cambiar de nuevo de bando aliándose con el sector más reaccionario del Senado que pretendía destruir a César. Cuando César respondió a las ilegales agresiones de los optimates cruzando el Rubicón con una legión, Pompeyo no quiso enfrentarse a él y cruzó el Adriático para refugiarse en Grecia. Más adelante veremos por qué tomó esta decisión Pompeyo, una decisión que no fue un error, sino una opción más. El problema de Pompeyo es que no estaba solo, sino rodeado por una extraña corte. Su estado mayor, con la única excepción de Tito Labieno, estaba compuesto por gallinas cluecas senatoriales que creían que ganarían la batalla con sólo enseñarles a los proletarios de César sus impresionantes árboles genealógicos. Hombres como Catón, no aportaban nada salvo desequilibrio y encima miraban a Pompeyo por encima del hombro porque no pertenecía a su rancia casta, pero era lo mejor que tenían, o al menos eso pensaron. En lugar de dejarle trabajar en paz, los optimates, con una experiencia militar ridícula, le reprochaban haber abandonado Italia sin combatir y tras Dyrrachium le urgían a acabar de una vez con César. Presión que, como veremos, tuvo su efecto. César narra la más famosa de estas disputas en la que los patricios se enfrentan por ver quién será Pontífice Máximo tras la muerte de César:

"A propósito del sacerdocio de César, Domicio, Escipión y Léntulo Sphinter llegaron ya en sus diarias disputas a insultos muy graves de palabra, de manera pública (...). Finalmente, todos discutían sobre sus cargos o premios en dinero, o de la necesidad de acosar a sus enemigos; y no meditaban con qué tácticas podrían vencer, sino cómo debían aprovecharse de la victoria". Comentarios de la Guerra Civil. Libro III, capítulo LXXXIII.

Los cuatro cuerpos de su ejército estaban al mando de Léntulo Sphinter (derecha), Marcelo Escipión (centro), Lucio Domicio Enobardo (izquierda) y Tito Labieno (caballería). Pompeyo había elegido a los mejores dentro de su numeroso grupo de aspirantes.


Cayo Julio César

César llegó a Farsalia con su triunfo en las Galias aún humeante, al mando de los hombres que lo habían hecho posible. César se enfrentó en las Galias a ejércitos que lo superaban numéricamente en proporciones enormes. Por ello, desarrolló una estrategia nueva en la historia militar romana: una guerra de movimientos, una auténtica Blitzkrieg romana en la que la velocidad del ejército, la rapidez de la maniobra tendían a compensar la inferioridad numérica. Era la estrategia de la rapidez ya ensayada con éxito por Escipión el Africano en Cartagena y desarrollada plenamente por César en las Galias. Su estado mayor se hallaba compuesto por militares profesionales con años de experiencia que conocían perfectamente al ejército y a su jefe, adaptándose como un guante a las necesidades de ambos. Los tres cuerpos de su ejército se hallaban bajo el mando de Marco Antonio (izquierda), Cneo Domicio Calvino (centro) y Publio Sila (derecha). En Farsalia César estaba en su mayor apogeo intelectual, tenía plena confianza en todos y cada uno de sus hombres, fueran legionarios u oficiales y se sentía un Favorito de la Fortuna, idea que sus hombres compartían con él de manera entusiasta. A diferencia del de Pompeyo, el mando de César no se hallaba cuestionado, sino reforzado por sus hombres que le veían como a su líder natural. No sólo en lo militar, sino también en lo político.


------ LOS EJÉRCITOS ------

César: 31.400
Pompeyo: 66.200
Caballería


Galos: 600
Aliados:7.000

Germanos: 400
______________
_____________
1.000
7.000

Infantería romana

Legionarios: 23.000
Legionarios: 50.000
________________
______________
23.000
50.000

Infantería auxiliar

Con la caballería:: 400
Españoles: 5.000
Aliados: 7.000
Aliados: 4.200
___________________
______________
7.400
9.200


El ejército de Pompeyo

Pompeyo contaba con 117 cohortes de las que 7 dejó de guarnición en el campamento y en la línea fortificada que iba de éste al río. Las 110 cohortes de la línea de batalla formaban un total de once legiones legiones bastante completas, ya que no habían tenido bajas ni habían dejado guarniciones en puntos fuertes. Era un poderoso ejército que superaba en más del doble al de César, aunque su nivel de adiestramiento y de experiencia no eran los de los "muchachos" de César.

Pompeyo contaba con varias cohortes de guerreros españoles traídos por Afranio que combatían como infantería pesada.

Pompeyo se rodeó de un impresionante cuerpo de caballería que incluía a sus numerosísimos clientes italianos de Picenum y numerosos contingentes enviados por las provincias orientales y los reyes de los estados-satélite de Roma, que en realidad eran clientes de Pompeyo. A diferencia de César, Pompeyo prefirió la cantidad a la calidad y la mejor muestra de ello fue este enorme cuerpo de caballería que, en realidad, no era más que una gigantesca masa de caballos y jinetes con un valor táctico que era una incógnita. ¿O no lo era? Porque Pompeyo siguió a César desde Dyrrachium hasta Farsalia (y hay una buena distancia) sin que sus 7.000 jinetes consiguieran, no ya derrotar a la columna cesariana, sino ni siquiera entorpecerla. Algo que Labieno debería haber meditado.

La infantería auxiliar pompeyana incluía varias cohortes españolas con las que formó una legión auxiliar, además de arqueros y honderos.


El ejército de César

Las legiones de Julio César eran las mismas legiones que acababan de conquistar las Galias. Formadas por veteranos avezados que sabían reaccionar ante el peligro con disciplina en lugar de pánico, mandados por centuriones que habían ascendido peldaño a peldaño el duro escalafón desde abajo y que llevaban años junto a ellos. Como César mismo dijo, su ejército se componía de un millar de brazos dirigidos por una sola cabeza, y es que en el ejército de César mandaba César.

César llegó a Farsalia con 87 cohortes de las que 7 dejó en el campamento. Las ochenta cohortes de la línea de batalla formaban nueve legiones bastante incompletas. Tras Dyrrachium unió a la Octava y a la Novena, que estaban al límite de efectivos para formar una sola, lo que indica que entre ambas apenas juntarían catorce o quince cohortes. Estas ocho legiones tenían una media de unos 2.800 hombres por legión cuando lo normal eran 4.800. César en Italia pudo haber esperado para reclutar más hombres en la Cisalpina, pero no lo hizo. También muchos itálicos, hartos del Senado, pretendieron alistarse en sus legiones, pero él no quiso, ya que según su planteamiento eran más valiosos "pocos" pero veteranos que "muchos" pero inexpertos. Farsalia le dio la razón.

Sus legiones eran la Sexta, Séptima, Octava, Novena, la legendaria Décima, Decimoprimera, Decimosegunda y dos nuevas reclutadas recientemente, entre ellas la Quinta, conocida por el sobrenombre de Alaudae (alondra), ya que sus legionarios, que eran todos galos cisalpinos, en lugar de penachos de crines de caballo en los yelmos se ponían plumas de alondra. Si bien estos jóvenes galos eran "novatos" comparados con sus míticos compañeros de la Décima, tenían más experiencia que la mayoría de los legionarios de Pompeyo, una confianza ciega en su general, que además de ser su caudillo militar era su caudillo político, ya que fue precisamente Julio César, durante su consulado del año 59 aC, quien promulgó la ley que otorgaba la ciudadanía romana a los galos de la Cisalpina.

Además de las legiones, César tenía unos 7.400 infantes auxiliares soldados altamente especializados que combatían en formaciones complementarias de la legión.

La caballería de César era su punto débil, al menos aparentemente. De los 1.000 jinetes con que contaba unos 400 eran ubios, los famosos germanos que empleó en Alesia y cuya sola presencia en el campo de batalla producía pánico en el enemigo. Los mil restantes jinetes eran en su mayoría galos, probablemente eduos y un pequeño contingente de españoles que en realidad formaban la escolta personal de César. César introdujo una innovación aprendida en las Galias: unir a los escuadrones de caballería un contingente de infantería ligera de 400 hombres al típico modo germano, con lo que la eficacia de los jinetes se veía redoblada. Esta innovación resultó decisiva en el planteamiento táctico de César y demuestra lo que ya he comentado anteriormente, la importancia del momento en el que ambos jefes llegan a la batalla, con un César recién salido de las Galias, con ideas nuevas y frescas y un Pompeyo anquilosado por los mármoles de Roma con un manual en lugar de ideas.

Aquellos hombres que formaban el reducido ejército de César eran el mejor cuerpo de combate que se ha paseado por la Historia y estaban mandados por el más grande general de todos los tiempos, el maestro absoluto de la estrategia.


------ LA ESTRATEGIA ------

Pompeyo pensó que llevar la campaña de Grecia era una idea brillante, pero se equivocó. Mucho se ha discutido sobre su negativa a combatir a César en Italia. Yo no creo que fuera ni un acierto ni un error, sino una de las opciones que pudo tomar y tomó, sin más. Es cierto que tenía muchísimos más hombres que César, pero los 3.000 con los que el conquistador de las Galias cruzó el Rubicón eran veteranos curtidos y Pompeyo sabía de sobra que en Italia César no se dejaría coger en una emboscada. Además, las legiones de las Galias ya marchaban hacia la Península Itálica para apoyar a su jefe y encima las ciudades italianas le recibían como a su salvador, por lo que corría el riesgo de ser él y no César el que acabara cayendo en esa emboscada.

Pompeyo había aprendido la lección en España combatiendo a un brillantísimo Sertorio, cuya muerte prematura le impidió llegar a ese Olimpo de dioses para codearse directamente con los más grandes. La estrategia de Pompeyo era alejar a César lo más posible de sus líneas naturales tanto de suministros como de hombres que estaban en las Galias y salir de Italia, que irremediablemente se había declarado cesariana. Si Pompeyo hubiera continuado en Italia hubiera perdido la guerra sin necesidad de una batalla. ¿A dónde ir entonces? Podía haber ido a España, donde sus legados Afranio y Petreyo tenían un poderoso ejército, pero eso suponía tener que cruzar el mar con naves de altura exponiéndose demasiado ya que no podrían costear. La tierra que se extendía entre los Pirineos y los Alpes, a excepción de Marsella, era zona cesariana y por allí no podría cruzar de ninguna manera, por eso optó por ir a Grecia, más cerca de ese Oriente donde se había hecho famoso y en el que tantos amigos tenía y de cuyos inmensos recursos podría disponer. Pero en Grecia se dejó atrapar en Dyrrachium por una brillante maniobra de César que comenzó a construir una circunvalación de asedio tipo "Alesia" pero muy mejorada con fortines externos y varias líneas de defensa. Dos cabecillas eduos de la caballería cesariana, al ser descubiertos malversando los fondos de sus hombres, corrieron a pasarse al Pompeyo al que detallaron el sistema de fortificaciones y su punto débil. Pompeyo reaccionó al fin y contraatacó antes de que estuviera terminada la obra por la parte más débil. César perdió 500 hombres y se retiró de allí seguido a distancia por Pompeyo hasta llegar a Farsalia.

Estratégicamente, Farsalia fue un error tremendo de Pompeyo. Yo opino que la verdadera clave de la derrota pompeyana fue, en realidad, más estratégica que táctica, ya que la decisión de plantarle cara a César la tomó presionado por la corte de mamelucos que lo seguían cacareando y atormentándole con sus tonterías. Es evidente que Pompeyo no deseaba un enfrentamiento directo con César, al que temía y con razón. Pompeyo no era nada tonto y sabía perfectamente que el ejército de Julio César, aunque muy inferior numéricamente, era muy superior tácticamente. La estrategia de Pompeyo era seguir a César pisándole los talones, estorbando sus suministros y aprovisionamiento para ir acorralándolo en Grecia, forzándole a fortificarse, tal y como el mismo Pompeyo había hecho en Dyrrachium y que había estado a punto de costarle la derrota.

Esta estrategia es buena, pero tiene un problema fundamental: no se puede emplear una estrategia que el enemigo acaba de emplear contra ti, y más si ese enemigo se llama Cayo Julio César. Si Pompeyo hubiera continuado con su juego del ratón y el gato, no es de extrañar que el ratón hubiera acabado encontrando un sitio adecuado para tenderle al gato una trampa en la que se dejara las uñas y el bigote. Exactamente igual que hizo cuando derrotó a Ambiórix en 54 aC.

Cuando tras Dyrrachium César llegó a Farsalia, acampó en el lugar presumiblemente menos bueno del terreno, dejándole a Pompeyo levantar su campamento fortificado en el que, según los cánones, era el mejor lugar. ¿Cómo es posible que César hiciera algo así? Realmente llevaba haciendo cosas así años y años en las Galias, dando al enemigo ventajas que luego su genio manipulaba convirtiéndolas en desventajas. Para Pompeyo el campamento era algo crucial, pero para César no era más que un complemento estratégico y no táctico. En doce años de campañas continuas sólo hay dos excepciones: Britania y la mencionada batalla contra Ambiórix. En el caso británico no podía actuar de otro modo, ya que tenía que proteger a su flota y las fortificaciones del campamento eran la llave que guardaba su vuelta a las Galias. Con Ambiórix, César utiliza su campamento como cebo. Realmente el campamento no tiene más función que la de ocultar su brillante maniobra. César es un estratega de la movilidad, del recorrido, y sobre todo, tácticamente, de la maniobra, por lo que para él el campamento sólo tiene una función meramente complementaria. En realidad le daba igual que Pompeyo estuviera allí o en otra parte, ya que él tenía muy claro que la batalla se decidiría en campo abierto, allí donde sus legiones podrían demostrar su superioridad, y si Pompeyo creía que su campamento estaba en mejor lugar, pues más confiado se volvería.

Por otra parte, César no tenía fuerzas suficientes para intentar un asalto al campamento fortificado de Pompeyo, por lo que su única opción era tratar de provocar a Pompeyo para que aceptara el combate, cosa que éste hizo dilapidando así la valiosa ventaja estratégica conseguida en Dyrrachium que fue estúpidamente despilfarrada. César es un genio en estado puro que convierte los reveses de Gergovia y Dyrrachium en las victorias de Alesia y Farsalia aprovechándose hasta de los elementos desfavorables, manipulándolos para utilizarlos a su favor. Tras el revés de Gergovia César se retira atrayendo a Vercingetórix a su terreno y el caudillo galo muerde el anzuelo. Tras el revés de Dyrrachium hace lo mismo con Pompeyo y éste también muerde el anzuelo siendo atraído hasta Farsalia.

¿Es que Pompeyo no había leído los Comentarios de la Guerra de las Galias que ya habían sido publicados?


------ EL TERRENO ------

Pompeyo debía estar muy orgulloso del lugar que había escogido para instalar su campamento: la ladera oeste del monte Dogandzis que se proyecta hacia el río Eunipeo. El lugar tenía dos ventajas para Pompeyo: por un lado, la posición de su campamento era muy buena para la defensa, ocupando un alto de la ladera, y por otro, la zona donde las laderas meridionales del Dogandzis bajaban hacia el río eran ideales para una maniobra de flanqueo de la caballería, que era el sueño de Labieno.

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Si Pompeyo le daba batalla a César, el río y la montaña encerrarían los flancos de los dos ejércitos. Sin duda Pompeyo y Labieno pensaron en Cannas, ya que la situación era muy parecida, con un río cerrando un flanco y una montaña cerrando el otro. En realidad, la llanura de Farsalia era demasiado estrecha para formar adecuadamente un ejército del tamaño del de Pompeyo y además, el norte estaba ocupado por el monte, a diferencia de Cannas. El terreno, que a simple vista favorecía a Pompeyo, en realidad jugó a favor de César gracias a su análisis más meticuloso y profesional, nada raro ya que César llegaba recién terminada la guerra de las Galias y Pompeyo había pasado demasiados años de molicie en Roma.

------ LA TÁCTICA ------

Pompeyo

El lugar convencía a Pompeyo (por eso presentó batalla) y más aún a Labieno, que fue el que presionó hasta el final para lograrlo. Pero si hubieran sabido leer entre líneas (cosa que sólo saben hacer los Grandes), Pompeyo y más aún Labieno, se hubiera dado cuenta de la encerrona en la que había caído sin darse cuenta, ya que cuando se planea una maniobra de flanqueo de caballería, y Pompeyo fió toda la batalla a ésta, los espacios deben ser grandes, amplios y, sobre todo, por encima de todo, abiertos. Cierto que Aníbal consiguió en Cannas flanquear al ejército romano, pero Pompeyo no era, ni mucho menos Aníbal, y menos aún podía compararse su sentido táctico con el de Julio César. La batalla de Farsalia tenía dos claves: a) lo que ocurriría si la caballería pompeyana conseguía pasar el flanco de César y b) lo que ocurriría si no conseguía pasar. Dependiendo de una u otra se decidiría la batalla.

Estaba claro que con una superioridad de 7 a 1 en caballería Pompeyo dejaría que Labieno se luciera, y la especialidad de Labieno era el ataque de flanqueo, tal y como hizo en Alesia. Sin embargo, en Alesia, frente a la marea de galos que asaltaban el campamento de Antistio y Rebilio, situado en el punto débil del anillo fortificado romano, Labieno tuvo suficiente espacio para maniobrar, algo que es fundamental para la caballería. En Farsalia no existía ese espacio, pero Labieno, que era sin duda el mejor comandante de caballería de Roma, decidió utilizar su tremenda superioridad numérica para romper a la caballería cesariana situando a todos sus jinetes en su flanco izquierdo. En realidad, no podía hacerse otra cosa, ya que el terreno que bordeaba el río no era apropiado para la caballería. Además, Pompeyo puso en práctica un "refinamiento táctico" que César atribuye a uno de sus oficiales y que consistía en no avanzar hacia el enemigo, sino esperarle quieto, lo que según él haría llegar a los legionarios de César ante ellos cansados por la carrera cuesta arriba, ya que Pompeyo pensaba situar a sus legiones en la ladera del monte. Evidentemente, esto haría que los cesarianos tuvieran que combatir cuesta arriba, pero ¿qué ocurriría si los pompeyanos tenían que retirarse? el espacio entre ellos y su campamento era demasiado corto como para permitir un repliegue ordenado y dar posibilidad a rehacer las líneas. Con tan poco espacio, las legiones pompeyanas sólo tenían una posibilidad si eran batidas: huir a la carrera para impedir que las legiones de César las aplastasen contra las defensas de su propio campamento y tratar de llegar a él lo antes posible para evitar el tapón que se formaría con decenas de miles de hombres tratando de entrar. Militares de la talla de Pompeyo y Labieno debieron darse cuenta de todos estos importantísimos factores, y sin embargo los obviaron víctimas de la prepotencia porque todos los factores tácticos estaban a su favor, sin embargo, tratándose de César, ni siquiera los factores tácticos tienen validez absoluta.


César

Frente a las once legiones prácticamente completas de Pompeyo César sólo disponía de ocho muy mermadas de efectivos. En realidad eran nueve, pero dos de ellas, la Octava y la Novena, habían quedado tan reducidas que las unió en una sola. Evidentemente, ocho legiones no pueden ocupar el mismo frente de combate que once, y esto es importante cuando el enemigo tiene tanta superioridad numérica, ya que si se dejan los flancos al descubierto las líneas pueden ser flanqueadas. La maravillosa elasticidad de la legión romana permitió a César "alargar" sus cohortes para conseguir que cubrieran mayor espacio.

A pesar de ello, la línea de César no era tan larga como la de Pompeyo, por lo que César formó a toda su infantería auxiliar, compuesta de infantes y honderos españoles y arqueros cretenses, en su ala izquierda.

César deseaba terminar aquella guerra allí mismo. Por ello buscó el combate sacando cada día a sus legiones y formándolas en orden de batalla en la llanura. Cuando al final Pompeyo se decidió a combatir y formó a sus tropas César debió relamerse de gusto.

Evidentemente, César sabía que Labieno, con su superioridad 7 a 1 sería la estrella de la función. Toda la batalla dependía del ataque de Labieno que lanzaría a sus 7.000 jinetes contra los 1.000 de César arrollándolos como un tren y ganando así la retaguardia cesariana donde podrían atacar a gusto a la tercera línea de sus legiones, que era la más débil. Para evitar esto, César sacó de la tercera línea de cada legión una cohorte. Teniendo en cuenta que una cohorte de cada legión se quedaba a guardar el campamento, la tercera línea de César sólo tendría dos cohortes por legión y además muy mermadas de efectivos, por lo que esta tercera línea no podría entrar en combate más que fortaleciendo las dos líneas anteriores o como reserva táctica.

El plato fuerte de la táctica de César eran las ocho cohortes que había sacado de la tercera línea y que situó a la derecha, junto a la Décima legión y por detrás de la caballería. En el éxito de la misión de estas ocho cohortes estaba el resultado de la batalla, ya que, ni más ni menos que su cometido era frenar en seco a los 7.000 jinetes de Pompeyo. César instruyó a estos legionarios para que dejaran pasar entre sus huecos a sus propios jinetes, cerraran los huecos y atacaran a los jinetes de Pompeyo sin darles tiempo a reaccionar. Para ello el ataque había de ser extremadamente rápido y agresivo, por lo que César ordenó a sus hombres que atacaran directamente al rostro de sus enemigos para infundirles pánico. No es de extrañar que los yelmos de caballería imperiales utilizados décadas después cubrieran casi toda la cabeza del jinete...

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Batalla de Farsalia, despliegue inicial

------ LA BATALLA ------

Una vez formado su ejército, César dio inmediatamente la orden de atacar. Los legionarios avanzaron hacia las líneas pompeyanas que no se movieron. Cuando los cesarianos comenzaron a correr hacia ellos tampoco se movieron los pompeyanos, entonces tuvo lugar una de esas escenas para la Historia: los legionarios de César, espontáneamente, se pararon en su carrera, descansaron unos minutos, recuperaron el aliento y después siguieron avanzando hacia las líneas de Pompeyo. Era la reacción de un ejército veterano al que Pompeyo no iba a tomarle el pelo ni mucho menos. A medida que la distancia entre los ejércitos disminuía, César pudo hacerse una idea más clara de la situación. Su ala derecha, con la mítica Décima legión, no tendría problema en resistir el empuje enemigo y él mismo había colocado su puesto de mando tras ella, pero el ala izquierda estaba comprometida, ya que la formación de auxiliares tendría que enfrentarse no sólo a la infantería auxiliar pompeyana, sino a una legión, por lo que César delegó el mando de este ala a Marco Antonio, su mejor legado. Que César hiciera esto confirma que sus temores eran las alas y no el centro, ya que él siempre se colocaba en los lugares donde el peligro era mayor para poder acudir rápidamente, algo que aprendió en la batalla contra los nervios. Toda la clave de la táctica pompeyana era el ala derecha de César y por ello se situó allí, para estar cerca de la "cuarta línea" formada por las ocho cohortes.

La posición de las ocho cohortes

A lo largo de todos estos siglos se han escrito centenares de interpretaciones de esta batalla. La disposición de las legiones de ambos ejércitos no presenta problemas, pero la de las famosas ocho cohortes sí, ya que unos creen que se situaron de manera oblicua a la Décima legión.

Esto no pudo ser, ya que entonces la caballería pompeyana hubiera podido pasar por allí como por una puerta a medio cerrar flanqueando a todo el ejército cesariano. La clave de la maniobra era "frenar" en seco a los jinetes pompeyanos, y si éstos conseguían pasar por el hueco formado por la Décima y la ladera del monte, toda la retaguardia cesariana estaría comprometida sin remedio. Si las ocho cohortes hubieran querido atacar a la caballería pompeyena está claro que ésta no se hubiera dejado, ya que la velocidad de un caballo al trote supera la carrera de un legionario y en cuestión de un par de minutos todos los jinetes podrían estar en la ribera del Eunipeo espoleando a sus monturas. No podemos imaginarnos a las ocho cohortes atacando a 7.000 jinetes en un espacio abierto y a éstos dejándose masacrar tan tranquilos. Así como tampoco podemos imaginarnos a las ocho cohortes atacando en línea con la caballería puesto que ello obligaba a la caballería a ir al mismo paso que los legionarios a fin de no dejar un peligroso hueco por el que los jinetes pompeyanos hubieran podido introducirse.

La clave de las ocho cohortes era impedir que la caballería pompeyana consiguiera flanquear el ala cesariana, por lo que lo más lógico es pensar que las ocho cohortes se situaron de la forma abajo expuesta, en línea, con los huecos entre manípulos abiertos para permitir el paso de la caballería propia.

De esta manera, las ocho cohortes forman un muro entre el flanco derecho de la Décima y la ladera del monte, así no hay posibilidad alguna de replegarse y reagruparse, ya que al este y al norte está el monte, al sur las ocho cohortes y al oeste dos ejércitos que se aproximan como una prensa en la que la caballería quedaría aplastada. Si la caballería de Pompeyo era rechazada sólo cabía huir ladera arriba, esparciéndose monte arriba en completo desorden. Es posible que estas ocho cohortes permanecieran ocultas detrás de la línea de legiones hasta el último momento para evitar que Pompeyo las detectara y se diera cuenta de la trampa, pero aunque hubiera sido así, una línea de tan escasa profundidad no hubiera inquietado a éste ni a Labieno que hubieran pensado en arrollarla fácilmente.

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Batalla de Farsalia, ataque de la caballería pompeyana

El contacto

¿Dónde tuvo lugar el primer contacto? Evidentemente entre los jinetes de uno y otro bando. Si miramos la ilustración de arriba veremos que era imposible que los cesarianos avanzaran hasta chocar con las líneas pompeyanas mientras la caballería de Pompeyo se quedaba quieta. Al menos unos cincuenta metros antes de llegar a ella, debió cargar contra la caballería cesariana. ¿Cómo se dispuso ésta? Lo más lógico es que no se dispusiera en una larga línea cubriendo toda la zona abierta entre el flanco de la Décima y el monte como habían hecho las ocho cohortes. Debieron situarse en su formación de combate natural y lanzarse contra el centro de la enorme formación pompeyana, obligando a ésta a juntar sus líneas. Es lógico que fuera la caballería de Pompeyo la que cargara antes, ya que los jinetes cesarianos tenían el apoyo de 400 infantes ligeros que no podrían cargar a gran velocidad durante mucho trecho.

Mientras la caballería pompeyana cargaba contra la cesariana los infantes auxiliares de Pompeyo (infantería ligera, ya que toda la infantería auxiliar pesada pompeyana se hallaba en el lado del río) siguieron a sus jinetes esperando el momento de realizar el flanqueo y lanzarse contra la retaguardia de las legiones. Por ello, esta infantería no sólo había sobrepasado la línea trasera de sus legiones, sino que se hallaba justamente en el flanco de éstas. Si la maniobra de Labieno salía bien estarían en magnífica situación para correr a flanquear la línea cesariana... pero si salía mal, serían atropellados por su propia caballería en fuga.

Poco después los legionarios de César lanzaron sus pila y desenvainando sus espadas españolas cargaron contra las líneas pompeyanas.

Los 1.000 jinetes de César a cuya cabeza se hallaban los 400 jinetes germanos, no fueron arrollados por los 7.000 pompeyanos, y seguro que los germanos tuvieron buena parte de la "culpa". Si los galos de Alesia, que conocían de sobra a estos gigantes se aterrorizaron al verlos ¿qué sentirían hombres que jamás habían visto a un gigante germano al verle lanzarse a la carga?... Pues de todo menos alegría. Además, entre los jinetes cesarianos se encontraban infantes que atacaban directamente a los jinetes pompeyanos desde abajo, lo que aumentó la confusión de éstos. Pero no duró mucho el susto ni la confusión, ya que los jinetes cesarianos volvieron grupas, los infantes que los acompañaban se agarraron fuertemente a las crines y colas de los caballos y rápidamente se alejaron a galope tendido hacia el sur. ¡Victoria! debieron pensar los aturdidos pompeyanos mientras se reagrupaban para cargar contra la caballería de César en retirada que se replegaba ordenadamente a través de los huecos dejados por los manípulos de las ocho cohortes.

El ataque de las ocho cohortes

El ataque de la caballería cesariana había frenado la carga pompeyana. Los germanos habían conseguido unos segundos de pausa preciosos, ya que ahora los pompeyanos dejaron pasar otros segundos más preciosos aún reorganizándose para embestir en línea. Esos segundos de desfase entre la pérdida de contacto y la carga fueron vitales para permitir que la caballería cesariana escapara por los huecos de las ocho cohortes que tras pasar el último jinete y el último infante ligero se cerraron en cuestión de doce segundos formando así una línea continua entre el flanco derecho de la Décima y las laderas del Dogandzis. Si la caballería pompeyana quería pasar sólo podía hacerlo por allí, así que, confiada, cargó contra la delgada línea formada por las ocho cohortes.

César dice que fueron sus cohortes las que cargaron contra los jinetes pompeyanos. Es decir, que las ocho cohortes atacaron a los jinetes y no al revés. Efectivamente, cuando los jinetes pompeyanos llegan ante la línea cesariana, las ocho cohortes atacan como una muralla de escudos y pila móvil ante la que los jinetes de Pompeyo no pueden hacer nada salvo frenarse. Exactamente igual que les ocurrirá a los jinetes franceses en Waterloo cuando ataquen a los cuadros de infantería inglesa, solo que los cesarianos no permanecen clavados en el suelo, sino que cargan contra los jinetes. Y es que la caballería nunca ha podido vencer a una infantería disciplinada, conjuntada y, sobre todo, bien mandada que opone un bloque sólido, un verdadero muro infranqueable. Si los jinetes de Pompeyo no pueden cruzar, evidentemente tienen que frenarse, y es en ese momento cuando las ocho cohortes atacan como un mazo a aquella gigantesca masa de jinetes cuyo factor primordial táctico, la potencia de carga, ha sido anulado por el frenazo al que han sido sometidos. Como una verdadera muralla, en orden cerrado, los legionarios cesarianos atacan ferozmente a los jinetes pompeyanos de la primera línea destrozándoles el rostro a lanzazos. Ante la inusitada violencia del ataque, el pánico se apodera de la segunda línea pompeyana que no tarda en reunirse con sus compañeros caídos. Los jinetes de las siguientes líneas vuelven grupas tratando desesperadamente de escapar de aquella mortal encerrona y se origina una oleada de histeria colectiva que partiendo de las primeras líneas no tarda en alcanzar las últimas. Los jinetes pompeyanos de las primeras líneas en el flanco izquierdo, que están más cercanos al monte, escapan de la trampa subiendo la ladera a galope. Y en ese momento todos sus compañeros pueden verles escapar monte arriba. ¿Qué ocurre? ¿Por qué nos hemos detenido? debían preguntarse los jinetes de las últimas líneas, y de repente ven como su ala izquierda escapa ladera arriba, por el único camino posible. La huida de parte del flanco izquierdo de la caballería pompeyana posibilitará ahora a las cohortes cesarianas más próximas al Dogandzis atacar también de flanco a los jinetes pompeyanos que se enfrentan ahora a la posibilidad de quedar atrapados entre las ocho cohortes y la Décima legión cesariana por un lado y el monte y su propia infantería ligera por otro. Y entonces estalla el pánico generalizado. Los jinetes de las últimas líneas vuelven grupas y se lanzan contra su propia infantería ligera a la que atropellan en su alocada huida. La caballería cesariana no pierde el tiempo y emprende la persecución de los jinetes pompeyanos a los que irán cazando por grupos por las laderas del Dogandzis.

Pompeyo observa boquiabierto la huida de sus jinetes, pero no puede hacer nada, ya que no ha previsto una reserva táctica. Sus legiones no sólo no pueden romper la línea cesariana, sino que los legionarios de César les están ganando terreno, inflingiéndoles muchas más bajas de las que ellos pueden hacerles a su vez. Ahora Pompeyo se queda mudo de espanto cuando desde su posición en la ladera del Dogandzis ve claramente cómo las ocho cohortes atacan a su infantería ligera, que previamente había sido atropellada por su propia caballería. Las ocho cohortes cargan contra los infantes ligeros empujándolos hacia el flanco izquierdo de su propia línea de combate. El resultado es que la infantería ligera pompeyana es aplastada contra la legión de la izquierda pompeyana y masacrada por los legionarios de César que se abren paso hasta el mismo flanco de la línea de combate pompeyana sobre un mar de cadáveres para embestir la legión de su izquierda. En ese momento a Pompeyo sólo podía salvarle lo que ocurriera en la ribera del Eunipeo, pero allí Marco Antonio dirige con eficacia el ala izquierda de César donde los infantes auxiliares cesarianos se baten como leones contra los legionarios de Pompeyo, demostrando que un soldado bien preparado y mandado puede enfrentarse a cualquier enemigo, aunque sean legiones romanas.

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Batalla de Farsalia, contraataque de las cohortes cesarianas

La retirada del ejército de Pompeyo

Probablemente Pompeyo se aferró a una última esperanza: que su caballería consiguiera reagruparse y contraatacar. Pero los jinetes que regresaron no fueron los suyos, sino los de César, para cargar contra la retaguardia del ala izquierda pompeyana.

Un soldado no hay nada a lo que tenga más miedo que a quedar rodeado. Y no estamos hablando de Stalingrado, donde las líneas se extendían kilómetros y kilómetros. En Farsalia todo estaba a la vista y el momento definitivo fue al aparecer la caballería cesariana para lanzarse contra la retaguardia del flanco izquierdo pompeyano. El propio Pompeyo huyó mudo de espanto a su campamento, seguido por toda su corte de gallinas cluecas optimates y dejando abandonados a sus hombres que quedaron a merced de sus errores y su prepotencia al pensar que la victoria era completamente segura y no pensar en todas las posibilidades. En ese momento las cohortes de la tercera línea de Pompeyo, que habían visto a su jefe huir, decidieron que no iban a dejarse matar por un general que les había dejado tirados y comenzaron la huida a la carrera hacia el campamento. Y la verdad es que ¿quién pude culparles de algo? Su propio jefe ya estaba a salvo en su lujosa tienda y ellos habían quedado sin mando y sin órdenes, y sobre todo, sin esperanza alguna en lograr la victoria, ya que ningún plan alternativo se había dispuesto. Como suele decir el chiste, el soldado contestaría que lo único que había hecho había sido obedecer a su general cuando dijo aquello de "¡Seguidme, yo os conduciré a la victoria!". Pues los pompeyanos siguieron a su general... aunque a su campamento.

Bromas aparte, algunos estudiosos imaginan una huida alocada y sin orden de las cohortes pompeyanas, lo cual es cierto, ya que allí primó el "¡Sálvese el que pueda!", pero también imaginan que la persecución cesariana se produjo de igual manera, cada cohorte a su aire, persiguiendo a la que se había enfrentado, y ello es un error grave. Yo no puedo imaginarme la línea de batalla de César rota en mil pedazos para perseguir al enemigo cuando aquella retirada podía ser una trampa. César nunca se hubiera arriesgado a que de repente los pompeyanos se reagruparan y cargaran contra él en las laderas del Dogandzis. De un soldado como César se puede esperar que arriesgue hasta el límite, pero no que sea tonto. La retirada al campamento fue frenética y allí es donde cohortes enteras debieron quedar aisladas y comenzaron las rendiciones en masa. Miles de pompeyanos se rindieron ante la imposibilidad de continuar la lucha. Sabían que César era clemente y que tenían la libertad asegurada, por lo que ¿para qué seguir luchando por una causa perdida? Ante los fosos y vallados del campamento de Pompeyo se repitió la misma escena de pánico: miles de hombres tratando de entrar en el campamento por sus estrechas puertas, sobre todo por la del sur, mientras las cohortes cesarianas se acercaban tranquilamente a terminar la faena. El valor de la desesperada resistencia que trataron de oponer los pompeyanos ante su campamento queda reflejado por el hecho de que Pompeyo huye de él antes de que un sólo cesariano haya puesto el pie en sus terraplenes. Es César en persona quien dirige la acometida al campamento, como fue él mismo quien dirigió la caballería en persecución de los germanos de Ariovisto nueve años antes, lo que claramente demuestra ansiedad. En el caso de los germanos por liberar a su amigo prisionero, en el caso de Pompeyo por poner fin allí mismo a la guerra y capturarlo con vida: no hace mucho Pompeyo había sido su amigo y había hecho feliz a su hija Julia. Y César no podía olvidar ni lo uno ni lo otro. Por lo tanto, la decisión de lanzarse espada en mano al frente de sus hombres al asalto del campamento tiene un motivo lógico e importante, pero es sumamente arriesgado. Alejandro Magno (éste sí que era "Magno"...) lo hizo en Tiro y ello sirvió para que sus hombres escalaran los muros con más bríos. Y César, que sabía que sus hombres estaban muy cansados por el tremendo esfuerzo del combate, no dudó en arriesgar una vez más su vida poniéndose al frente de sus "muchachos", consiguiendo de paso lo mismo que consiguió Alejandro: que sus hombres vieran redoblarse sus energías.

Frente a un jefe que se lanza a la lucha a la cabeza de sus hombres otro que los abandona disfrazado de mercader y escapa a uña de caballo hacia la costa dejando tirados a sus soldados que, sin embargo, continuarán la lucha demostrando que tal general no merecía aquellas tropas.

La resistencia pompeyana se derrumba. César salta de su caballo y corre espada en mano seguido de sus "muchachos", cruza el foso del campamento, escala ayudado por sus hombres el terraplén, pasa por encima del vallado derribado y, jadeante por el esfuerzo, observa el caos producido en aquel recinto que dos horas antes sus defensores consideraran "inexpugnable". Sus hombres le rodean orgullosos. Los pompeyanos que defendían esa zona arrojan sus armas y se rinden mientras miles de camaradas suyos escapan por la zona trasera del Praetorium al que ya se encamina César seguido de sus oficiales ante la asombrada mirada de miles de pompeyanos que observan en silencio al hombre que ha conseguido lo imposible. Pero los más asombrados son César y sus acompañantes al ver las tiendas de los nobles pompeyanos adornadas estrafalariamente como si de una fiesta se tratara. Boquiabiertos ante tal espectáculo de lujo y despilfarro, llegan a la tienda de Pompeyo, que más parece una sala de exposiciones que la tienda de campaña de un general, con sus obras de arte, estatuas, trofeos, tapices, triclinios y demás lujos y comodidades. Quien haya visitado el Museo del Ejército Español en Madrid habrá visto la famosa tienda que el emperador Carlos I de España y V de Alemania utilizó en sus campañas, con una cama, un escritorio y un par de sillas, como debía ser la de César, que cuenta entre asombrado e irónico en sus Comentarios que al ver el fastuoso ágape que habían preparado para celebrar la victoria se sentó a la mesa con sus hambrientos oficiales para dar buena cuenta de las viandas mientras sus "muchachos" también descansaban y disfrutaban brevemente de las comodidades y el botín que el campamento enemigo les ofrecía. Allí todo estaba preparado para la victoria, las tiendas se hallaban adornadas con guirnaldas y cada contubernium de cada centuria había dejado preparado cuidadosamente su propio festín para celebrar una victoria de la que disfruta ahora el enemigo. Ante César, los oficiales depositan nueve águilas pompeyanas.

En total, la batalla había durado menos de dos horas.

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Batalla de Farsalia, huida de la caballería pompeyana y ataque por el flanco al cuerpo principal


------ LAS BAJAS ------

César escribe en los Comentarios que tuvo 200 muertos por 10.000 pompeyanos. Parece una cifra muy baja la que nos da. ¿Miente César?. No, mentir no miente, pero evidentemente tampoco nos lo cuenta todo. Lo que ocurre es que en este caso "olvida" mencionar las bajas de los auxiliares y la caballería aliada. En realidad César no miente, ya que él habla de bajas "romanas", es decir, de ciudadanos romanos, que posiblemente fueron doscientos a lo largo de la línea de combate (hablamos de veteranos combatiendo contra tropas bisoñas). Aunque, evidentemente, sumando las bajas de los auxiliares tanto de infantería como de caballería tendríamos una cifra calculada generalmente en torno a las 1.200 bajas que es la cifra más comúnmente aceptada por los historiadores (en esto sí estoy de acuerdo con la mayoría de mis ilustres colegas, que ya era hora). Pienso que la verdadera zona crítica de César fue su ala izquierda, ya que allí sus tropas auxiliares debieron enfrentarse a las cohortes españolas y fue donde mayor número de bajas tuvo. En realidad, Farsalia, más que una batalla fue una auténtica matanza de pompeyanos enviados literalmente al matadero. De las escasas dos horas que duró el enfrentamiento los pompeyanos llevaron la peor parte más de tres cuartas partes del tiempo, lo que nos da una idea de por qué se generaron tantas bajas, y más en la huida al campamento y la lucha entablada frente a él en el que los legionarios pompeyanos, cada uno por su lado, combatieron sin orden ni concierto contra sólidas cohortes formadas en orden de batalla. En esa situación es fácil imaginar miles de muertos pompeyanos contra apenas unas decenas cesarianas.

César escribe que perdió a treinta centuriones y lo destaca con gran dolor, entre ellos a su fiel Cayo Crastino. Treinta centuriones entre doscientos legionarios es una cifra altísima que nos da una proporción de uno a seis cuando la proporción en filas era de uno a sesenta, es decir ¡diez veces más!. Ésta es una de las claves que explican perfectamente por qué tuvo tan pocas bajas, al igual que ocurrió en Gergovia o en Dyrrachium donde son los centuriones los que salvan la situación. La pérdida de tantos oficiales nos explica que mantuvieron la situación bajo control hasta el último momento, sacrificándose para evitar bajas entre sus hombres. Los centuriones eran plenamente conscientes de su gran inferioridad numérica y sabían que debían evitar bajas a toda costa, aunque esa dedicación por evitarlas les acabara costando la propia vida.

En realidad, en lo que fue la batalla propiamente dicha, el choque entre las dos grandes masas de infantería, las bajas debieron ser muy pocas:

Hay algo que en las batallas de la Antigüedad puede sorprender, y es que generalmente los que pierden sufren muchísimas más bajas que los que ganan. Las batallas de espada no son como las de fusiles. En la Edad Contemporánea los ejércitos han sido más grandes, pero la proporción de bajas más pequeña. En ninguna batalla del siglo XX un ejército ha tenido la proporción de bajas que los romanos sufrieron en Cannas, Arausio o Adrianópolis, ya que entonces las batallas eran combates prácticamente a exterminio. Ni siquiera en batallas terribles como Stalingrado las bajas, que casi alcanzaron el 70%, fueron tan espantosas como en las batallas antes mencionadas. En realidad, con la retirada de la caballería pompeyana, terminó la batalla de Farsalia para comenzar "la matanza de Farsalia". Los cesarianos masacraron a los infantes ligeros pompeyanos que lo único que pudieron hacer fue morir en cuestión de minutos sin ninguna posibilidad no ya de frenar la embestida cesariana, sino ni siquiera de defenderse físicamente. Y tras los infantes ligeros vinieron los legionarios pompeyanos, atrapados por delante por las legiones de César, por un flanco por sus propios compañeros de las otras legiones, por otro por las ocho cohortes y por detrás por la caballería de César. Como vimos en Cannas, el legionario romano necesitaba al menos un metro cuadrado para maniobrar. Si las filas se cerraban comprimiéndose, el espacio entre cada legionario se reducía impidiéndole maniobrar. Miles de legionarios romanos murieron en Cannas sin ni siquiera poder levantar su escudo para defenderse, apretados unos contra otros como ovejas en el matadero. En Farsalia, toda el ala izquierda pompeyana fue comprimida, aplastada por los cuatro costados, por lo que la matanza en aquella zona fue terrible.

No es sólo que los legionarios de César, avezados veteranos, fueran mejores que los pompeyanos y que cada cesariano muerto se hubiera llevado antes a unos cuantos pompeyanos por delante (En Cannas, se alternaron unidades galas y españolas en la media luna saliente y a pesar de estar alineados unos con otros, las unidades galas tuvieron muchas más bajas que las españolas). Es que, además, las tropas de Pompeyo fueron privadas de sus recursos tácticos incluso en el combate cuerpo a cuerpo, primero la caballería y después la infantería. Por eso las bajas fueron tan elevadas entre los pompeyanos:

Total fuerzas
Muertos %
César
31.400
1.200 3,82
Pompeyo
66.200
10.000 15,10

si los dos ejércitos hubieran presentado una batalla convencional y tras una hora de combate se hubieran retirado cada uno a su campamento con las líneas intactas, las bajas hubieran sido aproximadamente de un 4 a un 5% por bando, lo que concuerda con las bajas cesarianas. Que los pompeyanos tuvieran casi ¡cinco veces! más bajas es la consecuencia de la carga de las ocho cohortes contra el flanco que comprimió sus líneas y la huida alocada que se tradujo en una verdadera carnicería al encontrarse los fugitivos atrapados entre el enemigo y sus propias fortificaciones. Las tajantes órdenes de César de respetar la vida de los enemigos que se rindieran en combate (gran número de pompeyanos tiraron sus espadas y se sentaron en el suelo mientras los cesarianos les sobrepasaban tranquilamente persiguiendo a los que huían) impidió que las bajas pompeyanas se dispararan. Miedo da pensar en lo que hubiera ocurrido si Pompeyo no huye y sus hombres le siguen. Si los pompeyanos se hubieran quedado clavados en el suelo como en Cannas o en Adrianópolis, ya que las bajas hubieran sido, con toda probabilidad, de más de un 80%.


------ CONCLUSIÓN ------

La batalla de Farsalia es una obra maestra en la que uno de los contendientes aprovecha en su propio beneficio las enormes ventajas tácticas del otro. Una obra de genios que tan sólo Alejandro, Aníbal, César y Napoleón conseguirán a lo largo de la Historia de manera tan rotunda, tan definitiva. De ellos, tan sólo Alejandro y César morirán invictos, triunfantes en la cumbre de su poder, demostrando que además de genios de la táctica fueron maestros de la estrategia. Frente al proyecto de Alejandro, diluido tras su muerte, César conseguirá dejar los cimientos del Imperio Romano listos para ser edificado. Farsalia fue el inicio de todo aquello, la batalla en la que se decidió que Roma se convertiría en un Imperio Universal como el que soñó Alejandro siglos antes y que ahora César iba a convertir en realidad


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BATALLA DE ALESIA







Julio César llevaba en la Galia desde el año 58 adC. Era habitual que los cónsules, los magistrados de mayor rango elegidos en Roma, al final de su año consular, fuesen elegidos por el Senado Romano como gobernadores de alguna de las provincias romanas. César fue nombrado gobernador de la Galia Cisalpina (la región entre los Alpes, los Apeninos y el mar Adriático), y la Galia Transalpina ("Galia más allá de los Alpes"). Con un imperium proconsular, tenía autoridad absoluta en estas provincias.

Una a una, César fue derrotando a las tribus galas como la de los Helvecios, los Belgas o los Nerviones, y logró el juramento de alianza de otras muchas. El éxito de la Guerra de las Galias trajo consigo un aumento enorme de riqueza en la República en la forma de botín de guerra y de nuevas tierras sobre las que imponer impuestos. César mismo se hizo inmensamente rico puesto que, como general, se beneficiaba de lo obtenido por la venta de prisioneros como esclavos. A su vez, el éxito le trajo nuevos enemigos: El primer triunvirato, una alianza política informal con Pompeyo y Craso, llegó a su fin el 54 adC, con las muertes de Julia, hija de Julio César y mujer de Pompeyo, y de Craso en la batalla de Carrhae. Sin esta conexión político-familiar con Pompeyo, hombres como Marco Porcio Catón el Joven comenzaron una campaña política contra César, levantando las sospechas de corrupción y acusándole de querer proclamarse rey de Roma.


En el invierno entre los años 54 y 53 adC, la tribu ya pacificada de los Eburones, dirigida por Ambiorix, se rebelaron contra la invasión romana y destruyeron la Decimocuarta legión en una emboscada planificada cuidadosamente. Este fue un importante golpe contra la estrategia de César en la Galia, puesto que con ello había perdido a un cuarto de sus tropas, y la situación política en Roma le impedía conseguir refuerzos. La rebelión de los Eburones fue la primera derrota clara de los romanos en la Galia e inspiró los sentimientos nacionalistas revolucionarios por toda la región. Le llevó casi un año entero, pero César logró retomar el control de la galia y pacificar a las tribus. Sin embargo, el problema todavía no había pasado. Las tribus galas empezaban a darse cuenta de que sólo podrían conseguir derrotar a Roma manteniéndose unidas. Se convocó un concilio de dirigentes en Bibracte por iniciativa de los Eduos, una tribu anteriormente leal a César. Sólo los Remos y los Lingones prefirieron mantener su alianza con Roma. El concilio declaró a Vercingetórix, de los Avernos, comandante de los ejércitos unidos de la Galia.

César entonces se encontraba en el campamento de invierno de la Galia Cisalpina, desconociendo la alianza que se había formado en su contra. La primera señal de los problemas que se avecinaban procedió de los Carnutos, que mataron a todos los colonos romanos de la ciudad de Cenabum (actual Orleans). A esto le siguió la matanza de todos los ciudadanos romanos, comerciantes y colonos, en las ciudades galas más importantes. Al conocer estas noticias, César desplegó a sus hombres y marchó apresuradamente cruzando los Alpes, todavía cubiertos de nieve, hasta la Galia central. César logró un tiempo récord, y consiguió sorprender a las tribus galas. Dividió sus fuerzas, mandando cuatro legiones con Tito Labieno a luchar contra los Senones y los Parisinos en el norte. César mismo se dirigió en persecución de Vercingetórix con seis legiones y su caballería germana aliada. Los dos ejércitos se encontraron en la colina de Gergovia, en donde Vercingetórix mantenía una posición defensiva muy fuerte. César se vio obligado a retirarse derrotado, tras sufrir muchas bajas. En el verano de 52 adC, hubo varios enfrentamientos entre las caballerías, con la victoria de César. Vercingetórix decidió que no era el momento para una batalla a gran escala, y se reagrupó en la fortaleza de Alesia.



Reconstrucción de una sección de las fortificaciones de la batalla de Alesia



Sitio y batalla


Alesia estaba situada en la cima de una colina rodeada por valles y ríos y contaba con importantes defensas. Dado que un asalto frontal sobre la fortaleza sería suicida, César consideró mejor forzar un sitio de la fortaleza para rendir a sus enemigos por hambre. Considerando que había cerca de 80.000 hombres fortificados dentro de Alesia junto con la población civil, el hambre y la sed forzarían rápidamente la rendición de los galos. Para garantizar un bloqueo perfecto César ordenó la construcción de un perímetro circular de fortificaciones. Los detalles de los trabajos de ingeniería se encuentran en los Commentarios de Julio César y han podido ser confirmados por las excavaciones arqueológicas en la zona. Se construyeron muros de 18 km de largo y 4 metros de alto con fortificaciones espaciadas regularmente en un tiempo récord de 3 semanas. Esta línea fue seguida hacia el interior de dos diques de cuatro metros y medio de ancho y cerca de medio metro de profundidad. El más cercano a la fortificación se llenó de agua procedente de los ríos cercanos. Esto era una obra de ingeniería considerable, pero César ya había logrado, en sus tiempos de edil curul, desviar el río Tíber hacia dentro del Circo Máximo para simular una batalla naval para entretenimiento del público. Asimismo, se crearon concienzudos campos de trampas y hoyos frente a las empalizadas con el fin de que su alcance fuese todavía más difícil, más una serie de torres equipadas con artillería y espaciadas regularmente a lo largo de la fortificación.


Las fortificaciones construidas por César en Alesia de acuerdo a la hipótesis de localización en Alise-Sainte-Reine
En el mapa de la esquina la cruz muestra la localización de Alesia en la Galia (hoy Francia). En el esquema, el círculo muestra el punto débil en la circunvalación



La caballería de Vercingetórix a menudo contraatacaba los trabajos romanos para evitar verse completamente encerrados. La caballería germana volvió a probar su valía para mantener a los atacantes a raya. Tras dos semanas de trabajo parte de la caballería gala pudo escapar de la ciudad por una de las secciones no finalizadas. César, previendo la llegada de tropas de refuerzo, mandó construir una segunda línea defensiva exterior protegiendo sus tropas. El nuevo perímetro era de 21 km, incluyendo cuatro campamentos de caballería. Esta serie de fortificaciones les protegería cuando las tropas de liberación galas llegasen: ahora eran sitiadores preparándose para ser sitiados.

Por estos tiempos, las condiciones de vida en Alesia iban empeorando cada vez más. Con los 80.000 soldados y la población local había demasiada gente dentro de la fortaleza para demasiada poca comida. Los Mandubios (tribu gala a quien pertenecía la fortaleza de Alesia) decidieron expulsar a las mujeres y los niños de la ciudadela, esperando con ello ahorrar comida para los guerreros y esperando que César les dejase escapar. Esto también habría sido una oportunidad para romper las filas enemigas. Sin embargo, César ordenó que no se hiciese nada por esos civiles, y las mujeres y niños se quedaron esperando a morir de hambre en la tierra de nadie entre las paredes de la ciudad y la circunvalación. Este destino tan cruel de los de su gente sirvió para empeorar aún más la moral de dentro de la fortaleza. Vercingetórix luchaba por mantener el ánimo de su gente, pero se enfrentaba a la amenaza de rendición por parte de sus hombres. Sin embargo, las fuerzas de liberación llegaron en la hora más desesperada, fortaleciendo la moral de los asediados para resistir y luchar un día más.

A finales de septiembre las tropas galas, dirigidas por Commio, acudieron en refuerzo de los fortificados en Alesia, y atacaron las murallas exteriores de César. Vercingetórix ordenó un ataque simultáneo desde dentro. Sin embargo, ninguno de estos intentos tuvo éxito y a la puesta del sol la lucha había acabado. Al día siguiente, el ataque galo fue bajo la cobertura de la oscuridad de la noche, y lograron un mayor éxito que el día anterior. César se vio obligado a abandonar algunas secciones de sus líneas fortificadas. Sólo la rápida respuesta de la caballería, dirigida por Marco Antonio y Cayo Trebonio salvó la situación. La pared interna también fue atacada, pero la presencia de trincheras, que los hombres de Vercingetórix tenían que llenar para avanzar, les retrasaron lo suficiente como para evitar la sorpresa. Para entonces, la situación del ejército romano también era difícil. La comida comenzó a racionarse y los hombres estaban casi exhaustos.

El día siguiente, el 2 de octubre, Vercasivellauno, un primo de Vercingetórix, lanzó un ataque masivo con 60.000 hombres, enfocado al punto débil de las fortificaciones romanas, que César había tratado de ocultar hasta entonces pero que había sido descubierto por los galos. El área en cuestión era una zona con obstrucciones naturales en la que no se podía construir una muralla continua. El ataque se produjo combinando las fuerzas del exterior con las de la ciudad: Vercingetórix atacó desde todos los ángulos las fortificaciones interiores. César confió en la disciplina y valor de sus hombres, y ordenó mantener las líneas. Él personalmente recorrió el perímetro animando a sus legionarios.

La caballería de Labieno fue enviada a aguantar la defensa del área en donde se había localizado la brecha de las fortificaciones. César, con la presión incrementándose cada vez más, se vio obligado a contraatacar la ofensiva interna, y logró hacer retroceder a los hombres de Vercingetórix. Sin embargo, para entonces la sección defendida por Labieno se encontraba a punto de ceder. César tomó una medida desesperada, tomando 13 cohortes de caballería (unos 6.000 hombres) para atacar el ejército de reserva enemigo (unos 60.000) por la retaguardia. La acción sorprendió tanto a atacantes como a defensores.

Viendo a su líder afrontar tan tremendo riesgo, los hombres de Labieno redoblaron sus esfuerzos. En las filas galas pronto empezó a cundir el pánico, y trataron de retirarse. Sin embargo, como solía ocurrir en la antigüedad, un ejército en retirada desorganizada es una presa fácil para la persecución de los vencedores, y los galos fueron masacrados. César anotó en sus Comentarios que sólo el hecho de que sus hombres estaban completamente exhaustos salvó a los galos de la completa aniquilación.

En Alesia, Vercingetórix fue testigo de la derrota del ejército exterior. Enfrentándose tanto al hambre como a la moral, se vio obligado a rendirse sin una última batalla. Al día siguiente, el líder galo presentó orgullosamente sus armas a Julio César, poniendo fin al asedio de Alesia.


Escena de la rendición de Vercingetorix ante César.


Eventos posteriores

Alesia demostró ser el final de la resistencia generalizada y organizada a la invasión romana por parte de la Galia. A partir de entonces pasó a ser una provincia romana y finalmente fue separada en divisiones administrativas más pequeñas. No volvería a haber ningún movimiento independentista nuevo hasta el siglo III (véase Imperio Galo). La guarnición de Alesia fue tomada prisionera junto con los supervivientes del ejército de liberación. Fueron vendidos como esclavos o dados como botín de guerra a los legionarios de César, excepto en el caso de los miembros de las tribus Edua y Arverna, que fueron liberados y perdonados como forma de asegurar la alianza entre estas importantes tribus y Roma.

Para César, Alesia fue un éxito personal enorme, tanto militar como políticamente. El senado, manipulado por Catón y Pompeyo, declaró 20 días de fiesta por esta victoria, pero denegó el honor a César de celebrar un triunfo, el punto culminante de la carrera de un militar romano. Se fue incrementando la tensión política hasta que dos años después, en el 50 adC, César cruzó el Rubicón, precipitando la Guerra civil de los años 49-45 adC. Tras haber sido elegido cónsul durante todos y cada uno de los años de la Guerra civil, y nombrado en varias ocasiones dictador, finalmente fue nombrado dictator perpetuus o dictador de por vida, en el año 44 adC. Su poder, cada vez mayor, acabó con la tradición republicana y llevó al final de la Antigua república romana y al comienzo del Imperio romano.

Los comandantes de caballería de César siguieron diferentes caminos. Tito Labieno se puso del lado de los Optimates (el bando republicano) en la Guerra civil, y murió en la batalla de Munda en el año 45 adC. Cayo Trebonio fue nombrado cónsul por César en el año 45, y fue uno de los senadores que tomaron parte en el asesinato de César en los Idus de marzo (15 de marzo) de 44 adC. Trebonio también fue asesinado un año después.

Antonio se mantuvo siendo un seguidor fiel de César. Se convirtió en el segundo al mando como Maestro del Caballo, y se quedó al cargo de Italia durante gran parte de la Guerra civil. En el año 44 fue elegido colega consular de César. Tras el asesinato, Antonio persiguió a los asesinos de César, y luchó por el poder supremo con Octavio (quien se convertiría más tarde en César Augusto). Primero formaron una alianza junto con Marco Emilio Lépido en el segundo triunvirato, y al final se enfrentaron y fue derrotado en la batalla de Actium en el año 31 adC. Después de la batalla huyó a Egipto, junto con su aliada y amante Cleopatra, en donde un año más tarde se suicidaron.

Vercingetórix fue tomado prisionero y tratado con honores de rey durante los siguientes cinco años, esperando ser exhibido en el triunfo de César. Al final de la procesión, tal y como era costumbre en la época, fue condenado a muerte y estrangulado.


Otros temas acerca de la reconstrucción histórica de los hechos

Durante muchos años la localización exacta de la batalla se desconocía. Las diferentes teorías se centraron primero en dos ciudades: Alaise, en el Franco Condado y Alise-Sainte-Reine en la Côte-d'Or. El emperador Napoleón III de Francia apoyó la segunda candidatura y durante la década de 1860 patrocinó la investigación arqueológica que revelase pruebas que apoyasen la existencia de campamentos romanos en el área. Luego dedicó una estatua a Vercingetórix en las ruinas recientemente descubiertas. La localización exacta de Alesia se identificó en Alise-Sainte-Reine por medio de arqueología aérea en 2004.

Sin embargo, siempre han existido algunas dudas que ponían en duda la validez de esa localización. Por ejemplo, la topografía del área se dice que no encaja con la descripción hecha por César. El lugar es también demasiado pequeño como para acoger incluso las cifras revisadas de 80.000 hombres con la infantería gala, junto con la caballería y el personal auxiliar.

Otra teoría apoya la localización de la batalla en Chaux-des-Crotenay, en la entrada de las montañas del Jura. Las investigaciones preliminares descubrieron un sistema completo de fortificaciones romanas que encajaban con la descripción de César del asedio. Sin embargo, todavía es necesaria un mayor investigación para confirmar definitivamente la localización de Alesia.

En los cómics de Astérix (El escudo arverno), esta incertidumbre sobre la localización de Alesia está caracterizada en clave de humor haciendo referencia al orgullo galo. El álbum nos muestra a Astérix y Obélix hablando con otros galos familiares con la campaña, que rápidamente recuerdan la victoria de Vercingetórix en la batalla de Gergovia, pero que rechazan hablar de Alesia, e insisten en que nadie sabe dónde está.

Las cifras exactas sobre el tamaño de los ejércitos que tomaron parte en la batalla son muy difíciles de saber. Esas cifras siempre han sido poderosas armas de propaganda, y por lo tanto están bajo sospecha. César, en su De Bello Gallico, se refiere a una fuerza de liberación gala de un cuarto de millón de hombres, probablemente exagerada para dar más valor a su victoria. Desgraciadamente, dado que los únicos relatos de los hechos son romanos, están presumiblemente sesgados. Los historiadores modernos opinan que es más creíble una cifra de entre 80.000 y 100.000 hombres. El único hecho es que cada hombre en las legiones de César recibió un galo como esclavo, lo que nos da unos 40.000 prisioneros, la mayoría de la guarnición de Alesia. La fuerza de liberación probablemente sufrió graves pérdidas, como cualquier otro ejército que pierde el orden de batalla y se retira huyendo bajo la persecución de la caballería.


Estatua en honor a Vercingetorix Memorial en Alesia (Alise-Sainte-Rein)



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LA BATALLA DE ADRIANÓPOLIS





La Batalla de Adrianópolis fue un enfrentamiento armado que se desarrolló el 9 de agosto del año 378 dC en las llanuras al noroeste de la ciudad romana de Adrianópolis (actual Edirne, en la Turquía europea). En ella se enfrentaron las fuerzas de Fritigerno, jefe de los visigodos, y el ejército del Imperio Romano de Oriente comandado por el propio emperador Valente I, que murió en la batalla y cuyo ejército fue destruido. Fue la mayor derrota romana desde la Batalla de Cannas y el último combate en el que los romanos emplearon sus clásicas legiones, pues a partir de entonces comenzaron a poner más énfasis en la caballería y las pequeñas divisiones armadas como los comitatenses.

El desarrollo de la batalla se conoce realmente bien gracias sobre todo al relato de dos historiadores romanos contemporáneos, Amiano Marcelino y Orosio.



Antecedentes

Los godos procedían originalmente del sur de Escandinavia, pero a partir del siglo I emigraron hacia el sudeste, asentándose dos siglos más tarde en las grandes llanuras al norte del Mar Negro. Allí se dividieron con el tiempo en dos ramas, los ostrogodos (del gótico Ost Goths, "godos del este") y los visigodos (gótico Wiss Goths, "godos del oeste"), separados por el río Dniester. Los visigodos se extendieron enseguida hacia el suroeste, cruzando con frecuencia la frontera romana y realizando todo tipo de saqueos, hasta que llegaron a un acuerdo por el que los romanos les cedían la provincia de Dacia (oeste de la actual Rumanía) a cambio de la paz en tiempos del emperador Aureliano (270-275). Constantino I el Grande les convirtió en federados del Imperio (Foederati) y les encargó la defensa del limes danubiano a cambio de importantes sumas de dinero, pero pronto llegaron los problemas. Si los romanos tenían que pagar a los bárbaros para que los defendieran, ¿Quién les impediría recibir más dinero que el de una legión cualquiera? A pesar de las crisis económicas de los siglos III y IV los romanos seguían teniendo mucho dinero, sólo había que cogerlo. Así que, cada vez que los godos estimaban que les convenía un aumento de su sueldo, cruzaban en armas el Danubio, saqueaban un par de ciudades y volvían a sus tierras, comunicando a los romanos que seguirían haciéndolo mientras los subsidios no se les aumentasen. Así lo hicieron hasta el año 370, cuando se aliaron con los soldados romanos que se habían rebelado contra el emperador Valente y fueron derrotados.

Ese mismo año, los godos se encontraron a sus espaldas con un enemigo con el que no contaban: los hunos. Este pueblo de jinetes asiáticos derrotó estrepitosamente a los alanos del Volga y se extendió rápidamente por las estepas de Rusia, enfrentándose a los ostrogodos en 370, que fueron también derrotados y forzados a servir en su ejército junto con otros pueblos germánicos. Las noticias relatadas por los refugiados ostrogodos pusieron a sus hermanos del oeste en pie de guerra, pero cuando en 376 los hunos atravesaron el Dniéster para enfrentarse a ellos, los godos occidentales fueron derrotados igualmente. Al contrario que sus hermanos orientales, los visigodos tuvieron ocasión de huir y la aprovecharon, solicitando a los romanos cruzar el Danubio e instalarse esta vez en la provincia de Moesia, en las actuales Bulgaria y Serbia. Los romanos no rechazaron la propuesta, pues les venía que ni pintada para defender los Balcanes de la previsible futura invasión de los hunos: entre 200 y 300 mil personas, casi 100.000 de ellas capaces de guerrear, se presentaban voluntarios para cultivar y defender una zona fronteriza escasamente poblada, donde las pocas legiones y los mercenarios francos se habían mostrado insuficientes frente a las razzias anteriores de los propios visigodos y otros pueblos bárbaros. Los visigodos se asentaron en Moesia de forma prácticamente independiente, sólo condicionados a pagar determinados impuestos y servir en el ejército cuando fuera necesario, por lo que comenzaron a recibir nuevas armas y adiestramiento en las técnicas de guerra romanas. También gozaron a partir de ese momento de la Ciudadanía Romana.


La imposible convivencia

La llegada de los visigodos a Moesia contó con el voto en contra de amplios sectores de la sociedad romana. Muchos políticos y militares veían un peligro inminente en la presencia de los visigodos como ente autónomo dentro del Imperio, considerándolos el equivalente a un tumor en el mismo y que tarde o temprano ocasionarían problemas; no obstante, los pretorios Modesto y Tatiano recomendaron el asentamiento de los federados, por considerar que las ventajas superaban ampliamente a las posibles pegas. Por otra parte, el pueblo de la zona y la Iglesia no veían bien el tener como vecinos a los bárbaros, con numerosas costumbres paganas y creyentes en su mayor parte en la doctrina del arrianismo, que el resto de cristianos consideraban una herejía. No obstante, Valente hizo caso omiso de estas quejas, pues al fin y al cabo él mismo era arriano, y eso le daba más confianza entre los inmigrantes. En cuanto al peligro de rebelión, Valente lo consideró pequeño, pues los visigodos habían dado en los últimos tiempos muestras una y otra vez de querer servir al Imperio y adoptar numerosos aspectos de su cultura. En el peor de los casos, si los visigodos volvían a las andadas deberían abandonar las tierras de Moesia y se encontrarían acorralados entre las hordas hunas y las tropas de los imperios de Oriente y Occidente, sin posibilidad de ir a ningún lugar.

Todo parece indicar que los godos cumplieron con su cometido esta vez y que fueron los romanos los causantes de que el frágil equilibrio se rompiera dos años después. Los Balcanes eran una zona pobre, y los funcionarios romanos en la región recurrían a todo tipo de corruptelas para prosperar. De entre todos los funcionarios que comenzaron a inflar los tributos en exceso y acosar a los godos con la intención de arrebatarles hasta el último fruto de su trabajo destacaba especialmente el avaricioso "Conde" (Comes, gobernador y recaudador de impuestos) de Moesia, Lucipino, y su ayudante Máximo. Lucipino también hizo grandes negocios vendiendo a precios desorbitados los materiales y alimentos que el Imperio había dispuesto para crear los nuevos asentamientos. Aunque en principio el más destacado noble y líder mayoritario de los visigodos de Moesia, Fritigerno (en gótico Frithugarnis, "el que desea la paz") acató el trato de Lucipino, pronto comenzó a mostrar reticencias ante las sucesivas visitas de los recaudadores. Se han señalado varias razones para ello: la muerte del noble godo Alavio o Alavivo (Alavivus), que hasta entonces habría recomendado una postura más dócil a Fritigerno; la llegada de Atanarico y sus seguidores por cuenta propia a Moesia, antaño enfrentados a Fritigerno y su política colaboradora con los romanos, a los que Valente se había negado a acoger en el Imperio y que habían sido abandonados en Dacia ante el empuje de los hunos; o el simple agotamiento de la paciencia de Fritigerno, sobre todo en un año (377) que había sido malo para la agricultura y en el que la hambruna golpeaba a su pueblo. En cualquier caso, Lucipino comenzó a considerar a Fritigerno como un posible obstáculo para sus planes y decidió asesinarlo. Para ello, invitó al jefe visigodo a un banquete con la excusa de limar asperezas con él, donde esperaba pillarlo por sorpresa. Sospechando la actitud de Lucipino, o quizás avisado por alguien, Fritigerno se presentó armado y acompañado por sus mejores hombres al convite, y fue él quien mató allí a Lucipino y los que iban a ser sus asesinos. Considerándose entonces libres de su acuerdo con los romanos, los visigodos decidieron recuperar sus bienes saqueando las poblaciones romanas de Moesia y especialmente la más rica provincia vecina de Tracia. Dos pequeños destacamentos romanos se enfrentaron a los godos sucesivamente y fueron derrotados.


El plan de contraataque romano

La rebelión de los godos cogió por sorpresa a Valente en la ciudad siria de Antioquía, desde donde planificaba una campaña contra el Imperio Persa que, como desde hacía siglos, discutía las fronteras romanas en Oriente Próximo y apoyaba revueltas de los pueblos locales contra Constantinopla, como la de Cilicia, sofocada en 375, o la de los sarracenos en Palestina, Fenicia y el Sinaí, que se consiguió someter a finales del 377 de forma más o menos efectiva. Aprovechando este pequeño respiro, Valente dirigió el trasvase de tropas veteranas desde la frontera oriental a los Balcanes, donde acabó formando uno de los mayores ejércitos romanos que se habían visto nunca.

En Adrianópolis, donde se instaló el campamento y se guardó el tesoro imperial destinado a pagar la campaña, se reunieron nada menos que 7 legiones, cuyo núcleo estaba formado por 5.000 hombres veteranos de las legiones palatinae, la élite del ejército romano del momento, ayudados por los auxilia palatinae y otros tipos de auxiliares hasta alcanzar los 21.000 hombres. Apoyando a éstos se reunieron otros 28.000 auxiliares ligeros, con poca o ninguna armadura.

Al igual que en otras ocasiones, el peso de la contienda fue asignado a la infantería romana, mientras que la caballería sólo tendría un papel secundario apoyando a ésta. No obstante, el destacamento de caballería que marchó a Adrianópolis también fue importante, pues estaba constituido por 1.500 jinetes de élite de la guardia imperial (Schola palatinae) apoyados de cerca por 1.000 equites palatinae y 5.000 equites comitatenses. En este último grupo se incluían importantes divisiones de caballería árabe y arqueros a caballo.

No obstante, tan impresionante ejército contaba con una importante diferencia respecto a las poderosas legiones romanas de antaño: el equipo. Los años de crisis económica habían hecho mella en el ejército, que ahora debía marchar menos preparado a la batalla. Las tropas de infantería pesada habían sustituido la armadura de placas (lorica segmentata) por la menos efectiva cota de malla, que hasta entonces habían llevado los auxiliares (muchos de los cuales marchaban esta vez a la batalla sin armadura y en algunos casos ni siquiera casco). El gladius, la antigua espada romana, había sido sustituida por otra más larga (Spatha) y el pilum había sido retirado en muchos casos, aunque algunas unidades de infantería y caballería portaban una lanza larga (en este último caso, influidas por la caballería bárbara). También se había perdido el scutum, el antiguo y bien efectivo escudo rectangular romano, por lo que las unidades que llevaron algún escudo a la batalla lo hicieron con modelos redondos u ovoides de madera o metal más barato, similares a los de los bárbaros. También habían empeorado la instrucción y disciplina de la tropa.

Los visigodos habían recibido una instrucción similar a la de los romanos y por muy grande que fuera el ejército reunido por Valente, éste seguía siendo la mitad de los hombres con que contaban los godos. Con el fin de alcanzar un número comparable Valente se puso en contacto con su sobrino Graciano, emperador de Occidente que había logrado rechazar con éxito varias invasiones bárbaras, el cual accedió y marchó junto a un ejército propio para reunirse con el de su tío.


Los godos y sus aliados

La llegada de tropas de élite era un hecho esperable después de las fáciles derrotas de las pequeñas guardias romanas en la zona. A pesar de que el equipo e instrucción de los romanos ya no era el de tiempos pasados, Fritigerno sabía que probablemente eran superiores a los suyos y todavía podían hacerles mucho daño, por lo que trató de contrarrestar esa diferencia multiplicando todavía más sus numerosas tropas.

Los emisarios visigodos recorrieron las zonas circundantes e incluso volvieron a cruzar el Danubio para entrevistarse con los pueblos que habitaban allí, entre ellos sus viejos enemigos hunos. Las gestiones fueron un considerable éxito, pues consiguieron el apoyo de los alanos, grethungos y otras tribus bárbaras menores. Incluso se unieron al ejército varios centenares de hunos y refugiados romanos (esclavos fugitivos, desertores, etcétera) a título personal. Así pues, el ejército inicial de visigodos y refugiados ostrogodos, compuesto por unos 110.000 guerreros, creció hasta la impresionante cifra de 155.000 hombres y 11.500 caballos sin que lo supieran los romanos, haciendo parecer aún más pequeño a su lado al ejército de Valente.

Los bárbaros no estaban especializados en el manejo de un arma en particular, por lo que marchaban a la batalla con todo tipo de armas, tanto arrojadizas (jabalinas, arcos, hondas, hachas franciscas...) como de combate cuerpo a cuerpo. Durante el transcurso de la batalla podían luchar tanto montados como a pie, cambiando a menudo de una situación a otra sin problemas. Las unidades no estaban bien definidas, tal vez con la única excepción de un cuerpo de caballería pesada acorazada de inspiración romano-sármata. Un buen número de los guerreros godos llevaban también cotas de malla y cascos de origen romano, así como su característico escudo redondo de gran tamaño.


Desarrollo de la batalla

El 9 de agosto del año 378 el ejército de Valente dejó la impedimenta, demás pertrechos e insignias imperiales en Adrianópolis o sus afueras, y se movilizó hacia el noroeste, hasta avistar en una llanura el campamento godo, cerca de las dos de la tarde. No parecía haber centinelas lejos del campamento, donde las tropas godas parecían acampar al completo, protegidas detrás de los carros vacíos que usaban como muralla (laager) cuando no se estaban moviendo. Los refuerzos de Graciano aún no habían llegado, por lo que se discute cuáles serían realmente las razones de Valente para marchar hasta allí: quizás aún no esperase entrar en batalla y disponer tropas a la vista de los visigodos fuese sólo una medida de presión con el fin de forzar su rendición. Otros opinan que Valente quería de verdad entrar en combate en ese momento, confiando en que sus tropas veteranas le diesen una victoria que de esperar a Graciano, sería compartida y por tanto menos honorable. Reunido con sus generales, Víctor y Ricimero (éste último de origen germano, que había supervisado la llegada de los visigodos a Moesia por orden de Valente) le sugirieron esperar a Graciano y no meterse en problemas de momento. Sebastián, en cambio, recomendó un ataque inmediato que aprovechase el factor sorpresa. No se haría ni lo uno ni lo otro.

Las tropas romanas avanzaban en posición lineal, con la infantería pesada de Trajano y los auxiliares en el centro, y la caballería protegiendo los flancos. Valente permanecía detrás de la infantería con su guardia personal.

Cuando los godos vieron a los romanos en las cercanías, Fritigerno solicitó parlamentar. Es probable que en lugar de querer con ello eludir la batalla, su objetivo fuese en realidad el de ganar tiempo. Tenía la infantería y una pequeña parte de la caballería dentro de los límites del campamento, pero la mayor parte de ésta (con la que no contaban los romanos) estaba de camino al mando de los nobles ostrogodos Alateo y Safrax.

Esquema de la posición y acciones de las tropas enfrentadas.


Primera fase

El primer ataque correspondió a los romanos, aunque parece que les cogió por sorpresa tanto a los godos como a sus propios compañeros. Sin esperar a que acabasen las negociaciones, los tribunos Cassio y Bacurio de Iberia ordenaron a sus tropas auxiliares el ataque, que marcharon rápidamente hacia el campamento visigodo mientras el resto de la infantería romana seguía en sus posiciones. El flanco izquierdo de la caballería los imitó, buscando atacar a los godos por un lateral mientras éstos se enfrentaban a las dos pequeñas divisiones de auxiliares, las cuales fueron rechazados sin problemas y puestas en fuga de forma deshonrosa, corriendo rápidas a sus posiciones anteriores. Acababan de iniciar la batalla de la peor forma posible.


Segunda fase

Fritigerno dio las conversaciones por terminadas y ordenó atacar en ese momento, haciendo salir a la mayoría de sus hombres del campamento en busca de los romanos. Entonces apareció a su derecha el enorme ejército de jinetes al mando de Alateo y Safrax, que se encontró de cara con el destacamento de caballería del flanco izquierdo romano, el cual fue obligado a retroceder hacia sus posiciones originales después de ocasionarle numerosas bajas. Los visigodos controlaban ya el terreno, y al acercarse a las líneas romanas, comenzaron a lanzarles las armas arrojadizas que portaban. Los romanos aguantaron como pudieron la lluvia de proyectiles hasta que las líneas godas llegaron hasta ellos, comenzando en ese momento el combate cuerpo a cuerpo.


Tercera fase

Mientras la infantería y el flanco derecho de la caballería combatían contra sus homólogos bárbaros, sufriendo numerosas bajas en ambos bandos, la caballería del flanco izquierdo romano se revolvió y atacó de nuevo a Alateo y Safrax. Tal maniobra les cogió desprevenidos y permitió a los romanos hacerles retroceder, adelantándose en el campo de batalla prácticamente hasta los carros visigodos. Se considera que éste fue el punto de inflexión de la batalla, pues de haber recibido entonces ayuda de otras unidades, quizá la caballería romana hubiese podido poner en fuga a la bárbara, a pesar de que le superaba en número, y atacar por detrás la infantería visigoda.

La caballería romana comenzó a verse ampliamente superada, a medida que perdía empuje y no recibía ayuda, mientras a la caballería visigoda se sumaban hombres a pie de las tropas que habían quedado dentro del campamento, incluido el propio Fritigerno. La desproporción de fuerzas se hizo patente y lo que quedaba de la caballería romana en ese flanco fue destrozada, huyendo los pocos supervivientes del campo de batalla.


Cuarta fase

Una vez puestos en fuga los equites romanos, la infantería de Fritigerno avanzó para sumarse a las primeras líneas de infantería goda. Mientras tanto, la caballería de Alateo y Safrax avanzó por el lateral para atacar los flancos y la retaguardia de Trajano, comenzando a cercar a los romanos por la izquierda. Amiano Marcelino relata lo que debió de ser especialmente aterrador para los soldados romanos, que vieron salir de entre el polvo ("como de la nada") a la caballería goda, por sorpresa y a sus espaldas. Esto dejó a gran parte del ejército romano sin capacidad de maniobra.


Quinta fase

Los soldados destacados en el flanco izquierdo estaban ya perdidos, sabedores de que no había posibilidad de huir ni clemencia que esperar de los visigodos. Aunque en este punto los historiadores latinos probablemente exageran, no resulta tan raro que los hombres de esas unidades peleasen hasta la muerte, llegando a cargar sin posibilidades de victoria contra las cada vez más nutridas filas de bárbaros. Las bajas fueron enormes en los dos bandos, hasta el punto de que pronto el número de cadáveres y los charcos de sangre comenzaron a hacer dificultoso el moverse por el campo de batalla. Las unidades romanas perdieron la comunicación entre ellas. Mientras unas aprovecharon para huir, otras, viéndose cercadas, tuvieron que pelear hasta el final.

Comenzó entonces una huida general de aquellas tropas romanas que podían, abandonando al resto a su suerte. Mientras las últimas unidades de Trajano eran aplastadas, Valente corrió a refugiarse tras lo que quedaba de la caballería del flanco derecho, que unida a las últimas unidades auxiliares intentaron organizar un núcleo final de resistencia en torno al emperador. Los generales Trajano y Víctor estaban con él.


Muerte de Valente y final de la batalla

Sobre el final de Valente circulan distintas versiones, sin que se pueda afirmar con seguridad cuál es la correcta. La primera y más simple cuenta que sencillamente, Valente murió tras recibir el impacto de una flecha enemiga, acorralado y combatiendo junto a los hombres que lo acompañaban, como un soldado más. Otras dicen que pudo ser evacuado por sus generales (quizás herido) y se refugió en una casa cercana o, más probablemente, en una torre de guardia. Los visigodos ignoraban que Valente estaba dentro, pero al observar que se guarecían soldados romanos en su interior, acabaron con las últimas tropas que se les oponían y prendieron fuego al edificio, matando a todos los que se encontraban dentro. Sea como fuere, lo cierto es que nadie pudo identificar después el cuerpo de Valente entre todos los caídos en la batalla, por lo que tuvo que ser sepultado como un soldado anónimo más.


Cerco de Adrianópolis

Tras la batalla los visigodos no se detuvieron. Acababan de destruir el mayor ejército visto en la zona y se podía decir que ya eran los dueños de los Balcanes. Incluso habían matado al emperador sin que éste tuviera hijos, dejando a todo el Imperio huérfano. El paso más lógico fue proseguir su política de saqueos y decidieron comenzar por Adrianópolis, a poca distancia, con el tesoro imperial en su interior y hacia donde había conseguido huir alrededor de un tercio (20.000) de los hombres de Valente. Adrianópolis era un botín muy valioso, y aún se revalorizaba más por el hecho de dominar los caminos hacia Constantinopla, la propia capital de los romanos de Oriente.

La captura de la ciudad no iba a ser fácil, obviamente. A la guardia urbana se sumaron los soldados supervivientes de la batalla, aunque las autoridades locales no permitieron a éstos entrar en la ciudad. En su lugar debieron construir a toda prisa un segundo muro de barricadas en torno a la ciudad tras los que refugiarse ellos y la propia Adrianópolis, donde la propia población comenzó a colaborar de forma masiva con el ejército para hacer frente a la inminente llegada de los godos.

Éstos llegaron poco después. Con el fin de dificultar aún más la entrada del enemigo en la ciudad, se bloquearon las puertas colocando grandes piedras tras éstas y se montaron algunas máquinas de guerra. El bloqueo de las puertas dejaba a los restos del ejército de Valente sin posibilidad de huir y refugiarse. Así pues, no es de extrañar que cuando los romanos avistaron a los godos, fuesen 300 auxiliares de los primeros los que iniciasen la nueva batalla lanzándose en una carga tan heroica como suicida. Todos sus integrantes murieron.

Via Egnatia, principal vía romana de los Balcanes. Adrianópolis está cerca de su recorrido, no lejos del punto en que la orientación cambia hacia el sureste y conduce a Constantinopla (Bizancio). De haber tomado Adrianópolis, los godos habrían llegado a la capital imperial rápidamente y sin oposición


Los germanos avanzaron hasta las líneas de defensa de la ciudad, donde se vieron obligados a detenerse y luchar bajo los muros de la fortaleza, mientras los romanos que había arriba les lanzaban todo tipo de proyectiles. Los godos también lanzaban sus propias armas arrojadizas, pero llegado un determinado momento los sitiados se dieron cuenta de que los bárbaros recogían lanzas y flechas del campo de batalla y las volvían a lanzar contra ellos, señal de que las suyas se habían agotado. Para dejar a los godos sin posibilidad de lanzar los proyectiles que les llegaban, se ordenó romper la unión entre las puntas y el resto de la flecha o lanza. Así, las armas arrojadizas podían usarse una vez más, pero cuando impactaban con algo (hubiesen acertado o no) se rompían del todo y quedaban inutilizables. Además, las puntas sueltas se clavaban en los soldados enemigos, sin posibilidad de extraerse más tarde.

Mientras la lucha proseguía en los muros de esta manera, se terminó de armar y disponer para el combate un onagro. Los romanos apuntaron al grueso de las tropas godas y lanzaron la primera piedra; ésta erró el tiro, pero tuvo un cierto impacto psicológico sobre los atacantes, que no disponían de armas de asedio. No esperaban ver salir de entre el humo y el polvo de la batalla a una gran roca dirigiéndose directamente hacia ellos, por lo que no supieron cómo reaccionar y perdieron momentáneamente la cohesión entre sus fuerzas, facilitando el contraataque de los romanos. Tras sufrir inmumerables bajas y fracasar en cada una de sus cargas, siendo expulsados de los muros tan pronto como apostaban una escala, los visigodos se vieron finalmente obligados a retirarse y marchar de nuevo hacia el noroeste, salvándose Adrianópolis y Constantinopla de sufrir su conquista.

Una vez que se aseguraron de la marcha de los godos, los soldados volvieron con el tesoro imperial a Constantinopla o se refugiaron en otras ciudades más seguras de las inmediaciones. Muchos de los habitantes de Adrianópolis abandonaron también sus casas por miedo a que los bárbaros volvieran, si bien éstos no llegaron a hacerlo.


Consecuencias


La primera y obvia consecuencia de la aplastante derrota del Imperio Romano de Oriente fue el trono vacante que Valente dejó en Constantinopla. Antes de que el caos se adueñase de Oriente, el emperador de Occidente y sobrino del difunto, Graciano, encargó su gobierno al general hispano Flavio Teodosio, que fue coronado en 379 y llegaría a ser conocido como Teodosio I el Grande. Teodosio adquirió el trono de Occidente años más tarde y fue el último hombre que gobernó el Imperio Romano en su totalidad, razón por la cual se le llama a menudo el último de los romanos. Teodosio dirigió personalmente una nueva campaña contra los godos que terminó al cabo de dos años, tras los cuales consiguió derrotarlos y negociar un pacto en 382 con su nuevo jefe, Atanarico, que volvía a restituirlos como foederati en Moesia. Fritigerno había muerto por causas naturales el año anterior.

Aunque el nuevo pacto supuestamente devolvía la situación al status quo inicial, lo cierto es que ya nada volvería a ser igual para los godos ni para los romanos. Tras Adrianópolis, los visigodos fueron plenamente conscientes de su fuerza y continuaron extorsionando a los romanos cada vez que les parecía conveniente. El que llegó más lejos con esta política fue Alarico I, que incluso aspiró a ocupar algún cargo importante en el gobierno del Imperio de Oriente. Al no ver resueltas sus demandas, sometió a los Balcanes a una nueva política de saqueos, llegando a entrar en Atenas. Sólo cesó en su empeño cuando Rufino, el tutor ostrogodo del hijo de Teodosio, le reconoció como Magister militum de la provincia de Iliria. Tal concesión fue en realidad una auténtica estafa, pues forzó a los visigodos a instalarse en unas tierras menos ricas y fértiles que las que dejaban atrás, y que encima eran disputadas por los Imperios de Oriente y Occidente. Las desavenencias de Alarico con sus nuevos vecinos occidentales (que no reconocían el gobierno de Oriente ni de Alarico sobre Iliria) conducirían en último término al saqueo de Roma en 410, el cual fue visto por los contemporáneos como el fin del mundo conocido.

La derrota de Adrianópolis tuvo también sus consecuencias en la forma romana de hacer la guerra. Tras la masacre romana, fue imposible recuperar el número de soldados y oficiales perdidos en la batalla y hubo que reestructurar el ejército, abandonando el clásico sistema de legiones. A partir de entonces (fue Teodosio quien exportó el nuevo modelo a Occidente), el ejército romano se dividió en pequeñas unidades de limitanei (guardias fronterizos, muchas veces bárbaros federados) dirigidas por un "duque" (dux) que gobernaba una zona fronteriza desde una fortaleza particular, más un ejército móvil (comitatenses) que se desplazaba de un lugar a otro según apareciesen los problemas. Este nuevo sistema de defensa sería el embrión del futuro sistema feudal vigente durante la Edad Media. La batalla de Adrianópolis también demostró la eficacia de la caballería en la guerra, por lo que su número aumentó en los nuevos ejércitos en detrimento de la infantería. Las nuevas unidades de caballería solían estar formadas también por mercenarios bárbaros, fundamentalmente hunos, sármatas o persas, que combatían con espada larga y lanza y fueron a su vez los precursores de los caballeros medievales.

Finalmente, el caos ocasionado por los godos en Adrianópolis fue aprovechado por los hunos para cruzar el Danubio e imitar la política de saqueos y extorsiones que tan buenos resultados había dado a los visigodos. Cuando Atila llegó al trono huno en 434, esta política era algo común para su pueblo, y fue él quien la llevó a su máxima expresión acelerando la caída del Imperio Romano de Occidente.


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Última edición por Elrohir; 27-Jan-2007 a las 15:54
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Batalla de Otumba


Fecha:
7 de julio de 1520

Lugar:
Llanos de Otompan, Otumba (México)

Resultado:
Victoria decisiva española

Contendientes:
Imperio Azteca Vs. Imperio Español y Cuatro Señoríos de Tlaxcala

Comandantes
Aztecas: †Cihuacóatl Matlatzincátzin
Imperio Español: Hernán Cortés

Soldados:
Aztecas ~ 40.000
Españoles ~ 500

Bajas
Desconocidas para ambos bandos


Antecedentes de la batalla

Hernán Cortés entra a la Gran Tenochtitlan

El día 8 de noviembre de 1519 Cortés y su ejército entraron en la capital del imperio azteca, México-Tenochtitlan, el emperador Moctezuma II rodeado de la nobleza azteca le esperaba, Cortés se apeó para abrazar al Señor de México, pero Cacamatzin, Señor de Texcoco y Cuitláhuac, Señor de Iztapalapa lo impidieron, el soberano mexica era intocable.



Imagen: Tenochtitlan (1520 Dc)

Cortés se quitó un collar de margaritas y cuentas de vidrio y lo puso en el cuello de Moctezuma II, mientras los príncipes aztecas después de engalanar a Cortés con flores le colgaron un collar de caracoles de los que pendían camarones de oro. Después del recibimiento Hernán Cortés fue hospedado en el palacio de Axayácatl, en el centro de la isla-ciudad.

Residiendo los españoles en el palacio, se les ocurrió de que ya era hora de tener capilla propia y, puesto que Moctezuma se había negado a que la erigieran en el cú de Huchilobos, resolvieron levantarla en su alojamiento, previo permiso del emperador. Buscando los capitanes el mejor sitio para emplazarla, un soldado que era carpintero, notó en una pared la existencia de una puerta tapiada y encalada de pocos días. Entonces recordó que se murmuraba que en aquellos aposentostenía depositados Moctezuma los tesoros que había ido reuniendo su padre Axayácatl.

Allí entraron Cortés y algunos capitanes y tras la vista de un enorme tesoro, ordenó que se volviera a tapiar. Empezó a inquietar entonces la posibilidad de ser asesinados. Cuatro capitanes y doce soldados se presentaron a Cortés para hacerle presente la conveniencia de capturar al emperador, manteniéndole como rehén, para que respondiera con su vida de la vida del ejército.

No se tomó de momento ningún acuerdo. No obstante, una noticia precipitó la resolución.


Toman prisionero al emperador Moctezuma

El pretexto para hacer prisionero a Moctezuma II lo obtuvieron en Nautla, un pueblo totonaca que se había aliado con los españoles. Al llegar los señores de México-Tenochtitlan a cobrar el tributo debido, el cacique totonaca se negó a hacerlo bajo el argumento de que no eran ya vasallos de los aztecas y pidió ayuda a la guarnición española estacionada en el puerto de Veracruz, devino una escaramuza entre los bandos que culminó con la muerte de siete españoles entre ellos su capitán Juan de Escalante.

Cortés al ser enterado del suceso reprochó a Moctezuma II su hipocresía y lo tomó prisionero, Moctezuma fue conducido al palacio de su padre Axayácatl que Cortés había convertido en su cuartel. Los vasallos de Moctezuma al verlo pasar prisionero se enfurecieron y demandaron arrojar a los españoles de la ciudad. Cortés exigió a Moctezuma le entregara al cacique Cuauhpopoca el noble azteca que había sido a sus ojos el causante de la muerte de los soldados españoles, Moctezuma lo hizo presentar junto con sus notables. Dos días más tarde Moctezuma recibió la segunda afrenta, los españoles lo encadenaron para poder consumar sin temor alguno la muerte de Cuauhpopoca y su séquito a quienes dieron muerte atados a postes en una hoguera.


La matanza del templo mayor

Cuando Cortés tuvo que ausentarse para enfrentar a la expedición de Pánfilo de Narváez dejó como sustituto a Pedro de Alvarado, al cargo de un batallón de 140 soldados que deberían resguardar y proteger al prisionero Moctezuma II, preciado cautivo que les aseguraba la neutralidad de los nativos ya que Moctezuma los consideraba enviados divinos y les pedía a sus vasallos los trataran con respeto. La situación de los españoles era en extremo delicada, sabían que eran muy pocos hombres como para contrarrestar un ataque de los guerreros aztecas, el nerviosismo de Alvarado hizo crisis y ordenó atacar a los señores aztecas que estaban indefensos celebrando una fiesta religiosa para la cual el mismo Alvarado había dadopermiso.

En esa matanza del templo mayor, tristemente célebre, perecieron cientos de hombres, mujeres y niños, hecho que encendió la mecha para la sublevación que ocurrió poco después que Cortés regresara y tratara de calmar los ánimos por lo que solicitó a Moctezuma II hablara a su pueblo para tranquilizarlo. En un intento para sofocar el violento tumulto, Moctezuma II se asomó a la balconada de su palacio, instando a sus seguidores a retirarse. La población contempló horrorizada la supuesta complicidad del emperador con los españoles, por lo que comenzaron a arrojarle piedras y flechas que lo hirieron mortalmente, falleciendo poco tiempo después del ataque.

Según la versión azteca, todos los nobles aztecas que se encontraban en poder de los españoles fueron ejecutados al dejar de ser útiles. El Códice Ramírez, escrito después de la conquista por un azteca cristianizado, reclama que a Moctezuma no se le administraron los últimos sacramentos, pues los sacerdotes que acompañaban a Cortés estaban buscando oro.

Muerto Moctezuma II, los señores y los sacerdotes eligieron a Cuitláhuac como su gobernante y caudillo de guerra. Éste desplegó gran actividad para alistar tropas, buscar alianzas con algunos pueblos y tratar de destruir a los invasores españoles.


El llanto de Cortés

Los combates entre aztecas y españoles duraban ya una semana, los españoles y sus aliados indígenas estaban cercados enel palacio de Axayácatl y sus alrededores casi sin alimentos por lo que decidieron huir, al punto de la medianoche del30 de junio de 1520, Cortés dio la señal de partida y bajo la consigna de silencio, marcharon por un puente de canoas en dirección a Tlacopan sigilosamente cuidando del relincho de los caballos. Al llegar al canal Tolteca Acaloco, una anciana mexica que había salido a tomar agua en un cántaro advirtió la huida de los españoles y advirtió a los guerreros aztecas.

Pronto empezó a sonar el tambor de piel de serpiente del templo de Huitzilopochtli y los españoles se vieron rodeados por miles de embravecidos guerreros. En cuestión de minutos la laguna que rodeaba México-Tenochtitlan hirvió de canoas repletas de nativos armados de lanzas y flechas, en tanto desde las azoteas miles de guerreros atacaban la retaguardia, otros nativos cortaron los puentes a tierra firme, que estaban hechos de canoas amarradas unas con otras.

Lograron salvarse los soldados que prefirieron deshacerse de las joyas y oro robado, en tanto los que iban cargados de armadura, oro y joyas murieron ricos y ahogados. Hombres y caballos se ahogaron en las acequias y pozas, se perdió la artillería, los indios aliados de Cortés fueron diezmados y la mitad de la tropa española quedó muerta o herida. Casi la totalidad del tesoro recién robado se perdió.

Cortés, quien se había quedado en la calzada de Tacuba hasta el amanecer, tratando de rescatar a sus compañeros, se sentó bajo un gran árbol, un ahuehuete, a llorar la pérdida de Tenochtitlan y de la mitad de su ejército.

A esa noche con acierto los cronistas la llamaron la Noche Triste porque fue la más amarga de todas las noches pasadaspor los conquistadores en esas tierras.

Los aztecas celebraron con gran júbilo la derrota de las tropas de Cortés sacrificando a sus dioses los prisioneros que tomaron...


La Batalla de Otumba

Después de que Hernán Cortés se viera obligado a evacuar la ciudad de Tenochtitlan durante la lluviosa Noche Triste (9 de noviembre de 1519), en la que los aztecas mataron casi la mitad de las fuerzas españolas en la ciudad, el nuevo emperador mexica Cuitláhuac decidió perseguir a los españoles con el fin de destruirlos antes de que pudieran refugiarse dentro de las tierras de sus aliados tlaxcaltecas. Un impresionante ejército de casi 40.000 guerreros mexicas (en su mayoría tenochcas, pero también tepanecas, xochimilcos y miembros de otras tribus sometidas o aliadas) les alcanzó en los llanos de Otompan (Otumba), donde les cortó el paso.



Imagen: Aztecas marchando a la batalla

Sabedores de que los aztecas siempre sacrificaban a sus prisioneros, los alrededor de 500 españoles y sus aliados tlaxcaltecas se decidieron a luchar o morir, a pesar de no disponer de artillería y haber perdido buena parte de sus caballos y arcabuces durante la huida de la capital azteca.

Así pues, Cortés dió una arenga a sus hombres y se encomendó a Santiago y a la Virgen Santísima.



Imagen: Los españoles, resignados, despliegan para la batalla

A pesar de su superioridad técnica, la aplastante diferencia numérica inclinaba el combate a favor de los indígenas.



Imagen: Panorámica de la batalla




Imagen: Los arcabuceros se preparan para abrir fuego.

Los muertos que causaban las armas de fuego y las espadas de acero eran reemplazados rápidamente. Los aztecas rodearon enseguida a los españoles, que resistieron durante horas intercambiando flechas por disparos de arcabuz y ballesta.



Imagen: Guerreros aztecas cargan contra la "delgada línea española"




Imagen: Rodeleros resisten ante el empuje de la carga de los aztecas

Hernán Cortés, aconsejado por la Malinche, decidió entonces jugar su última carga atacando al tepuchtlato (portaestandarte/caudillo) Cihuacóatl Matlatzincátzin, el más alto y adornado de los guerreros aztecas y por tanto indicio claro de que era el jefe supremo de su ejército.



Imagen: Cihuacóatl Matlatzincátzin, tepuchtlato (caudillo/portaestandarte azteca)

Por primera vez en la historia de la Conquista de México, los españoles realizaron una modesta carga de caballería formada por 13 jinetes que se abalanzaron sobre Cihuacóatl al grito de "¡SANTIAGO!".




Imagen: Los jinetes españoles cargan contra el líder azteca

El tepuchtlato jefe fue pillado desprevenido (pues hasta ese momento sólo había visto a los caballos siendo usados como medio de transporte y carga y no como arma de guerra) y muerto de un espadazo por el soldado Juan de Salamanca, quien también se hizo con su insignia. Al ver esto, el temor se apoderó del ejército azteca, que rompió filas y huyó en retirada, siendo perseguido por la caballería española.




Imagen: la caballeria española hostiga a los que huyen

Tras esta victoria que inicialmente parecía imposible, los españoles pudieron retirarse a la ciudad aliada de Tlaxcala sin ser perseguidos más.

Días después el emperador Cuitláhuac envió emisarios a los tlaxcaltecas proponiéndoles la paz a cambio de la entrega de Cortés y sus hombres, pero éstos rechazaron su idea y en su lugar acordaron una nueva alianza con los españoles para reconquistar Tenochtitlan.


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Espero que os haya gustado.
Dedico este post a todos los que habéis participado y hecho posible la existencia de este hilo tan interesante, en especial a Elrohir y a Intruder

Un saludo




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Última edición por Elrohir; 27-Jan-2007 a las 15:55
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Antiguo 20-Jan-2007, 14:16   #159
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LA BATALLA DE MARATÓN

(agosto 490 a.C.)



[...] pues en verdad fuimos los únicos entre los griegos que combatimos solos contra el persa y, tras acometer semejante empresa, ganamos y vencimos a cuarenta y seis pueblos. (Los atenienses reclaman el puesto de honor en Platea) Heródoto, 9.27


Maratón fue una lucha entre adversarios muy diferentes. Una diminuta ciudad-estado democrática frente a un imperio despótico que la superaba en tamaño en varias centenas. Un ejército estaba compuesto casi en exclusiva por soldados de infantería; el otro, por jinetes y arqueros. Este choque de culturas iba a influir profundamente en el desarrollo de la civilización occidental.

Y es que la ciudad-estado era Atenas, donde se había creado una democracia eficaz sólo dos décadas antes. El anterior gobernante de Atenas, Hipias, huyó a la corte de Darío I (521-486 a.C.), rey de Persia, cuyo imperio se extendía desde el mar Egeo hasta las orillas del río Indo. Las colonias griegas de Asia Menor fueron independientes hasta que los persas las conquistaron. Como era de esperar, sentían mayor afinidad con su antigua tierra natal de Grecia que con su gobernante persa, a miles de kilometros. Los griegos de Asia Menor se rebelaron contra los persas y recibieron la ayuda de los soldados atenienses, que capturaron y quemaron Sardes, capital de Lidia, en 498. Heródoto, el historiador, lo explicó así: [...] preguntó [Darío] quiénes eran los atenienses, y después de oírlo, pidió su arco, colocó en él una flecha y la lanzó al cielo, mientras disparaba al aire, dijo: "Dame, oh Zeus, que pueda yo vengarme de los atenienses". Y dicho esto, ordenó a uno de sus criados que al servirle la comida, le dijera siempre tres veces: "Señor, acuérdate de los atenienses".


Darío I decide organizar una expedición de castigo contra Eretria, en la isla de Eubea, y Atenas. Para ello, en el 490 AEC. y en la costa sur de Asia Menor, lejos del alcance de los barcos helenos, arma una flota en la que embarca unos 25.000 hombres. De ellos 10.000 son de caballería, la principal arma persa, Imperio donde las distancias son enormes y la rapidez es fundamental. El resto del ejercito está formado por infanteria armada con arcos. Estos disparaban desde detrás de grandes escudos de mimbre que les protegían de las armas enemigas, aunque el valor de los mismos contra la infantería (y menos la griega) era practicamente nulo. La estrategia de batalla utilizada por los persas en la época era defensiva. No solían llevar la iniciativa. Esperaban recibir el ataque mientras diezmaban al enemigo con flechas para rematarlos con una carga de caballería. Estaban comandado por Artafernes, sobrino de Darío. Como segundo al mando, el noble Datis, al cargo de la caballería. Acompañaba a los persas Hipias.Todavía tenía partidarios en la ciudad de Atenas y se había unido a los persas, esperando recuperar el trono de la ciudad que lo había rechazado. Se esperaba que su presencia provocase un alzamiento por parte de los aristócratas conservadores de Atenas y una rendición sin derramamiento de sangre.

Los griegos no tienen caballería. Tampoco emplean arqueros, ellos se manejan con los hoplitas (el nombre viene de "hoplon", el gran escudo circular con el que se protegían). Las falanges de hoplitas formaban normalmente un rectángulo de 8 filas de fondo y avanzaban en formación hasta el contacto con el enemigo, esforzándose en mantener esa formación durante toda la batalla, en la que los hombres de las filas extremas se esforzaban en herir con su lanza al enemigo más cercano. La formación en bloques de guerreros codo con codo tenía la virtud de que las bajas eran muy inferiores que en una lucha cuerpo a cuerpo. Los griegos eran muy conscientes de que eran un pueblo corto en número y llegaron a amoldar su forma de conducir la guerra a la política de minimizar las bajas. La falange actuaba como un solo hombre y avanzaba o retrocedía sin perder su formación. En tales condiciones bélicas, el escudo (hoplon) formaba parte principal del arma del hoplita. Perder el escudo en la batalla era considerado un delito, penado con la muerte, porque quedaba desprotegido al que lo llevaba y al compañero de la izquierda. No tenía la misma gravedad perder la lanza o la espada. Reunieron un ejercito de 10.000 hombres, de los cuales 7.200 eran hoplitas, al mando de Calímaco (con Temístocles y Milcíades entre otros generales).



Hoplita Griego


Desde Eretria, y deseando castigar la insolencia ateniense, los persas desembarcan el ejército en la llanura pantanosa de Maraton, por indicación de Hipías. Una pequeña península protege a los barcos, el pantano, a los guerreros que desembarcan y el lugar se encuentra a 42 kilómetros al noreste de Atenas. La llanura de Maratón, protegida por un pantano, era el lugar desde el que amenazar a Atenas y obligar a luchar a los atenienses en una zona propicia a la caballería persa. Se instalan en la llanura esperando celebrar allí la batalla y aprovechar la ventaja de su caballería.





LA BATALLA



Al conocer el ataque de Dario sobre Eretria, pidieron ayuda a los espartanos. Éstos dicen que ayudarán, pero que antes tienen que realizar los actos rituales que preceden a la marcha a la guerra de los suyos. Estos rituales les impedirán llegar a tiempo a Maratón. Cuando el ejército espartano llegue a Atenas, camino del norte, la victoria ya será historia; reciente, pero historia. Así que fueron solos al combate.

Los atenienses no tienen prisa por atacar, esperando la llegada de los refuerzos espartanos. Además, carecen de caballería y podrían ser tomados por los flancos o por la retaguardia y suceder lo peor. Los persas tampoco tienen prisa por celebrar la batalla, pues esperan que los partidarios de Hipias, al conocer la proximidad de su líder, les rindieran al ciudad, desprotegida de sus principales huestes. No obstante, hay que decir que la mayor parte de los griegos, salvo los espartanos, nunca enviaban a la guerra sino a la mitad de sus hombres. No dejaban nunca desatendidas las tierras ni la "reproducción" de la especie.

Los días pasaban y nada sucedia. Los persas no atacaban porque su estrategia era defensiva. Los motivos por los que los atenienses no atacasen, no se saben con certeza. Milcíades, general ateniense, conocía al enemigo ya que había servido en el ejército persa. Tenía que convencer a diez generales de la eficacia de su plan de ataque. Cada general ostentaba el mando durante un día, y aunque cedieron el poder a Milcíades, éste esperó varios dias para ordenar el ataque. Entre las razones que se barajan para este retraso, estaba la necesidad de neutralizar la superioridad de la caballería persa, por lo que necesitaban construir "abatis", defensas de madera acabadas en punta, para proteger los flancos. O tal vez esperasen a que la caballería persa consumiese los suministros y se viera obligada a realizar una incursión.

Ante la pasividad de los atenienses, los generales persas deciden pasar a la acción. Y toman una decisión equivocada: Dividen el ejército. Datis, con la caballería, embarca sigilosamente de noche, esperando dirigirse a Atenas, sitiarla y que las puertas de la ciudad se les abran. Si no sucede así, pueden atacar a los griegos por la espalda, pues estarían los griegos entre dos fuegos. Saben que con la división corren un riesgo, y por eso lo hacen de noche y procurando que la maniobra pase desapercibida. El campamento griego está al otro lado de la colina y desde él no se domina la playa. Pero si los persas cuentan con la ayuda de un traidor, Hipias, los atenienses no van a ser menos. Varios soldados dorios, que militaban en el ejército persa, al conocer el embarque de la caballería, abandonan a Artafernes, se pasan al bando heleno y cuentan apresuradamente a sus estrategas que los persas se han quedado sin caballería y que pretenden sitiar y tomar Atenas. Ante estas noticias, Milcíades decide atacar a la infantería persa de inmediato. Si logran una victoria rápida todavía pueden regresar a Atenas, antes de que los persas la sitien formalmente, y avisar para que la ciudad en modo alguno se rinda ante los persas.

El mayor número de los persas y lo ancho de la playa donde se iba a librar la batalla decidió a Milcíades a colocar sólo tres filas en el centro, mientras mantenía las 8 filas habituales en las alas de la formación. Por su parte, Artafernes coloco las mejores tropas, en el centro, y las menos preparadas en las alas. El menú estaba servido.





Con el fin de minimizar la exposición a las flechas enemigas, los atenienses hicieron algo sin precedentes tratándose de un ejército hoplita: descendieron por una ladera suave a la carrera atravesando rápidamente el millar de metros que los separaba de los persas. Estos, asustados, cálcularon mal la velocidad del avance ateniense y muchas de sus flechas pasaron por encima de las cabezas de los hoplitas sin provocar ningun daño.





Aunque el ataque les cogió por sorpresa, los persas eran luchadores duros y con capacidad de recuperación. Lograron deshacer el centro ateniense y abrirse paso. Sin embargo, la fuerza hoplita destruyó los flancos y provocó su desbandada antes de atacar el centro del ejercito. La lucha se extendió hasta el campamento persa mientras los persas luchaban por recuperar sus barcos; los que no lo consiguieron huyeron hacia las marismas, detrás del campamento.





Los atenienses alcanzaron a capturar sólo seis barcos. No obstante fue una victoria sorprendente. Unos 6.400 persas perdieron la vida en la batalla, frente a las 192 bajas de los atenienses.

Sin embargo, no había tiempo para felicitarse. La flota persa puso rumbo a la zona de la costa donde Atenas se encontraba desprotegida. En la carrera entre el ejército por tierra y el que llegaba por mar, los atenienses volvieron a salir victoriosos. Al ver al ejército ateniense reunido de nuevo para impedir su desembarco, los persas dudaron y acabaron marchándose.


CONSECUENCIAS



Sin una victoria griega en Maratón, tal vez Atenas nunca habría asistido al nacimiento de Sófocles, Heródoto, Sócrates, Platón o Aristóteles. El mundo no habría conocido a personalidades como Euclides, Pericles o Demóstenes. En resumen, la herencia cultural de la civilización occidental habría quedado profundamente alterada.

Y tampoco habría sido posible que un joven corredor llamado Filípides llevase la noticia de la victoria a la ciudad de Atenas. Filípides había acudido primero a Esparta en busca de ayuda, y su corazón no resistió el esfuerzo. Una vez entregó la buena nueva, murió exhausto. Hoy, una carrera de 42km todavía lleva el nombre de Maratón en su honor.


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LA BATALLA DE POITIERS





La Batalla de Poitiers, ocurrida el 19 de septiembre de 1356, enfrentó a Inglaterra y Francia y representa la segunda de las tres grandes victorias inglesas de la Guerra de los Cien Años (la primera fue Crecy). A veces se la llama también "Segunda Batalla de Poitiers", para diferenciarla de la primera (en el año 732) que enfrentó a los francos de Carlos Martel con un poderoso ejército sarraceno. Esta última se conoce también como Batalla de Tours.



Origen del conflicto

Habiendo recibido ya dos graves derrotas (una naval en Sluys y otra terrestre en Crecy), las fuerzas francesas se enfrentaban, en los años de 1350, a las violentas y rápidas chevauchées inglesas, un tipo de incursión que castigaba especialmente a la población civil. Los ingleses desembarcaban, se internaban en los campos de la Francia Septentrional, incendiaban las cosechas, mataban a los hombres de las aldeas y luego retrocedían rápidamente hacia sus bases en la costa, dejando a la población a merced del hambre y las enfermedades. Los ejércitos franceses, más pesados, lentos, torpes y difíciles de maniobrar, no podían ofrecer una resistencia adecuada a esta suerte de "guerra relámpago" de la Edad Media.

Esta estrategia inglesa estaba orientada a poner a la población francesa en contra de su propia corona más que a lograr resultados militares directos. Los campesinos, al no sentirse protegidos de las chevauchées, poco a poco gravitaban hacia los señores feudales locales solicitando ayuda, y esto dividía y sembraba el caos en las fuerzas galas, que necesitaban una gran cohesión y sentido nacional, especialmente para que la gente entregara a sus varones jóvenes para las frecuentes levas o reclutamientos que se hacían imprescindibles.

Para el mes de agosto de 1356, estaba en curso una enorme chevauchée de largo alcance comandada por Eduardo, el Príncipe de Gales —llamado "El Príncipe Negro" por el color de la armadura que llevaba al combate—, que a la sazón contaba sólo 16 años de edad, pero era competente y experimentado. El Príncipe Negro era el hijo mayor del rey Eduardo III de Inglaterra, y en esta oportunidad había sido comisionado para devastar una gran área al norte de la ciudad de Bordeaux. El príncipe intentaba de este modo proteger su base avanzada, ubicada en Aquitania, y también brindar un poco de alivio a las guarniciones aliadas de la Francia Central.

La chevauchée en progreso, como las anteriores, se ajustaba en forma estricta a la política de "tierra arrasada", destinada a privar al rey francés Juan el Bueno del apoyo de sus propios súbditos. Es por esto que Eduardo no encontró mucha resistencia. Su ejército, junto con tropas amigas provenientes de Gascuña, devastó y quemó numerosas ciudades y campos productivos, dejando al enemigo frente a la penuria de hombres y alimentos.

Llegados a la orilla del río Loira junto a la ciudad de Tours, no fueron empero capaces de tomar el fuerte castillo que la defendía, y un enorme aguacero impidió también que la ciudad fuese incendiada por sus sitiadores.

En determinado momento, y consciente de esta realidad, el rey francés se decidió a enfrentar al aguerrido y motivado ejército inglés para intentar darle una lección y arrojarlo al mar. Finalmente, una enorme fuerza francesa se encontró con los ingleses en las cercanías de Poitiers.


Diferencias entre ambos ejércitos


Tal como sería una constante en la Guerra de los Cien Años, la principal diferencia entre ambos bandos eran sus comandos: el rey Juan era un comandante irresoluto y débil, incapaz y muy al tanto de esa incapacidad, que confiaba en consecuencia en los ejércitos grandes, lentos, bien armados y apoyados principalmente en la caballería y en ingentes cantidades de ballesteros. Los hombres de armas llevaban pesadas armaduras al igual que sus caballos, lo que atentaba contra la movilidad de sus fuerzas.

El Príncipe Negro, por el contrario, apostaba todo a la velocidad y movilidad de sus tropas ligeramente armadas y desprovistas de armaduras. El arco largo inglés, si bien no tenía los efectos devastadores de las ballestas francesas, ostentaba una cadencia de fuego cinco o seis veces superior, lo que convertía a sus operadores en fuerzas capaces de entenebrecer el cielo con nubes de flechas que desmoralizaban a los hombres y espantaban a los caballos de las tropas enemigas.


Prolegómenos de la batalla


Alentado por los retrasos que los contratiempos habían provocado a los ingleses en Tours, el rey Juan decidió prescindir de un gran número de sus hombres de menor graduación para enviarlos en persecución de Eduardo.

Juan II consiguió reunir un ejército de entre 12.000 y 20.000 hombres y ordenó enfrentar a Eduardo en Poitiers. El Príncipe de Gales no estaba decidido a entablar una batalla franca, pues se sabía ampliamente superado en número y muy escaso en recursos y suministros, circunstancias estas que lo hacían desear retirarse hacia Bordeaux.

Las tropas inglesas llegaron a la aldea de Nouaville donde había una abadía, y los monjes les pusieron sobre aviso de que si se acantonaban en el bosque vecino sus posiciones serían casi inexpugnables.

Eduardo tomó entonces una decisión tácticamente impecable: colocó a sus tropas con la espalda contra el tupido bosque y una ensenada a su izquierda, de modo de precaverlas contra cualquier tipo de ataque por retaguardia. Algo similar haría más tarde Enrique V en Agincourt. Los carromatos con un gran botín permanecieron a lo largo del viejo camino romano, la ruta principal de Poitiers a Burdeos, asegurando la protección sobre su débil lado derecho.

Su ventaja era evidente, acrecentada por la ya mencionada superioridad del arco inglés. Además, llevaba como principal subordinado militar a Sir John Chandos, un soldado duro y experimentado que comandaría luego las fuerzas anglobretonas (con Juan de Monfort) en la Batalla de Auray, combate decisivo para la Guerra de Sucesión Bretona.

Eduardo y Chandos se apoyaban, a su vez, en sus inteligentes capitanes, los condes de Salisbury y Warwick. Ellos dieron a los hombres la orden de apearse y los organizaron en dos —o quizás en tres— unidades, con los arqueros galeses colocados en formación en V a ambos flancos. El Príncipe Negro mantuvo como reserva una pequeña unidad de caballería, liderada por Jean de Grailly, oculta en los bosques de la retaguardia.

Las fuerzas atacantes fueron divididas en cuatro partes. Al frente estaban alrededor de 300 caballeros de la elite mandados por el general Clermont y acompañados por mercenarios alemanes armados de picas. El objetivo de este grupo era cargar sobre los arqueros ingleses y eliminar la amenaza que planteaban. Estos irían seguidos de tres grupos de infantería (se desmontaría a la caballería, en este caso) comandados por el delfín (más tarde Carlos V de Francia), el Duque de Orleans y el Rey Juan.


La batalla



Apenas comenzada la batalla, los ingleses simularon una huida sobre el lado izquierdo. Esto provocó una carga precipitada de los caballeros franceses contra los arqueros. Sin embargo, los ingleses esperaban esto y rápidamente contraatacaron, lanzando una lluvia de flechas sobre los caballos. Jean Froissart escribe que la armadura de los caballeros franceses era invulnerable a las flechas inglesas, porque las puntas de estas resbalaban en las placas o se rompían con el impacto. Las armaduras de los caballos, sin embargo, eran débiles sobre los lados y atrás. Sabiendo esto, los arqueros ingleses y galeses se movieron hacia los flancos de la caballería enemiga y acribillaron a los animales.

Los resultados fueron devastadores. El delfín Carlos intentó defender a los caballos efectuando un ataque de infantería, enzarzándose en una lucha encarnizada hasta ser obligado a retroceder para reagruparse. La siguiente oleada de infantería bajo el duque de Orleans, viendo que los hombres del delfín no volvían a atacar, volvió la espalda al enemigo y se dio a la fuga.

A la vista de los resultados de los dos ataques de sus subordinados, el rey de Francia decidió tomar el mando él mismo, y ordenó que la retaguardia trajera nuevos caballos para proseguir la lucha. Mientras los arqueros ingleses se quedaban sin flechas y recorrían el campo de batalla buscando más, el Príncipe de Gales también ordenó el reemplazo de sus animales.

El momento definitorio del combate llegó cuando el Príncipe Negro hizo entrar en acción a la reserva móvil que había ocultado en los bosques. Estas tropas fueron capaces de rodear y atacar a los franceses por los flancos y la retaguardia, formando una bolsa. Los franceses, aterrorizados al verse rodeados, intentaron huir, y el rey Juan fue capturado de inmediato con su séquito.


Consecuencias


El resultado fue una derrota decisiva para Francia, no sólo en términos militares, sino también económicos: tras la firma de la Paz de Bretigio en 1360, se exigió a Francia el pago de tres millones de coronas de oro por el rescate de su rey (equivalente al doble del producto bruto interno del país). La suma era imposible de reunir, y supondría más tarde la muerte del preso en la tristemente famosa Torre de Londres (1364).

Eduardo III pasaba asimismo a controlar Calais, Guines, Ponthieu, Aquitania, Lemosin, Périgord, Rourge, Quercy y Poitou, a pesar de que renunciaba oficialmente a la corona francesa. Los Valois habían salvado el reino a costa de unas enormes concesiones al enemigo.

La Segunda Batalla de Poitiers repitió en diversos aspectos la victoria inglesa de Crecy, donde se volvió a demostrar que la táctica y la estrategia pueden lograr la victoria incluso en una severa inferioridad numérica.



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Última edición por Elrohir; 27-Jan-2007 a las 15:57
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