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Antiguo 26-Sep-2005, 08:32   #71
alex-kaiser
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Ernst Barkmann y su Panther

El 26 de julio de 1944, el Panther de Ernst Barkmann, que en los últimos días había cumplido una serie de exitosas misiones incluyendo el rescate de 4 Panthers que se encontraban rodeados por blindados enemigos, sufrió un problema mecánico y fue enviado al taller de campaña. Cuando los mecánicos estaban trabajando en él, el taller fue atacado por cazabombarderos aliados y el Panther fue alcanzado en el compartimiento del motor. En la madrugada del 27, su Panther fue reparado, pero quedó separado del resto de su compañía, por lo que emprendió el camino para reunirse con ellos.

Cuando estaba en camino, cerca del pueblo de Le Lorey, Barkmann fue detenido por infantería alemana en retirada que le informaron de que los americanos estaban acercándose. Entonces decidió enviar a dos de sus hombres para verificar los informes. Pronto volvieron con noticias sobre una columna americana de al menos 15 Shermans y otros vehículos que se acercaba. Barkmann, entonces, movió su tanque carretera adelante hasta un cruce donde posicionó el Panther entre los robles que lo rodeaban, esperando al enemigo.

Cuando la columna americana apareció, Ernst Barkmann abrió fuego, destruyendo a los dos tanques de cabeza y a un camión de combustible. Dos Sherman trataron de rodear los restos ardientes que bloqueaban la carretera y uno de ellos fue inmediatamente destruido, seguido poco después por el otro.

Como respuesta, los americanos se retiraron y llamaron al soporte táctico aéreo. Como resultado, el panther de Barkmann resultó dañado y algunos de los hombres de su tripulación heridos. Tratando de usar el elemento sorpresa, dos Sherman atacaron al magullado Panther pero también fueron eliminados.

Barkmann y su tripulación repararon como pudieron su tanque y aún destruyeron un Sherman más mientras se marchaban. El conductor consiguió llevar el maltrecho Panther hasta la seguridad del cercano pueblo de Neufbourg.

Durante este valeroso episodio, a menudo denominado "El Rincón de Barkmann (Barkmann's Corner)", Ernst Barkmann y su tripulación destruyeron aproximadamente nueve Sherman y otros vehículos.

Barkmann sobrevivió a la guerra y cambió su nombre por el de Ernst Schmuck Barkmann. Actualmente vive en Alemania con su familia.

Registro de victorias:

- 108 tanques destruidos o gravemente dañados
- 136 vehículos de varias clases
- 43 cañones anti-tanque

Medallas obtenida:

- Cruz de Hierro de 2ª clase (14-7-41)
- Cruz de Hierro de 1ª clase (8-8-44)
- Cruz de Caballero (27-8-44)
- Insignia de Combate de Tanques (50)
- Insignia de Asalto de Infantería (Plata)
- Insignia de Herido en Combate (Oro)


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__________________

Última edición por Elrohir; 27-Jan-2007 a las 12:24
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Antiguo 09-Oct-2005, 13:10   #72
Elrohir
 
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Llego con dos dias de retraso al aniversario, debido a una serie de problemas informáticos que he tenido, pero ya la tengo aquí:



La Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571)






«Vuestra Majestad debe mandar se den por todas partes infinitas gracias a nuestro Señor por la victoria tan grande y señalada que ha sido servido conceder en su armada, y porque V.M. la entienda toda como ha pasado, demás de la relación que con esta va, embio también a D.Lope de Figueroa para que como persona que sirvió y se halló en esta galera, de manera que es justo V.M. le mande hacer merced, signifique las particularidades que V.M. holgare entender; a él me remito por no cansar con una misma lectura tantas veces a V.M.»

Encabezamiento de la primera carta de D.Juan de Austria a Felipe II después de la batalla de Lepanto.



Grabado italiano mostrando el Golfo y el puerto de Lepanto


LA PROTAGONISTA: LA GALERA


El diseño de la galera, el navío que armó las flotas otomana y cristiana en Lepanto, se remontaba a la antigüedad. Grandes constructores de galeras fueron los fenicios, los griegos y los romanos. En la Edad Media casi se dejaron de construir pero los venecianos la sacaron del olvido en el siglo XIII para emplearla en su comercio de exquisiteces orientales en sustitución de las naves medievales pesadas y lentas.





La galera se impulsaba a remo y a vela. Era larga y estrecha como una libélula, apenas sobresalía un metro y medio del agua, tenía una sola cubierta y desplazaba unas trescientas toneladas. Era buena para el apacible Mediterráneo, pero cuando hacía mal tiempo no podía navegar, pues un golpe de mar podía partirla en dos, o anegarla o romper los remos. En invierno, las galeras permanecían inactivas, al resguardo de sus astilleros. Al comenzar la primavera se reparaban y aparejaban de nuevo y regresaban al mar, hasta principios del otoño.

No había gran diferencia de diseño entre las galeras mercantes y las de guerra, pues todas debían llevar fuerte escolta para prevenir los ataques de los piratas. A proa y a popa montaban dos plataformas de combate unidas por una estrecha pasarela central por la que discurrían los capataces o cómitres con sus látigos o rebenques vigilando a los remeros que bogaban a uno y otro lado.

Los remos de las galeras eran enormes, de hasta doce metros de longitud y ciento treinta kilos de peso. Estaban hechos de madera de haya. Cada uno de ellos era accionado por cuatro o cinco galeotes. Cuando soplaba viento favorable, la galera levantaba una o dos velas triangulares y los remeros podían descansar.

Las galeras estaban armadas con hasta diez piezas de artillería fijas, dispuestas en batería, cinco a proa y el resto a popa. Estos cañones disparaban paralelamente al eje de la galera. Aparte de esto la galera de guerra embarcaba un número considerable de arcabuceros y hombres de armas cuyo cometido consistía en abordar y conquistar la nave enemiga a la que se inmovilizaba embistiéndola con el largo y poderoso espolón de proa.





Los remeros de las galeras turcas solían ser cautivos apresados por los piratas, o prisioneros de guerra. Los de las cristianas eran delincuentes condenados a trabajos forzados que iban encadenados al banco y pelados al cero (por razones higiénicas y para que fueran fácilmente identificables en caso de fuga). Además de remeros forzados, que recibían el nombre genérico de chusma, los había voluntarios o buenas boyas, que remaban a cambio de un sueldo. Solían ser antiguos galeotes forzados incapaces de reinsertarse en la sociedad, que se reenganchaban después de cumplida su condena.

La dureza del trabajo de los galeotes combinada con las precarias condiciones higiénicas en que vivían explica que casi nunca llegaran a viejos. Pasaban todo el día a la intemperie, vestidos de pringosos harapos, con frío o calor, y «el sudor continuo que desprenden remando —leemos en un testimonio de la época—, y la falta de ropa, producen todo tipo de parásitos; a pesar de todos los intentos que se han hecho por limpiar las galeras, no se ha podido evitar que pululen los piojos y los chinches que, metiéndose en la ropa de los forzados, toman de noche el puesto de los verdugos que los matan a golpes durante el día (...) tienen la palma de la mano tan dura como la madera, a fuerza de remar».

Los galeotes dormían, comían y a menudo hacían sus necesidades en el propio banco. Por este motivo las galeras apestaban y de noche, con viento favorable, podían ser detectadas, por el olfato, a varios kilómetros de distancia. Los oficiales de galeras, aunque rudos hombres de guerra, procuraban mitigar el hedor que se colaba en sus camaretas quemando sustancias olorosas y respirando a través de pañuelos perfumados.

Es que aquellas criaturas no comían gloria. La ración diaria del galeote era bastante monótona: mitad de cuarto de potaje de habas o garbanzos, un kilo de bizcocho (pan horneado dos veces para evitar que se endureciera) y unos dos litros de agua. Los buenos boyas recibían, además, algo de tocino y un litro de vino. Esta dieta se mejoraba y aumentaba en vísperas de la batalla, cuando se les iba a exigir un esfuerzo suplementario. En boga dura había que suministrar al remero por lo menos un litro de agua por hora para evitar que se deshidratara.

El ritmo de la boga era marcado a trompeta o tambor por un cómitre asistido por algunos vigilantes que recorrían la pasarela alta arreando latigazos a los remeros que flojeaban. Como es natural los cautivos odiaban a muerte a sus cómitres y oficiales y, si la ocasión se presentaba, se amotinaban y los asesinaban. Cervantes, que conoció bien la vida de las galeras, cuenta un caso real: «soltaron todos a un tiempo los remos y asieron de su capitán, que estaba sobre el estanterol gritando que bogasen apriesa, y pasándole de banco en banco, de popa a proa, le dieron bocados, que a poco más que pasó del mástil ya había pasado su ánima al infierno».


ANTECEDENTES



Hacia 1550, la amenaza del turco pendía sobre la cerviz de la Cristiandad como la espada de Damocles. En menos de cien años, los otomanos habían conquistado Constantinopla y habían extendido su dominios por los antiguos territorios del imperio romano de Oriente. Y aún les quedaba cuerda: después de ocupar Servia, Bosnia, Siria, Arabia y Egipto continuaban avanzando por Asia y por Europa.





Si Polonia, Austria y Hungría lograban contenerlos a duras penas, la situación en el mar no era menos desesperada. Las escuadras otomanas señoreaban el Mediterráneo. Rodas había caído en sus manos. Chipre y Creta estaban amenazadas y con ellas las rutas comerciales de las prósperas repúblicas italianas. Además el Mediterráneo estaba infestado de piratas turcos o berberiscos con base en Túnez, Trípoli y Marruecos.

Parecía que los turcos estaban llamados a ocupar el lugar de la antigua Roma. De hecho sus temibles jenízaros, los mejores soldados de su tiempo, no tenían nada que envidiar a las antiguas legiones de los Césares. La Cristiandad se sentía amenazada y había desarrollado un evidente complejo de inferioridad. Ya lo dice Cervantes: «Todas las naciones creían que los turcos eran invencibles por la mar.»

Los más afectados por la expansión turca eran los venecianos. Venecia, «la ciudad más triunfante que jamás se haya visto», era una próspera república de comerciantes y banqueros cuyo negocio consistía en importar a Occidente productos caros de Oriente. No estando sujeta como sus clientes a los vaivenes dinásticos propios de las monarquías, funcionaba como una multinacional regida por un consejo de administración que no tenía más objetivo que aumentar los beneficios, y para lograrlo desplegaba una diplomacia eficacísima y, si no quedaba otro recurso, hacía la guerra, como cualquier otro estado. En el siglo XV, los venecianos habían llegado a la cima de su poder, y habían extendido por los archipiélagos del mar Egeo una tupida red de sucursales en forma de prósperas colonias, puertos y puntos de apoyo para sus navíos.

Durante el siglo XV, el negocio había marchado viento en popa pero a mediados del XVI las cosas comenzaban a torcerse. Por una parte la explotación portuguesa de la ruta comercial alternativa con Oriente, circunnavegando Africa, había dado al traste con el próspero monopolio veneciano. Por otra, la expansión turca ponía en peligro sus rutas tradicionales.

El caso es que aquellos turcos llegados de las po1vorientas estepas de Asia eran más jinetes que marinos, pero desde que se instalaron en el Mediterráneo, un siglo atrás, habían aprendido a construir galeras, copiando modelos venecianos, y habían formado marinos capaces de disputar a Venecia las vías comerciales.

En 1570 el sultán turco confiscó los buques venecianos fondeados en sus dominios como represalia por los daños que recibía de los corsarios cristianos. Venecia comprendió que los turcos aspiraban a arrebatarles sus posesiones de Chipre, Creta, Corfú y la costa de Dalmacia y aunque continuó negociando con el turco comenzó a construir a toda prisa cien galeras de guerra y entró en tratos con el Papa y España, sus posibles aliados en la guerra que se avecinaba. Existía un precedente: aquella Liga antiturca formada treinta años atrás por España, el Papa, Génova y Venecia, pero más valía no invocarla. Los turcos los derrotaron y cada socio culpó a los otros por el descalabro. Desde entonces Venecia había ido a lo suyo, insolidariamente, pero ahora, de pronto, le interesaba coaligarse de nuevo. Sola no podía nada contra los turcos. Mientras tanto, los otomanos desembarcaron en Chipre y emprendieron la conquista de la isla.

Así estaban las cosas cuando ascendió al trono de San Pedro el pontífice Pío V, un decidido partidario de frenar las ambiciones turcas. La expoliada Venecia no deseaba otra cosa y España, preocupada por la expansión otomana, estaba igualmente interesada en la empresa. Se firmaron los pactos. Otra vez la Cristiandad se iba a enfrentar al Islam en una batalla memorable
Mientras Francia y Génova, tradicionales rivales dé España y de Venecia respectivamente, andaban en tratos amistosos con los turcos (el enemigo de mi enemigo es mi amigo), los españoles y los venecianos construían sendas flotas de guerra por lo que se veía venir.

1570 fue un año decisivo. Por un lado Felipe II había sofocado la rebelión morisca de las Alpujarras y podía nuevamente ocuparse del Mediterráneo; por otra parte Venecia, viendo peligrar Chipre, dejó de lado sus últimas prevenciones contra una nueva Liga cristiana. Y Pío V, el Papa, no deseaba otra cosa que alejar la amenaza turca de su rebaño. La Liga Santa se firmó el 1571: Venecia, España, el Papa, algunos estados italianos y la Orden de Malta, en cuya isla habían desembarcado los turcos años atrás, se unían para «destruir y arruinar la flota del turco».



Estandarte que sirvió como insignia a la Liga Santa


La alianza militar se entendía por un período de tres años prorrogable. España, Venecia y el Papa se obligaban a reunir cada año una gran escuadra: la mitad la aportaba España y de la otra mitad, un tercio el Papa y dos tercios Venecia.

El generalísimo de la escuadra sería don Juan de Austria, hermano bastardo del rey de España. Don Juan era un mozo de veinticuatro años, guapo, apuesto, ojos azules, y tan atlético que podía nadar con la armadura puesta. Había adquirido cierto prestigio militar en la reciente guerra de las Alpujarras, pero, a pesar de todo, su hermanastro el rey, como prudente que era, puso a su lado expertos marinos que lo asesoraran, entre ellos Luis de Requesens.



Don Juan de Austria, Generalísimo de las Fuerzas de la Liga Santa


LAS FUERZAS



Para su mayor empeño de aquel año, la conquista de Chipre, los turcos habían movilizado más de trescientas naves, de las cuales unas cien eran galeras de guerra al mando del almirante Alí Pachá y de los hábiles marinos Mohamed Bey y Uluch Alí. Este último, por cierto, era un antiguo fraile italiano que había apostatado y se había metido a corsario en Argel.

La situación de la guarnición veneciana sitiada en Chipre era bastante apurada, aislados como estaban y sin posibilidad de recibir refuerzos pues la escuadra turca señoreaba sus aguas e, incluso, devastaba las costas adriáticas. En Venecia cundió el pánico. Más de la mitad de la población evacuó la ciudad. Los ricos ponían tierra por medio y huían tierra adentro con el oro y la vajilla.

Mientras tanto la lenta maquinaria de la Liga se puso por fin en marcha. El plan era simple: reunir las fuerzas, salir con ellas al mar, buscar la escuadra turca, enfrentarse a ella y destruirla.

Galeras y naves menores procedentes de Barcelona, Cartagena, Palma de Mallorca, Venecia, Nápoles, Génova, Malta y Creta fueron concentrándose en el puerto de Mesina. En total eran 208 galeras de guerra (90 españolas, 106 venecianas; 12 pontificias) apoyadas por seis galeazas venecianas y unos ochenta navíos de servicio españoles (entre naos, fragatas y bergantines).

El 23 de agosto llegó don Juan de Austria y después de reunirse con Veniero, el comandante veneciano, revistó la flota. En conjunto las galeras españolas estaban bien equipadas, pero las venecianas, aunque dotadas de excelente artillería, eran naves mediocres, algunas con el casco medio podrido por haber permanecido largo tiempo en los arsenales, otras deficientemente construidas a causa de las prisas cuando se vio que la guerra contra el turco era inevitable. Todas en conjunto andaban cortas de dotación, un elemento que no se improvisa, así como de defensa. Don Juan de Austria las reforzó con cuatro mil soldados propios y asignó quinientos arcabuceros a cada una de las seis galeazas. Cada galera de la flota llevaría cincuenta marineros y ciento cincuenta soldados.

En total los efectivos humanos reunidos por la Liga ascendían a 50.000 marineros (en los que incluimos los galeotes), y 31.000 soldados (20.000 españoles, 8.000 venecianos, 2.000 pontificios y mil voluntarios).

¿Y los turcos? Informados por sus espías de la concentración de Mesina, suspendieron las operaciones en el Adriático y concentraron su flota en el puerto de Lepanto. Las órdenes de Selim II eran enfrentarse al enemigo.
Alí Pachá, previendo un duro enfrentamiento, reclutó cuantos jenízaros pudo en las guarniciones otomanas repartidas por Grecia. Además confiscó provisiones por toda la costa y reforzó sus equipos de remeros con levas forzosas de civiles.

Entre los dos campos iban y venían espías con noticias del enemigo. A Mesina había llegado el nuncio de Su Santidad con un cofre de preciosas reliquias y astillas de la Vera Cruz, una para cada flotilla de la escuadra. A Lepanto había llegado un estandarte o san-yac, de seda verde, adornado con la Media Luna y versículos del Corán, confeccionado en la propia Meca, el lugar más santo del Islam. También era Guerra Santa para los cristianos. Habían prohibido embarcar mujeres y habían decretado tres días de ayuno seguidos de comunión general.

El 16 de setiembre, el gran día de la partida, amaneció con repique general de todas las campanas de Mesina y salvas de despedida desde los castillos del puerto. Con viento favorable las galeras salieron del puerto y desfilaron ante el bergantín del nuncio pontificio para recibir la bendición individual.

En el mar las galeras de distintas nacionalidades se mezclaron de manera que la suerte favorable o adversa quedara repartida armónicamente entre los tres miembros de la Liga. La gigantesca armada, dividida en cuatro cuerpos, tenía forzosamente que navegar a la velocidad de sus naves más lentas. Además, las galeazas, cuando no soplaba viento favorable, que les permitiera usar las velas, habían de ser remolcadas por otras galeras que se iban alternando en este cometido para no agotar a sus remeros.

Don Juan de Austria, aunque no tenía idea del paradero de la escuadra turca, se resistió a dar crédito al testimonio de varios pesqueros griegos que aseguraban haberla visto huir rumbo a África. En realidad los turcos no habían salido de Lepanto como confirmarían, días después, las galeras de reconocimiento de Gil de Andrada. Aquellos pescadores habían sido enviados por el propio Alí Pachá que pretendía agotar a la escuadra cristiana en navegaciones inútiles y ganar tiempo para ultimar sus preparativos.

El 27 de septiembre, después de capear algunos temporales, las galeras cristianas llegaron a Corfú, que encontraron muy destruida de los ataques turcos del mes anterior, con las iglesias incendiadas. Unos prisioneros turcos aseguraron que la escuadra del sultán alcanzaba las ciento sesenta galeras, pero el Consejo de la armada pensó que exageraban.

La escala siguiente fue en Gomeniza (Albania), territorio turco, donde los de la Liga hicieron aguada protegidos por algunas galeras fondeadas cerca de la costa. Allí se demoraron unos días para dar tiempo a que las galeazas y las naos de transporte, que venían retrasadas, se les unieran.

En Gomeniza ocurrió un incidente que puso de manifiesto las rivalidades que latían soterradas en el campo cristiano. Juan de Austria, materialmente imposibilitado para revistar cada una de las unidades de la flota, delegó este cometido en colaboradores suyos. A Andrea Doria, almirante al servicio de España, le cupo visitar la nave capitana de Venecia, pero el comandante veneciano, Veniero, enemistado con él, se lo prohibió taxativamente y le advirtió que lo haría ejecutar si pisaba su nave. Don Juan, conciliador, envió entonces a Colonna, el comandante pontificio.

El incidente siguiente fue más grave. Uno de los capitanes que reforzaban las galeras venecianas, un napolitano al servicio de España llamado Mucio de Cortona, tuvo una trifulca con el comandante de la nave y Veniero mandó prenderlo. Se resistió el napolitano argumentando que Veniero no tenía autoridad sobre él y Veniero, iracundo, lo mandó ahorcar junto con tres de sus hombres que lo apoyaban, sin ni siquiera permitirles que se confesaran previamente y se pusieran a bien con Dios. Don Juan, joven impulsivo, pensó en ahorcar también a Veniero, un acto que podría haber dado al traste con la Liga, pero se contuvo y decidió templar gaitas hasta ver en qué acababa el asunto del turco.

La escuadra prosiguió su marcha y fondeó en Cefalonia. Allí una patrulla encontró a un bergantín que se dirigía a Venecia y supo que Famagusta se había rendido a los turcos dos meses antes. Los turcos habían degollado a los oficiales y condenado a la esclavitud a los soldados. En cuanto al general que dirigió la defensa de la plaza, Marco Antonio Bragadino, le habían dado a escoger entre apostatar o morir. Bragadino se mantuvo fiel a su fe y fue bárbaramente torturado: le cortaron la nariz y las orejas, lo hicieron servir como esportillero y finalmente lo desollaron vivo y colgaron su piel rellena de paja en una yerga del navío insignia del turco.

Una noche, mientras la escuadra permanecía fondeada en Famagusta, el corsario turco Kara Kodja realizó la notable hazaña de infiltrarse, con dos fustas pintadas de negro, entre los navíos de la Liga y tomar nota de los efectivos cristianos. Kara Kodja, mejor soldado que contable, se equivocó en la suma y regresó con noticias fehacientes de que el número de galeras cristianas era bastante menor que el real. Además confundió las galeazas venecianas, fuertemente artilladas, con pacíficas y panzudas naos de transporte y, por si fuera poco, apresé a unos soldados de la armada que habían salido a pescar y los interrogó con tal habilidad que lo reafirmaron en su errónea creencia de que el número de tropas cristianas era aproximadamente la mitad del real.

A bordo de la galera Real se celebró un consejo de guerra. Andrea Doria y Requesens eran partidarios de rehuir el combate; don Juan de Austria, Alvaro de Bazán y Alejandro Farnesio preferían salir al encuentro de los turcos. Finalmente don Juan de Austria zanjé la discusión diciendo: «Señores, no es hora de deliberar sino de combatir.»

El plan de Álvaro de Bazán consistía en desplegar la escuadra a la entrada del golfo de Patrás y esperar allí al enemigo. Si no aparecía en dos horas, la escuadra haría una descarga general de artillería y arcabucería en señal de desafío e izaría banderas de combate. Si a pesar de ello no recibían respuesta del enemigo se retirarían.

También los generales turcos habían celebrado su consejo de guerra. Las últimas noticias sobre los efectivos reales de la escuadra cristiana, tan distintos a los que supuso Kara Kodja, habían desalentado a algunos. Por otra parte, la situación de las fuerzas distaba mucho de ser satisfactoria: la escuadra cristiana les cortaba el acceso a mar abierto y limitaba su capacidad de maniobra a su centro y ala derecha.

Pertau Pachá, general de las tropas, y Aluch Alí, lugarteniente general, recomendaban rehuir el combate y permanecer en Lepanto bajo la protección de los castillos pero Alí Pachá se negó. El sultán había rechazado días atrás aquel plan con cajas destempladas. Ensoberbecido por la racha de victorias de su armada, el gran turco estaba convencido de que ningún poder cristiano era capaz de vencerlo.

Al amanecer del día siguiente, 7 de octubre, domingo, salió la escuadra. Los vigías turcos apostados a lo largo de la costa dieron inmediatamente la alarma a la flotilla de observación del intrépido Kara Kodja, el cual partió a toda vela hacia Lepanto para llevar la noticia a Alí Pachá. El almirante dio orden de levar anclas. Los turcos salían al encuentro de los cristianos.

A las siete de la mañana, cuando la escuadra de la Liga estaba doblando la punta Escrofa, el horizonte se llenó de velas. Cundió la alarma: ¡el Turco! Los expertos que rodeaban a don Juan torcieron el gesto. El enemigo tenía el viento a su favor. Esto suponía que podían navegar a vela, que sus remeros podrían descansar y llegarían más frescos a la batalla. No obstante el enemigo se encontraba todavía a más de quince millas de distancia y daba tiempo a completar el despliegue antes de trabar contacto con él.

Era la escuadra turca mayor que la cristiana, 275 naves frente a las 209 de la Liga, pero en términos reales la diferencia quedaba compensada por la superioridad artillera de los cristianos: 1.215 cañones frente a sólo 750 de los turcos (las galeazas, verdaderos castillos flotantes, iban muy artilladas).
Los efectivos humanos eran equivalentes: unos 34.000 soldados turcos frente a los 31.000 de la Liga, y 13.000 marineros y 45.000 remeros turcos frente a 12.000 y 43.000 de la Liga. De los veinte mil soldados aportados por el rey de España, solamente 8.160 eran españoles de nacimiento. Los restantes eran alemanes e italianos a sueldo de España.

La calidad de la tropa venía a estar igualmente equilibrada pues tanto unos como otros embarcaban a la mejor infantería del mundo: los cristianos a los tercios españoles; los turcos a sus temibles jenízaros. De todos ellos cabía esperar que llegado el cuerpo a cuerpo se batieran como leones. Si nos atenemos al armamento individual, pudiera parecer que los turcos llevaban algo de ventaja pues, aunque contaban con 2.500 jenízaros armados de arcabuces, fiaban su potencia ofensiva en sus arqueros que eran capaces de lanzar más de veinticinco flechas (muchas de ellas envenenadas) en el tiempo que un arcabucero cristiano invertía en volver a cargar su arma después de cada disparo. Pero en términos reales esa desproporción entre la potencia de disparo de unos y otros no resultaba tan abrumadora. Las flechas sólo eran efectivas a distancias cortas mientras que un disparo de arcabuz acertaba de lejos y, dado el hacinamiento en que se combatía, podía herir a varios individuos. Por otra parte, las galeras cristianas iban provistas de empavesadas (según el Diccionario de Autoridades: «reparo y defensa hecho con redes espesas y también con lienzos») donde el personal podía guarecerse de la lluvia de flechas, mientras que las galeras turcas no llevaban parapeto alguno que protegiera de las balas.


EL COMBATE





La batalla de Lepanto se celebró a la salida del golfo de Patrás, no lejos de la punta Escrofa (Scropha), que los turcos luego llamarían cabo Ensangrentado. Los italianos denominaban Lepanto a los golfos de Patrás y Corinto y al puerto actualmente llamado Naupacta, situado en el estrecho que existe entre los golfos citados.

La escuadra cristiana desplegada en formación de combate ocupaba un frente de más de seis kilómetros de largo, dividido en cuatro cuerpos. En el centro la galera Real de don Juan de Austria flanqueada a su diestra y siniestra por las dos capitanas pontificia y veneciana mandadas respectivamente por Marco Antonio Colonna y Sebastián Veniero. Desplegadas a sus lados bogaban las otras 61 galeras del cuerpo central, señaladas con gallardetes azules. El cuerpo de la izquierda, al mando de Agustín Barbarigo, estaba integrado por 53 galeras que lucían gallardetes amarillos. Barbarigo procuraba ceñirse a la costa para cortar el paso del ala derecha turca cuando intentara envolverlo para atacarlo por la retaguardia. En el ala derecha, al mando de Andrea Doria, iban 54 galeras con gallardetes verdes. Había además una escuadra de reserva, de 30 galeras con gallardetes blancos, al mando de Alvaro de Bazán. Las seis galeazas venecianas navegaban adelantadas, dos delante de cada cuerpo.

La formación turca era bastante parecida a la aliada. Al principio adoptaron una forma de media luna, con los extremos adelantados, prestos para envolver la línea enemiga, pero luego rectificaron y se atuvieron a la línea recta. En el centro turco navegaba la potente Sultana, la capitana de Ah Pachá, con 87 galeras. El ala izquierda, que se enfrentaría a Andrea Doria, alineaba 61 galeras y 32 galeotas y estaba mandada por Uluch Ahí, el renegado. En el ala derecha turca, mandada por Chuluk Bey (llamado Mohamed Sirocco por los cristianos), navegaban 55 galeras y una galeota. Éstos se enfrentarían a la escuadra de Barbarigo. Si la escuadra de combate turca era más fuerte que la cristiana, la de reserva, mandada por Amarat Dragut, era en cambio más débil, pues aunque estaba compuesta de 31 unidades, sólo ocho de ellas eran galeras.

En medio de la clara mañana resonó el protocolario cañonazo de desafío de la Sultana, al que inmediatamente respondió otro de la Real. Los navíos izaron bandera de combate, los turcos el verde sanyac de La Meca; los cristianos el estandarte azul adamascado de la Liga decorado con la Virgen de Guadalupe, Cristo crucificado y las armas respectivas de España, el Papa y Venecia.
Tomadas las últimas disposiciones, Don Juan de Austria transbordó a una fragata ligera y pasó revista a sus galeras. A los españoles les decía: «Hijos, a morir hemos venido. A vencer si el cielo así lo dispone.» Y a los venecianos: «Hoy es el día de la venganza. En las manos tenéis el remedio de vuestros males.» Por doquier se agolpaban a verlo y lo vitoreaban. Cuando llegó a la galera de Veniero, el general veneciano, tan primario y emotivo en la contrición como en la ira, le rogó, llorando, que olvidara sus yerros e hizo promesa de esforzarse más que nadie en el combate que se avecinaba. Don Juan le respondió con palabras de aliento y reconciliación.

Las escuadras invirtieron toda la mañana en desplegarse y aproximarse. Mientras tanto cada cual se ocupaba en sus asuntos. Los frailes y sacerdotes (franciscanos, agustinos y jesuitas) daban la absolución a los combatientes, a los marineros y a la chusma; los artilleros y los soldados preparaban y revisaban sus armas; los cirujanos, sus herramientas y remedios.

Los más ocupados eran, seguramente, los carpinteros. En cada galera el carpintero se afanaba en cortar el espolón del navío. Esta sabia disposición fue un gran acierto pues, en un combate tan abigarrado como el que se avecinaba, este aditamento iba a constituir más un estorbo que una ventaja y, por otra parte, al suprimir el espolón, el espacio delantero o tamboreta quedaba perfectamente despejado para que la batería ganara en capacidad de fuego. Don Juan de Austria, dando muestras de gran prudencia, había ordenado días atrás que los espolones se aserraran sólo parcialmente, para que las galeras los conservaran hasta el último momento, evitando así que los turcos copiaran la idea.

Hacia las once de la mañana, el viento cambió de pronto y comenzó a soplar de poniente. Los turcos arriaron las velas y tuvieron que impulsar sus naves a remo, mientras que los cristianos izaban las velas y dejaban descansar a sus remeros. La mudanza fue interpretada de modo distinto en cada bando: en uno pensaron que era señal del cielo de que Dios velaba por los intereses de los suyos; en el otro, que Alá los castigaba por sus pecados.





Ya las flotas se habían aproximado tanto que podían contarse las naves. En estos momentos el astuto Uluch Alí separó las suyas del cuerpo principal turco, la clásica maniobra conducente a rodear la escuadra enemiga para atacarla por la retaguardia. Andrea Doria, al advertirlo, contramaniobró separando a su vez sus naves del cuerpo principal para cortar el paso a las de su oponente, pero al hacerlo tuvo que alargar el espacio que ocupaba abriendo una peligrosa brecha entre su ala y el cuerpo central.

Mientras tanto las enormes galeazas venecianas se habían adelantado, a remolque de algunas galeras, hasta situarse a un kilómetro delante de la línea cristiana y esperaban a que los turcos se les pusieran a tiro.

Se acercaba la hora del mediodía cuando las armadas llegaron tan cerca la una de la otra que ya podían distinguirse los soldados en sus puestos de combate tras las bordas, el flamear de los petos y el fragor de los remos al hendir rítmicamente el mar. El aire se había echado dejando un Mediterráneo calmo como mancha de aceite. Los turcos comenzaron a proferir sus gritos de guerra y a golpear las armas sobre los escudos. A lo cual respondían los cristianos sonando tambores y trompetas. Desde antiguo esto de hacer ruido en los preliminares del combate es reputado procedimiento de guerra psicológica que ahuyenta el miedo propio y amedrenta al adversario. Don Juan de Austria había hecho advertir previamente a las tripulaciones que no se dejaran asustar con la grita y gestualidad del turco.





Cuando la armada turca se les puso a tiro, las galeazas adelantadas comenzaron a saludarla con el fuego graneado de sus 264 piezas. Los turcos, a pesar de los estragos que hacían en ellos, continuaron la boga impertérritos y rebasaron la línea de las galeazas rehuyendo atacarlas para ir directamente contra la escuadra cristiana.

¿Por qué no atacaron los turcos a las galeazas? Por múltiples motivos. En primer lugar, los cañones de la galera eran fijos e iban montados en su proa. Se apuntaba con la galera misma, desviándola de su curso. Cualquier maniobra contra las galeazas habría alterado la línea turca cuando el choque con la cristiana era inminente. Por otra parte intentar asaltar las galeazas hubiera sido suicida: estaban bien defendidas de artillería y arcabuceros y tenían las bordas tan altas que eran, desde la bajísima perspectiva de una galera, como castillos inaccesibles anclados en medio del mar. Las galeazas quedaron, pues, a retaguardia de los turcos y siguieron haciendo fuego contra ellos mientras los tuvieron a tiro. Luego hubieron de contentarse con asistir de lejos a la batalla. Su intervención había sido breve pero efectiva, puesto que, además de hundir dos galeras, desordenaron la línea otomana, le causaron daños en algunas embarcaciones y más daños aún en su moral de combate. Además, el turco supersticioso no dejaría de tomar por augurio funesto que uno de los cañonazos de la galeaza de Duodo acertara plenamente en el fanal de la capitana turca.

El fanal, o gran farol que las galeras llevaban en popa, era el adorno principal de aquellas embarcaciones y el símbolo denotador de su rango cuando navegaban en escuadra. La nave capitana era la única que montaba fanal y, si la escuadra era confederada, como la de la Liga Santa, y había por lo tanto varias capitanas, la de mayor rango montaba tres fanales y las otras sólo uno. Por cierto, Andrea Doria hizo desmontar y guardar en la bodega el de su galera antes de entrar en combate. Era regalo de su esposa, una obra de arte de mucho precio en forma de globo terráqueo, y no quería que se lo estropearan. Esta decisión, y algunas otras que tomó durante la batalla, le fueron luego muy criticadas por los que lo acusaron de pusilánime o de traidor.

Las escuadras cristiana y otomana se encontraron por fin frente a frente. La turca se adelantó a disparar sus piezas un tanto precipitadamente, cuando el enemigo estaba todavía demasiado lejos. Los proyectiles pasaron por encima de las naves sin hacer blanco. Por el contrario, los cristianos se abstuvieron de disparar hasta que tuvieron a los turcos muy cerca y entonces descargaron su andanada con terrible efectividad.

Las galeras, lanzadas a toda velocidad, se embistieron con un chasquido de maderos astillados y remos quebrados. Las turcas clavaron sus espolones en las cristianas y éstas lo que quedaba de los suyos en las turcas. Así trabadas, la artillería de unas y otras hacía nuevas descargas, a quemarropa. Al propio tiempo la infantería disparaba sus armas y se aprestaba para el abordaje. En cierto modo, después de descargar las piezas y de maniobrar hasta chocar con el enemigo, la batalla naval se transformaba en una batalla terrestre, fiada al vigor de la infantería y a la fuerza de los tiradores de uno y otro bando.

La costumbre en las batallas navales era que las naves capitanas se enfrentaran en singular duelo pues, por lo general, el vencimiento de una u otra determinaba la suerte de la batalla. Por consiguiente los almirantes procuraban embarcar en sus naves insignia más y mejores tropas que en las galeras comunes. En Lepanto, la Sultana de Alí Pachá estuvo apoyada por otras siete galeras que estratégicamente situadas a su popa le enviaban continuamente tropas de refresco. La Real de don Juan de Austria por su parte también estaba apoyada por otras dos. Además, llevaba a bordo hasta cuatrocientos veteranos, entre arcabuceros e hidalgos voluntarios, a los que se había dejado espacio de maniobra levantando los bancos de los remeros.
La Sultana y la Real se embistieron denodadamente. El espolón de la otomana penetró hasta el cuarto banco de la galera cristiana. De este modo trincadas constituían una única plataforma de nueve metros de anchura por unos ciento diez de longitud, como dos piezas trabadas en su parte central por una bisagra. La suerte del combate dependía de que una de ellas conquistase la otra y alzase en ella su estandarte.



Combate entre La Real y La Sultana


La infantería española, después de descargar los arcabuces sobre los jenízaros turcos, se lanzó al asalto de la Sultana con lanzas y espadas. Dos veces estuvieron a punto de ganarla y por dos veces hubieron de ceder terreno ante los enérgicos contraataques de los jenízaros reforzados con las tropas que sin cesar recibían por la popa. Hubo un momento, incluso, en que pareció que los jenízaros estaban a punto de inclinar la balanza a su favor pues se lanzaron al contraataque intentando invadir la Real. La matanza fue terrible: en torno a las galeras «la mar, estaba roja de sangre, y no había otra cosa que turbantes, remos, flechas y otros muchos despojos de guerra. Y sobre todo, muchos cuerpos humanos, tanto cristianos como turcos, unos muertos, otros heridos, otros hechos pedazos»,. Después de la batalla se descubrió que uno de los soldados cristianos que más se había distinguido en los combates entre la Real y la Sultana era en realidad una mujer disfrazada de varón.

Por el resto de la escuadra se sucedían los duelos mortales entre galeras cristianas y turcas. Nubes de flechas caían sobre los cristianos y por doquier silbaban las balas de los arcabuces. En algunas galeras turcas, la provisión de flechas se agotó, lo que en medio de tanta muerte, aún dio lugar a una situación cómica (la comicidad y el heroísmo son siempre vecinos). Unos arqueros que se habían quedado sin munición dieron en arrojar naranjas y limones a los cristianos de la galera vecina «y ellos se las devolvían para burlarse».

Mientras este duelo ocurría, Mohamed Sirocco intentaba rebasar la línea cristiana por su flanco izquierdo para atacarla por retaguardia y que Barbarigo, adivinando sus intenciones, había acercado sus galeras a la costa para cerrarle el paso. A pesar de ello, algunas galeras turcas ligeras tripuladas por hábiles pilotos familiarizados con aquella costa lograron pasar casi rozando quillas por los bancales y escolleras, y consiguieron envolver a Barbarigo. El combate que siguió fue muy enconado y sangriento. A poco de entablado, Barbarigo recibió un flechazo en el ojo (del que fallecería horas después) y hubo de ceder el mando a su sobrino Contarini (que también fallecería a causa de las heridas). La situación llegó a ser desesperada para los cristianos, pero por fortuna, cuando parecía que las galeras venecianas iban a caer en poder del turco, acudió en su ayuda el cuerpo de reserva cristiana mandado por Alvaro de Bazán, cuya oportuna intervención cambió las tornas, arrinconó a los turcos y decidió el combate. Mohamed Sirocco pereció defendiendo su nave. Después de la refriega lo encontraron agonizando entre los restos del naufragio y lo remataron para ahorrarle sufrimientos. Sus subordinados, menos valerosos o más realistas, embarrancaron las otras galeras en la costa y se pusieron a salvo.

Cuando el combate en el ala izquierda se hubo resuelto, Alvaro de Bazán reagrupó sus naves y acudió en auxilio del centro donde la lucha en torno a las galeras insignias Real y Sultana se encontraba en su punto álgido. La situación de los cristianos era apurada pues el enemigo recibía refuerzos de al menos seis de sus galeras mientras que la Real sólo los recibía de dos. En el plan original se había previsto que la Real sería auxiliada por las dos capitanas que la flanqueaban, pero éstas habían quedado a su vez trabadas en combate con otras. No obstante, Colonna procuraba echar una mano a la nave almiranta ordenando a sus arcabuceros que dispararan sobre los asaltantes turcos. Además, en cuanto le fue posible, maniobró para embestir a la Sultana lateralmente. Casi al mismo tiempo el providencial Álvaro de Bazán la atacaba por la otra banda. La melée se completó con la adición de la galera de Partau Pachá que embistió a la de Colonna y otras dos que cortaron el paso a la de Veniero cuando se precipitaba contra la capitana turca. Reforzados con los nuevos socorros, los soldados de la Real se lanzaron al tercer asalto y esta vez lograron conquistar la Sultana. Andrés Becerra, capitán de los tercios, natural de Marbella, arrebató al portaestandarte turco la bandera de Alí Pachá, aquella sagrada insignia enviada desde La Meca. Alí Pachá pereció combatiendo valientemente. Se dice, aunque no está confirmado, que el almirante turco fue abatido por varios arcabuzazos y que un remero cristiano de los que don Juan de Austria había liberado, decapitó el cadáver con un hacha y presentó la cabeza a don Juan clavada en una pica, pero el almirante cristiano le ordenó, disgustado, que la arrojase al agua.

La noticia de la conquista de la Sultana y la muerte del almirante turco corrió de una nave a otra como la pólvora. A los gritos de victoria, los cristianos, que en casi toda la línea prevalecían sobre sus adversarios, redoblaron el ímpetu de la lucha. La noticia produjo en los turcos el efecto contrario, algunos capitanes dieron por perdida la batalla y procuraron huir hacia Lepanto, pensando en salvar lo salvable. Partau Pachá, comprendiendo que su esfuerzo era inútil, se separó de la galera de Colonna y viró hacia mar abierto, pero el animoso Juan de Cardona le cortó la huida. El almirante turco, con la espalda hecha una llaga por el impacto de una piñata incendiaria, transbordó a una fragata y huyó a Lepanto. Otros se fueron rindiendo, entre ellos Mustafá Esdrí cuya nave no era sino la antigua galera capitana de la escuadra pontificia que los turcos habían capturado diez años atrás. Fue quizá la mejor presa que hicieron los cristianos, puesto que en su bodega viajaban los cofres de la tesorería otomana.


Habían transcurrido casi dos horas desde el comienzo del combate y los turcos habían sido batidos en el centro y en la izquierda, pero en la derecha todavía conservaban su ventaja inicial. En este sector, mar abierto, el astuto renegado Uluch Alí había logrado su propósito de envolver el ala cristiana mandada por Andrea Doria.

El almirante Doria había procurado estorbar la maniobra abriéndose a su vez, pero sólo había conseguido separarse excesivamente del cuerpo de la batalla. En manifiesta inferioridad de condiciones, dada la abrumadora superioridad turca (93 galeras contra unas 20), no pudo impedir que algunas naves otomanas lo rebasaran por la retaguardia. Diez galeras venecianas, dos del Papa, una de Saboya y otra de los Caballeros de Malta sucumbieron y fueron capturadas por los turcos, que pasaron a cuchillo a todos sus hombres. Así estaban las cosas cuando Alvaro de Bazán, después de haber actuado brillantemente en el socorro del ala izquierda y luego en el del centro, apareció con sus naves en defensa del ala derecha. A buenas horas, mangas verdes, pensarían los difuntos que sangraban sobre las cubiertas de las galeras conquistadas.

Uluch Ah que tan brillantemente había rodeado a las naves de Doria se vio ahora cogido en su propia trampa, con las de Álvaro de Bazán por un lado y las ocho galeras de Juan de Cardona por otro. Además, a lo lejos acudían las de don Juan de Austria que ya habían vencido en el centro. Prudentemente, el renegado optó por huir abandonando las ocho galeras capturadas que llevaba a remolque. Cortó las amarras y puso pies en polvorosa perseguido por Bazán que, al final, hubo de desistir porque sus remeros estaban agotados. En cualquier caso Uluch Ahí tampoco escapaba indemne: había entrado en combate con 93 naves y sólo pudo salvar dieciséis. Y un trofeo: el estandarte de los caballeros de Malta, que había conquistado en la galera de la Orden.

Eran las cuatro de la tarde cuando dejó de tronar la pólvora y renació la calma. La batalla había durado poco más de cuatro horas. Sobre el escenario sólo quedaban la victoriosa escuadra de la Liga y las 130 galeras turcas capturadas. Otras 94 se habían ido a pique y 33 galeras y galeotas habían huido. Casi todas se refugiaron en el puerto de Lepanto y allí fueron incendiadas por el propio Uluch Alí para evitar que cayeran en manos cristianas. Los cristianos, por su parte, habían perdido quince galeras y otras veinte o treinta (la Real entre ellas) habían sufrido tales desperfectos que no compensaba repararlas y fueron desguazadas en sus puertos.


RESULTADO DEL COMBATE



En el horizonte aparecieron negros nubarrones. El cielo amenazaba tormenta y muchas galeras estaban maltratadas y en peligro. Prudentemente, don Juan de Austria dio orden de acogerse a fondeadero seguro y la escuadra, llevando sus presas a remolque, fondeó aquella misma noche en Petala.

En los días siguientes se redactaron los informes que circularían por todas las cortes de Europa. Las pérdidas humanas sufridas por los turcos ascendían a 30.000 bajas, entre muertos y heridos, a los que cabría sumar 5.000 prisioneros. Unos 12.000 galeotes cristianos habían recuperado la libertad.
La Liga había perdido solamente doce galeras (cuatro de Doria y ocho de Venecia) y tuvo 10.000 muertos (unos 7.600 en la batalla y el resto como consecuencia de las heridas, muchos de ellos por flecha envenenada) y 21.000 heridos.

El 24 de octubre, en Corfú, se repartió el botín: 117 galeras, 13 galeotas, 117 cañones gruesos, 260 piezas menores y 3.486 esclavos.

Don Juan de Austria dispuso que las galeras más rápidas partieran inmediatamente a llevar la noticia de la victoria a los Estados miembros de la Liga. Las nuevas llegaron a Felipe II veinticuatro días después de la batalla. El rey estaba asistiendo al rezo de las vísperas en la basílica de El Escorial, cuando un mensajero compareció excitadísimo en su presencia. El rey le dijo: «Sosegaos. Vamos al coro y allí hablaremos mejor.» Luego, cuando supo la noticia, el monarca completó sus rezos y encargó una misa por el alma de los que habían muerto en Lepanto.

La escuadra regresó a Mesina en cuyo puerto penetró entre salvas y cantos alborozados, arrastrando por el agua los trofeos y banderas conquistados al enemigo según era costumbre. La galera Real de don Juan estaba tan maltrecha que no volvió a hacerse a la mar. Allí acabó su breve y brillante carrera: sólo un viaje, sólo una batalla. En el interesante Museo Naval instalado en las antiguas atarazanas de Barcelona, donde se construyó la galera original, se puede hoy admirar una excelente reproducción de la Real a tamaño natural realizada a partir de las detalladísimas descripciones de la época.

Todo terminó bien. La noticia de la derrota del turco produjo una inmensa alegría en la Cristiandad. Calurosas felicitaciones llovieron sobre Felipe II y el Papa. Incluso Isabel de Inglaterra felicitó al rey de España. La batalla de Lepanto fue, durante mucho tiempo, objeto de inspiración para pintores (Tiziano, Tintoretto y el Veronés entre otros) y para poetas. La Liga en cambio duró poco. Se disolvió a la muerte del papa Pío V, en 1572. Y Venecia perdió Chipre finalmente.

Los turcos no tardaron en recuperarse. Se dice que el sultán comentó al conocer la derrota: «Me han rapado las barbas: volverán a crecer con más fuerza.» Pero en adelante los turcos se mostraron menos agresivos y diez años más tarde se volvieron contra Persia y perdieron interés en el Mediterráneo.

Felipe II, por su parte, hizo lo propio al interesarse más por Inglaterra. Fue como un acuerdo tácito: los turcos dominaban el Mediterráneo oriental y cedían a sus rivales la hegemonía en el occidental.

La batalla de Lepanto cerró el capítulo del Mediterráneo en la Historia Universal ya que a partir de entonces los asuntos del mundo se resolverían en el Atlántico. Cuando esto se produjo, España se encontraba en ambos mares a la vez. Semejante victoria pesó demasiado en la tradición naval de España pues las galeras alcanzaron una celebridad que no habría de servir en las batallas que se avecinaban contra ingleses y holandeses.

Más que a una acertada disposición táctica o una inteligente maniobra, las naves de La Liga vencieron gracias al poder de fuego, primero de la artillería embarcada y después de las armas individuales de la infantería. De hecho, durante la batalla los turcos hicieron un pobre empleo de sus cañones embarcados en menor cantidad que en las naves de La Liga a pesar de ser éstas inferiores en número. Por otra parte, la superioridad numérica de los turcos produjo un hacinamiento tal en sus naves que cualquier disparo, fuera de cañón o de arcabuz producía varias bajas simultáneas. A partir de entonces todas las naves españolas fueron concebidas como castillos flotantes en los que la infantería había de cumplir el papel principal. Los Tercios de Nápoles y Sicilia, conocidos como los Tercios Viejos, embarcados para esta ocasión pasaron a serlo de forma habitual, dando origen a lo que con el tiempo se convertiría en la Infantería de Marina de la Armada española.
El abordaje de la nave enemiga pasó a ser la táctica favorita de los capitanes españoles en detrimento del combate de artillería. Holandeses e ingleses, sabedores de su inferioridad en el combate cuerpo a cuerpo contra los españoles, prefirieron disparar contra el casco y las baterías de los buques evitando el abordaje y para ello diseñaron buques maniobreros con arboladura y velamen que les permitieran alcanzar la posición óptima para abrir fuego. Por el contrario, los grandes navíos españoles disparaban contra la arboladura con el fin de inmovilizar al enemigo y pasar luego a su abordaje que era donde la gente de guerra podía alcanzar mayor gloria y honor, defendiendo un prestigio que podían arrebatarle los artilleros con su capacidad de infligir daño a gran distancia.

Aún después del fracaso de La Empresa de Inglaterra en la que quedaron de manifiesto las anteriores observaciones, incluso los capitanes españoles de buques de alto bordo siguieron maniobrando en combate con el fin de lograr el abordaje, añadiendo a esto que el prestigio de las galeras parecía no romperse nunca entre los españoles. El 10 de Julio de 1684 el navío francés Le Bon fue sorprendido por 35 galeras españolas e italianas. Después de cinco horas de combate, las galeras tuvieron que retirarse con graves pérdidas. En 1748 Fernando VI tuvo que ordenar por decreto la supresión del cuerpo de galeras pero aún así, en 1787 comenzaron a construirse en Mahón tres galeras para luchar contra la piratería africana. Como se ve, las galeras parecían gozar de eterna presencia en la Armada española, hasta que por último, en 1803, dos años antes de Trafalgar, la batalla en la que el navío de vela alcanzaba su cima de prestigio, se dispuso que los jueces suprimieran la condena a galeras, lo que equivalía a la desaparición efectiva de la galera.


D. MIGUEL DE CERVANTES, EL MANCO DE LEPANTO



Miguel de Cervantes, el inmortal autor del Quijote, combatió en Lepanto a bordo de la galera Marquesa con la escuadra de refresco de don Álvaro de Bazán que tan brillantemente colaboró en el triunfo de las armas cristianas. El día de la batalla, Cervantes yacía en la enfermería, aquejado de malaria y mareado, pero, con todo, sobreponiéndose a sus males, abandonó el lecho y tomando sus armas se presentó ante su capitán. Este, al comprobar su estado enfebrecido, le ordenó que regresara bajo cubierta pero Cervantes replicó «que más quería morir peleando por Dios é por su rey que no meterse so cubierta. E así (...) peleó como valiente soldado, con los dichos turcos en la dicha batalla en el lugar del esquife». El esquife era el punto más peligroso del navío, a popa, por donde los abordajes eran más peligrosos. La Marquesa combatió en el ala izquierda cristiana y sufrió cuarenta muertos, entre ellos el capitán, y más de ciento veinte heridos, entre ellos Cervantes, que recibió dos tiros de arcabuz en el pecho y otro en la mano izquierda. Por suerte para nosotros, ninguno de ellos fue mortal, pero el de la mano izquierda se la dejó inútil y encogida, «herida que puede parecer fea pero él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros».

Después de Lepanto, el soldado Cervantes sería ascendido a «soldado aventajado» o de primera, y su sueldo aumentado a tres ducados mensuales.



Y aquí acaba mi aportación al IV Centenario de D. Quijote. Me despido una frase de su autor.

«Y aquel día, que fue para la Cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban creyendo que los turcos eran invencibles por la mar, en aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada.»




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Fortesque
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La toma de Pensacola, 1781.


Su Majestad el Rey de España Carlos III entró en guerra contra Jorge III de Inglaterra el 16 de junio de 1779, dispuesto a ayudar económica y militarmente a los independentistas norteamericanos de las trece colonias, y sobre todo, con ganas de recobrar los territorios perdidos frente a los los británicos en la anterior guerra. Antes de la declaración de guerra España ya ayudaba a los norteamericanos secretamente. En 1777 Benjamín Franklin, el representante americano en Francia, pidió la ayuda secreta de España a las colonias, de la que obtuvo 215 cañones de bronce; 4.000 tiendas; 13.000 granadas; 30.000 mosquetes, bayonetas, y uniformes; más de 50.000 balas de mosquete y 300.000 libras de pólvora. Franklin agradeció por carta al Conde de Aranda toda esta ayuda, de la que posteriormente recibió 12.000 mosquetes más enviados a Boston desde España. Además España dio casi dos millones de libras a los insurrectos.

Con la firma de la "Paz de París" en 1763 se firmó el final de la guerra de Gran Bretaña contra Francia y España. Francia cedió el Canadá, Cabo Breton y Senegambia (en África ), además de posiciones en la India (dando inicio al proceso de afirmación británica en esas tierras).

España recuperaba La Habana y Manila perdidas un año antes, a costa de devolver la Colonia de Sacramento y entregar La Florida a Gran Bretaña; en compensación, Francia cedió La Luisiana a España. Un tratado en el que España salió mal parada.


Mapa actual de Florida. En circulo rojo donde se encuentra Pensacola.

A partir de 1763 se abrió un período constructivo en que el Gobierno dedicó especial atención al fomento de la Armada y del comercio marítimo, plasmado en la apertura de los puertos de la Península al tráfico con América y Filipinas (1765). La paz sólo se vio perturbada como consecuencia de la ocupación británica del archipiélago de las Malvinas en 1765, que obligó a desalojarlos en 1770 por una escuadra al mando de Madariaga.

El Gobernador español de Luisiana, Bernardo de Gálvez (Nacido en 1746 en Macharaviaya, Málaga) recibió la noticia de la entrada en guerra con grandes ansias. No es para menos, Gálvez había estado apoyando secretamente la causa americana a través de su agente en Nueva Orleans Oliver Pollock. De hecho, Gálvez había estado preparaciones militares meses antes de la declaración oficial de guerra. Había estado manteniendo un servicio eficaz de espionaje en territorio británico desde 1777, y sus espías le dijeron que el resto de la Florida estaba listo para ser invadido.


Retrato de Bernardo de Gálvez. (1746-1786)

Gálvez comenzó con una fuerza de 667 hombres, que incluían a 170 soldados veteranos; 330 reclutas recién llegados de México y las Islas Canarias, y un surtido de cubanos, dominicanos, Puertorriqueños, milicianos, Negros libres y Mulatos, y 7 voluntarios americanos, incluído Oliver Pollock Parte de la tropa viajó con una flotilla al mando de Juan Alvarez, mientras el resto viajaba por tierra firme. Por el camino se alistaron 600 hombres más, sobre todo mercenarios alemanes y gente de la costa, además de indios, lo que sumaba una fuerza total de 1.427 hombres. Asi pues el 27 de agosto empezaron las hostilidades capturando una fortaleza británica en Mauchak, Luisiana, tomando 20 prisioneros, seguido por otra en Baton Rouge el 20 de septiembre, defendido por el Coronel Dickson, con 375 soldados veteranos y 500 paisanos y negros armados.

El día 22 "salió la guarnición con los honores militares hasta la distancia de 500 pasos, donde 375 hombres de tropa veterana rindieron las armas y entregaron las banderas, quedando prisioneros de guerra".

También se conquistaron otros 3 puestos avanzados, con los puertos de Tompson y Smith. Además de la entrega del fuerte Panmure de Natchez defendido por el capitán Foster, con 80 granaderos, se entregó sin resistencia, junto a su bandera.
Así que en la primera semana de octubre de 1779, el coronel Gálvez y su pequeño ejército habían capturado 550 británicos y mercenarios alemanes, 500 colonos armados y negros, y tres fortalezas, capturando incluso un corsario inglés, el bergantín "West Florida", que había dominado el rio durante dos años. Habían agregado 1.290 millas de la mejor tierra a lo largo del Mississippi al dominio español, y todo con un costo ridículo de un español muerto y dos heridos. Gálvez fue ascendido a General de Brigada.

El 28 de enero de 1780, pudo navegar hacia Mobile (en el actual estado de Alabama y cerca de Pensacola) con una flotilla de 12 barcos y 754 hombres, pero hasta el 6 de febrero 1780 no maniobró con su flota para comenzar las operaciones de asedio. Tres días más tarde, Mobile se entregó. Mobile estaba defendido por el comandante Durnford, al mando de 97 hombres del Rgto. inglés nº 60, 102 Realistas de Mariland, 54 paisanos armados, 51 negros y 2 cirujanos, que capitularon con 65 piezas de artillería. Un ejército británico de 1100 hombres que venían desde Pensacola en auxilio de los sitiados, emprendieron la retirada sin llegar a luchar, pero a su retaguardia se le apresó a 1 capitán y 20 dragones.

Como recompensa por todas estas victorias, Gálvez fue promovido a Mariscal de Campo y responsable de todas las operaciones españolas en el norte de América. En enero de 1781, el general Campbell envió una fuerza de 600 hombres (300 casacas rojas y 300 indios), para intentar recuperar Mobile, pero no pudo debido a la resistencia que encontraron.

Ahora que Gálvez había asegurado el río Mississippi, fijó toda su atención en borrar la amenaza británica del golfo de México. Sin embargo, el mal tiempo frustró sus esfuerzos varias veces. El 16 de octubre de 1780, Gálvez navegó desde el puerto de La Habana con 7 navíos de línea (con insignea de José Solano en el San Juan Nepomuceno), 5 fragatas, 1 paquebote, 1 bergantín, 1 lugger armado y 49 transportes llevando a 164 oficiales y a 3.829 soldados. Una salvaje tormenta tropical les alcanzó el día 18 y la azotó por cinco días, hundiendo una nave y dispersando el resto a través del golfo de México. Gálvez se encuentra a bordo de la fragata "Nuestra Señora de la O", mandada por el valiente Gabriel de Aristizabal, y cinco pequeñas embarcaciones más que se habían separado por un temporal del resto de la flota. Ante la negativa de Gálvez, Aristizábal puso rumbo a La Habana de nuevo. Este ataque frustrado tiene en Gálvez un consuelo con la captura de varias unidades británicas.

Por mar el día 21 dos fragatas españolas capturan dos fragatas británicas armadas en corso, una de 24 cañones y la otra de 18, la "George" y la "Nancy"que iban de Jamaica a Charlestown, a 50 kilómetros al NO de La Habana y con mercancías valoradas en 200.000 pesos fuertes con cascos y todo: "Una se rindió bajando su bandera inglesa que había enarbolado al primer cañonazo, que aquella (la fragata española "Cecilia") le tiró.....la otra rindió su bandera de la misma nación al presentarla su costado (la fragata española "Ntra. Sra. de la O.")".

A finales de febrero de 1781 lo intentó otra vez, y este vez todo fue bien.

Con un navío de línea (el insignia "San Ramón" de 64 cañones), tres fragatas, un paquebote y varios pequeños transportes más, con una fuerza de sólo 1.315 soldados, salió de La Habana el 28 de febrero de 1781, aunque esperaban reunirse con más tropas salidas de Mobile, unos 500 hombres que se unieron a los 1.400 llegados de Nueva Orleans.

El sitio y toma de Pensacola.

El viernes el 9 de marzo de 1781 empieza el sitio. Casi sin que los británicos se percataran los españoles con el bergantín de Gálvez a la cabeza y tres transportes desembarcan a granaderos e infantería ligera en la Isla de Santa Rosa, fuera de la bahía y que serviría como centro de reorganización de la que, de momento, era una flota de buques ligeros y transporte, a la espera de refuerzos.

El día 18 los bergantines británicos "Mentor" de 16 cañones y el "Port Royal", que custodiaban la boca del canal de la bahía se retiran por la presión de los barcos españoles y se concentran en las proximidades del puerto en el interior. Embarcados en el "Mentor" iban como infantes de marina tropas de los legitimistas de Maryland, los legitimistas eran norteamericanos leales a la corona inglesa. El bergantín británico "Childers" parte a Jamaica en busca de unos refuerzos que nunca llegarían.


Debido a que no se tenían cartas de la zona
la flota española tuvo que navegar con cuidado.
Sólo hasta 1782, un año después de la conquista
no se pudo hacer un plano español.
Plano de la bahia de Pensacola.
Copiado por el pilotin del Don José Magule
bajo la corrección del Alférez de fragata
Don Pedro Rivelles, delineador del Departamento
de Cádiz. Original levantado el año de 1782,
por Don Antonio Donato Paredes.


Tras asegurarse de que ningún barco británico estorbaría el traslado a la tierra del interior desde la Isla Santa Rosa se envían al continente tropas que van desembarcando. Al día siguiente pasan 22 barcos de transporte más sin recibir daños, bajo la protección de los barcos de guerra que se señoreaban de la zona.

A finales de marzo se empiezan a desembarcar tropas y asentar posiciones en el interior de la bahía bajo la hostigación de el enemigo, indios principalmente, bien conocedores del terreno y que si bien no hicieron muchas bajas si retrasaban los trabajos de montaje de artillería de campaña, trincheras y suministros. Pero el dia 2 de abril son desembarcados en su totalidad todas las tropas y los indios se repliegan a la fortaleza George.

Entre el 3 y 4 de abril se toma el puerto de la ciudad con los barcos allí dispuestos y que no dieron tiempo a ser destruídos por los ingleses.
El "Port Royal" fue capturado el 4 de abril, además de 3 pequeños barcos de guerra. Como curiosidad decir que William Hargood era teniente del "Port Royal", y que en 1805 sería el capitán del navío "Belle Isle" en la batalla de Trafalgar. Mientras que el "Mentor" es uno de los buques incendiados por los británicos para evitar su captura.

Pero el ataque a la fortaleza no puede ser todavía llevado a cabo dado el poco número de hombres que se disponía para tal acción, por lo que los buques menores mientras se esperan refuerzos, se dedican a hostigar la fortaleza.

Los refuerzos no tardan en llegar. El 19 de abril, una flota española, llegó de La Habana con 1.600 hombres más. Además se dispusieron a unos 1.350 marineros españoles de los navíos en tierra para servir como soldados de apoyo y para el servicio de trabajo de avance. Otros 10.000 marineros en los dieciséis buques de guerra y docenas de buques más pequeños bloquearon la entrada a la bahía, cortando toda ocasión de escape o de entrada de suministros por mar a los británicos.

A Gálvez también se les unieron cuatro fragatas francesas y 725 soldados franceses, al mando del Almirante Monteil.

"Había 725 soldados franceses en las fuerzas de Gálvez. Ocho naves francesas entraron en la bahía de Pensacola. Los regimientos franceses eran los siguientes citados: Agenois, Gatinois, Cambresis, Poitiou, Orléans, el Chasseur Company, el cuerpo real de artillería, y del regimiento du Cap que venían de la isla de Hati. Habían embarcado la mayoría de los soldados franceses en Hati y Santo Domingo antes de embarcar para Pensacola."

De modo que antes del 22 de abril, Gálvez tenía bajo su mando a 7.800 hombres de los soldados más veteranos de España como el batallón fijo de Luisiana, los regimientos del Rey, la Corona y el Príncipe, el Real Cuerpo de Artillería, los regimientos España, Soria, Navarro, Guadalajara, Mallorca, Navarra, Aragón, voluntarios de Cataluña y Toledo, el batallón fijo de La Habana, y los tres regimientos de casacas rojas de la famosa brigada irlandesa de España, los regimientos Hibernia, Irlanda y Ultonia más un pequeño grupo de patriotas norteamericanos. Todos estos hombres lucharían contra 1.600 hombres pertenecientes al 16º Rgto. inglés (destinado en el reducto de la Reina), el 60º inglés (en el reducto de Gales), el 3 er. Rgto. alemán de Waldeck, los Rgtos. de Realistas de Pensilvania y Maryland, los West Florida Royal Forresters, la Royal Artillery, los Dragones de Maryland, y unos 950 indios grigs, negros, civiles armados y marinos de los buques HMS "Mentor" y "Port Royal" .

Entre los distinguidos oficiales que venían con la flota se encontraba Francisco Alcedo y Bustamante a bordo de la fragata "Nra. Sra. de la O", este oficial encontraría la muerte en 1805 en Trafalgar cuando mandaba el navío "Montañes". En el navío insignia de la flota, el "San Ramón" de 64 cañones y mandado por Calvo de Irizabal se apostan a la entrada de la bahía sin atreverse a entrar por desconocimiento de las aguas, ya que no se tenían cartas naúticas españolas de la zona ni ningún práctico o piloto que lo conociera y se corría el riesgo de encallar. José Calvo de Irizabal era el jefe de las fuerza navales, y aunque Gálvez fuera el Comandante en jefe de todas las fuerzas la última palabra en cuestiones navales la tenía Irizabal quien rehusó entrar en la bahía. Gálvez no desesperó, y junto con varios buques pequeños, se internó en el interior para demostrar la navegabilidad al capitán de navío español. Convencido entonces el 21 atacan 7 navíos de línea, 9 fragatas y bergantines, balandros y buques menores pegados a Punta Siguenza haciendo frente al fuego de las baterías británicas. El "San Ramón" queda entonces encallado y logra salir a alta mar de nuevo tras soltar todo el lastre que pudo. Pero posteriormente tiene que retirarse a La Habana para ser reparado.


Soldado británico de Infantería de línea, los populares "casacas rojas".

Constantemente la fortaleza es hostigada por los barcos pequeños de la flota española que aprovechan su rapidez para disparar sin tener daños.

Desde finales de abril a principios de mayo se afianzan las posiciones artilleras de los españoles que hacen trincheras y túneles cada vez más cercanos y causan mayores daños a los ingleses. El 1 de mayo se instala una batería de seis cañones de veinticuatro libras a lo alto de una colina donde disparan las posiciones de los británicos. Estos harían una carga por sorpresa y lograrían desmontarla. Se empiezan entonces a instalar morteros que causan graves daños con la metralla. Aunque estos hacen un ataque el día 4 para intentar estorbar los movimientos españoles, causando 4 muertos, entre ellos un teniente de la brigada irlandesa (llamado O'Dun y enterrado con honores de guerra) y varios heridos, no evitan la progresión de los sitiadores que realizan 171 disparos de cañón y 37 de metralla.

El día 6 de mayo en el puesto más avanzado de los españoles los morteros efectuan 563 disparos y 206 de metralla causando graves daños a los ingleses y desmontándoles varios de sus cañones. Los ingleses posicionan en estos puestos avanzados gran cantidad de hombres y material y el dia 8 una descarga de metralla de los morteros españoles impacta en el polvorín ingles, causando una terrible matanza entre los soldados y marineros británicos, matando a cerca de 80 hombres. Los españoles toman el puesto avanzado por la noche y realizan un fuego pesado de fusilería y artillería de campaña que deja maltrechos a los ingleses del regimiento nº 60 y a los marineros que custodiaban la zona. Poco después se empieza a disparar directamente sobre la fortaleza que no puede resistir el asalto masivo, lo que fuerza una tregua de la fortaleza George, que se rinde el dia 10 a las 5 de la tarde a los granaderos españoles al mando de Bernardo de Gálvez que toman posesión de la fortaleza y todas las restantes líneas británicas.


Representación del ataque de los españoles a las posiciones avanzadas británicas. A caballo el General Glavez.

El comandante británico, el general John Campbell y el Almirante Chester que era el Capitán General y Gobernador de West Florida, se entregaron junto con sus 1.113 hombres y todas sus banderas , artillería, pertrechos (123 cañones, 4 morteros y 6 obuses, además de balas, fusiles y demás material bélico) y la ciudad intacta gracias a un acuerdo previo entre los españoles y británicos para no llevar el combate a la ciudad.

El propio Bernardo de Galvez describía la ceremonia de rendición, como era costumbre en la época:

"el 10 (10-V-1781) a las 3 de la tarde se formaron a 500 varas del fuerte Jorge 6 cias. de granaderos y las de cazadores de la Brigada francesa, a cuya distancia salió el General con su tropa y después de haber entregado las banderas del Regimiento Waldeck, y una de artillería, con las ceremonias acostumbradas rindieron sus armas".


Una de las banderas británicas capturadas
y que pertenecía a un descendiente de Bernardo de Gálvez
que en 1903 la donó al Museo de Artillería .
Dicha donación se aprobó por R.O. del 10-VIII-1903
y se hizo efectiva el 1-IX.


Aparte también se rindieron los 300 legitimistas que fueron enviados a Georgia con la promesa de no levantarse en armas y no unirse al ejército británico nunca más. Los británicos tuvieron 105 muertos y un número indeterminado de heridos cercano a varios centenares, además de 86 desertores. Los españoles sufrieron 74 muertos y 198 heridos. Los franceses tuvieron sólo 3 muertos y 26 heridos correspondientes a su pequeña aportación.

El 1 de junio se embarca a los prisioneros británicos, que son trasladados primeramente a la Habana el día 20, donde se aprovisionan de nuevo y el día 30 parten hacia Nueva York, donde llegarían el 12 de julio siendo allí acantonados bajo supervisión de los aliados norteamericanos y franceses.

Gálvez dio a la flotilla francesa unos 100.000 Pesos, que de nuevo se aprovisionaban para partir. Esas naves francesas partieron para participar en el bloqueo de Yorktown, donde la Armada española apoyaba eficazmente a la francesa, el 19 de octubre de 1781 el general británico Cornwallis se rendiría con todo su ejército y su flota.

El Rey Carlos III concedió a Gálvez varios títulos entre ellos el de gobernador de la Florida y de Luisiana del oeste. Thomas Jefferson escribió al General Gálvez, expresando sus gracias por la ayuda de España a la causa revolucionaria.

Gracias a esta victoria los españoles lograron el control de Florida y obligó a los británicos a mantener tropas en la zona, con lo que se abría otro frente por el cual las fuerzas británicas debían desviar tropas en perjuicio de sus posiciones en el norte donde luchaban contra los insurrectos norteamericanos y franceses, debilitándolos aun más. Las actividades de los corsarios españoles fueron también un factor importante ya que ayudaron a mutilar las rutas inglesas de comunicación y transporte. Entre estos corsarios destacaba el español Jorge Farragut. Todo esto obligó a los británicos a la firma de un Tratado poco tiempo después. El propio Bernardo de Gálvez personalmente supervisó el ataque sobre las Bahamas y su rendición el 6 de mayo de 1782. Su ejército lo formaban 274 soldados regulares y 338 milicianos, que capturaron 12 barcos corsarios y 65 buques mercantes ingleses.


Otro plano de la bahía de Pensacola.
A la derecha se puede observar una franja de
tierra que es la Isla de Santa Rosa, el punto desde
donde se llevó a cabo la invasión.


Gracias a la paz firmada en Versalles (3 de septiembre de 1783), se ponía fin al enfrentamiento británico y español producido en el contexto de aquel conflicto. Además de preconizar amistad y paz perpetua entre las dos naciones, Gran Bretaña cedía oficialmente la isla de Menorca (un ejército hispano-francés al mando del francés Crillón, con el auxilio de la escuadra de Buenaventura Moreno, había recuperado Menorca en 1782); y las dos Floridas, dominando gracias a estas últimas el paso del canal de las Bahamas y la costa del Caribe, mientras que Gran Bretaña recibía las Bahamas y el derecho de cortar el palo de tinte en el tramo litoral costero de Belice, pero sin ningún derecho a la ocupación. Aunque no logró la recuperación de Gibraltar, en el plano americano el balance fue muy positivo para España, siendo, por contra, el mayor fracaso de los británicos en el siglo XVIII.

El acuerdo franco-británico, pactado el 3 de septiembre de ese año reconoció la independencia de las trece colonias y la posesión francesa de la Luisiana occidental, Santa Lucía, Tobago y el derecho de pesca en Terranova. Ese mismo día, la representación británica y la de las independizadas colonias norteamericanas firmaron asimismo el pacto que reconocía la soberanía de esos territorios respecto de Gran Bretaña.

Bernardo de Gálvez en 1782 recibió la Capitanía General de Florida y Luisiana. Fue nombrado capitán general de Cuba en 1784, y en ese mismo año sucedió a su padre, Matías de Gálvez, como virrey de Nueva España. Durante su gobierno, reanudó las obras del palacio de Chapultepec y tuvo que hacer frente a las hambrunas producidas por las sequías de 1786. Inauguró el alumbrado público en las principales calles de la ciudad de México y elaboró un reglamento sobre teatro. En su fulgurante carrera este malagueño había realizado unas proezas que pocos militares de cualquier nación hubieran podido realizar y que todavía bien pudiera haber llevado más gestas en nombre de España si con 40 años no hubiera muerto de fiebres el 30 de noviembre de 1786 en Tacubaya (México). En 1784 el Congreso estadounidense citó al General Gálvez y al gobierno español por su ayuda durante la Revolución, ya que la toma de Pensacola fue una de las batallas clave en la guerra de la Independencia norteamericana.

Organización del Ejército Español ante Pensacola.Abril 1781.

Plana Mayor del Ejército

Comandante general: Mariscal de Campo Bernardo de Gálvez
Segundo Comandate: Mariscal de Campo Juan Manuel de Cagigal
Mayor General: Coronel Jose de Ezpeleta
Cuartel Maestre General: Teniente Coronel Francisco de la Nava
Comandante de la Artilleria: Teniente Coronel Vicente Risel
Comandante de Ingenieros: Teniente Coronel José de Urraca.

Brigadas

Primera Brigada:

Comandante: Brigadier Jerónimo Giron
Cuerpos:1592 hombres en total
Rey: 419 hombres
Principe: 257
Navarra: 672
Habana: 244

Segunda Brigada:

Comandante: Coronel Manuel Pineda
Cuerpos: 1386 hombres en total
Soria: 495
Hibernia: 467
Flandes: 424

Tercera Brigada:

Comandante: Coronel Francisco Longoria
Cuerpos: 1343 hombres
Guadalajara: 328
España: 428
Aragon: 287
Luisiana: 149
Dragones: 97


Cuarta Brigada:

Comandante: Capitán de Navío Felipe López de Carrizosa
Cuerpos: 1323 hombres.

Marineros: 624
Infantes de Marina: 699

TOTAL BRIGADAS: 5.644 Hombres.

Tropas Afectas al Cuartel General

1 División. Campo Volante:

Cuerpos: 741 hombres
Comandante: Coronel Pablo Figuerola
2 de Cataluña, 228 hombres
Fusileros de montaña, 78
Milicias de pardos de La Habana, 262
Milicias de Nueva Orleans, 173

2 División Francesa:

Comandante, Capitán de navío Marine royale: Mr. de Boiderut
Cuerpos: 509 hombres
dotaciones de marineria e infanteria de marina de los buques franceses, 509.

3 División Artillería:

Comandante. Teniente Coronel Vicente Risel
Cuerpos: 471 hombres

Artilleros españoles, 209
Artilleros franceses, 74
Artilleros marina española, 80
Artilleros marina francesa, 108

Escolta del cuartel general:
Carabineros de Nueva orleans: 13

Zapadores (gastadores de fortificaciones): 120

TOTAL GENERAL DEL EJERCITO: 7.485 hombres.

Listado de los buques de la escuadra española que participaron en la conquista de Pensacola en 1781.

La escuadra, al mando de José Calvo, para la escolta de los mercantes que llevaban las tropas de ocupación de Pensacola es la siguiente:

- Navío San Ramón 64 insignia de José Calvo
- Fragata Santa Clara 34 capitán de fragata Miguel Alderete
- Fragata Santa Cecilia 28 capitán de fragata Miguel de Goicoechea
- Chambequín Caimán José Serrato
- Paquebote San Gil José María Chacón

El 7 de abril de 1781 circuló el rumor de que se acercaba una escuadra inglesa, por lo que el 9 de abril zarpa de La Habana una escuadra de 11 navíos y 4 fragatas que llevan además 1.600 soldados al mando de Cagigal, a los que se unen 4 navíos y 4 fragatas al mando del francés Chevalier de Monteil. La escuadra, al mando de José Solano y Bote, llega a la isla de Santa Rosa, el 21 de abril:

- Navío San Luis 80 insignia de José Solano
- " San Francisco de Asís 74
- " San Juan Nepomuceno 74
- " Guerrero 74
- " San Miguel 74
- " Arrogante 74
- " San Gabriel 74
- " San Agustín 74
- " Velasco 74
- " San Nicolás 80
- " Astuto 58

- " Palmier 74 francés
- " Intrepide 74 francés
- " Triton 64 francés
- " Destín 74 francés

************************************

Saludos !!!


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Última edición por Fortesque; 02-Jan-2007 a las 07:36
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Michael Wittmann y su Stug III

Cita:
El 12 de julio de 1941, el StuG III de Wittmann recibió la orden de moverse hacia una posición ventajosa en una colina, designada como Punto 65.5. Después de alcanzar su objetivo (y casi caer dentro de una zanja) el Rottenführer Klinck, artillero de Wittmann, observó algunos tanques enemigos aproximándose rápidamente. Después de moverse a una posición aún más ventajosa, observaron 18 tanques T-34/76, un grupo de 12 y otro grupo de 6. Después de ordenar a su conductor, Koldenhöff, que reposicionara el vehículo en el lado izquierdo de la colina, Wittmann preparó a su tripulación para la embestida y el StuG se preparó para recibir cara a cara a los tanques soviéticos. Después de reposicionarse de nuevo para tener visión sobre la colina, el primero de los T-34/76 fue puesto fuera de combate rápidamente con un disparo de munición AP del cañón de 75mm KwK. Como el StuG III no estaba equipado con torreta giratoria, toda la responsabilidad recayó sobre el conductor Koldenhöff, quien con consumada habilidad rápidamente rotó el vehículo hasta una posición adecuada, permitiendo a Klinck fijar un blanco preciso en un segundo T-34/76, que pronto se vio envuelto en llamas. En cuestión de segundos, el cargador Petersen había insertado el siguiente proyectil en la caliente y grasienta recámara. Después de escapar por poco de otro T-34/76 (y de un artillero ruso con muy poca puntería), Wittmann consiguió alcanzar el borde de un pequeño bosque para poder planear su próximo movimiento. Mientras llevaba a cabo un rápido reconocimiento a pie, Wittmann vio un tercer vehículo enemigo. Asumiendo que no había sido visto, se estaba levantando cuando fue sacudido por una terrorífica explosión. Después de sacudirse el polvo, se encontró mirando a un destrozado T-34/76, con su torreta completamente separada del casco y su cañón sobresaliendo del terreno como el asta de una bandera. El poder de observación de Klinck, su iniciativa y su habilidad como artillero habían sido los factores decisivos aquí: mientras que los dos vehículos habían disparado simultáneamente, el artillero de Wittmann había estado lo suficientemente alerta como para localizar, apuntar y alcanzar el blanco. De vuelta a su puesto, Wittmann fue el primero en felicitar a su habilidoso artillero.

Cita:
Después de otro impacto cercano, seguido de dos disparos desviados de un T-34/76 en movimiento, Wittmann detectó rápidamente otro vehículo soviético. Forzando al límite el poderoso motor Maybach, Koldenhöff maniobró con habilidad el StuG III para permitir a Klinck hacer blanco en el tanque enemigo. Con un fogonazo, el cuarto tanque ruso quedó destruido. Después de otra pelea con un vado un tanto engañoso, resuelta con pericia por Koldenhöff, Wittmann consiguió localizar tres vehículos rusos que habían sido observados con anterioridad. Después de registrar el área, vio a los tres T-34/76 parados, con los motores en marcha, en lo alto de una colina. Después de que Koldenhöff moviese rápidamente el StuG III hasta unos 500 metros del tanque más cercano, Klinck, reaccionando rápidamente a las órdenes de Wittmann, disparó un proyectil AP de 75mm que encontró su camino hasta el vehículo ruso al que alcanzó con un retumbante impacto. Los restantes T-34/76 inmediatamente apuntaron sobre el vehículo de Wittmann mientras Koldenhöff desesperadamente movía el StuG III a una nueva posición. Klinck disparó otro proyectil que rebotó en uno de los tanques. El cargador Petersen trabajaba afanosamente y Klinck eventualmente fue capaz de realizar otro disparo, que pareció estropear la torreta del tanque enemigo. Mientras todo esto ocurría, el tercer T-34/76 decidió retirarse a una posición segura. Con su trabajo aparentemente terminado, Wittmann y su tripulación comenzaron a moverse solo para ver que la torreta del segundo T-34/76 volvía a la vida. Petersen rápidamente cargó un nuevo proyectil en la recámara y el disparo consiguiente acabó con el vehículo ruso en llamas, con su tripulación tratando desesperadamente de escapar de aquel infierno. Ese día, además del tremendo valor mostrado por Wittmann y su tripulación durante la destrucción de seis tanques soviéticos, el bravo Waffen-SS Unterscharführer iba a mostrar un espíritu humanitario por otra parte raro en este terrible conflicto. Viendo a tres de los rusos sufriendo atrozmente, ordenó a su tripulación que apagaran las llamas envolviéndoles en sus sacos de dormir. La tarde del 12 de julio de 1941 se vio al Unterscharführer Wittmann recibiendo la primera de sus muchas condecoraciones, la Cruz de Hierro de Segunda Clase, que recibió de un exultante “Sepp” Dietrich. Como testimonio de la humanidad de este valiente soldado, siendo preguntado por Dietrich sobre si tenía alguna petición especial, Wittmann pidió que los tres rusos heridos recibieran la mejor atención médica. El recientemente decorado comandante del StuG III fue calurosamente recibido por su leal tripulación. Un auténtico héroe había nacido...

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Última edición por Elrohir; 27-Jan-2007 a las 12:27
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Antiguo 21-Oct-2005, 21:19   #75
Elrohir
 
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Por fin!!!!!!. Hoy se cumple el bicentenario de la Batalla de Trafalgar.


Antes de nada, mis agradecimientos a Medano y Fortesque por sus contribuciones a este post.


Sin más preámbulos, vamos con:



LA BATALLA DE TRAFALGAR


  1. Principales protagonistas
  2. Antecedentes
  3. La Batalla de Finisterre
  4. La Batalla de Trafalgar


PRINCIPALES PROTAGONISTAS


Federico Gravina y Nápoli

Nacido en Palermo, hijo de don Juan de Gravina y Moncada, duque de San Miguel, grande de España de primera clase, ingresó en la Real Armada en 1775. En la fragata Clara asistió a la toma de la isla de Santa Catalina con la escuadra de Casa-Tilly (1776); naufragó en el Río de la Plata y regresó a España en el navío San Dámaso (1777). Al mando del jabeque San Luis concurrió al bloqueo de Gibraltar, reconquista de Menorca y ataque a las baterías flotantes al mando de la San Cristóbal (1780-1782). A bordo del Trinidad participó en el combate del cabo Espartel (1782) y, mandando la fragata Juno, a la expedición contra Argel (1783). En 1784 volvió a Argel al mando de una división, embarcado en el jabeque Catalán. Comandante de la fragata Rosa, formó parte de la escuadra de evoluciones de Lángara y llevó a Constantinopla al enviado de la Puerta Otomana. Ascendido a brigadier, al mando de la fragata Paz hizo viaje a Cartagena de Indias y La Habana (1788). Comandante del navío Paula estuvo a las órdenes del marqués del Socorro en Cádiz y en el auxilio de Orán y posterior evacuación de la plaza (1791). Promovido a jefe de escuadra, viajó a Inglaterra y regresó en 1793 a bordo de la fragata británica Juno. Declarada la guerra a Francia, a bordo del San Hermenegildo y al mando de una división participó a la órdenes de Lángara en las operaciones de Cataluña, y toma y evacuación de Tolón en combinación con la escuadra británica de Hood (1793-1794). Ascendido a Teniente general de la Real Armada, se hizo cargo del mando de la escuadra que dejó Lángara y que acudió en auxilio de la plaza de Rosas. Como segundo de la escuadra de Mazarredo participó en las operaciones de Cádiz y después pasó a Brest, de donde regresó en 1802. Declarada la guerra a Gran Bretaña, se hizo cargo de la escuadra de Cádiz en febrero de 1805 y, en combinación con la francesa de Villeneuve, hizo la campaña de Martinica, Finisterre y Trafalgar.

En este último combate, con su insignia izada en el Príncipe de Asturias, recibió una herida en el codo izquierdo, de la que falleció en Cádiz el 9 de marzo de 1806.






Cosme Damián Churruca de Elorza


Nació en 1761. Ingresa en la Compañía de Guardias Marinas de El Ferrol en 1776. A bordo de la fragata Santa Bárbara participó en el sitio de Gibraltar y ataque de las baterías flotantes (1781-1782). Fue profesor de la Academia de Guardias Marinas de 1783 a 1787. A las órdenes de Antonio de Córdoba participó en la segunda expedición al estrecho de Magallanes (1788-1789) con los paquebotes Santa Casilda y Santa Eulalia, publicándose los trabajos en 1793. Agregado al Observatorio de Cádiz, pasó al año a la escuadra de Solano. Con los bergantines Descubridor y Vigilante y la colaboración de la división del capitán de fragata Fidalgo, realizó durante dos años y medio trabajos hidrográficos para la reforma del atlas marítimo de la América septentrional (Antillas de Barlovento), cuyos trabajos se publicaron en 1802 con gran aceptación en Europa. Mayor general de la escuadra de Mazarredo en 1797, el año siguiente se le confió el mando del navío Conquistador y participó en la campaña que terminó en Brest (1799). Visitó París y fue recibido por Napoleón. Regresa a España (1802), se encargó del mando del navío Príncipe de Asturias.

Solicitó y obtuvo el mando del navío San Juan Nepomuceno, con el que participó en la campaña culminada por combate de Trafalgar, donde halló una muerte gloriosa.





Dionisio de Alcalá Galiano

Nacido en 1760. Sentó plaza de guardiamarina en 1775. Colaboró con Tofiño en el levantamiento hidrográfico de la Península y, a las órdenes de Antonio de Córdoba, en el reconocimiento hidrográfico del estrecho de Magallanes. Ascendió a teniente de navío, participó muy activamente en la expedición de Alejandro Malaspina (1789-1794) alrededor del mundo, distinguiéndose al mando de las goletas Sutil y Mexicana que con Cayetano Valdés se destacaron desde Lima para explorar el paso de Juan de Fuca en América Septentrional, viaje del que rindió relación que fue publicada. Galiano regresó a España desde San Blas de Nueva España en 1794. Al mando del navío Vencedor, de la escuadra de Mazarredo, participó en las acciones del bloqueo inglés sobre Cádiz (1797-1798). Con su navío hizo viaje a Veracruz y La Habana para conducir caudales a la Península, lo que ejecutó por derrotas desusadas y entró en Santoña (1799). Hizo nuevo viaje a Veracruz y Cuba, donde le sorprendió la paz de Amiens (1801), regresando a España en 1802.
Mandó el navío Bahama con el que hizo viaje a Nápoles para traer a España a la princesa María Luisa de Parma, tocando previamente en Túnez en misión diplomática. Vuelto a Barcelona pasó de nuevo a Nápoles, donde tomó el mando de la fragata Soledad, para efectuar el levantamiento hidrográfico(1804), volvió a tomar el mando del Bahama donde halló muerte en el combate de Trafalgar.





Cayetano Valdés y Flores

Don Cayetano Valdés sentó plaza de guardiamarina en 1781. Se halló en el combate de Espartel a las órdenes de Luis de Córdova contra la escuadra inglesa de Howe (1782), y en Argel a las órdenes de Barceló (1784). Participó en la expedición de Malaspina (1789-1794). Tuvo destacada actuación al mando del navío Pelayo en el combate de San Vicente (14 de febrero de 1797). Participó en las acciones del bloqueo de Cádiz por los británicos, a las órdenes de Mazarredo (1797-1799). En 1799 con la misma escuadra se trasladó a Brest, donde pasó a mandar el Neptuno, insignia de Gravina. Tomó parte en la expedición combinada hispano-francesa que salió de Brest para sofocar la rebelión de Santo Domingo; después de asistir a la toma de Guárico y Puerto Delfín pasó a La Habana desde donde se restituyó a Cádiz (1802). Al mando del mismo Neptuno, se batió bizarramente en Trafalgar, donde recibió una herida grave. Regresando a Cádiz, ascendió a jefe de escuadra, haciéndose cargo de la de Cartagena, que trasladó a Mahón para evitar que cayera en poder de Francia (1808). Declarada la guerra de la Independencia, pasó al Ejercito y, al mando de una división de las fuerzas de Blake, se encontró en la batalla de Espinosa de los Monteros. En 1809 ascendió a teniente general y fue nombrado capitán general de Cádiz. Regresado Fernando VII, fue confinado al castillo de Alicante por no aceptar el absolutismo, pero fue repuesto en su destino de Cádiz en 1820. Diputado a Cortes (1822-1823), Valdés resistió al ejército del duque de Angulema que pretendió y logró establecer el absolutismo en España. Condenado a muerte, Valdés pasó a Gibraltar en 1823 y de allí a Inglaterra, donde se exilió hasta 1833, en que la reina Isabel II le repuso en el mando del Departamento de Cádiz y nombró capitán general de la Armada. Falleció en San Fernando en 1835.





Baltasar Hidalgo de Cisneros

Ingresó en la armada en 1770. Navegó mucho por aguas de la Península y América desde 1772 a 1778, asistiendo en diferentes buques al socorro de Melilla, expedición contra Argel y la primera campaña del Canal de la Mancha en la escuadra de Luis de Córdova. En 1780, al mando de la balandra Flecha apresó los corsarios británicos Rodney y Nimbre, y en 1781, al mando de la fragata Santa Bárbara, capturó otros cuatro de la misma nacionalidad. Comandante del jabeque Mallorquín, asistió a la expedición contra Argel (1783). Tomó parte muy activa en la guerra contra Francia entre 1790 y 1795 al mando de diversos navíos y divisiones. Como comandante del navío San Pablo contribuyó a evitar el apresamiento del Santísima Trinidad en el combate de San Vicente (1797). Entre 1798 y 1802, que ascendió a jefe de escuadra, mandó el Santa Ana y varias divisiones con las que hizo campaña en el Mediterráneo y golfo de Cádiz. En 1805, siendo general del arsenal de Cartagena, a sus instancias obtuvo embarco en el Neptuno, en Ferrol, y se trasladó a Cádiz, donde trasbordó su insignia al Santísima Trinidad, participando en el combate de Trafalgar (21 de octubre de 1805), del que resultó herido y prisionero al irse a pique su navío. Ascendido a teniente general el 7 de noviembre del mismo año, se trasladó a Cartagena. Al iniciarse la guerra de la Independencia, Cisneros se hizo cargo de dicho departamento, de donde pasó a Montevideo en 1809, nombrado virrey de Buenos Aires. Hizo frente a los independentistas del Río de la Plata, pero, arrestado, fue conducido de nuevo a Europa al año siguiente. Regresando a Cádiz, fue sucesivamente vocal de la Regencia (1812), capitán general del Departamento de Cádiz (1813), ministro de Marina (1818) y, después de varias vicisitudes, fue nombrado en 1823 capitán general del Departamento de Cartagena, donde falleció el 9 de junio de 1829.





Francisco Alcedo y Bustamante

Alcedo ingresó en la Armada en 1774. De oficial navegó por el Mediterráneo embarcado en los jabeques Gamo -con el que participó en la expedición contra Argel (1775)-, Atrevido y fragata Santa Marta. En la Santa Dorotea hizo campaña en las Antillas y Seno mejicano (1776). Participó en la expedición contra Pensacola a bordo de la fragata Nra. Sra. de la O (1781). Embarcado en el navío San Dámaso participó en la campaña del canal de la Mancha y bloqueo de Gibraltar (1782), resultando herido en la función de las baterías flotantes. Después de varios destinos de mar y tierra, ascendió a capitán de fragata en 1791; en el navío San Eugenio se halló en la toma del fuerte del Delfín (1794), en las Antillas. Obtuvo el mando del navío San Ramón y después del Asia con los que desempeñó distinguidas comisiones. En junio de 1805 se le confió el mando del navío Montañés, sobre cuya cubierta encontró una muerte gloriosa durante el combate de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805.





Ignacio Maria de Álava

Álava ingresó en el servicio en 1766. A partir de 1768 navegó mucho en operaciones contra el corso berberisco. En 1781 obtuvo el mando del jabeque San Luis, y después de varios destinos de mar, hizo Álava la campaña del bloqueo de Gibraltar, acción de las baterías flotantes y combate del cabo Espartel (1781-1782). Ascendido a capitán de navío se le confió el mando de la fragata Sabina. En 1787 fue mayor general de la escuadra de evoluciones de Lángara, y en 1790, con igual cargo, pasó a la del marqués del Socorro que fue a Liorna en busca del príncipe de Parma. Al mando del navío San Francisco de Paula acudió en socorro de la escuadra de Lángara, destino con el que asistió a la campaña de Rosellón (1793-1794) y, en consecuencia, ascendió a jefe de escuadra en 1794. El año siguiente tomó el mando de una escuadra destinada a dar la vuelta al mundo; en Manila organizó las fuerzas navales de Filipinas y regresó a Cádiz en 1803. Durante el viaje fue ascendido a teniente general, y el 15 de febrero de 1805 nombrado segundo jege de la escuadra de Gravina; al salir éste para Martinica quedó al mando de las fuerzas que permanecieron en Cádiz. A bordo del Santa Ana se halló en el combate de Trafalgar, del que salió herido grave. Al fallecer Gravina quedó al mando de la escuadra; en 1808 pasó a Sevilla y luego a Cádiz. En 1810 se hizo cargo del mando del apostadero de La Habana, para regresar a Cádiz dos años después, nombrado capitán general del departamento. En 1814 fue destinado al Consejo Supremo del Almirantazgo; elevado a la dignidad de capitán general de la Armada el 24 de febrero de 1817, fallecía tres meses más tarde





Francisco Xavier de Uriarte y Borja

Uriarte sentó plaza de guardiamarina en 1774. Se halló en las campañas de Argel (1775) y Santa Catalina (1776-1777). A las órdenes de Luis de Córdova y al mando del navío Firme concurrió al bloqueo de Gibraltar y combate del cabo Espartel (1782). Participó en la expedición científica al estrecho de Magallanes, a las órdenes de Antonio de Córdoba (1788-1789). Sirvió en la campaña del Rosellón (1793) y el año siguiente, mandando la fragata Lucía, realizó un viaje al Río de la Plata para traer caudales. Obtuvo sucesivamente los mando de los navíos Terrible y Concepción de la escuadra de Mazarredo, con el que estuvo en Brest, el Príncipe de Asturias, el Guerrero, el Argonauta - con el que transportó a los Reyes de Etruria- y, finalmente, el Santísima Trinidad, con el cual participó en el combate de Trafalgar, resultando herido y prisionero de guerra. En 1806, ascendido a jefe de escuadra, Uriarte fue nombrado mayor general de la escuadra estacionada en Cádiz y consejero de la Guerra. En Madrid se encontraba al ocurrir los sucesos de 1808, por lo que se presentó a la Junta de Sevilla y fue nombrado gobernador militar de la isla de León, donde asistió al sitio a que fue sometida la plaza por los franceses. En 1811 obtuvo el mando del arsenal de La Carraca y de allí pasó a Cartagena como gobernador político y militar. Ascendido a teniente general de la Real Armada, fue nombrado capitán general del departamento de Cartagena en 1816. En 1822 se retiró a El Puerto de Santa María, donde falleció en noviembre de 1842, en el empleo de capitán general de la Real Armada que había obtenido en 1836





Horatio Nelson

Horacio Nelson nació en Norfolk, Inglaterra. Hijo del reverendo Edmund Nelson y Catherine Suckling Nelson. Perdió a su madre a los nueve años. Aprendió a navegar en los estuarios en Norfolk e ingresó en la Marina Británica a los doce años. Su carrera naval comenzó el 1 de enero de 1771, en el buque de guerra Raissonable, bajo el mando de su tío materno. En 1777 pasó a ser teniente de navío, destinado en las Indias Occidentales. Durante este período luchó en el ejército británico en la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos. A los 20 años, en junio de 1779, ascendió al cargo de capitán, al mando de su primera fragata, Hitchenbroke.

En 1781 tomó parte en una batalla contra la fortaleza española de San Juan en Nicaragua. Ganó la batalla, pero su debilitada salud hizo que tuviera que regresar a Inglaterra por más de un año. Finalmente regresó al servicio naval y se le asignó la Albemarle, en la que continuó luchando contra los rebeldes americanos hasta el fin oficial de la guerra en 1783.

En 1784, Nelson tomó el cargo de la nave Boreas, de 28 cañones. Durante el desenlace de la guerra de independencia americana, no se permitía a las naves americanas (consideradas ahora extranjeras) comerciar con las colonias británicas en el Mar Caribe. Esta regla no agradó ni a las colonias ni a los americanos, y Nelson fue asignado cerca de Antigua para asegurar el bloqueo de las naves. Tras el arresto de cuatro naves americanas cerca de Nevis, Nelson fue demandado por sus capitanes por arresto ilegal. Éstos tenían el favor de los comerciantes de Nevis, por lo que Nelson podía ser llevado a prisión y tuvo que ser aislado en Boreas por ocho meses. Tras este tiempo, durante el que Nelson había conocido a Fanny Nesbit, una viuda natural de Nevis, que sería su esposa más tarde, la justicia se pronunció a su favor.

Contrajo matrimonio el 11 de marzo de 1787, al final de su destino en el Caribe. A partir de 1789 vivió a medio sueldo durante años, hasta que la revolución francesa comenzó a desbordar los límites de Francia y volvió a ser llamado a su destino. Con el Agamemnon, de 64 cañones, en 1793, comenzó una serie de batallas y combates que le asegurarían un lugar en la historia.
Fue destinado primeramente en el Mediterráneo, en una base cerca del reino de Nápoles. En 1794 recibió un disparo en la cara durante una operación conjunta en Calvi, Córcega, lo que le costó la visión del ojo derecho. Su ojo izquierdo sufrió del peso adicional y Nelson fue perdiendo la vista lentamente hasta su muerte. En ocasiones utilizaría un parche en el ojo izquierdo para protegerlo. En 1796, el mando de la flota del Mediterráneo pasó a manos de Sir John Jervis, y Nelson pasó a ser su comodoro.

El 14 de febrero de 1797, Nelson fue responsable en gran medida de la victoria en la batalla del Cabo de San Vicente, cerca de Gibraltar. El 25 de julio del mismo año, durante una expedición infructuosa a Santa Cruz de Tenerife, recibió un disparo de cañon, concretamente de un arma conocida popularmente como «El tigre» que hoy se conserva como pieza de museo, en el codo derecho y perdió la mitad inferior del brazo, este fallido intento de ocupación de la más grande de las Islas Canarias fue su única derrota.
Al año siguiente, Nelson fue de nuevo responsable de la victoria sobre los franceses en la Batalla del Nilo, el 1 de agosto de 1798. Como resultado, terminó la ambición de Napoleón de llevar la guerra a la India, entonces parte del imperio británico. Las fuerzas napoleónicas en Egipto se quedaron sin apoyo y el mismo Napoleón tuvo que regresar oculto a Francia. Nelson recibió el título de Barón Nelson del Nilo (lo que no le pareció suficiente, ya que sir John Jervis había recibido el título de conde de San Vicente por su participación en dicha batalla, pero el gobierno británico insistió en que un oficial, no comandante en jefe, no podía recibir un título nobiliario superior al de barón).

Más tarde rescató a la familia real napolitana de una invasión francesa en diciembre. Por entonces se enamoró de Emma Hamilton, la joven esposa de un embajador británico en Nápoles. Se convirtió en su amante y volvió a Inglaterra donde vivió con ella abiertamente. Finalmente tuvieron una hija, Horatia.

En julio de 1799 ayudó en la reconquista de Nápoles y recibió el título de duque de Bronte por el rey napolitano. Fue llamado de vuelta a Inglaterra por sus problemas personales y la decepción que causó su conducta profesional, pero el conocimiento público de sus relaciones con Lady Hamilton acabó haciendo que el Almirantazgo lo devolviese al mar para que se mantuviera alejado de ella.

El 2 de abril de 1801 participó en la Primera Batalla de Copenhague, que acabó anulando a la flota danesa, para romper la neutralidad que Dinamarca, Suecia y Rusia tenían en las Guerras Napoleónicas, aunque el acto no fue bien aceptado por algunos. De hecho, Nelson recibió la orden de detener la batalla por su comandante Sir Hyde Parker. En un famoso incidente, sin embargo, aseguró que no pudo ver las banderas que comunicaban la orden, intencionadamente llevando el telescopio a su ojo ciego. En mayo se convirtió en comandante en jefe en el mar Báltico, y recibió el título de Vizconde Nelson del Nilo por la corona británica.

Mientras tanto, Napoleón reunía fuerzas para invadir Inglaterra y Nelson fue colocado al mando de la defensa del Canal de la Mancha para prevenir la invasión de las tropas francesas. El 22 de octubre, se firmó un armisticio entre británicos y franceses (Tratado de Amiens), y Nelson, con una salud precaria, se retiró a Inglaterra donde se alojó con Sir William y Lady Hamilton.
La «paz de Amiens» no duró mucho y Nelson fue nombrado comandante en jefe del Mediterráneo. Le fue asignado el buque Victory y se unió al bloqueo de Toulon, Francia, tras lo que no volvió a poner pie en tierra firme por más de dos años hasta que su salud forzó su retirada a Merton, Inglaterra.
Tras sólo dos meses, el 13 de septiembre de 1805, fue llamado a luchar contra las flotas francesa y española, que se habían aliado y tomado refugio en el puerto de Cádiz. El 21 de octubre de 1805, Nelson luchó en la que sería su última batalla, la batalla de Trafalgar. Napoleón Bonaparte había unido fuerzas una vez más para la invasión de las islas británicas. El día 19 de octubre, las flotas francesa y española dejaron Cádiz y Nelson, con veintisiete naves se enfrentó a las treinta y tres naves aliadas.

Tras inutilizar al buque francés Bucentaure, el Victory se enfrentó al Redoutable. El Redoutable atacó al Victory y Nelson resultó herido. Una bala de mosquete, disparada por un tirador desde las cofas del Redoutable, penetró su hombro, le perforó el pulmón y se detuvo en la base de su columna. Nelson recuperó el conocimiento durante algún tiempo, pero murió poco después de que la batalla terminase con la victoria británica. El Victory fue entonces remolcado a Gibraltar, con el cuerpo de Nelson a bordo, conservado en un barril de coñac. Su cuerpo fue enviado a Londres y enterrado en la catedral de San Pablo.

Tras su muerte, Nelson alcanzó una celebridad que sólo el duque de Marlborough y el duque de Wellington han logrado tener en la historia británica. La monumental columna de Nelson y la plaza de Trafalgar, donde está situada, son lugares destacados en Londres hasta el día de hoy. Sin embargo, el monumento a Nelson en Dublín, Irlanda, fue destruido por una bomba terrorista.





Cuthbert Collingwood

Nace el 24 de octubre de 1748 en Newcastle. Es enviado al mar a la edad de 12 años. En 1774 sirve en Norte América y participa en el combate de Bunker Hill. En 1776 es teniente del sloop Hornet en las Indias Occidentales y empieza una estrecha relación con Nelson.

En 1786 Collingwood volvió hogar y, con la excepción de un comando breve, permaneció allí hasta 1792. Al inicio de las Guerras Napoleónicas tomó parte, junto Howe's en la victoria del glorioso primero de Junio al mando del Barfleur. En 1797 ,en el excellent, participa en el combate de San Vicente.

Al inicio de la guerra en 1803, Collingwood es mandado al bloqueo de Brest, donde permaneció hasta Mayo de1805 cuando se le da el mando de un pequeño escuadrón que se destina para reforzar la flota mediterránea bajo el mando de Nelson.

Se situó fuera de Cádiz hasta que el 28 de septiembre de 1805 se le une Nelson. En Trafalgar manda la segunda columna a bordo del Royal Sovereing. A la muerte de Nelson se hace cargo de la escuadra del Mediterráneo
hasta su muerte el7 de marzo de 1810. Está enterrado cerca de Nelson en la catedral de St. Paul's





Pierre Charles Villeneuve


Nacido en 1763 en Valensole, al pie de los Alpes, se unió a la marina francesa en 1778. A pesar de su ascendencia aristocrática, simpatizaba con la Revolución Francesa, eliminando de su apellido el aristocrático «de» de su nombre, y pudo continuar su servicio en la marina cuando otros oficiales aristocráticos fueron purgados de la misma. Sirvió durante muchas batallas, y fue ascendido al almirantazgo en 1776 como reconocimiento a su servicio.

Durante la Batalla del Nilo en 1798 fue el comandante de la retaguardia francesa. Su buque, Guilleaume Tell fue uno de los dos barcos franceses que escaparon de la derrota. Fue capturado poco después cuando los ingleses capturaron la isla de Malta, pero fue liberado con prontitud. Se le criticó no haberse enfrentado a los ingleses en el Nilo, pero Napoleón le consideraba un hombre con suerte, y su carrera no se vio afectada por ello.

En 1804, Napoleón ordenó a Villeneuve, ahora vice-almirante y con base en Toulón, escapar del bloqueo británico, batir a la flota inglesa en el Canal de la Mancha y apoyar a los preparativos para la invasión de Inglaterra. Para despistar a las defensas británicas, Villeneuve navegó hasta las Indias Occidentales, donde se había planeado el encuentro con la flota española y con la flota francesa procedente de Brest, atacar las posesiones británicas en el Caribe y volver cruzando el Atlántico para destruir a las patrullas del Canal de la Mancha y escoltar a la Armée d'Angleterre desde sus campamentos en Boulogne hacia la victoria en Inglaterra.

Tras una expedición abortada en enero, Villeneuve dejó finalmente Toulón el 29 de marzo de 1805 con once navíos de línea. Pudo evadir el bloqueo de Nelson, atravesar el Estrecho de Gibraltar el 8 de abril y cruzar el Atlántico perseguido por la flota de Nelson, que se vio retrasado un mes por los vientos desfavorables. Una vez en las Indias Occidentales, Villeneuve esperó durante un mes en Martinica, pero la flota del almirante Ganteaume, atracada en Brest, no llegó. Villeneuve se veía presionado por los oficiales franceses para que comenzara a atacar las posesiones británicas del Caribe, aunque únicamente acometió alguna acción menor. El 11 de junio, sabedor de que Nelson ya había llegado a Antigua, partió hacia Europa, perseguido de nuevo por Nelson.

El 22 de julio, ahora con veinte navíos de línea y siete fragatas, se enfrentó a la flota inglesa en la Batalla del Cabo Finisterre, tras de la cual atracó en La Coruña el 1 de agosto. Allí recibió órdenes de Napoleón de dirigirse a Boulogne y Brest, tal como estaba planeado, pero en cambio Villeneuve se dirigió hacia Cádiz, frustrando la invasión de inglaterra y provocando un considerable enfado a Napoleón.

En palabras del Emperador dirigidas al ministro de marina: «Villeneuve no tiene la suficiente fuerza de carácter para comandar ni una fragata. Le falta determinación y no tiene coraje moral».

La flota franco-española se vio bloqueada en Cádiz por Nelson, y en septiembre Napoleón ordenó a Villeneuve navegar a Nápoles para despejar el Mediterráneo del hostigamiento de los buques ingleses, pero tampoco obedeció esta orden, permaneciendo en puerto. A mediados de octubre, conociendo las intenciones de Napoleón de sustituirle y enviarle a París para pedirle cuentas por sus acciones, se adelantó a la llegada de su reemplazo y partió de Cádiz con la flota combinada el 18 de octubre. El total de 34 buques se encontró entonces con la flota de Nelson cerca del Cabo de Trafalgar, y el 21 de octubre tuvo lugar la mayor batalla naval de la historia: la Batalla de Trafalgar, donde la flota franco-española fue definitiva y abrumadoramente derrotada por la superioridad técnica y táctica de la Armada Real Inglesa. Villeneuve y su buque insignia, el Bucentaure fueron capturados por los ingleses junto con otros muchos buques españoles y franceses.

Villeneuve fue enviado a Inglaterra, pero fue puesto en libertad bajo palabra. Volvió a Francia en 1806. El 22 de abril de 1806 se le encontró muerto en su habitación del Hotel de Patrie en Rennes, apuñalado en el pecho seis veces. Se informó que Villeneuve se había suicidado y se le enterró sin ceremonia alguna.




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A continuación algunos hechos acontecidos antes de la gran batalla. Está narrado a modo de diario.


ANTECEDENTES A TRAFALGAR



9 de Abril de 1805
Villeneuve llegó el pasado sábado a Cádiz.


El sábado 9 de abril a las 4 de la tarde, se ha presentado en la bahía de Cádiz una flota francesa compuesta por 11 navíos y 7 fragatas al mando del almirante Villeneuve, que finalmente fondeó a las 20,30 horas en el placer de Rota. Esta Escuadra salió el 30 de marzo del puerto francés de Tolón, con una misión secreta, despistando a la inglesa de Nelson y en su travesía recaló en Cartagena para que se le sumasen 3 barcos españoles al mando de Salcedo, pero le fue imposible por carecer éstos de marinería.

En Cádiz por orden de Godoy el Teniente General Federico Gravina, y dentro del tratado de cooperación con Francia después de la nueva declaración de guerra a Inglaterra, la esperaba con 6 buques de línea totalmente equipados (El Argonauta, San Rafael, América, Terrible, Firme y España), y nada más ver las velas francesas ha dado la orden de embarcar a sus tropas. El Almirante francés ha traído unas órdenes secretas (1) de su Emperador, que ha comunicado al mando español. A las 10 de la noche de este día, se ha podido observar desde las murallas de Cádiz que el buque Argonauta de Gravina daba la orden de partir, haciendo lo mismo la francesa a la 1 de la noche. Ya al amanecer del domingo el fuerte cuerpo de la Escuadra Combinada se hallaba a unas 7 leguas. El mismo 10 de abril, el vicealmirante Ignacio María de Álava ha realizado el Parte Oficial de todo lo acontecido en la bahía y lo ha remitido al Ministro de Marina Francisco Gil y Lemus. Todo el mundo en la ciudad se ha preguntado sobre la misión que tendría encomendada la Escuadra, que seguro sería contra los ingleses, y esperanzados le desearon la mayor suerte en su singladura.

Desde el comienzo de su revolución, Francia ha estado en guerra con países que formaban coaliciones contra ella. Uno de ellos, era siempre su eterno rival, Inglaterra. Napoleón desde el año anterior, ya autocoronado emperador, está decidido a invadir Britania a través del canal, con un enorme ejército de tierra concentrado en Boulogne. Para desembarcar, necesita que su flota mantenga a rayaen el estrecho a la inglesa, al menos durante 3 días. Junto a su ministro Decrés ha ideado un plan secreto de diversión, que consiste en mandar a su flota combinada (España es de nuevo su aliada forzosa) a las Antillas desde diversos puertos franceses y españoles, y atraer hacia allí en su persecución al engañado Nelson, para después rápidamente volver al canal y facilitar el traslado de tropas, con el mar ya despejado de barcos ingleses.





11 de Mayo de 1805
Nelson inicia la persecución de la flota combinada.


Hoy 11 de Mayo, la flota de Nelson ha iniciado la persecución de la Combinada de Villeneuve que había partido de Cádiz el 9 de Abril camino de las posesiones inglesas en las Antillas. Aunque hace días que fue avisado de este hecho por un mercante, no pudo cruzar el estrecho por el viento contrario de poniente. Allegados suyos dicen que lo han visto en cubierta nervioso maldiciendo al dios Eolo, como tantas veces hacen los propios de la zona.

Manda una flota de solo 10 navíos y tres fragatas en inferioridad de condiciones ya que algunos no están en buen estado, por las inclemencias del tiempo sufridas que le desgarró jarcias y velas, en las misiones de guerra que ha mantenido desde que se rompió la débil paz de Amiens.

Va herido en su amor propio ya que su enemigo consiguió burlar su bloqueo “alejado” del puerto de Tolón, y prácticamente lleva perdido un mes buscándolo infructuosamente por el mediterráneo desde Córcega hasta Alejandría, pero está decidido a darle caza, al precio que sea, y desbaratar dicha flota. En su cámara del Victory, excelente navío de 100 cañones construido en Chatham en 1765 con roble inglés, medita sobre las desconocidas intenciones de los franco-españoles, solo sabe que su patria está en serio peligro en esta nueva guerra. De momento, ha mordido el anzuelo previsto en los planes de invasión de Inglaterra de Napoleón, al alejarlo del escenario europeo, porque aunque Nelson se ha revelado como un excelente marino de guerra en batallas navales (San Vicente, Aboukir y Copenhague) no suele estar muy fino de intuición en las persecuciones de flotas, en cuanto le fallan las fragatas de observación.

Mientras, Villeneuve y Gravina no saben que están siendo perseguidos, todos desde aquí les desean, que sigan teniendo la suerte de cara en estos complicados planes franceses. Por si acaso, se ha mantenido informado de estos movimientos al vicealmirante Ignacio María de Álava que quedó al mando del resto de la flota española de Cádiz, y que se está encargando de llevar los planes de reparación, rearme y abastecimiento de la misma. Esta compuesta por nueve navíos y tiene encomendada la defensa del Estrecho y la incorporación a la Combinada cuando regresen a Europa.





14 de mayo de 1805
La flota franco-española llega a la Martinica.


Hoy 14 de Mayo después de una travesía de treinta y cinco días por el Atlántico, ha llegado la flota combinada a la Martinica para reunirse con el resto de las flotas (Missiessy de Rochefort, Ganteaume de Brest, y Gourdon del Ferrol) que debían salir desde sus distintos puertos burlando los bloqueos ingleses (el objetivo es distraer en su persecución a las flotas británicas del canal, para poder invadir Inglaterra). Ha fondeado en Port de France y ha repuesto víveres y agua para hacerse a la mar en cuanto se presenten las demás flotas. Todavía no ha llegado el buque español San Rafael, que navega retrasado por haber varado a su salida de Cádiz cerca del bajo de la Cabezuela y partir un día más tarde.

Al ver la flota que traía, las autoridades militares francesas de la zona instaron a Villeneuve a realizar expediciones contra las posesiones inglesas, pero como había recibido órdenes de esperar a Ganteaume, no salió de puerto, a pesar de su deseo de atacar a la que el creía bien defendida Dominica.

Veamos como van las cosas. La flota de Missiessy llegó a esa zona el 20 de Febrero con la orden de esperar a las demás 45 días y tomar las islas de Dominica y Santa Lucía, sin embargo no las ha atacado y solo después de dejar refuerzos en Santo Domingo, el 27 de Marzo partió para Europa sin encontrarse por tanto con Villeneuve. Por otro lado también parece ser, que el prudente Ganteaume con sus 21 navíos, obsesionado con el recuerdo de la derrota de la bahía de Aboukir en Egipto, y condicionado por las ordenes del Emperador que le dijo: “Una victoria naval no os conduciría a nada...Salid sin combatir”, después de un intento por hacerlo, se recogió en el puerto el mismo día 30 de marzo en que Villeneuve salió de Toulón.

Como se ve, el plan de diversión de la flota inglesa, empieza a fallar por las excesivas órdenes del Emperador, el retraso de éstas en llegar a sus destinos, la falta de flexibilidad del rígido y jerárquico plan, que parece más bien diseñado para operaciones de batallas terrestres, pero que no tiene en cuenta las cosas del mar, que él además desconoce. Plan en definitiva demasiado ambicioso, que deja poco margen a las iniciativas e improvisaciones sobre la marcha de sus almirantes, que a su vez, están enormemente presionados ante la idea de fallarle a su endiosado Emperador.

El Teniente General español Federico Gravina por su parte, parece que empieza a acariciar la idea de aprovechar la coyuntura favorable de la numerosa flota Combinada y reconquistar para su rey la isla de Trinidad, perdida desde 1797 en la última guerra con los ingleses. Opina que debe ser fácil su captura ya que está débilmente defendida. Veremos que opina el francés.





30 de mayo de 1805
Acciones navales de la flota contra posiciones inglesas en las Antillas.


Villeneuve espera en Fort de France (Martinica) la llegada de las demás flotas del Emperador. En la espera desea atacar por barlovento de las islas inglesas a su comercio, pero comunica al ministro Decrés y renuncia ya que no se considera autorizado para destacar navíos en la zona. Aunque se ha decidido hoy a llevar una operación contra el islote Diamante al sur de la Martinica que albergaba a una guarnición inglesa con cañones de grueso calibre, que al llegar barcos ponían bandera francesa y los buques confiados eran hostilizados al entrar en la rada de Fort de France. El fuego cruzado desde la costa y los barcos hicieron que el enemigo se rindiera.

Ayer llegó la fragata Didon con nuevas instrucciones, al saber el Emperador que Ganteaume no había podido salir de Brest, había ordenado a Magon el 1 de mayo que partiera con dos nuevos navíos, para reforzarle. El ministro de marina francés ya suponía que se habían conquistado la Dominica y Santa Lucía, y por eso le indica a Villeneuve que debe esperar 20 días y dirigirse después a Ferrol para atacar a la escuadra bloqueadora de este puerto y después marchar a Brest a liberar los buques allí surtos y con una flota total de 56 navíos marchar ante Boulogne a proteger el desembarco francés en las costas inglesas.

En estas órdenes, por primera vez descubre Villeneuve, las verdaderas intenciones de Napoleón en esta campaña y su deseo de que vuelva al continente para entretener a las flotas inglesas del canal, para hacer posible el desembarco.

Así que cuando el correcto y leal Gravina le propuso su deseo de recuperar la isla de Trinidad, Villeneuve se ha negado argumentando la necesidad de preservar la flota y porque se encuentra maniatado por las constantes órdenes de Napoleón. ¿Que pensamientos irá teniendo Gravina de todo esto? Quizás vaya comprendiendo que esta alianza no aporta nada a España, pero ¿que puede hacer?, ya que él como oficial debe obedecer órdenes que su corazón no comparte y además está la cuestión del honor del marino. Lo que si se acordó en los altos mandos, fue atacar con 20 navíos la Barbuda para exigir una fuerte contribución a esa isla.





1 de junio de 1805
Audaz acción inglesa en Finisterre. Un sólo buque provoca graves pérdidas.

Nos acaba de enviar un despacho que nos informa de las actividades de un navío inglés en esa zona.

Al parecer,ayer primero de Junio del Año de Nuestro Señor de 1805, la fragata de 38 piezas Loire, al mando del capitán Frederick Lewis Maitland, avistó un velero español fondeado en la bahía de Camariñas, al este del Cabo de Finisterre.

Según nuestros informes el capitán inglés, aprovechando una encalmada hacia el anochecer, dispuso una dotación de abordaje de treinta y cinco hombres al mando del teniente James Lucas Yeo asistido por el teniente de los marines reales Samuel Mallock, el segundo teniente en funciones Charles Clinch y los guardiamarinas Massey Hutchinson y Herbert y Matthew Mildridge. El plan era simple: amparándose en la oscuridad, debían adentrarse en la bahía y abordar al velero. Para aprovechar la sorpresa, la fuerza de presa iría armada únicamente con picas y alfanjes.

Dado lo intrincado del acceso a la bahía, los botes ingleses no alcanzaron la posición de ataque hasta el amanecer del día dos. Con las luces del alba descubrieron además que su supuesta presa eran dos barcos en lugar de uno y, para colmo, al abrigo de una poderosa batería de costa de diez piezas. Sin muestras de desánimo, los ingleses dividieron su exigua fuerza de forma que el señor Clinch, al mando de uno de los botes, enfiló hacia el barco más pequeño (cuyo nombre no nos ha sido revelado) armado a la sazón con dos pequeñas piezas de a 6 libras y con treinta dos almas a bordo.

Por su parte, el teniente Yeo se hizo cargo de la otra embarcación, que resultó ser la nave corsaria española Esperanza, conocida también como San Pedro, armada con tres piezas largas de a 18 libras, cuatro culebrinas de bronce de 4 libras y una dotación de cincuenta almas. Tras un breve y cruento combate, ambos barcos fueron capturados sin bajas por parte inglesa frente a las diecinueve españolas, todas de la dotación del Esperanza.

Desde la costa, una vez apercibidos de la captura de los dos barcos, los artilleros españoles abrieron el fuego para impedir el éxito del enemigo. El teniente Yeo, ante la disyuntiva de perder sus dos presas, decidió arrumbar solamente con el Esperanza. Tan buena fortuna tuvo que, en su salida de Camariñas, topó y apresó a tres pequeños mercantes cargados de vino con destino a las dotaciones del escuadrón de El Ferrol. El persistente bloqueo inglés de la costa sigue dañando los intereses españoles. Todos en la zona esperan soluciones a esta continua provocación y a ver si por una vez la alianza con Francia, nos reporta alguna ventaja.





4 de junio de 1805
Nuevos ataques ingleses al sur de Finisterre. Valor e Hidalguía en Muros.


Después del osado ataque al interior de la ría de Camariñas, el buque británico Loire ha sido el causante de nuevas acciones contra los súbditos y los bienes de Su Majestad Católica en la zona al sur del Cabo de Finisterre.

Según despachos de fuentes bien informadas el capitán Maitland, al mando del Loire, supo por boca de marineros apresados del capturado corsario Esperanza de la existencia de una nave corsaria francesa de veintiséis cañones fondeada en Muros, en la comarca de las Rías Bajas, y lista para hacerse a la vela.

Resuelto a capturar o destruir la nave francesa, alrededor de las nueve de la mañana de hoy día cuatro, el Loire arrumbaba con la marea a las inmediaciones de Muros remolcando los botes con el trozo de abordaje, cincuenta almas entre oficiales y hombres bajo el mando, nuevamente, del bizarro teniente Yeo asistido en esta ocasión por los tenientes de los marines reales Samuel Mallock y Joseph Douglas y el segundo teniente en funciones Charles Clinch.

Nada más alcanzar la punta de Muros, el Loire se vio sorprendido por el fuego de una pequeña batería de dos piezas largas de 18 libras. Aunque el capitán Maitland ordenó contestar al fuego pudo constatar que los cañones enemigos estaban tan ventajosamente situados que podrían causar graves daños a su nave sin apenas recibir daños por el fuego contrario. En consecuencia, se encomendó al teniente Yeo la misión de desembarcar e inutilizar la batería.

Una vez que los botes de Yeo se dirigieron hacia la costa, Maitland arrumbó su nave hacia el interior de la bahía de Muros para descubrir dos naves corsarias francesas: la corbeta Confiance de trece portas por banda y el bergantín Belier de diez por banda. Al parecer ambos buques estaban en posición de abrir fuego pero, por razones que desconocemos, ninguno de ellos lo hizo. Ello permitió que la tripulación del Loire concentrase su atención en un fuerte dotado de una batería de doce piezas largas de 18 libras que, inmediatamente, abrió fuego a una distancia menor a un cuarto de milla.

Maitland ordenó repeler el fuego del fortín pero el tiro inglés, aunque bien dirigido, resultaba ineficaz frente a la recia construcción enemiga. Durante varios minutos, el Loire sufrió un castigador cañoneo que causó varias bajas, concretamente nueve heridos tres de ellos graves. Creemos que de haber continuado el fuego, muy posiblemente el navío inglés hubiera resultado destruido o capturado pero la intervención del teniente Yeo resultó decisiva.
Tal y como se le había ordenado, Yeo y su fuerza de asalto han desembarcado y, tras una breve refriega, neutralizan la pequeña batería que hostigaba al Loire desde la punta. Sin embargo, apercibido del castigo que estaba sufriendo su nave a cuenta de las piezas del fortín, resolvió asaltarlo. Pese a desconocer el número y fuerza de sus ocupantes, Yeo dirigió a su exigua tropa por tierra alcanzando la puerta exterior del fuerte.

Los españoles, que no habían previsto en modo alguno un asalto terrestre y dado que toda su atención se concentraba en el Loire, habían dejado abierta la puerta por la que irrumpió la tropa inglesa. La guarnición contaba con veintidós soldados españoles mas un considerable número de caballeros y aldeanos voluntarios y unos cien hombres de la dotación del corsario francés Confiance. La lucha en el interior fue breve y sangrienta pero la sorpresa y el arrojo fueron bazas fundamentales para que, al poco tiempo, los colores británicos ondeasen en lo más alto del fuerte. Acto seguido, una vez clavados los cañones y destrozadas las cureñas, se procedió a volar las troneras y otras partes del fortín para embarcar en los botes y regresar al Loire. Las bajas en la fuerza el teniente Yeo fueron de seis heridos, incluyendo al propio Yeo, al señor Clinch, tres marineros y un marine.

Paralelamente el capitán Maitland, tras hacerse cargo de los dos corsarios franceses y de un bergantín mercante español también fondeado, envió un mensaje a la población asegurando que en ningún momento se darían actos de pillaje ni se atentaría contra las vidas y bienes de propios.
Una delegación formada por notables de Muros agradeció personalmente al capitán inglés su noble gesto así como el cristiano proceder del teniente Yeo y sus hombres con los heridos españoles y franceses del fortín.

Una vez más se sienten los efectos del bloqueo británico y de la audacia de sus ataques. Al menos cabe agradecer comportamientos como los del capitán Maitland que, en su derecho a hacer la guerra, procuran evitar sufrimientos a los paisanos.




8 de junio de 1805
La flota combinada inicia la travesía de regreso.


Trafalgar Hombres y naves entre dos épocas: El 4 de junio salió la escuadra camino de la Barbuda costeando por occidente las islas de la Martinica y Dominica, llegando el 6 a la rada sur de Guadalupe, donde el general francés Lauriston desembarcó para recibir información militar sobre el estado y fuerza de la isla inglesa. De la guarnición de allí se embarcaron 600 hombres más. A las diez de la mañana de hoy día 8 dos fragatas francesas de observación avisaron que un convoy inglés de 16 velas se demoraba al norte de la escuadra.

Villeneuve ha dado inmediatamente orden de caza general, de forma que a las 5 de la tarde las dos fragatas y el buen navegar del navío español Argonauta de Gravina han hecho marinar a todos los buques menos uno que consiguió escapar. Han capturado un botín de 28 millones de reales, y por los documentos ingleses que se consiguen,se ha sabido que Nelson en una travesía increíble de 22 días desde que partió del estrecho de Gibraltar, ha llegado a Barbuda el día 4 y que anda buscando a la flota por las islas de las Antillas.

Ante esta información, Villeneuve ha enviado entre las ocho y nueve de la noche, una carta a Gravina comunicándole su intención de volver a Europa, y manifestándole no obstante su deseo de consultarle antes. El francés ha pasado a bordo del Argonauta a las tres de la mañana y Gravina le ha manifestado que “estaba de acuerdo con él, ya que de no hacerlo se podría comprometer desventajosamente la flota que los respectivos soberanos habían puesto a sus cuidados. Añadió que ya tenían orden de regreso y no se debía probar suerte contra fuerzas iguales o superiores ya que Nelson probablemente se habría reforzado con buques de Trinidad y Barbada, aparte de exponer a la tripulación a epidemias de aquella zona y que habían empezado a aparecer. En definitiva que no se debía sepultar inútilmente a la flota en América cuando su uso debía ser en Europa”.

Villeneuve puso en marcha el segundo plan y fijado ya el regreso se dio orden de quemar el convoy inglés para no tenerlo que transportar y verse obligado a retrasarse en la vuelta y dio orden para mañana de que 4 fragatas desembarcasen en las islas, las tropas que había sacado de sus guarniciones.
No se sabe lo que pudiera suceder en un enfrentamiento entre los 17 navíos de Villeneuve y los 11 de Nelson. Algunos hablan de complejo de inferioridad y espanto de Villeneuve y otros de una gran oportunidad perdida. Pero pensamos que la verdad es que quizás un combate con Nelson delate su posición y alerte a la flota de la Royal Navy y porque además las órdenes traídas por el francés Magón dejan bastante claro la intención de Napoleón de aprovechar el verano para atacar a Inglaterra.Mientras tanto el británico lo busca frenéticamente por Tobago, Trinidad, Granada…Pero sabe positivamente que tarde o temprano lo terminará encontrando.




10 de junio de 1805
Angustiosa persecución de un convoy francés.


La amenaza de una invasión de las Islas Británicas parece no quitar el sueño a los ingleses. Más al contrario, la actividad naval francesa en el Canal de la Mancha se ve periódicamente hostilizada por la Armada Británica, virtualmente el único obstáculo entre su patria y la Grande Armée acampada en Boulogne.
Informes fidedignos nos confirman la anterior aseveración. El pasado día diez de Junio, ha tenido lugar una acción de guerra en el Canal. A las siete de la mañana salía del puerto de El Havre con destino a Fècamp una flotilla de treinta y una embarcaciones dispuesta de la siguiente forma:

-Dos corbetas-cañoneras: la Foudre, al mando del capitán de navío Jacques-Felix-Emmanuel Hemelin y la Audacieuse, a las órdenes del teniente Dominique Roquebert armados, cada uno, con diez piezas, de las que cuatro o seis eran largas de a 18 libras y el resto carronadas de 36 libras. Cada navío cuenta con una dotación de ochenta almas.

- Cañoneras: Cuatro armadas cada una con tres cañones largos de 24 libras, tres armadas cada una con un 24 libras, ocho montando cada una dos piezas de 4 o 6 libras.

-Catorce transportes.


Después de un par de horas de navegación, y a la altura de Saint- Jouin- Bruneval, el convoy se vio sorprendido por una fuerza hostil formada por la fragata de doce piezas de 36 libras Chifonne, al mando del capitán Charles Adams; el balandro Falcon, a las órdenes del capitán George Sanders; el bergantín Clinker, patroneado por teniente Nisbet Glen y el cúter armado Frances.

A eso de las nueve y media de la mañana, la Chifonne, navegando bastante adelantada con respecto a su acompañamiento, y en aguas bajas, solamente diez brazas según nuestros informantes, abrió fuego, concretamente contra la Foudre. No obstante, apenas quince minutos después, la fragata inglesa, ante la amenaza de los bajíos, hubo de detener su impetuoso ataque.
Lejos de abandonar la caza, alrededor de las diez y media, la fragata, junto con el Falcon y el Clinker, reinició el fuego. Un conato de incendio en una de las corbetas francesas pudo ser reprimido mientras las naves más adelantadas del convoy buscaban la protección de las baterías del cercano Cabo de Caiset mientras esperaban la llegada del resto.

Decididos a no renunciar al botín que representaba el convoy, los navíos ingleses volvieron al ataque a la una y media de la tarde. A pesar del fuego procedente de las baterías de costa, el Falcon se empeñó en un duelo con la Audacieuse y la Chifonne no parecía cejar en su empeño y continuaba disparando. Sin embargo, a eso de la tres de la tarde, la caza parecía haber dado a su fin con el grueso del convoy bajo la protección de las baterías de Fècamp. Tercamente, el capitán Adams no ordenó cesar el fuego hasta las cuatro y media.

La acción ha costado a los ingleses dos marineros y un marine muertos y ocho marineros heridos. Los franceses, por su parte, han declarado tres muertos y doce heridos. A pesar de que en esta ocasión los ingleses no han obtenido ningún éxito, la impunidad con que patrullan por las costas francesas hacen pensar que los planes de invasión del Emperador no serán practicables hasta que la marina británica esté lo bastante mermada o dispersa.

El poderío naval inglés sigue actuando en todas las costas de sus enemigos. Tienen flotas para bloqueos de puertos como Brest, Ferrol, Cádiz, Cartagena, Toulon, tienen fragatas que vigilan por todas partes, (el Mediterráneo es suyo, el Estrecho de Gibraltar también) otras que atacan convoyes mercantes. La guerra continuada de desgaste, apresamiento y captura de caudales y enseres a la larga, irá inclinando la balanza a su favor, ya que para mantener la flota de buques de línea necesitan financiación (han llegado a gastar 1/3 del presupuesto anual) y para ello es fundamental la libertad de comercio con las colonias y el constante goteo de las capturas. Han decidido que su punto fuerte está en el mar, en la muralla de madera que son sus barcos, que les va salvando de la invasión, al igual que la flota ateniense de Temístocles, ayudando a frustar la invasión persa en la batalla de aniquilación de Salamina. ¿Donde encontrarán los ingleses la Salamina que van buscando? Y es que la historia se repite. Si aprenden ellos, nosotros también podemos hacerlo. Cada país tiene que desarrollar un punto fuerte, ¿cual es el nuestro?.





13 de junio de 1805
Nelson burlado regresa a Europa persiguiendo a la flota combinada.


Hoy cinco días después de la partida de Villeneuve de las Antillas hacia Brest, Nelson inicia de nuevo la persecución de la Combinada y por tanto el regreso a Europa. ¿Pero, qué ruta y destino tomó el francés? Por un lado sabe la presión de invasión que tiene su patria en el paso de Calais, pero por otro, teme una acción de nuevo en el Mediterráneo, mar que se le ha confiado a su custodia, y que él por su cuenta y riesgo abandonó en la marcha hacia el Atlántico. Teme equivocarse de nuevo y sopesa detenidamente la situación.
Había cometido una desobediencia, pero seguro de sí mismo, de la conveniencia de la persecución, del servicio a su patria y de la gloria que podría conseguir en caso de éxito, supo correr los riesgos. Marino desde los 15 años, era consciente de que no procedía de la aristocracia inglesa como los clásicos marinos de carrera y los ascensos y éxitos se los tendría que trabajar, (es que en todos lados cuecen habas), pues sabía de los celos y enemigos que se canjeó, cuando denunció la corrupción de algunos superiores por su connivencia con los que avituallaban a la flota inglesa. Pero ya había pasado bastante tiempo de eso y es verdad, que en los tiempos de enorme peligro para Inglaterra, el Almirantazgo había demostrado flexibilidad confiando muchas veces en las iniciativas de sus Almirantes, donde los triunfos fueron asumidos por la Institución como suyos. Todo esto hizo más fácil su decisión.

No era la primera vez que lo hacía, ya había actuado con independencia y la osadía del ganador, en las batallas navales de San Vicente y Copenhague y gracias a ello pudo decidir el resultado del combate a favor de Inglaterra. En todas fue comprendido y valorado en sus acciones. Es más el Almirantazgo empezó a acostumbrarse a estas iniciativas exitosas, y empezó a juzgar más severamente comportamientos conservadores, tímidos o demasiado castrenses en sus Almirantes. Pero todos no eran Nelson.

Al final ha decidido marchar hacia el estrecho de Gibraltar y ha tomado una ruta donde hay frecuentes encalmadas que le va a ralentizar su marcha. No la va a encontrar, ya que la Flota Combinada navega en coordenadas más altas en latitud (40º), por la ruta de las Azores, donde los vientos de vuelta son más favorables. Pero al menos ha tenido la precaución de enviar una rápida fragata para avisar al Almirantazgo de su regreso, que aprovechará la magnífica cobertura de información que Inglaterra ha sabido crear entre las flotas de guerra y mercante. El mar lo tienen perfectamente vigilado, pues han establecidos puntos de encuentro prefijados en latitud y longitud. ¡Estos ingleses siempre tan listos!.




15 de junio de 1805
Travesía de regreso de la flota combinada a bordo del Argonauta


Está amaneciendo, y comienzo a divisar a proa y a popa, a babor y a estribor, del navío “Argonauta” las naves de la flota combinada, llevando todo el trapo desplegado con rumbo NNE. Hace ya una semana que hemos abandonado Port Royal (Martinica), en el Caribe, e iniciado el regreso hacia Europa,evitando así el encuentro con los 11 buques de la flota de Nelson a quien, burlado por segunda vez, imagino herido en su amor propio y buscándonos infructuosamente por las Antillas.

Durante la pasada madrugada, según fuentes fidedignas próximas al almirante Gravina, éste comunicó a sus oficiales el “Plan A” previsto: Proceder a El Ferrol e incorporar los 5 navíos franceses de Gourdon y 10 más, españoles, que allí esperaban al mando de Grandallana, para luego partir hacia Brest, unirse a la flota de Gantheaume y marchar a Boulogne donde se pondrían a las ordenes directas de Napoleón para apoyar el desembarco. Para ello deben desorientar a la Navy, evitando el choque frontal y a lo sumo dar una batalla parcial.

Los allí presentes convinieron que era una estrategia arriesgada que pretendía debilitar el “muro de madera” en torno a las costas inglesas y alejar sus mejores unidades, las de Nelson por supuesto, de manera que si había que presentar batalla en el Canal de la Mancha, al menos que fuese con mayor igualdad y con posibilidad de salir airosos.

¡Pero una cosa era el plan y otra su ejecución! El comandante Antonio Pareja lamentó que la flota francesa procedente de Rochefort que debía esperarnos en las Antillas, iniciara el regreso cuando aún no habíamos arribado a Port-Royal. Sin embargo, animando a los suyos, Gravina dijo: “¡Horatio Nelson ha caído en el ardid y aún le llevábamos varias jornadas de ventaja!”
Por otra parte, las prisas han impedido que hagamos un suficiente aprovisionamiento a bordo, y dado el exceso de hombres en la tripulación, esto puede acarrearnos serios contratiempos (escasez de agua, deterioro de las provisiones de galleta, enfermedades,...) si en la singladura de vuelta el clima no es favorable y ésta se prolonga excesivamente. Esto comportaría un grave riesgo justo en el momento en que arribemos a las costas europeas, donde seguramente nos espera la Royal Navy con sus tripulaciones frescas, mientras que la nuestra estará debilitada y enferma. ¡Pero toquemos madera! ¡Que hay mucha, por cierto!

Nota de la redacción: El “Argonauta”, navío construido en El Ferrol, fue el último de los navíos de línea construidos en España en el siglo XVIII, entró en servicio para la Marina Española en 1796, siendo por tanto un buque nuevo y con las más recientes innovaciones del momento. Desde sus primeras singladuras ha estado muy unido a la carrera del almirante Gravina, ya que es el buque insignia de la flota española en la travesía atlántica de ida y vuelta junto a las unidades de Villeneuve.

Dimensiones: 52,8 metros de eslora, 14,7 m de manga, 6,4 de puntal, 48 m de quilla y un arqueo de entre 1.630 y 1.670 toneladas.

Tripulación: 798 hombres, divididos en 19 oficiales de marina, 11 oficiales mayores, 36 oficiales de mar, 279 hombres de tropa de infantería de marina, 61 de artillería, 99 hombres de artillería de mar, 160 marineros, 120 grumetes y 21 pajes, sobrando al reglamento de embarque 61 hombres.

Armamento: 80 cañones(de entre 32 y 12 libras) y 4 carronadas, estas últimas montadas en la cubierta superior.


18 de junio de 1805
La Escuadra de Cádiz preparada para la Flota Combinada.


Disponibilidad de las fuerzas bajo el mando de Don Ignacio Maria de Álava, Jefe de la Escuadra del Departamento de Cádiz, Real Isla de León: En el día de hoy queda alistado para el servicio el navío Santísima Trinidad. Este buque fue construido en la Habana el año 1769, carenado de firme en el segundo dique de la Carraca en 1795, forrado de cobre sobre el vivo el 2 de Noviembre de 1803 y recorridas nuevamente sus obras muertas para armar en Enero de 1805. Está completo de arboladura y embarcaciones menores a excepción del tercer bote, que se construye, hallase estanco y se considera en buen estado para navegar en todos los mares.

El Trinidad, insignia de nuestra flota, se encuentra fondeado junto a otras cinco unidades de éste departamento en el interior de la Bahía de Cádiz, al Oeste del Arsenal de la Carraca y en aguas cercanas a la Punta de la Clica. Los navíos quedan a la espera de la orden que les haga salir de la bahía para incorporarse a la flota combinada que partió el nueve de Abril.

Como ya se dispusiera para los restantes navíos del departamento, las operaciones de aprovisionamiento de víveres desde la Casería de Fadricas, así como de aguada y pólvora de las instalaciones de Punta Cantera en la Isla de León, completaron a los meses de reparaciones y puesta en servicio a que fueron sometidos los navíos debido a su larga estancia en el fondeadero, desde su último servicio en el combate contra los británicos de 1797 en aguas del Cabo de San Vicente.

La falta de medios materiales presentes en el arsenal isleño, debido al bloqueo comercial impuesto por Gran Bretaña, ha ocasionado que para la puesta en servicio de los navíos presentes hoy en la bahía, hayan tenido que utilizarse jarcias, aparejos y demás suministros procedentes de navíos como el Castilla que desgraciadamentehan tenido que quedar en el arsenal sin utilidad para el combate.

A la falta de medios materiales se ha unido el reducido número de personal de tropa y marinería disponible, a pesar del reclutamiento realizado, habiendo sido necesario al igual que ha ocurrido con el material, dar de baja para el servicio navíos con objeto de completar las dotaciones de las unidades más capacitadas.

A la fecha, los navíos Santa Ana de 112 cañones, Rayo de 100, y Bahama, San Justo y San Leandro de 74, se encuentran junto al Santísima Trinidad de 140 cañones, fondeados con ancla ajena para su partida inmediata a la orden.
Las dotaciones de los navíos, personal de marinería y tropa, a excepción de los retenes de guardia establecidos, aguardan en la Población Militar de San Carlos, en la Isla de León, sumando unos dos mil quinientos hombres a la espera de embarcar.



Arsenal donde se arman y aprovisionan los navíos.


Dique seco donde se reparan y aprestan los navíos.


3 de julio de 1805
La flota Combinada ya está a la altura de las Azores


Hoy 3 de julio, la armada de Villeneuve de regreso de las Antillas, ha conseguido a la altura de las Azores una captura de importancia. Se trata de dos buques corsarios ingleses de 14 cañones que, habiendo capturado al español Minerva yprocedente de Lima, traía a bordo 400.000 pesos en metálico, amén de su carga. (¡Que bien entendemos el continuo interés de Inglaterra en que España esté involucrada en el conflicto!).
Pero todo no son buenas noticias, pues parece ser que el bergantín Curieux, mandado por el capitán Byron Bettesworth, enviado por Nelson para avisar al Almirantazgo de su vuelta, ha descubierto a la Armada a larga distancia y por tanto ha podido observar que ésta no se dirige rumbo al Mediterráneo como creía. Como es frecuente en los flexibles mandos ingleses, el capitán aunque dudó si retroceder y llevar a su Almirante tan importante noticia, ha tomado la decisión personal de comunicarla directamente a Inglaterra, y a Portmouth se dirige forzando velas.

En anteriores noticias, informé que la flota combinada viene realizando una travesía lenta con vientos contrarios, lo que le obliga a navegar a punta de bolina de una a otra vuelta, con poca agua por exceso de tripulación a bordo de los buques y con muchos casos de fiebre contagiosa propios de las islas de las Antillas. Todas estas contrariedades han hecho retrasar la derrota de la escuadra, y también la operatividad y moral de la misma.

Nos informan que, a bordo del Argonauta, Gravina ha comentado que “este itinerario es de los más trabajosos que se habían hecho jamás” y que se ve por cubierta, meditando sobre los planes de Napoleón sin saber cuanto de utópico tienen. Pero no desfallece y anima a la tripulación pues desea fervientemente el éxito de la operación, ya que como buen español le duele el historial de agravios, saqueos de buques, pérdidas de batallas que su país viene soportando a manos inglesas. Le viene a la mente el dicho popular “Guerra con todos y paz con Inglaterra”, pero los contínuos pactos de familia nos han hecho estar siempre al lado de los intereses de Francia, una Francia que está luchando sobretodo desde 1763 para no verse arrinconada por su eterna enemiga. Piensa, que ésta podría ser un buena coyuntura para que Inglaterra reciba un fuerte correctivo que le haga moderar su ambición y se reestablezca el equilibrio de fuerzas en el Atlántico, que tanto nos conviene.





6 de julio de 1805
Descubrimos el secreto de la armada británica. El código disciplinario: otra clave de su eficiencia.


Todo el mundo sabe de la osadía y el arrojo de los marinos británicos, de la alta calidad profesional de los oficiales, subalternos y marineros y del rendimiento que saben sacar de cualquier embarcación, ya sea una falúa o un navío de línea. Sin embargo hay un factor por encima de todos los antes citados que hace que la Royal Navy sea llamada, con justicia, la Reina de los Mares: el estricto código disciplinario que rige la vida a bordo.

Hemos preguntado al capitán que amablemente nos ha explicado los distintos tipos de castigos contenidos en el Bloody Code (Código Sangriento). Este rígido código establece una serie de castigos en consonancia con las faltas cometidas que se aplican a discreción del capitán, en los casos en que la infracción se cometa en acto de servicio en el mar, o bien al juicio de los componentes de una corte marcial caso de que se juzgue en tierra firme. En orden creciente, el código disciplinario comprende tres tipos básicos de castigos conocidos por sus voces inglesas como Starting, Flogging y Hanging.

El Starting, o Puesta en marcha, es la forma de castigo más liviana y consiste en administrar un golpe rápido en la espalda del marinero infractor con una caña rota o, lo que es más usual, con un pedazo de cabo llamado precisamente Starting. Este tipo de castigo, lo aplica el Segundo del contramaestre, se emplea en casos de holgazanería o cuando no se cumplen las órdenes con la debida prontitud y empeño.

El Flogging, o Azotaina, es quizás el castigo más temido y, a la vez, el más característico a bordo de los navíos de Su Majestad Británica. En teoría un capitán solamente puede ordenar que se administren doce azotes, una mayor severidad quedaría en manos de una corte marcial, aunque en la práctica hay capitanes demasiado aficionados al látigo. Estos oficiales son considerados impopulares y no faltan casos en los que su actitud inflexible degenere en motín, tal y como ocurrió al infortunado capitán Hugh Pigot, de la fragata Hermione, descuartizado por sus propios hombres.

Precisamente he podido asistir a bordo del Mars de un proceso de la azotaina pues “ayer se cometió una falta y hoy la tripulación se ha congregado en cubierta para contemplar el castigo. Los oficiales, debidamente uniformados, se han situado detrás del capitán que es el encargado de leer las ordenanzas por las cuales el marinero sufre el castigo. Han desnudado al reo de cintura para arriba y lo han atado por las muñecas a un enjaretado colocado verticalmente. El castigo lo ha aplicado el Segundo del contramaestre y para ello ha utilizado un gato de nueve colas fabricado con una soga de dos pies de longitud y una pulgada de diámetro a la que se atan cada una de las nueve colas, cada una de ellas de un cuarto de pulgada de diámetro y dos pies de longitud. Es habitual que el Segundo confeccione un gato cada vez que hay que aplicar el castigo y, una vez ejecutada la sentencia, la ha colocado en una bolsa de tela de color rojo. Después de la tanda de azotes la espalda del reo ha terminado ennegrecida y casi, podríamos decir, chamuscada”. Si la sentencia hubiera sido de más de doce azotes, sería el siguiente en jerarquía, detrás del Segundo del contramaestre, quien aplicara el castigo.

Existe, asimismo, una modalidad de azotaina llamada Flogging Round the Fleet, (azotaina en la flota) que consiste en que el reo reciba un número de latigazos dividido por el número de barcos surtos en un puerto determinado. De este modo, el reo pasa de un barco a otro recibiendo castigo en cada uno de ellos mientras todas las dotaciones lo contemplan. Este castigo, de extrema dureza, está considerado como ejemplar dado el número de hombres que asiste al mismo.

Finalmente llegamos al Hanging, el Ahorcamiento, la máxima pena a que puede ser condenado un hombre según las ordenanzas. Solamente hay tres supuestos que valen la horca sin paliativos: el motín, la deserción y la traición. En cualquiera de estos casos, el reo es colgado del extremo de la verga. Si el reo es hombre popular entre sus compañeros es fama que el nudo de la soga estará bien hecho, de manera que el cuello del hombre se romperá casi instantáneamente. De tratarse de un hombre despreciado, es fácil imaginar la agonía que habrá de sufrir.

Junto a estas tres grandes modalidades de castigo podemos citar otros castigos “menores” como, por ejemplo, el Run the Gauntlet, literalmente traducido como Carrera del Guantelete o Correr Baquetas y muy empleado con los ladrones. Consiste en que el infractor ha de circular por un pasillo entre dos líneas de hombres armado cada uno de ellos con un cabo de soga con un nudo en el extremo. En el tránsito del corredor, el reo irá recibiendo los golpes de sus compañeros. Otro castigo es el conocido como el Kiss the Gunners Daughter, el Beso a la hija de los artilleros, que no es más que tumbar sobre un cañón al infractor y administrarle una tanda de azotes en el trasero. También podemos citar la costumbre de atar al infractor al aparejo y dejarle allí, a la intemperie, a discreción del capitán.

Viendo cómo se rige la disciplina a bordo de los navíos británicos no es de extrañar el grado de excelencia que han adquirido sus marinos. Si España y Francia pretenden contrarrestar el poder naval de Inglaterra y convertir sus Armadas en una alternativa operante tienen mucho que aprender.



Azotaina y Correr baquetas o carrera del guantelete


22 de julio de 1805: La batalla de Finisterre





23 julio de 1805
Estado de la flota después de la batalla de Finisterre.


Al amanecer al ver Gravina a la escuadra francesa por la misma aleta, ordenó virar para verificar la reunión. Faltaban los navíos San Rafael y Firme. Por la popa y de vuelta encontrada navegaba el enemigo y nosotros viramos inmediatamente para emprender su caza y obligarles a una segunda acción. Varios navíos de la línea señalaban averías de consideración. El tiempo seguía neblinoso y la gente se ocupaba en reparar los daños sufridos en la arboladura. Villeneuve que se había trasbordado a la fragata Hortense comunicó a Gravina que se proponía obligar al enemigo a una acción decisiva. Ordenó la formación en línea, pasando a la retaguardia la formación española.
Hubo dificultades con el flojo viento del NNE y la escuadra aunque en línea no restableció bien el orden, y como los ingleses indicaban su intención de esquivar la pelea, Villeneuve prefirió esperar al día siguiente para atacar.

Al amanecer del día 24 se avistó al enemigo por la aleta de barlovento, se viró de nuevo y se continuó la caza. A pesar de las maniobras continuas que realizaba la flota los buques enemigos se iban perdiendo de vista por culpa de la cerrazón y la pérdida de viento y quizá por la tímida persecución. A las doce aún se descubrían desde los topes nueve buques enemigos, pero terminaron desapareciendo. En la mañana del día 25 se perdieron de vista los enemigos definitivamente. Esta separación de la flota enemiga debido a las maniobras realizadas por Villeneuve causaron hondo disgusto e indignación en los comandantes españoles, pues consideraron que se habían sacrificado a sus compañeros. Al mediodía la fragata Didon señaló tierra por ESE. Por la tarde al ver el viento reinante favorable a entrar a Vigo, decide marchar a ese puerto.

El almirante inglés Calder se retira porque sabe que en un segundo encuentro puede salir malparado y perder las dos presas conseguidas y también porque la hipotética ayuda que le podría prestar Conwallis tardaría en llegar caso de que se produjese, ya que el está encargado de bloquear el puerto de Brest. Se siente satisfecho de haber debilitado la flota y de retrasar los planes del enemigo. De todas formas habrá que esperar a ver lo que opina el Almirantazgo de esta decisión ya éste buscaba una batalla de aniquilamiento.


27 de julio de 1805
La escuadra ha fondeado en Vigo


La flota ha anclado en el puerto de Vigo el día 27. Al día siguiente Villeneuve ha convocado una Junta de Generales a bordo del Bucentaure y en ella se ha acordado reportar agua principalmente a los buques franceses y desembarcar a los enfermos, dejándolos en un campamento aislados de los pueblos como medida de seguridad sanitaria.

Se acordó salir a la mar para incorporar las fuerzas navales del Ferrol despachándose un aviso para que estuvieran listas a dar la vela cuando representase la escuadra. Se acordó que si se verificaba el encuentro y los tiempos lo permitían se emprendería la derrota a Brest, pero que si los vientos eran contrarios sería preciso dirigirse a Cádiz por la escasez de víveres.
El día 30 ya se habían desembarcado los enfermos y reemplazado por tripulación nueva y sana, se habían dejado en puerto los navíos españoles América y España y los franceses Atlas y Sirene.

El día 31 toda la flota se ha dado a la mar en dirección a Ferrol. Temiendo que la escuadra enemiga se encontrase sobre el puerto para impedir la entrada a nuestra flota, se navegó de noche con las luces apagadasen disposición de combate. Cuando amaneció no se descubrió ningún buque enemigo frente a Ferrol y los españoles se dispusieron a dar fondo el día 1 de Agosto.

Inmediatamente Gravina ha dado orden de reparar en el arsenal a su buque insignia el Argonauta, que como saben ustedes fue dañado con el abordaje con el Formidable en las Antillas y dañado en la batalla del día 21 pasado. Solo dispuso de 5 días que era el tiempo de repostar víveres del resto de la flota.




30 de julio de 1805
¿Porqué se perdieron los buques San Rafael y Firme?


Hoy ha llegado a Plymouth los restos del San Rafael remolcados por la fragata inglesa Sirius después de la batalla de Finisterre. Venía en muy mal estado debiendo los ocupantes ingleses achicar agua durante la travesía. Los buques que participaron en su acoso fueron llevados a dique seco para reparación urgente.

El San Rafael que se encontraba con pocas posibilidades de navegación después de su singladura atlántica, fue primero batido por el Agamenón inglés que le hizo separarse de la acción y quedarse a retaguardia de su línea. Después fue acosado por otros dos más y sobre las 7 del día de la batalla tuvo muchos muertos y heridos , varias averías de consideración en casco y arboladuras, y casi inutilizado su timón cayó a sotavento alejándose de su flota. Para colmo de males su comandante D. Francisco Montes fue herido, dejando el mando a su segundo. Pidió socorro a dos buques franceses que no vieron las señales por la niebla. Siguió aumentando sus descalabros perdiendo sus masteleros, sus palos, y destrozadas sus jarcias, hasta que finalmente aislado acabó rindiéndose a unos ingleses que estaban obsesionados con hacer una presa ante lo desfavorable de la batalla. Al final fue atacado por 5 buques enemigos.

Parecidas circunstancias incidieron en la refriega sobre el aislado Firme, que no se sabe si fue elegido al azar o por la difícil posición del buque en la formación. Su cubierta fue barrida por la táctica inglesa de disparar a ras de borda para producir el mayor daño físico y moral en la tripulación. Se temió un abordaje pero los ingleses no quisieron arriesgarse a tener más pérdidas y esperaron a que la situación en el buque español fuera insostenible cosa que sucedió tras varias horas de combate, tras las cuales tuvo también que rendirse.

En esta acción se puede ver las tácticas inglesas de captura de presas cuando se enfrentan a un rival superior en número:
Poner sus buques a barlovento para efectuar sus ataques de ofensiva con más movilidad, concentrar la acción sobre puntos concretos del combate. De esta manera un navío aislado lo más posible se veía forzado a rendirse tanto por los destrozos como por la fatiga de su personal en su lucha solitaria. Todo ello llevado con premura para forzar su captura antes de que pudiera ser auxiliado por otro.

En los altos mandos ingleses se comenta que el posicionamiento de la flota enemiga ordenado por el Almirante francés Villeneuve les fue favorable a sus tácticas agresivas de concentración, ya que la línea franco-española era demasiado larga y éstos no pudieron concentrar sus fuerzas sobre sus fuerzas. Celebran que Gravina al que admiran se quedara en cabeza de la formación y que los los buques de ataque de la Combinada quedaran muy dispersos, con lo que por un lado no pudieron llegar a tiempo en auxiliar y por otro estarían interesados en parar el ataque central que no conseguirían ayudar a buques aislados. Elogiaron también la defensa que presentaron los buques españoles y admiraron la constancia y valor que demostraron los hombres que lo defendían.





Primeros días de Agosto 1805
Escenario de marítimo de guerra. Órdenes y contraordenes de Napoleón a la Flota Combinada


Como ya comentamos la flota española había partido de Vigo el 31 al mediodía antes que Villeneuve con dirección a Ferrol para reparar en aquel astillero. Al pasar el francés frente a la Coruña recibió un despacho de su Corte donde se le prohibía dirigirse a Ferrol y por tanto decidió fondear enla Coruña, quedando las dos flotas separadas. El objetivo de Napoleón era que se uniera en el mar con la flota de Gourdon y no en el puerto que el creía bloqueado y así ganar tiempo.

Villeneuve decide avisar el 4 de agosto a Allemand mediante la fragata Didon de la estancia de la Combinada en el puerto español, con la instrucción de reunirse con ella y que si no puede pusiera rumbo al fondeadero de Penmark en Francia a unas cuantas millas de Brest, donde trataría de reunirse con él. También le dice que en caso de que él tuviera grandes obstáculos para hacer la ruta del norte, su destino definitivo será el puerto de Cádiz. Pero Allemand por su parte ya había detectado a la flota inglesa y se le hacía complejo acercarse al puerto español.

Aquí es donde empiezan una serie de órdenes y contraórdenes de Napoleón a sus almirantes que hacen que el plan de invasión empiece a fallar. Los retrasos de llegada de los despachos y sus correspondientes respuestas y acciones realizadas, las decisiones tomadas con desconocimiento de las posiciones reales de las flotas, lo incierto de la posición y fuerza del enemigo, provocarán desencuentros y decisiones garrafales de estrategia en la Flota Combinada.

Según hemos podido conocer éstas han sido la secuencia de órdenes para el encuentro en la costa de Boulogne de las flotas del Emperador y de su aliada España.

Carta Imperial del 16 de julio dirigida a Galicia que la recibe Villeneuve el 31 de julio, y carta al dia siguiente del Ministro Decrés que la recibe el 3 de agosto. En ellas se le ordena que una a la flota los buques surtos en Ferrol de Grandallana y Gourdon y junto con la flota de Brest o la de Rochefort o las dos se dirija al paso de Calais.

El 27 de julio se le comunica a París que le puerto del Ferrol ya no está bloqueado. Por Calder. Otra carta de Decrés fechada el 26 de julio que le avisa que Allemand ha salido para reunirse con él.

Otra carta de Napoleón de fecha 26 dirigida a Allemand donde le ordena que si sobre le 3 de agosto no ha contactado con Villeneuve se dirija a Cádiz uniendo las dos flotas para dirigirse después al norte, Gran error de Napoleón al creer que Villeneuve ha retornado desde las Antilla por Canarias. Allemand no recibió a tiempo esta misiva y siguió las instrucciones primeras del 9 de junio dirigiéndose al fondeadero gallego. Ese mismo día envía Napoleón otra carta a Cádiz donde ordena a Villeneuve se dirija con la flota ya reforzada con las unidades de Álava a Ferrol uniéndose con las consabidas flotas de los puertos del norte. Dicha carta llegaría a manos de Villeneuve mucho después.
Es una pena que disponiendo la alianza franco-española de unos 70 buques, estos se hallen tan dispersos y con esta falta de coordinación.Creemos que Napoleón hace lo que puede pero este excesivo control que pretende tenerlo todo en cuenta como los ejércitos de tierra, demuestra un desconocimiento de las cosas del mar, sus imprevistos, y sobre todo de los movimientos del enemigo, que está mucho más coordinado de lo que el cree.

Mando Posición Navios
Gentaume Brest 22
Gourdon Ferrol 14
Allemand En el mar 5
Villeneuve/
Gravina Vigo 18
Álava Cádiz 6
Alcedo Cartagena 6
Cornwallis En el mar 20
Calder En el mar 15
Nelson En el mar 11
Collingwood En el mar 4
Bickerton En el mar 4





13 Agosto de 1805:
Sir Robert Calder: ¿héroe o cobarde? Controversia en Gran Bretaña por su actuación en Finisterre.


Mucho se está hablando estos días en la Gran Bretaña del reciente encuentro naval de Cabo Finisterre. Una viva polémica se ha desatado en torno al vicealmirante de la (Escuadra) Blanca Sir Robert Calder y su decisión de rehuir un combate que a todas luces parecía ser favorable a las armas inglesas, máxime si incluimos la captura de los navíos españoles San Rafael y Firme.
Recordemos que en Finisterre se enfrentaron dos escuadras de porte: por parte británica formaban nada menos que quince navíos de línea mas dos fragatas y otros dos buques menores; los aliados presentaban veinte navíos de línea, siete fragatas y dos bergantines. En líneas generales las fuerzas aparentaban estar bastante parejas aunque, en rigor, deba decirse que la escuadra aliada era sensiblemente superior en número amén de contar con la relativa proximidad de sus bases. La batalla, a pesar de lo que la fuerza de los números hacía prever, no pasó de una acción relativamente modesta: las bajas británicas no llegaron a doscientas y las de sus enemigos, aunque más elevadas, no alcanzaron el medio millar.

Las críticas a Calder en el seno del Almirantazgo británico han surgido casi al momento de recibirse las primeras noticias de la batalla. No han faltado acusaciones del tipo de “cobardía manifiesta”, “omisión del deber” y, oficiosamente, la más peligrosa: “desprecio a la tradición naval británica”.
No es preciso recordar que la Royal Navy considera como el más sano ejercicio de la guerra en el mar el presentar siempre la proa al enemigo, es decir,acudir siempre al combate. Si a este sagrado precepto sumamos la audacia a la que los marinos británicos nos tiene acostumbrados, y por la que no vacilan a atacar aún en inferioridad, resultan, pues, evidentes y hasta acertados los ataques a la persona de Calder.

Sin embargo, y he aquí la otra cara de la moneda, no faltan los comentarios si no elogiosos sí al menos benevolentes para con Sir Robert. Muchos en la Gran Bretaña noolvidan que, allende la exigua distancia del Canal de la Mancha, el mejor ejército de Europa está listo para repetir la hazaña de Guillermo el Conquistador, hazaña que la flota británica impide, por el momento. En este contexto, la actuación de Calder resultaría tan exitosa como prudente:
Exitosa porque ha impedido que Villeneuve uniera su considerable escuadra con la nada desdeñable de Gentaume en Brest y duplicaran así a la escuadra de Cornwallis, único obstáculo entre Inglaterra y los soldados acampados en Boulogne. Prudente también porque Calder ha sabido retirar su fuerza relativamente indemne (con el añadido de dos capturas) lo cual no es baladí en lo que a se refiere a la supremacía naval británica. Un jefe avezado y competente, como lo es Calder, debe saber mirar más allá de la cubierta de su propio barco y hacerse con una visión de conjunto. En ese sentido el preservar su fuerza de combate en un momento tan crítico para Inglaterra como el actual no parece ser una mala decisión.

Estas son, pues, las dos posturas enfrentadas en torno a Calder y su actuación en Finisterre. Solo cabe añadir un comentario ante las airadas voces de los neófitos en las cosas del mar y de la guerra que claman por más hombres como Nelson y menos como Calder. Si para Calder el nombre de Finisterre quedará como una cruz sobre sus hombros durante el resto de su vidano será menos para Nelson ya que la suya, aparte de costarle un brazo, es por añadidura Santa (de Tenerife).





31 de Agosto de 1805:
Comenzó el bloqueo inglés a gran escala del puerto de Cádiz


Ante la nueva situación de fuerzas creadas en la bahía de Cádiz, me comenta mi compañero que en círculos de Londres que el Almirantazgo ha puesto en marcha una operación secreta de gran envergadura. Aunque no podemos lógicamente saber de que se trata, a tenor de los acontecimientos parece ser que el objetivo es ubicar el mayor número de navíos posibles frente a la bahía gaditana.

Hemos podido saber que a los cuatro navíos del vicealmirante Collingwood, se le han unido el día 22 los cuatro de Bickerton que ha levantado el bloqueo del puerto español de Cartagena, y el día 30 llegó Calder con 18 unidades, de forma que son 26 navíos los que vigilan los movimientos en la zona. Han destacado los ingleses al Almirante Louis con un navío de tres puentes, cuatro de dos y varias fragatas que se mantiene a una distancia entre 5 a 10 millas del puerto mientras que a unas veinte estaba el cuerpo principal de la flota.

De nuevo se interrumpe el comercio en la ciudad y aumenta la tensión de la ciudadanía. Esta enorme flota frente a los muros de la ciudad ofrece un espectáculo inigualable. Continuamente se ven movimientos de posicionamiento, señales de banderas, silbidos de avisos de guardia, chalupas que transportan personal a tierra. Cádiz está llena de marinos, que intentan distraerse recorriendo la ciudad. No se puede evitar y no se habla de otra cosa: del combate inminente, de lo que nos deparará el destino, de si nos libraremos alguna vez de la presión inglesa. En los astilleros de la Carraca se reparan a buen ritmo las unidades en mal estado a pesar de la escasez de medios, pero todos son conscientes aquí de que el tiempo necesario para preparar nuestra flota juega a favor del enemigo, que tiene más tiempo para organizarse.

Si observamos el mapa esta zona es la que mayor ventaja ofrece a los ingleses, pues mantienen el control de la zona, y se pueden acercar o resguardar en su puerto de Gibraltar, son avituallados con alimentos frescos desde Marruecos y Portugal, país este que le da cobertura logística en sus puertos e información de nuestros movimientos. Además al controlar el estrecho, dificultan los movimientos de los buques de salcedo en Cartagena. Y para colmo de males dificultan y apresan cualquier navío que quiera acercarse a la ciudad con provisiones. Por eso, de noche, desde puertos de la costa atlántica o de puertos de la bahía y a través de tierra se consigue mantener a duras penas las provisiones, que siempre son menores de lo que la ciudad necesita.

Por otro lado, el puerto de Cádiz que es bastante seguro como refugio, no lo es para salir de él ya que se necesita dos direcciones de vientos: uno de levante (Este) para salir y otro de poniente (Oeste) para poner rumbo hacia el sur en dirección al estrecho. El momento más peligroso será el día que intente salir la flota, pues a veces pueden pasar de dos a tres días para conseguir que una flota de este tamaño abandone puerto, momento que puede aprovechar la flota enemiga para atacar y destrozarla, por no tener la organización de línea adecuada.

Aunque cada día está más preparada la ciudad para cualquier ataque, de momento no se tienen noticias de que Nelson esté con la flota inglesa, y el ataque directo a puerto no es probable que pueda ocurrir sin él.





13 y 14 de Septiembre de 1805:
Nelson se hace cargo de la flota inglesa


Llevaba Nelson en su finca de Merton tan sólo 12 días descansando de la enorme tarea de estos 2 últimos años, en compañía de su dulce Hamilton y de Horacia la hija de ambos, cuando ha recibido la visita del capitán Blackwood, que le ha comunicado que la flota hispano-francesa había entrado en el puerto de Cádiz. Le comenta también que el Almirantazgo va a emprender una nueva acción que pretende que sea de destrucción total de la flota enemiga, una ación definitiva, que evite la invasión de Inglaterra por Napoleón.
Nelson pareció comprender que la suerte estaba echada desde el primer momento y le dijo a su visitante: Esté seguro de ello, Blackwood, aún daré un buen susto a Mr. Villeneuve.

Hemos podido entrevistar a su amante Lady Hamilton para interesarnos sobre el estado de ánimo del Almirante después de la noticia. Nos cuenta que: Cuando Blackwood siguió su viaje le ví paseandose alterado y preocupado por las habitaciones de casa, y un día le sorprendí en su inquietud, dándome cuenta de su lucha interior. Me dijo que efectivamente había estado considerando el incorporarse de nuevo al mando de la flota y que le había faltado energía para comunicarme sus propósitos. Le animé y le dije: “Nelson, por mucho que podamos lamentar tu ausencia, ofrece tus servicios; serán aceptados y tu corazón quedará en paz; lograrás una gloriosa victoria y luego podrás volver aquí y ser dichoso” Me respondió unas palabras que guardaré en mi corazón mientras viva: ¡Valerosa Emma! !Bondadosa Emma! Si hubiera más Emma, habría más Nelsons. Ya más tranquilo ofreció sus servicios y su oferta fue aceptada el 9 de septiembre. Me dijo que dejaba con dolor su queridísimo Merton para servir al rey y a mi patria. Partió el 13 a las diez y mediapara Londres a ultimar los últimos preparativos de la flota.

Nosotros le hemos seguido en su viaje en el afán de informar de estos momentos históricos tan importantes. A primeras horas de la mañana del día 14 ha llegado lord Nelson al puerto de Portmouth, y después de despachar sus asuntos de tierra, ha tomado el atajo de la playa para embarcar lo más rápidamente posible y sortear el fervor que le procesa la multitud. No obstante su estratagema fue descubierta y la multitud se agolpó entre su séquito oprimiéndole por verle, muchos lloraban a su paso. Corrió tras él, entre gritos y aclamaciones y después en silencio le vieron perderse mar adentro en la barcaza que le llevaba a bordo del Victory, una de las mejores unidades de la Navy y ya veterano en otros combates.

La presencia de Nelson en este puerto ha sido seguida de cerca por una fragata danesa.





5 al 28 de Septiembre 1805:
Nelson se dirige a unirse al bloqueo inglés de Cádiz


El Victory que con viento contrario zarpó de Portmouth el dia 15 acompañado de la fragata Euryalus ha llegado ayer dia 28 a la bahía de Cádiz, tomando contacto con la flota de Collingwood. Lo ha hecho silenciosamente, ante las fuerzas enemigas pues la escuadra inglesa ha recibido órdenes de no rendirle honores y de no arbolar su insignia, para no dar señales que demuestren su presencia al enemigo, que ignora su presencia en las fuerzas bloqueadoras.
Hoy 29, es el 46 cumpleaños de Nelson y con ese motivo ha recibido la visita de todos los almirantes y capitanes en el Victory, que le han tributado llenos de contento sus simpatías. Ya de noche y una vez marchados todos a sus respectivos buques, el bueno del capitán Hardy se ha acercado a la cámara de su amigo el Almirante Nelson, para interesarse por su estado de ánimo después de tan intensa jornada. Cual no ha debido de ser su sorpresa cuando desde la cercanía y muy conmovido le ha dejado leer por primera vez, su diario personal de la jornada. Hemos esperado su salida y le hemos preguntado como estaba el Almirante y emocionado nos comenta algo de lo que ha leido: La acogida que se le ha dispensado le ha parecido la más inefable de su vida pues los oficiales se mostraron muy cercanos al punto de olvidar que Nelson era su comandante en jefe. Cuando pudo explicar su plan que había preparado contra el enemigo, sintió que no solamente era aprobado, sino claramente percibido y comprendido por todos. Algunos lloraron, el plan era nuevo, era singular, era sencillo. Todos repitieron en la sala Tendrá éxito por fuerza, si nos dejan acercarnos a ellos. Estaba exultante – nos comenta el capitán- y me dijo ¡Venga la batalla cuando quiera; no será nunca superada. Si sobrevivo, mi malparada constitución necesitará reposo y eso es todo lo que pido. Si caigo en esta ocasión tan gloriosa me comportaré de modo que mis amigos no se avergüencen de mi. Todo lo dejo en manos de la Providencia sabia y justa.

Ya en tono más grave – continua el capitán Hardy y con un cierto grado de cinismo me comentó Nelson: Creo sinceramente que el país tendrá que hacer pronto algunos gastos por mi cuenta; o bien un monumento, una pensión o nuevos honores, pues no tengo la menor duda de que faltan muy pocos días para que entremos en combate. Nadie puede estar seguro del triunfo pero me juro a mí mismo que los combatiremos si damos con ellos. Cuanto antes mejor; no me gusta quedarme con estas preocupaciones.

C: Capitán lógicamente no nos puede decir nada del plan de ataque de la flota inglesa ¿Pero sin confiarnos ninguna cuestión secreta y estratégica ¿que opina usted de la situación?

Hardy: Pues Inglaterra tiene puesta sus ojos y esperanzas en nosotros y en esta flota. Creo que el plan de ataque “Nelson Touch” como lo llama el Almirante, aunque arriesgado está muy buen pensado, y creo que nuestra flota lo podrá llevar a cabo. Es mucho lo que nos jugamos.

C: Gracias Capitán.

Hardy: A su servicio. Me voy a coordinar las guardias de esta noche. Mañana será otro día de intenso trabajo.


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LA BATALLA DE FINISTERRE (22 DE JULIO DE 1805)



La flota franco española venía de regreso a Europa desde las Antillas como parte del plan para incitar a la flota británica a perseguirlos, para poder tener el control del Canal de La Mancha a la vuelta, para una posible invasión de las islas británicas. En las Antillas la flota combinada encontró un convoy británico de 16 mercantes con un valor total de 5 millones de francos y con la escolta de la fragata de 28 cañones "Barbadoes" y de la balandra "Netley". La flota en seguida ordenó caza general y dos fragatas francesas junto con el navío español "Argonauta", que se unió a la caza gracias a su buen andar, lograron capturar todos los mercantes excepto uno, mientras que la escolta huyó. Los mercantes fueron llevados a Guadalupe.

El 30 de junio de 1805, la flota franco española capturó y quemó un corsario inglés, de 14 cañones y 49 hombres. El 3 de julio la flota represó el galeon español Matilda, con un tesoro a bordo de valor estimado de 14 a 15 millones de francos; y al mismo tiempo capturó el corsario, el Mars, de Liverpool, que había capturado anteriormente el galeon, y lo conducía a un puerto inglés. El mercante Matilda posteriormente sería puesto a salvo y el dinero reintegrado a sus propietarios, salvo la parte de represa que le correspondía a la flota, que consistió en una décima parte del valor total. El corsario fue incendiado, y el mercante tomado a remolque por la fragata francesa Sirène. Nada de importancia sucedió después a la flota combinada hasta que llegó a el cabo Finisterre el 9 de julio; en el que hubo un vendaval violento de viento del nordeste que se llevó el mástil principal del Indomptable, y dañó de manera levemente algunas de las naves. La travesía atlántica había sido bastante accidentada y muy dura, tanto que el propio Gravina dijo que fue la travesía más difícil de su vida. Por tanto con los buques en malas condiciones y con las tripulaciones muy cansadas y con escasez de víveres llegaba la flota a las cercanías de Finisterre. El viento moderó, pero continuó soplando de modo adverso, hasta un día o dos antes del 22; cuando, con un cambio favorable del viento, se encontraron con la escuadra británica del vicealmirante Calder.





En la latitud 43° 34 ' norte, longitud 16° 13 ' oeste, de París. ' Quince navíos de línea (cuatro de ellos poderosos tres puentes de 98 cañones), dos fragatas, un lugger y un cutter apenas se movían con la ligera brisa del noroeste a oeste, con frecuencia invisibles unos de otros a causa de una espesa niebla que varió desde una neblina a una niebla impenetrable, rota sólo de vez en cuando. El Capitán Cumming, mandando el navío en el que tenía la insignea el vice-almirante Robert Calder, el Prince of Wales de 98 cañones, registró su posición al sudeste de El Ferrol a aproximadamente 117 millas a las 11 aquella mañana, del 22 de julio de 1805. El mar estaba en calma, la bandera del Almirante Calder revolotea casi imperceptiblemente en el aire caliente, cuando vieron tres columnas de navíos al sudoeste , antes de que desaparecieran otra vez.

El almirante Don Federico Gravina, a bordo del Agonauta de 80 cañones y otros cinco navíos de línea españoles que formaban la vanguardia de los veinte barcos de la Flota Combinada franco española del Almirante Villeneuve, fueron los primeros en ver la fuerza británica.

A ningún marinero le gusta la niebla y, a algunos al menos, esto debió haber sido bastante misterioso aquella mañana el ver las flotas fantasma acercarse unos a otros, las voces de miles de marineros en una docena de lenguas diferentes, gritando con excitación, debía ser algo fantasmagorico. Pero con las apariciones breves de unos y otros, era comprensible que cada bando sobrestimó al otro ligeramente, Gravina calculó en veintiuna velas al principio cuando ellos tenían veinte, contando las fragatas, el cutter y el lugger, y Calder creía que la fuerza de Villeneuve se componían de veinte navíos de línea, tres barcos de 50 cañones, cinco fragatas y tres bergantines cuando, de hecho, había siete fragatas en vez de navíos de 50 cañones.

'Inmediatamente anduvimos al encuentro del enemigo con mi escuadrilla', dijo Calder más tarde en su informe. Al mediodía el Prince of Wales izó la señal para prepararse para la batalla, cuando dos columnas fueron formadas, seguidos por la orden de formar en una sola línea de batalla. Esta orden con frecuencia tomaba muchas horas para alcanzar con tales barcos indóciles, fue completada a las 1.15 de la tarde cuando se dio otra señal para mantener el orden cercano. Finalmente el Defiance, que estaba a dos millas del enemigo, había vuelto a las 3 de la tarde para tomar su lugar en la línea. El Hero estaba ahora en la primera posición, seguido por Ayax, el Triumph, Barfleur, Agammenon, Windsor Castle, el Defiance, el Prince of Wales, Repulse, Raisonnable, Dragon, Glory, Warrior, Thunderer y Malta todos con velas superiores solamente.

Mientras tanto, la flota de Villeneuve de veinte navíos de línea y siete fragatas, que habían estado viajando en tres columnas, había emitido señales similares, y había formado una línea de batalla inmensa virando en redondo en busca de la escuadra británica. La escuadrilla española del Almirante Gravina que se había encontrado en un principio en la retaguardia se encontraba ahora en la vanguardia tras la virada, y eran los más cercanos al enemigo. Con el Argonauta como insignia de ellos, esta escuadrilla española la formaban además del buque de Gravina, el Terrible, América, España, San Rafael y Firme, seguidos por catorce barcos franceses - el Pluton, Mont-Blanc, el Atlas, Berwick, el Neptuno, Bucentaure (en el duodécimo lugar), Formidable, Intrépido, Scipion, Swiftsure, Indomptable, Ágil, Achille y Algesiras. A las 3.30 de la tarde la Flota Combinada, íba en línea bien formada, precedida por una fragata, mientras en retaguardia otra fragata remolcaba el mercante con el tesoro. Las cinco fragatas restantes formaron una segunda línea sobre el lado de barlovento por el centro. Las dos flotas estaban casi en paralelo, pero todavía aproximadamente a unas siete millas.

Estos grandes gigantes de madera se movían con mucha lentitud con la brisa leve al igual que una manada de elefantes, perezosamente paseando a través de alguna sabana inmensa. Claramente la carencia de un viento fuerte que pudiera permitir la buena maniobrabilidad al igual que la pobre visibilidad demostraba los problemas para las dos flotas para enfrentarse con sus líneas de batalla cerradas casi imperceptiblemente.

La distancia entre las dos flotas había disminuído, los bancos brumosos tendieron a espesarse, haciéndo difícil, sino imposible, la visión de los movimientos de cada flota, ni siquiera al navío que tenían delante. A las 3.20 de la tarde Calder izó la señal de atacar al enemigo, seguido de otras órdenes como virar en dirección sur, y formar la línea de batalla ahora abierta y con la clara intención de cortar la línea de la combinada. Esto representaba un claro peligro para los franco españoles ya que se exponían a ser envueltos por los buques británicos y ser atacados en superioridad numérica, en un movimiento que era muy similar al que Nelson haría dos meses después en Trafalgar. Pero una hábil maniobra ordenada por Gravina, tras hablar con Escaño, hizo virar su buque por redondo, señalando que los demás navíos siguiesen sus aguas, y llevando su barco alrededor para proteger el flanco de la flota, incluyendo el mercante con el tesoro. La fragata británica Sirius, que iba tras la retaguardia de la Flota Combinada, intentando acercarse al mercante del tesoro, tuvo que desistir en su empeño tras la maniobra de la combinada y se retiró al salirle al paso el barco de Gravina, el Argonauta.

'Con una paciencia sumamente honorable del Almirante Gravina', escribió el historiador William James, ' el Argonauta pasó al lado de la fragata británica sin disparar, al igual que el Terrible y el América. Quedando esta a la altura del España'. Cuando el barco británico que íba en la vanguardia de su línea, el Hero de 74 cañones se acercó a la línea española a las 5.15 de la tarde, los barcos españoles izaron sus banderas de guerra y dispararon los primeros tiros de la batalla, el Argonauta de 80 cañones descerrajó una tremenda andanada en hilera al Hero causando un terrible daño, el España de 64 atacó a su vez a la fragata Sirius, causándole daños y bajas, haciéndo que esta se refugiara a sotavento, al abrigo de su flota, para no volver a intervenir en la batalla.

En ese momento, desde el Prince of Wales, Calder emitió varias señales, para maniobrar su flota para atacar a los barcos franceses por el centro y atacarlos lo más estrechamente que fuera posible. Sin ordenes, sin embargo, el Hero en solitario viró, al comprobar que la Flota combinada había cambiado de dirección, después fue seguido por los demás barcos británicos, que en un diagrama habría mostrado a las dos flotas haciendo zigzag para permitirles acercar al uno y al otro en la misma dirección y no dejar atacarse en perpendicular o hilera. Una gran maniobra de Gravina, que no dejaba a los británicos conseguir su objetivo. De haber mantenido el Almirante español la línea de batalla hubiera sido cortado por los británicos, por lo tanto este actuó eficazmente. Pero maniobrar aquellos grandes navíos de madera era un proceso incómodo, y esto ocurría a las 5.45 de la tarde, treinta minutos después de que el Hero hubiera virado y había comenzado a devolver el fuego del Argonauta, que el segundo barco británico, Ayax, habría seguido, pero entonces había abandonado la línea de batalla para informar al comandante del cambio de viraje. El Ayax entonces se dejó caer detrás del Glory, en el duodécimo lugar. El tiroteo ya era bastante general y a las 6 de la tarde todos los barcos británicos excepto el Dragon habían virado y atacaban al enemigo en clásica línea de batalla.



Plano de los momentos iniciales de la batalla, con el viraje del Hero


La visibilidad, que había sido tan pobre que el Almirante Calder no había sido capaz de ver la virada del Hero, ahora había empeorado. En el más claro de las condiciones meteorológicas, sin ninguna neblina por pequeña que fuera, el humo producido por cientos de cañones de gran calibre generaba una nube intensa de humo, dando a los contrincantes una visibilidad de un par de cientos de metros a lo máximo. Hoy, sin embargo, a la niebla inicial se les añadió el humo de estos cañones y que hacian que sus objetivos fueran simples conjeturas de sus movimientos, a pesar de los destellos brillantes de sus cañones.

El caos fue pronto general y a veces causaba que varios barcos atacaran a un opositor solo. El Windsor Castle de tres cubiertas, de 98 cañones, bajo el mando del capitán Charles Boyles, sufrió todo esto en el lado inglés, como también le pasó a los españoles, y en particular al San Rafael de 80 cañones, al Firme de 74 cañones y España de 64 cañones, que debido a los daños recibidos en la arboladura fueron cayendo a sotavento, hacia la línea británica. La retaguardia de los navíos franceses no estuvieron directamente implicados en la batalla la mayor parte del tiempo, ya que la rígida disciplina de la línea de combate dejaba a la retaguardia francesa sin opositores con quien combatir, si hubieran actuado con iniciativa, como Gravina, y hubieran salido de la línea de batalla, habrían podido hacer mucho daño al enemigo. Pero tras señalar a Villeneuve que no hacían fuego por no tener enemigo a su través, en vez de ordenar el almirante francés que la retaguardia envolviese a la retaguardia británica, les ordenó permanecer en sus puestos. De haber mandado a los buques franceses atacar a los británicos podían haber apresado o castigado sin ninguna duda al enemigo, y salvar así a la axfisiada vanguardia de la línea. Pero no se hizo nada y esto fue lo que le fue reprochado a Villeneuve posteriormente.

Tan aporreados estaban los navíos San Rafael y Firme (este con 35 muertos y 60 heridos, y con sólo el palo de trinquete) que cayeron en la línea de batalla británica, haciendo que los Británicos despiadadamente se ocuparon de ellos con múltiples fuerzas, con sólo otro navío, el francés Pluton de 74 cañones, intentando proteger a sus aliados españoles, hasta que terminó por irse. Los británicos dirían más tarde que la captura de los dos navíos españoles, que tan bravamente habían combatido, fue por pura casualidad al encontarlos en la niebla. El España caía también peligrosamente a sotavento y ahora estaba también bajo el fuego sumamente pesado británico y pudo ser salvado gracias a dos 74 franceses, el Mont-Blanc y el Atlas.

Los seis barcos del Almirante Gravina estaban en una situación desesperada ahora, cuatro de ellos mal dañados tras una eficaz lucha. El Firme y el San Rafael se encontraban a la deriva, sin posibilidad de gobierno alguno, pero los británicos, aun siendo claramente superiores en número, forzaron la rendición de los buques a base de artillería, no intentando abordarlos en ningún momento para no tener muchas más bajas propias.

Es curioso que la tan afamada rapidez en el disparo de los británicos no se hubiera notado mientras se había combatido en línea, y sólo cuando los dos navíos españoles cayeron en su línea, por la falta de maniobra, pudieron poner en práctica su táctica de combate preferida, atacar varios a un oponente a bocajarro, para aprovechar así la ventaja de las carronadas que en combate a distancia eran poco menos que inservibles. Decididamente esta era la ventaja de los británicos, mientras que la teórica rapidez de los artilleros británicos era algo difícil de creer. Aconsejamos leer el artículo de Trafalgar para más detalles sobre esto. Si estos dos buques no hubieran caído a sotavento los británicos hubieran tenido un número de bajas y daños materiales muy parecidos a los franco españoles, lo que extraña esa supuesta ventaja artillera de los británicos de tres disparos suyos por cada uno de los aliados que se ha dado siempre.

A las 8 de la tarde con la niebla, la neblina y el humo que oscurecía el día, el navío Firme de treinta y cuatro años, sin mástiles y perfectamente desvalido, después de que una magnífica lucha, se rindió a los Británicos, seguido unos minutos más tarde por el San Rafael, viejo navío de de cincuenta y un años, que era igualmente desarbolado. A las 9.25 de la noche la flota de Calder, al igual que la de Villeneuve, estaban completamente dispersadas y desunidas, cuando la noche los envolvió. La flota británica aguantaba muy justamente a barlovento, apenas en el radio de disparo de sus opositores, el Windsor Castle "cojeó" por delante del Prince of Wales y fue tomado al remolque por el Dragon de 74 cañones. De hecho, a las 8.25 de la tarde, debido a la opacidad de la niebla, Calder había decidido emitir ' la señal privada de la noche ' a la flota para abandonar la acción. Sin embargo muchos de los navíos no la vieron o la oyeron y la lucha siguió durante una hora más. Calder entonces llevó sus barcos a un rumbo nuevo, hacia el sudoeste.





De los navíos británicos, el Windsor Castle había sufrido peor parte. Había perdido su trinquete y una gran parte de sus vergas superiores, además de daños en el casco, alguno de los disparos cerca de la línea de flotación, a la lumbre del agua; después estaba el Agamemnon de 64 cañones, que también perdió un mástil, y el Malta de 80 cañones, con el palo mayor y mesana muy dañados, mientras el Ayax de 74 cañones había perdido las vergas principales. Sorprendentemente, considerando la intensidad y la duración de la batalla, sólo 41 oficiales y hombres británicos murieron y otros 158 fueron heridos en el combate.

La flota combinada de Villeneuve sufrió más pesadamente, con dos barcos españoles completamente desarbolados y en manos británicas hacia el final del día, aunque sus captores rápidamente descubrieron que eran dos navíos sin ningun valor. El 31 de julio, después de haber sido escoltado por la flota más allá del alcance de la escuadrilla Rochefort, los dos barcos capturados fueron anclados en Plymouth. El San Rafael fue construido en La Habana en 1771, con 2130 toneladas, y montaba sobre sus primeras y segundas cubiertas la misma fuerza nominal que un navío francés de 80 cañones, sobre su castillo y alcázar montaba 10 cañones de 8 libras (dos de ellos de cobre) y 10 obúses de 36 libras, y sobre su toldilla seis obúses de 24 libras, haciendo un total de 88 cañones (1); con un complemento, la mañana de la acción, de 800 hombres y muchachos, y 104 soldados (pertenecientes a la tropa de desembarco que la flota combinada transportaba). El Firme fue construido en Cádiz el año 1754 lo que le hacía ser un viejo barco de demasidos años de servicio, pesaba 1805 toneladas y que de no haber sido capturado seguramente tendría que ser desguazado debido a su mal estado. Ni el San Rafael ni el Firme pudieron ser utilizados por la Royal Navy más que como pontones de prisioneros, por lo tanto el valor de las presas era muy exiguo que no compensaban al Almirantazgo inglés el haberse retirado de la batalla sin "sacar" algo más.

Otros cinco navíos (incluída una fragata) fueron dañados, la mayor parte de ellos habiendo perdido al menos un mástil, que más adelante fueron puestos en dique seco para su reparación, manteniéndolos fuera de servicio en algunos casos durante varios meses. La Flota Combinada franco española perdió a 149 oficiales y hombres muertos y 327 heridos, siendo la mayor parte de los dos navíos españoles capturados. Aproximadamente 1.200 hombres fueron hechos prisioneros por los Británicos, también provenientes de los navíos capturados. Sólo tres de los dieciséis barcos franceses habían luchado con distinción, el Mont-Blanc, el Atlas y Pluton, los cuales contabilizaban la mayoría de las bajas francesas. En cuanto al buque insignia del Almirante Villeneuve, el Bucentaure, como la mayor parte de los barcos franceses restantes, vio muy poca acción y solamente contabilizó 10 bajas. Cuatro buques francéses de la retaguardia ni siquera llegaron a tener bajas.

Los españoles habían demostrado ser hombres muy valientes en verdad, sus seis barcos atacaron la línea británica de quince navíos, ellos sólos, los dos barcos apresados tuvieron una destacada acción, soportando estoicamente un daño excesivo. El almirante Calder había ganado simplemente porque había conseguido capturar dos barcos enemigos, pero de no haberlo conseguido estaríamos hablando claramente, a lo mejor no de una victoria de la combinada, pero si de un serio revés británico. Los españoles debían en parte su gran comportamiento de sus dotaciones al comandante principal de los Tercios Navales don Antonio de Escaño, uno de nuestros mejores marinos y más queridos por sus hombres, quien antes de partir la escuadra combinada se preocupó de pedir 1.500 hombres de matrícula (marineros profesionales) para completar la escuadra española y se preocupó de que Godoy estuviera al corriente en los pagos a las mujeres de dichos marinos mientras estaban fuera. Esta fue una de las principales causas por la que los marineros profesionales no se enrolaban en los barcos españoles, la falta de pagas que hacían vivir en auténticas penurias a las familias de los marinos que se encontraban lejos embarcados. En esta ocasión la labor de Escaño sirvió para que se pagaran a estos hombres. como también fue providencial la mano de este hombre en el pronto adiestramiento continuo de las levas que embarcaron, aunque el conjunto de las tripulaciones españolas y francesas llegaron al combate tras un periplo que las dejó agotadas y muchos de ellos enfermos, pero aun así cumplieron con creces con su deber. También se notó la experiencia de navegar varios meses sin interrupción, donde se pudieron adiestrar las tripulaciones, tanto en el disparo, como en la navegación.

Al amanecer del 23 de julio, los contendientes permanecieron sobre la misma posición que el día antes, aunque en vez de enfrentarse, cada lado estuvo apartado, Calder incluso maniobró su flota para evitar un segundo combate. De hecho, Calder rechazó atacar el 24 también, aunque hubo un cambio beneficioso en los vientos. Calder, en palabras de William James (2), 'ni atacaría, ni se retiraría'; en verdad, estaba más preocupado en escoltar al tullido Windsor Castle y sus dos viejos premios españoles más allá del alcance del peligro, que renovar la acción. El 25 de julio las dos flotas enemigas, ahora con muchas millas separadas, dejaron de verse y acabaron yendo en direcciones diferentes.

El Consejo del Almirantazgo debío aceptar esto como una humillación, y Robert Calder - tan vehemente en su discurso, pero tan haragán en la acción - tuvo que aceptar una investigación sobre su comportamiento. Los franceses no se molestaron en hacer lo mismo, sin embargo, sino el Almirante Villeneuve no habría estado al mando en Trafalgar varios meses más tarde. Gravina, por contra, había demostrado ser un gran marino que no tenía nada que envidiar a sus colegas británicos, maniobrando sus buques de forma eficaz y demostrando gran arrojo. Gravina había sido siempre un Almirante "agresivo" pero cuando se encontraba subordinado a las órdenes de otro Almirante (como le pasó con Villeneuve en Trafalgar) su alto concepto del honor y el deber le obligaba a "bloquear" su iniciativa y atenerse al plan general de batalla, aunque en el caso de Finisterre no ocurrió y podemos suponer que hubiera actuado de la misma forma que con Calder, frente a Nelson de haber tenido libertad de acción desde el principio de la batalla de Trafalgar.

Calder, en su informe, daría cuenta de este hecho, que el General español era letal en combate, y que por tanto se debían adoptar las oportunas medidas en cuando se presentara batalla contra él. Cosa que intentaron en Trafalgar, cuando su buque el "Príncipe de Asturias" fue atacado en sucesivos momentos por varias unidades británicas a la vez, sin conseguir nunca su rendición.

El informe de Villeneuve sobre la batalla era en verdad muy incompleto, más típico de una evaluación diplomática que de un sumario naval de acontecimientos, deliberadamente dando poca indicación de los verdaderos papeles que él, Gravina y sus flotas habían jugado. En verdad, Villeneuve intencionadamente deformó la situación ocultando el hecho que los seis navíos de Gravina llevaron la iniciativa en la batalla, la mayor parte de la lucha, corrió los mayores riesgos e incurrieron en el mayor número de víctimas, y no digamos una mayor parte del daño de la Flota Combinada.

Tampoco Villeneuve declaró o hizo alusión que la escuadrilla de Gravina había infligido el mayor daño a la flota de Calder. De la misma manera no logró mencionar que sólo tres barcos franceses (de catorce) hicieron una verdadera tentativa de entrar en la lucha y ayudar a los españoles asediados, y que él, el Comandante en jefe, no estuvo en ningun momento en situación de peligro.

Ni una sóla vez elogia el distinguido papel del Almirante Gravina en los acontecimientos del día, a los que Villeneuve permaneció meramente como testigo presencial de los mismos. El terror que le inspiraba Napoleón y las posibles consecuencias que le podía acarrear el combate, le hacía tragiversar los hechos para intentar justificar su deplorable comportamiento.

En su informe al Almirante 'Decraise' (nunca pronunciaba el nombre de Decres correctamente) del 28 de julio, Gravina informó que 'esta lucha comenzó muy bien, la vanguardia (consistiendo en mis barcos) y algunos barcos de la retaguardia lucharon al Enemigo con el mayor Coraje, pero entonces una niebla espesa y la noche que cayeron sobre nosotros paralizó nuestras operaciones, al grado que nosotros no podíamos distinguir señales o movimientos y es por eso que no fui capaz de ver (hasta que al día siguiente) que nosotros habíamos perdido al San Rafael y Firme '. En un segundo informe al primer ministro Godoy, Gravina reconoció que ' el fuego era siempre muy animado y sostenido ' sólo terminando alrededor de las 9 de la noche ' cuando el enemigo se retiró de la lucha '. Aquella noche Villeneuve había hecho subir cohetes cada media hora para intentar localizar su flota, y darles su posición, pero fueron dispersados unas millas y la niebla permaneció casi impenetrable. Al día siguiente, prosigue, ' era todavía muy brumoso cuando comprendimos que nos faltaban dos barcos de mi escuadrilla '. Gravina añadió que el 23 de julio, 'seguimos persiguiéndolos todo el día, aunque con poco efecto, porque el enemigo al instante maniobraba para evitar un segundo combate... La misma situación se repitió el 24, ' mientras sobre el 25, ' bajo mar gruesa perdimos de vista al enemigo ' y se dirigieron a Vigo.

El 25 de julio Villeneuve tomó una decisión: 'como parece no haber ningun cambio en el tiempo, y con el temor de desarbolar varios de mis navíos en cualquier momento, en particular aquellos que pesadamente fueron dañados durante la batalla, y como varios de nuestros navíos requieren de reparación también, después de haber consultado con el Almirante Gravina, he decidido ir a Cádiz'. Curioso que el almirante francés consultase a Gravina si atacar o no a Calder, cuando en plena batalla había permanecido impasible mientras la línea combinada había pasado por los dos buques apresados sin hacer nada sabiendo que su retaguardia le indicaba que no tenía con quien luchar y obligándolos a permanecer impasibles.

Vientos contrarios entonces hacen que esto sea imposible, y decide cambiar de rumbo a Ferrol, a sólo quince millas de distancia, y cuando hasta este rumbo no fue factible, ya que las exigencias de su flota requerían ir a el primer puerto posible, fueron entonces a Vigo.

Gravina informó también a Decres:, "aunque yo me encontraba en la línea como Almirante eso no me impidió ordenar mis naves para formar la vanguardia ni de tomar la posición de primacía personal en esa línea durante la lucha, como si yo fuera un capitán corriente.". Cuando Napoleón averiguó la verdad dijo: "ese Gravina condenado es todo un genio en batalla. ..si Villeneuve tuviera esas cualidades... ¿Cómo tiene el valor para quejarse de los españoles? ¡Ellos han luchado como leones!". Para los españoles el comportamiento de los franceses los habían decepcionado profundamente. El normalmente servicial Gravina se quejó ante el Primer Ministro Godoy. Al menos en Trafalgar se consiguió que los franceses navegaran entremezclados con los barcos españoles, para evitar otra situación como la de Finisterre.

En defensa de Calder (no merece siquiera intentar defender el comportamiento patético de Villeneuve) este argumentó que temió que la flota de Villeneuve se uniera con otras escuadrillas francesas - incluído los cinco barcos del Capitán Allemand (3) (que estaban cerca) y los quince navíos del Ferrol que lo habría puesto en una mayor desventaja. Pero el señor Calder estuvo claramente más interesado en la protección de sus propios barcos dañados y cuidar sus dos presas españolas que atacar al enemigo un segunda vez y, deliberadamente, se retiró varias millas de distancia, permaneciendo dentro de la vista de la flota franco española.

El fracaso de Calder fue no reasumir la batalla el 23 y 24 de julio, lo que le ocasionó una severa reprimenda de un consejo de guerra en diciembre. Para el Almirantazgo inglés, dejar escapar a Villeneuve con la mayoría de sus fuerzas era algo que se debía haber evitado a toda costa, ya que la amenaza de invasión seguía latente. El Almirantazgo británico buscaba una batalla definitiva, de exterminio de la mayor parte de las unidades enemigas y frustrar de una vez por todas el pretendido plan de Napoleón. Acabar con una mayoría de buques hubiera sido la solución, pero esto no pasó en Finisterre, por tanto Calder les había fallado. Agravado, además, porque la flota británica rechazó reanudar el combate repetidamente cuando los aliados buscaron el enfrentamiento al día siguiente.





El 25 de julio de 1805. La situación de Villeneuve se deterioraba rápidamente, debido al combate y la disminución del alimento y provisiones, agravadas por un número considerable de heridos a bordo - por no mencionar el estado trastornado de su mente que su correspondencia debía revelar en el futuro- llegando a la bahía de Vigo el 27 de julio, donde tras un breve tiempo y dejando dos barcos muy dañados antes de ir a Ferrol el 31 de julio. Gravina sólo podría salir a navegar de nuevo con el Argonauta (que finalmente había perdido el palo de mesana) y el Terrible, mientras que el América y el España no se encontraban en condiciones de navegar. La penosa travesía desde las Antillas y la batalla habían dejado a estos dos buques en malas condiciones, por lo que se dejaron en el Ferrol para su reparación.

Calder mientras tanto navegó con sus dos capturas y el dañado Windsor Castle hasta que el 26 de julio los envió bajo escolta a Plymouth mientras él, con su catorce navíos restantes, regresó a el Cabo Finisterre donde esperó a unirse a Nelson. Al no encontralo allí siguió adelante para Ferrol el 29 de julio para reasumir sus deberes de bloqueo, de mala gana, mandando a Inglaterra el navío Malta, que también había sufrido un daño considerable y no estaba en buenas condiciones.

El 2 de agosto, se separó el Contralmirante Stirling y sus cuatro barcos, que debían seguir con su misión de interceptar al escuadrón de Allemand, dejando a Calder en una situación incómoda, teniendo sólo nueve navíos de línea cerca de un puerto principal enemigo. Para su consternación, volviendo a Ferrol el 9 de agosto, después de que una tormenta lo había hecho alejar a alta mar, se encontró a la Flota Combinada de Villeneuve protegida dentro del puerto, a la que se le había unido las escuadrillas de los Contralmirantes Grandallana y Gourdon, ahora dándolos una fuerza de veintinueve navíos (aunque sólo veintisiete estuvieran preparados). ' En este estado ' comentó William James, ' Calder, con sus nueve navíos de línea abandonó el bloqueo y sobre el 14 de agosto se unió al Almirante Cornwallis en Ushant. '


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LA BATALLA DE TRAFALGAR




Napoleón idea un plan para invadir Inglaterra. Mandar una escuadra Franco-Española a las Indias Occidentales , y cuando los ingleses manden sus fuerzas navales allí, la escuadra debe volver inmediatamente para unirse con otros barcos del Ferrol, Rochefort y Brest, y dirigirse al Canal de la Mancha donde controlará el desembarco, de 160.000 hombres en 2.000 buques de transporte, en Inglaterra.

La primera fase de la misión se cumple. El almirante francés Villeneuve logra salir de Toulon el 29 de Marzo, donde estaba bloqueado por la escuadra al mando de Nelson, la flota francesa la componen 12 navíos de línea: Plutón, Neptuno, Mont Blanc, Atlas, Berwick, Bucentaure, Formidable, Intrépide, Swiftsure, Indomptable y Scipión.



El "Bucentaure", navío de 80 cañones insignia de Villeneuve, pintura de Geoff Hunt


Transportan 3.360 hombres de tropa de desembarco al mando de los generales Lauriston y Reille, también lleva consigo 50 cañones de varios calibres, 6 obuses de á 6 pulgadas, 6 morteros de á 12 y 8, con los útiles y municiones a razón de 600 tiros por pieza. . El 9 de abril llega a Cádiz y se le incorporan los navíos españoles Argonauta, Terrible, España y Firme y el francés Aigle. Esa misma noche salen de Cádiz. El 14 de mayo llegan a la Martinica y el 16 de mayo llega el San Rafael que había salido de Cádiz con un día de retraso.

l 31 de Mayo toman el islote del Diamante y el 8 de Junio capturan un convoy ingles a la altura de Antigua. Gracias a esta captura Villeneuve se entera que Nelson llegó el 4 a la isla de Barbada, y decide regresar a Europa.

Pero a la vuelta de las Indias Occidentales, la escuadra franco-española se encuentra con Sir Robert Calder y parte de la Flota del Canal, que estaba a la espera de la escuadra, días antes un navío-correo llegó desde Lisboa con la noticia de que la escuadra aliada regresaba a Europa.

El encuentro se efectúa a 25 leguas de distancia del cabo Finisterre, pero a pesar de la superioridad numérica, la ineficacia del Almirante Villeneuve, que está al mando de la escuadra, permite a los ingleses capturar dos navíos españoles, Firme y San Rafael





La escuadra tiene que dirigirse a Vigo, donde entra el 27 de julio, para reparar los barcos y atender a los heridos. Una vez repuestos se encaminan al Ferrol, pero tienen que dejar en Vigo los navíos España, América y Atlas para su reparación y por sus malas propiedades marineras. El Atlas se destina a hospital provisional de 800 individuos.

El 2 de agosto entra Gravina en el Ferrol pero Villeneuve continúa hacia la Coruña. En el Ferrol la escuadra se refuerza con los navíos que los estaban esperando: Príncipe Asturias, Neptuno, Monarca, San Agustín, San Fulgencio, San Francisco Asís, San Juan Nepomuceno, Montañés y San Ildefonso. Villeneuve recibe la noticia de la pronta llegada del Contra-Almirante francés Lallemand al puerto de Vigo con cinco navíos. Manda a la fragata francesa Didon que avise a Lallemand para que se dirija á Brest, donde el tiene orden de Napoleón de ir para unirse a la escuadra que allí se encuentra.
La fragata Didon es apresada y no llega a contactar con Lallemand.

Villeneuve decide salir el 13 de agosto, sin esperar a unirse a Lallemand, pero el 15 cambia de rumbo y toma la decisión de ir a Cádiz, teme que en el Canal de la Mancha le esté aguardando una fuerza considerable de barcos enemigos. Llega a Cádiz el 20 de agosto de 1805.

Napoleón monta en cólera al enterarse, levanta el campamento donde estaban las tropas que debían desembarcar en Inglaterra, y se encamina a Austria.

Manda a Villeneuve que salga de Cádiz y se dirija a Cartagena en busca de refuerzos y de allí que parta a Nápoles. Pero los ingleses ya han bloqueado la salida de Cádiz.



Cádiz



Una de las principales ventajas con que contaron los británicos fue el entrenamiento de sus artilleros, que llegaron a triplicar en ocasiones la cadencia de tiro respecto a sus oponentes. Esto fue debido al entrenamiento al que eran sometidos y que los artilleros a diferencia de sus homólogos franceses y españoles, no eran frecuentemente sustituídos, con lo que se conocían bastante bien y estaban mejor compenetrados.



El 28 de septiembre se une a la fuerza de bloqueo inglesa Horatio Nelson, que coge el mando de Cuthbert Collingwood.

En los días siguientes Nelson invita a cenar a todos los capitanes. Estas cenas tienen un carácter informal y en ellas Nelson aprovecha para exponer su plan.

Dividirá su flota en dos divisiones, una de ellas atravesará la línea del enemigo entre la retaguardia y el centro y se concentrará en el tercio de la retaguardia.

La segunda división cortará la línea entre el centro y la vanguardia, concentrándose en los barcos del centro, de esta forma la vanguardia del enemigo tendrá que dar un círculo para volver y auxiliar al resto de la flota.

Collingwood dirigirá la división que atacará la retaguardia, y Nelson comandará el ataque por el centro, los demás capitanes tienen total libertad para causar mas daños a la escuadra franco-española.

A este plan Nelson lo llamó El Toque de Nelson (Nelson Touch).

"Si se descubre la escuadra enemiga al viento en línea de batalla, y que las dos columnas y la división de vanguardia pueden alcanzar esa línea, esta probablemente tendrá tal extensión, que la cabeza no podrá acudir al socorro de la cola. Por tanto es verosímil que haré la señal al segundo comandante de cortarla hacia el duodécimo navío, contando desde la cola, ó por donde pueda, sino puede llegar a esa altura. Yo con mi columna atacaré hacia el centro y la división de vanguardia atacará dos, tres ó cuatro navíos mas arriba del centro, de manera a tener la seguridad de atacar el navío del comandante en jefe de la escuadra enemiga, buque que es preciso apresar a todo trance. El plan general de la escuadra británica debe ser el de estrechar todos los buques enemigos desde el segundo ó tercero mas allá del comandante en jefe (suponiendo a este en el centro) hasta la cola de la línea ".





Mientras, en Cádiz, Villeneuve no tiene muy claro lo que ha de hacer y el 8 de octubre celebra un consejo a bordo del Bucentaure donde intervienen :
Villeneuve, los contra-almirantes Dumanoir y Magon, y los capitanes de navío Cosmao, Maistral, Villegris y Prigny todos por parte francesa, y los tenientes Gravina y Álava, jefes de escuadra Escaño y Cisneros, y brigadieres Galiano y Churruca, por parte española.

Desde el principio Villeneuve pretende que la escuadra salga de Cádiz, pero Gravina sensatamente le replica con las siguientes palabras:

"No apruebo, la salida del puerto de la escuadra combinada, porqué está muy avanzada la estación, y los barómetros anuncian mal tiempo, no tardaremos en tener vendaval duro, y por mi parte creo que, la escuadra combinada haría mejor la guerra a los ingleses fondeada en Cádiz, que presentando una batalla decisiva. Ellos tienen con qué reponer las naves que les destrocemos en un combate; pero ni España ni Francia cuentan con los recursos marítimos de guerra que la Inglaterra posee. Además: el reciente combate sobre cabo Finisterre ha hecho ver que la escuadra francesa es espectadora pasiva de las desgracias de la nuestra: sus buques han visto que nos apresaban los navíos San Rafael y Firme, y no hicieron ni un movimiento para represarlos, no pudiendo hacerlo los nuestros por las muchas averías que sufrieron de resultas del encuentro, y me temo mucho que en la acción que vamos a tener suceda otro tanto...¿Por qué salir el almirante francés de la bahía de Cádiz?. Aquí obligaríamos á los ingleses á sostener un estrecho bloqueo, otro en Cartagena, donde hay armados fuerzas navales, y sobre Tolón también otro. Para estos bloqueos tendrían que hacer grandes sacrificios: con el sostenimiento de tres escuadras en un invierno que está próximo, y con las averías que forzosamente han de tener, conseguiríamos ventajas equivalentes a un combate".

Este comentario termina convenciendo a todos, y se acuerda permanecer en Cádiz hasta que las fuerzas inglesas disminuyan.

Nelson ordena atacar todo barco de avituallamiento que se dirige a Cádiz, lo que agrava los problemas de la escuadra, que tiene dificultad de aprovisionarse al estar Andalucía recuperándose de la epidemia de fiebre amarilla que había matado a miles de personas y gran parte del ganado.

En cambio la flota de Nelson se prepara minuciosamente para el combate, las tripulaciones diariamente hacen prácticas de tiro, y la comida es generosa para todos.

Los ingleses sitúan fragatas a pocas leguas de Cádiz para controlar todos los movimientos de la escuadra y así no ser vistos los navíos que forman la flota británica y evitar que se pueda determinar el número de navíos que la componen.

Villeneuve recibe una carta del ministro francés Decrés informándole que se tiene que presentar en París y dejar su cargo a Rosilly que se encamina hacia Cádiz para relevarle.



Esta imagen muestra a la Combinada dentro de Cádiz y a buques ingleses de observación


El 17 de octubre Villeneuve recibe información del servicio de inteligencia: 4 buques británicos salían al mediterráneo desde Gibraltar escoltando un convoy, y que otros 2 buques se hallaban en Gibraltar reaprovisionándose y sometidos a reparaciones.

Al día siguiente Villeneuve , pensando que la flota de Nelson se ha debilitado con las bajas de los barcos antes indicados, se decide sacar la escuadra de Cádiz y así intentar conseguir la reconciliación con el emperador.

El 19 hace las convenientes señales para darse al mar toda la escuadra. Está compuesta por 33 navíos mientras que los ingleses tienen 27.





En este cuadro se detalla la diferencia en más y menos entre el personal de las dotaciones existentes a bordo de los navíos españoles, y el prevenido en el Reglamente de 16 de Octubre de 1803. S. sobran y F. faltan según reglamento


A las 06.00 horas aparece la señal , al mediodía, con solo 7 barcos fuera, el viento desaparece y reina la calma, es necesario utilizar botes para remolcar el resto de la escuadra, al mediodía del 20 toda la escuadra se encuentra en mar abierto, en Cádiz se presiente la catástrofe y en la iglesia del Carmen es tal la cantidad de gente que acude a rezar, que se tienen que formar tandas para entrar.



Baluarte de Candelaria. A la izquierda la torre de la Iglesia del Carmen


El tiempo que había permanecido la escuadra en Cádiz había restado habilidad en los miembros de las tripulaciones, además los navíos no estaban suficientemente equipados. Los españoles se temen lo peor.



Mapa de la zona


El 19 a las 9'30 horas el Mars repite la señal ' El enemigo empieza a salir del puerto ' , entonces desde el Victory se iza la señal ' Persecución general, sudeste '. Nelson establece un sistema de seguimiento de la escuadra, manda colocar dos fragatas cerca del enemigo para que comuniquen los movimientos al Defence, este al Colossus, este al Mars y por fin desde el Mars al Victory. Las comunicaciones durante la noche se hacen con luces.

Durante el 20, la escuadra se dirige al sur, hacia el estrecho de Gibraltar, alejándose del cabo de Trafalgar. La formación es de 3 columnas, pero muy irregulares debido a la poca experiencia de las tripulaciones. A última hora de la tarde el viento sopla del oeste, lo que permite que los barcos giren y se encaminen directamente al estrecho, pero esta maniobra termina de desordenar la formación.

A las 19'00 horas en el Redutable se ven luces de señal de los barcos de Nelson, y se lo informa a Villeneuve, pero las comunicaciones en la escuadra combinada se hace mediante altavoz y hasta las 20'30 horas no llega el mensaje; Entonces Villeneuve ordena que la escuadra se coloque en línea de batalla.

Al amanecer del día 21, las dos flotas se distinguen claramente. A las 5'45 desde el Victory se transmite el mensaje para que la flota se divida en dos columnas. Entonces el General Gravina pide a Villeneuve permiso para obrar independientemente de la línea con la escuadra de observación que está á sus ordenes, el francés lo desaprueba, previniendo a Gravina que permanezca en la línea de batalla y subordinado á los movimientos generales.





Villeneuve ordena una virada por redondo á un tiempo en toda la línea, el efecto fue hacer la vanguardia retaguardia, y la retaguardia vanguardia. La línea se había roto dejando grandes claros al enemigo. Este movimiento lo realizó Villeneuve para tener Cádiz bajo el viento en el caso de una derrota.

Mientras, en el Victory, Nelson está en cubierta observando la escuadra combinada, el cirujano del barco observa que Nelson lleva las condecoraciones cosidas a la chaqueta, siendo un blanco fácil, pero antes de poder comunicárselo a Nelson, este se vuelve al grupo de oficiales para desplegar un mensaje a toda la flota. ' Inglaterra espera que todo hombre cumplirá con su deber ' , y a continuación ' Atacad al enemigo de cerca '.







En el San Juan Nepomuceno, Churruca mira por el telescopio el mástil del Bucentaure a la espera de una solución, como no se produce, sacude la cabeza y se dirige a su segundo al mando " Nuestra vanguardia será aislada del cuerpo principal y nuestra retaguardia se verá abrumada. La mitad de la línea estará obligada a permanecer inactiva. El almirante francés no lo entiende. Sólo ha de actuar con osadía, sólo ha de ordenar que los barcos de la vanguardia viren de nuevo a sotavento y se sitúen detrás de la escuadra de retaguardia. Eso colocaría al enemigo entre dos fuegos ", ¡Perdidos! ¡Perdidos! ¡Perdidos!.





1-NEPTUNO, 2-SCIPION, 3-INTREPIDE, 4-FORMIDABLE, 5-MONT-BLANC, 6-DUGUAY-TROUIN, 7-SAN FRANCISCO DE ASIS, 8-RAYO, 9-SAN AGUSTIN, 10-HEROS, 11-SANTISIMA TRINIDAD, 12-BUCENTAURE, 13-REDOUTABLE, 14-SAN JUSTO, 15-NEPTUNE, 16-SAN LEANDRO, 17-INDOMPTABLE, 18-SANTA ANA, 19-FOUGUEUX, 20-MONARCA, 21-PLUTON, 22-ALGECIRAS, 23-BAHAMA, 24-AIGLE, 25-SWIFTSURE, 26-MONTAÑES, 27-ARGONAUTE, 28-ARGONAUTA, 29-SAN ILDEFONSO, 30-ACHILLE, 31-PRINCIPE DE ASTURIAS, 32-BERWICK, 33-SAN JUAN NEPOMUCENO.

34-VICTORY, 35-TEMERAIRE, 36-NEPTUNE, 37-EURYALUS, 38-LEVIATHAN, 39-CONQUEROR, 40-BRITANNIA, 41-AJAX, 42-AGAMEMNON, 43-ORION, 44-PRINCE, 45-MINOTAUR, 46-SPARTIATE, 47-ROYAL SOVEREIGN, 48-BELLEISLE, 49-MARS, 50-TONNANT, 51-BELLOROPHON, 52-COLOSSUS, 53-ACHILLE, 54-REVENGE, 55-DEFIANCE, 56-SWIFTSURE, 57-POLYPHEMUS, 58-DREADNOUGHT, 59-THUNDERER, .60-DEFENCE, 61-AFRICA






A las doce menos cuarto el San Agustín dispara un primer cañonazo, siguiéndole otro del Monarca. El Royal Sovereing manda la columna de sotavento, que es la primera en tomar contacto con la escuadra combinada.

El Royal Sovereing descubre una abertura entre el Santa Ana y el Fougueux, se introduce por ella y descarga una andanada contra el Santa Ana y contra el Fougueux. Ambos se reponen y responden al fuego.





Debido a la superioridad numérica que consiguieron los británicos con sus dos columnas, pudieron batir a los aliados con luchas de hasta cinco contra uno.En la imagen el combate del San Juan Nepomuceno, completamente rodeado por el enemigo.


El Santa Ana entonces se entabla con el Royal Sovereing, Álava conociendo que su enemigo quiere pasar a sotavento, pone toda su gente a estribor. Collingwood, ante los daños que sufre el barco, abandona el navío para proteger su vida (como segundo Almirante) y se embarca en la fragata Euryalus. El Santa Ana terminará rindiéndose después de sufrir graves daños.



El Royal Sovereign junto al desarbolado Santa Ana


Mientras, el Victory se lanza entre los navíos Santísima Trinidad y Bucentaure, pero el general Cisneros junta el Santísima con el Bucentaure y no deja hueco por donde pasar, entonces el Victory se lanza contra el Bucentaure y el barco que tiene en popa, el Redoutable.

Villeneuve comienza a hacer señales a la división de vanguardia para que vire y venga a reforzar el centro de la línea de batalla, pero Dumanoir no quiere hacer caso de la orden y continua rumbo norte con su división. Pero un grupo de navíos formado por el San Agustín, San Francisco, Rayo y Heros deciden abandonar a Dumanoir y dirigirse en ayuda del centro de la línea.

Desde el Redoutable se intenta lanzar los garfios de sujeción por encima del Victory, para intentar el abordaje, pero el Victory es mas alto. Mientras en las cofas del navío francés los francotiradores barren la cubierta del Victory. Uno de ellos consigue dar a Nelson, que gravemente herido es bajado a la cubierta de sollado.



Nelson yace malherido


El Victory está a punto de ser tomado, pero en su ayuda viene el Temeraire, por el costado desprotegido del Redoutable, y lanza una descarga de sus cañones que produce una carnicería en el barco francés.





El Fougueux, maltrecho tras su primer encuentro con el Royal Sovereing, acude a socorrer al Redoutable. Se juntan los cuatro barcos que quedan enganchados por sus costados.



De izquierda a derecha: Fougueux, Temeraire, Redoutable, Victory




El Redoutable pierde el palo mayor y el de mesana, desaparece su castillo de popa y cinco sextas partes de su tripulación están fuera de combate; Tiene que arriar la bandera y es remolcado por el Swiftburne.

El Bucentaure se queda junto al Santísima Trinidad rodeado de barcos enemigos. Mas de la mitad de su tripulación y oficiales están heridos ó muertos, Villeneuve recorre la cubierta diciendo " Entre la carnicería que me rodea, ¿No hay una bala destinada a mí? ". Poco después arría su bandera.

El Santísima Trinidad se queda solo rodeado de siete navíos ingleses, pero todavía sostiene el fuego, el capitán del África envía un oficial a aceptar la rendición del navío, pero es cortésmente escoltado de vuelta a su bote y se reanudan los disparos por más de una hora, hasta , que ni para las bombas de achicar, ni para los cañones, hay hombres.



A la izquierda a parece el Bucentaure. A la derecha los ingleses bajan del Santísima Trinidad cuando creían que el barco se había rendido. Al fondo el Neptune es atacado por el Intrépide francés.


Entonces el barco se rinde. Es un bamboleante casco gigantesco y sin mástiles. Se niega a hundirse durante casi tres días, mientras los tripulantes de los barcos británicos Ajax y Revenge tiran a los muertos por la borda y bajan todos los heridos que pueden a los botes, pero el día 24 se rompen los cables de remolque y se hunde, de las escotillas asciende un aullido espantoso, es de los desgraciados que hay en la cubierta inferior.

El San Agustín, que se había dirigido en ayuda del Santísima Trinidad, es interceptado por el Leviatán. No hay ventaja por ninguna de las partes, pero al poco llegan el Orion y Ajax en ayuda del navío ingles y juntos al cabo de una hora rinden al San Agustín.

Dumanoir, al ver la situación del centro decide por fin dirigirse en su ayuda, pero al acercarse observa que todo está perdido y que la posición de los ingleses es muy fuerte. Entonces vuelve a girar hacia el oeste para huir de la batalla, el batallón lo forman el Mont-Blanc, Duguay-Trouin, Scipion, Formidable, Neptuno y Intrepide. Estos dos últimos, desatendiendo las órdenes, no quieren abandonar la batalla sin participar en ella y se vuelven para combatir. Pero su intervención no mejora la situación de la escuadra aliada.







La columna de observación, que cubre la retaguardia de la escuadra combinada, se ve envuelta por navíos que siguen a Collingwood. El principal objeto es el apresamiento del buque insignia del general Gravina, el Príncipe de Asturias. Este tiene que luchar contra los navíos Defiance y Revenge. El San Ildefonso, que se haya delante de Gravina, vira en redondo para equilibrar la pelea, pero al notarlo los navíos ingleses Dreadnought, Poliphemus y Thunderer arriban á todo trapo sobre los españoles, teniendo el San Ildefonso que arriar la bandera después de una defensa desesperada.

Lo mismo que el Argonauta, que después de ser atacado duramente por el Belleisle queda tan mal parado que no pudiendo continuar el combate se rinde.
El Príncipe de Asturias se queda solo, el brazo de Gravina a sido arrancado, y los palos de mesana y mayor amenazan con venirse abajo. Pero el San Justo y Neptune consiguen llegar hasta el. Gravina indica a la fragata Thémis que lo remolque y da instrucciones a los demás barcos que puedan navegar, que lo sigan hasta Cádiz.

Con 11 navíos casi destrozados pone rumbo a Cádiz. Atrás queda el San Juan Nepomuceno, desarbolado , acribillado, y muerto su comandante Cosme Damián Churruca. Una bala de cañón lo derribó, pero el se levantó diciendo "Esto no es nada, siga el fuego", al poco tiempo muere desangrado. El San Juan Nepomuceno es apresado al no poder seguir a Gravina. Tampoco el Achilles puede seguirlos. Un incendio se ha declarado en la cofa del trinquete y empieza a propagarse por la cubierta. La tripulación, al ser incapaces de apagar el fuego se tira por la borda. Al poco tiempo las llamas alcanzan la santa bárbara y el Achilles salta por los aires. El estruendo sobrepasa el ruido de la batalla y todo el mundo suspende momentáneamente el combate.



El Achille momentos antes de estallar. A la izquierda el navío Prince intentando salvar a los tripulantes.


Nelson ha muerto y Collingwood manda ahora la flota británica. Las últimas órdenes de Nelson es que la flota anclara ante el temporal que se avecina, pero Collingwood no ancla la flota. Durante casi una semana, la tempestad que azota la costa de Cádiz fue peor que el combate sucedido.

El Redoutable, que es remolcado por el Swiftsure, se hunde con muchos de los heridos todavía abordo.

El Bucentaure, sin mástiles, encalla en la playa cercana al puerto. Los tripulantes son británicos que conducen la presa hacia Gibraltar. Estos son acogidos con hospitalidad por los gaditanos (que diferencia con los pobres miembros de la Armada Invencible, que siglos atrás, naufragaron en las costas inglesas y fueron asesinados).

Desde Cádiz salen varios navíos para intentar recuperar a los apresados. Son: Asís, Montañés, San Justo y Rayo que salen en busca del Santa Ana; Más adelante se les une dos navíos franceses. El Santa Ana es recuperado pero debe ser remolcado a causa del mal estado del casco por la fragata Themis.

El rayo es arrastrado a la costa y allí embarranca, igual que el San Francisco, Monarca y Neptuno.



El Victory es conducido a Gibraltar


Las perdidas españolas son de 1.022 muertos (8,62%) y 1.383 heridos (11,67%) de un total de 11.847 hombres.

Las bajas británicas son de 449 muertos (2,64%) y 1.243 heridos (7,31%) de un total de 17.000 hombres.

Por parte francesa hay 3.386 muertos (24,21%) y 1.162 heridos (8,31%) de un total de 13.984 hombres.


MUERTOS HERIDOS
ALIADOS 4.408 2.545
INGLESES 449 1243



Cementerio donde están enterrados los cuerpos de los ingleses muertos en Trafalgar. Se encuentra en Gibraltar. En primer termino la tumba de Thomas Norman, capitán de marines embarcado en el Mars


El número total de capturados, entre franceses y españoles, sumaba unos 8.000.

Los barcos huidos bajo el mando de Dumanoir fueron interceptados el 2 de noviembre a la altura del cabo Finisterre por el capitán Strachan's, que estaba intentando capturar al escuadrón de Allemand.


La victoria sobre el combinado franco-español permitió a Inglaterra tener la supremacía naval en los siguientes 100 años.

Napoleón no consiguió volver a tener una escuadra capaz de asegurar un desembarco en Inglaterra, y su objetivo jamás se realizaría.

España no perdió su armada aquí, sólo perdió 10 navíos que quedaron contrarrestados con los 6 navíos que se capturó a Francia en el inicio de la guerra de la Independencia. Pero para poder dotar a todos los barcos que participaron en el combate se tuvieron que utilizar los fondos de amortización, un tanto sobre las fincas pertenecientes a la iglesia concedido al Rey por el Papa, un empréstito de cien millones de reales en acciones, transmisibles por endoso, y el producto de algunas contribuciones nuevas. Además no se recibían caudales de América por el cerco inglés.

Sin dinero se empezó a desguazar barcos para poder equipar a otros, e incluso para leña.

En 1805 España tiene 41 navíos de guerra, en 1811 tiene 26 navíos de guerra, en 1820 se tiene 17, y en 1835 sólo 3 navíos para poder asegurar las costas españolas y la de las colonias que empezaban a independizarse.



Relación de navios aliados participantes en la batalla de Trafalgar, su
armamento en ese combate, sus comandantes u oficiales superiores a bordo y su estado final.


Plutón (francés), 74 cañones. Capitán de navio Cosmao. Volvió a Cádiz.
Monarca (español),[/b] 74 cañones. Capitán de navio Argumosa. Perdido en la costa.

Fougueux (francés), 74 cañones. Capitán de navio Baudouin (muerto). Apresado y perdido en la costa.

Santa Ana (español), 120 cañones. Teniente general Álava (herido). Volvió a Cádiz.

Indomptable (francés), 80 cañones. Capitán de navio Hubert (ahogado con toda la tripulación). Perdido en la costa.

San Justo (español), 76 cañones. Capitán de navio Gastón. Volvió a Cádiz.


Intrepide (francés), 74 cañones. Capitán de navio Internet. Apresado y hundido.

Redoutable (francés), 74 cañones. Capitán de navio Lucas. Apresado y hundido. (Este navio libró el más duro combate de Trafalgar: 487 muertos y 81 heridos a bordo. Uno de sus tiradores mató al almirante inglés Nelson.)

San Leandro (español), 74 cañones. Capitán de navio Quevedo. Volvió a Cádiz.

Neptune (francés), 80 cañones. Capitán de navio Maistral. Volvió a Cádiz.

Santísima Trinidad (español), 136 cañones. Jefe de escuadra Cisneros (herido). Apresado y hundido.

Héros (francés), 74 cañones. Capitán de navio Poulain (muerto). Volvió a Cádiz.

San Agustín (español), 80 cañones. Brigadier Cajigal (herido). Apresado y hundido.

Mont-Blanc (francés), 74 cañones. Capitán de navio Lavillesgris. Huido con
Dumanoir.

San Francisco de Asís (español), 74 cañones. Capitán de navio Flórez. Perdido en la costa.

Duguay-Troutn (francés), 74 cañones. Capitán de navio Touffet. Huido con Dumanoir.

Formidable (francés), 80 cañones. Contralmirante Dumanoir. Huido.

Rayo (español), 100 cañones. Brigadier MacDonnell. Volvió a Cádiz. Perdido más tarde.

Scipion (francés), 74 cañones. Capitán de navio Berenguer. Huido con Dumanoir.

Neptuno (español), 80 cañones. Brigadier Valdés (herido). Apresado y hundido.

San Juan Nepomuceno (español), 74 cañones. Brigadier Churruca (muerto).
Apresado.

Berwick (francés), 74 cañones. Capitán de navio Camas (muerto). Apresado y perdido en la costa.

Príncipe de Asturias (español), 118 cañones. Comandante general Gravina (muerto de sus heridas). Volvió a Cádiz.

Achille (francés), 74 cañones. Capitán de navio Deniéport (muerto). Hundido al estallar la Santa Bárbara.

San Ildefonso (español), 74 cañones. Brigadier Vargas (herido). Apresado.

Argonaute (francés), 74 cañones. Capitán de navio Epron. Volvió a Cádiz.

Swift-Sure (francés), 74 cañones. Capitán de navio Villemandrin. Apresado.

Argonauta (español), 92 cañones. Capitán de navio Pareja (herido). Apresado y hundido.

Algésiras (francés), 80 cañones. Contralmirante Magon (muerto). Apresado y represado. Volvió a Cádiz.

Montañés (español), 80 cañones. Capitán de navio Alcedo (muerto). Volvió a Cádiz.

Aigle (francés), 74 cañones. Capitán de navio Courrége (muerto). Apresado y hundido.

Bahama (español), 74 cañones. Brigadier Alcalá Galiano (muerto). Apresado.

Bucentaure (francés),80 cañones. Almirante Villeneuve (capturado y después liberado por los ingleses, se suicidó en París cuando iba a ser sometido a consejo de guerra). Apresado y perdido en la costa.

(Los cuatro navios huidos del combate con el almirante Dumanoir fueron
capturados por los ingleses doce días más tarde, a la altura de Finisterre, cuando intentaban ganar la costa de Francia.)


Relación de muertos y heridos a bordo de los navios españoles durante el
combate de Trafalgar, a fecha l-XI-1805 (no incluye los muertos de sus heridas en los días y meses posteriores a la batalla).


Príncipe de Asturias
Desarbolado. Entró en Cádiz. Almirante Gravina, herido (muerto más tarde). Mayor general Escaño, herido. Tres oficiales muertos. Tripulación: 52 muertos y 110 heridos.

Argonauta
Apresado y hundido. Su comandante, don Antonio Pareja, herido. Tripulación: 100 muertos y 203 heridos.

Neptuno
Desarbolado, apresado, represado y perdido en la costa. Su comandante, don
Antonio Valdés, y el segundo comandante, don Joaquín Somoza, heridos. Un oficial muerto. Tripulación: 42 muertos y 47 heridos.

Monarca
Desarbolado, apresado, varado en la costa e incendiado por el enemigo. Su
comandante, don Teodoro de Argumosa, herido. Un oficial muerto. Tripulación: 100 muertos y 150 heridos.

San Agustín
Desarbolado, apresado y hundido por daños del combate. Su comandante, donFelipe Cajigal, herido. Cuatro oficiales muertos. Tripulación: 180 muertos y 200 heridos.

San Ildefonso
Completamente desmantelado, apresado. Su comandante, don José de Vargas, herido. Cuatro oficiales muertos. Tripulación: 34 muertos y 126 heridos.

San Francisco de Asís
Varado en la costa. Su comandante, don Luis Flórez, sin novedad. Tripulación: 5 muertos y 12 heridos.

Santísima Trinidad
Desarbolado, apresado y hundido. El general Cisneros y el comandante don
Francisco de Uriarte, heridos. Seis oficiales muertos. Tripulación: 205 muertos y 108 heridos.

Rayo
Encalló después del combate, sin apenas participar en él, y fue incendiado por el enemigo. Su comandante, don Enrique MacDonnell, sin novedad. Tripulación: 4 muertos y 14 heridos.

Bahama
Completamente desmantelado, apresado y hundido. Su comandante, don Dionisio Alcalá Galiano, muerto. Tres oficiales muertos. Tripulación: 75 muertos y 67 heridos.

San Justo
Entró en Cádiz sin apenas participar en el combate. Su comandante, don Miguel Gastón, sin novedad. Tripulación: 7 heridos.

San Leandro
Desarbolado. Entró en Cádiz. Su comandante, don Juan Quevedo, sin novedad. Tripulación: 8 muertos y 22 heridos.

Montañés
Desarbolado. Entró en Cádiz. Su comandante, don Francisco de Alcedo, y su
segundo comandante, don Antonio Castaños, muertos. Un oficial muerto. Tripulación: 17 muertos y 25 heridos.

Santa Ana
presado y represado. Entró en Cádiz completamente desmantelado. Su comandante, don José Gardoqui, y el segundo comandante de la escuadra, don Ignacio María de Álava, heridos. Cinco oficiales muertos. Tripulación: 99 muertos y 141 heridos.

San Juan Nepomuceno
Desarbolado y apresado. Su comandante, don Cosme Churruca, y su segundo
comandante, don Francisco de Moyna, muertos. Un oficial, muerto. Tripulación: 100 muertos y 150 heridos.


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"Que gran vasallo si hubiere buen señor..."


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Última edición por Elrohir; 27-Jan-2007 a las 12:34
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Antiguo 21-Oct-2005, 22:32   #79
Fortesque
Forer@ milenari@
 
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Fortesque es un nombre conocido por todosFortesque es un nombre conocido por todosFortesque es un nombre conocido por todos
Aunque todavía no lo he leido todo, plas,plas,plas.

Impresionate post sobre la batalla de Trafalgar, excelente recopilación de la misma.
Enhorabuena!!!! Elrohir muy buen trabajo.


saludos!!!!
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Pryrates - Duende / Descansen en Paz.
Siempre en el recuerdo.

Fortesque está desconectado   Responder Citando
Antiguo 21-Oct-2005, 23:02   #80
colagorda
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si señor gran trabajo......
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